CAPITULO 1
Ley de Murphy.
«Si algo puede salir mal, saldrá mal.»
Ser creyente de dichas leyes nunca había sido mi fuerte. Me consideraba una persona lo suficientemente lógica y objetiva como para usar una jerga social para cubrir los resultados de mis actos, sin embargo, en este momento, me vi cayendo en picada en dirección de mi propia negativa. ¿Cuál era la maldita probabilidad de que fuera Suecia entre los otros cien países? Era uno porciento.
No era la Murphy, era la probabilidad que en este momento parecía haber confabulado en mi contra. Leí el correo por decimo quinta ocasión esperando que fuera un error, pero el nombre estaba más que claro. Debía quedarme cinco meses más en Estocolmo. Fue inevitable. Cerré la computadora de golpe y pasé las manos por mi cabello. Estos meses habían sido tensos, pero todo se mantuvo a raya, sobre todo porque él no estaba en el país.
Desvié la mirada hacía mis maletas que casi permanecían en la puerta. Cualquiera que no conociera mi previsorio modo de ser, pensaría que las tenía listas para salir huyendo del país en cuanto Dahlgren apareciera. No pensaba mentirme. Fue un alivio cumplir con un deber social que me acredité y no tener que verle la cara durante todo este tiempo. No tenía problemas con verlo, pero si ese momento podía evitarse era lo mejor para ambos. Tomé aire. Tenía que calmarme y pensar en que camino debía tomar ahora.
Estaba en Estocolmo. Había recibido una llamada de Estados Unidos cinco meses atrás. ¿La razón? Un niño con un cáncer en la sangre muy agresivo. Ser acreedor a un ensayo clínico podía parecer algo complicado y hacerlo en Suecia, era casi una promesa de vida que no cualquiera podía obtener sencillamente. Fue un favor, un favor que decidí brindar por recuerdos del pasado. Sufrir una enfermedad así no era sencillo, especialmente cuando se era un niño con muchas preguntas.
¿Por qué se cae mi cabello?
¿Por qué me siento mareado?
¿Por qué duele así?
¿Fue por haber sido desobediente?
Muchas preguntas inocentes cruzaban por la cabeza de dichos seres desvalidos mientras muchos de sus padres darían la vida por estar en su lugar y evitar el sufrimiento de sus pequeños, otros simplemente evadían dicha responsabilidad. Hablaba por mi propia experiencia. El elegante departamento me pareció asfixiante. Era muy elegante, pero pequeño para mis siempre ostentosos gustosos. Lo elegí por la ubicación, distante de la ciudad y sobre todo silencioso. La ciudad era colorida, pero detestaba recorrerla. Sus calles y paredes parecían albergar con recelo los recuerdos de mi pasado, uno que cada vez observaba por la ventana, venía a mi provocándome misería.
Mierda. Habían pasado tres años ¿Pero porque se sentía así?
Me acerqué a la cocina y me serví una copa de vino. Eso era justo lo que necesitaba para enfocar mis pensamientos. La noticia de que debía quedarme más tiempo, no me sentó bien y recordar las fechorías de mi padre, mucho menos. Ser una Larsen era motivo de orgullo en Copenhage, ya fuera porque el apellido aparecía entre los primeros diez más ricos del país o porque era una distinguida familia de médicos, cuyo afecto por la labor social quedaba marcada en las más prestigiosas subastas altruistas. Dinero, dinero era justamente lo que siempre me había sobrado y como si el destino me colocara el sol, con su calidez únicamente para mi, tenía dos apellidos muy prestigiosos.
Klaus Larsen, era mi padre. Prestigioso médico, heredero de un gran imperio en el área de salud privada de Dinamarca, pero una mierda de persona. No fue el hecho de que se casara con mi madre, una destacada doctora coreana que se enamoró por sus gestos y atenciones, en vez de por su cartera y que luego la engañara con una pobre enfermera cazafortunas. Pasó de estar en lo más alto, a caer a lo más bajo. Mi madre, provenía de una familia chaebol, como se conocía en Seúl. Mis abuelos maternos eran destacados inversores en los complejos médicos privados del país y de las mejores empresas que innovaban año con año en la tecnología medica mundial. Klaus, sin duda fue un idiota, pero si había sido un mal esposo ¿No podía ser mejor padre? Muchos decían que eran dos cosas separadas, pero no para él.
El tema del divorcio fue complicado. No tenía más de cinco años cuando todo este desastre ocurrió y por si no fuera suficiente, escucharlos discutir cada noche, meses más tarde llegó la muerte de mi madre. Duro golpe para una niña de cinco años acostumbrada a estar siempre a su lado. Ella murió joven y yo quedé a expensas de lo que mi padre decidiera para mi. La incógnita de lo que pudo ser, me consumió. ¿Me habría llevado con su nueva familia? Porque si, no tardó en embarazar a su esposa y a tener nuevos hijos que insistía, debía llamar hermanos. Por mi, sus bastardos podían irse a la mierda. Fiona y Eric, vástagos, frutos de su amor incondicional y sanguijuelas que estaban detrás de mi herencia. No los quería respirando mi mismo aire.
Seres despreciables, igual que su insípida madre.
Como si ese lapso de mi infancia no hubiera sido lo suficientemente traumático, el cáncer, con toda su horda de dolencias llegó a mi vida a una edad temprana. Esos recuerdos fueron los que me llevaron a aceptar intervenir para que Matthew Lane, formara parte del ensayo clínico que ahora me tenía en Suecia. El pequeño era hermano de la esposa de un reconocido político americano que no deparó en gastos para intentar salvar a su pequeño cuñado. Yo tenía los contactos y él, los recursos suficientes para permitirse un viaje a Suecia. Dudé, no pensaba mentir que dudé en ayudarle. Venir aseguraba que el pequeño fuera atendido y mi presencia era un contrapeso para que le permitieran formar parte del ensayo debido a las conexiones en el país.
¿Qué tenía de malo Suecia o para ser más exactos, su capital, Estocolmo? Nada. Unicamente que mi ex prometido era el director del hospital donde se desarrollaría el ensayo clínico que había estado esperando desde hacía más de cinco años. Ex prometido sonaba un poco intenso, pero era la verdad. Habíamos estado a punto de casarnos y aunque mi ego hubiera deseado gritar que fui yo quien terminó con todo, la verdad era completamente diferente.
Durante toda mi vida me consideré alguien dura y exigente. Observaba mucho a los hombres y la mayoría del tiempo, terminaban siendo descartados al primer respiro; Demasiado intensos, irresponsables y los peores, estúpidos. Mi abuela solía decir que buscaba algo inexistente. Una vana ilusión. Los hombres perfectos no existían, porque si lo hicieran, no podrían ser llamados hombres. Estaba por darme por vencida en esta búsqueda, cuando en el momento menos esperado de mi vida, él apareció. Era justo lo que había pensado para una pareja.
Dahlgren tenía un hermoso cabello rubio, tez clara y unos ojos tan azules como la luz liquida de una aurora boreal detenida en el silencio durante los crudos inviernos nórdicos. Altura prominente, cuerpo atletico y un magnestismo sublimemente varonil, pero su atractivo solo era un complemento a su destacada inteligencia y confianza en si mismo. Era neurocirujano, uno acompañado de muchas destrezas congénitas y otras adquiridas con mucha practica. Se exigía a si mismo como ningun otro ser humano en la tierra y era tan disciplinado, que usó dicha disciplina para forjarse a si mismo. Cuando hablaba, lo hacía con tanta confianza y claridad, que embelezaba. Ese hombre sabía de lo que hablaba y cuando existía algo que lo superaba—porque al final del día era ser humano—, callaba y escuchaba con prudencia.
Siempre estaba impoluto, prendas sin ningun arruga, cabello perfectamente peinado, barba corta, rubia oscura, bien delineada y sus manos, eran las manos más suaves, varoniles y perfectas que había visto en toda mi vida. Claro, como no iba a cuidarlas cuando estaban aseguradas por cuarenta millones de dólares y es que tenían muy poco desarrollado el temblor fisicologico natural, por lo que tenía un pulso casi inhumano que además pulió energicamente durante toda su vida y siendo más específicos, desde que supo que especialidad iba a buscar. Era un líder natural, destacado, autoritario pero respetuoso cuya presencia me cautivó desde el primer momento. Si algun día iba a casarme, tendría que ser con él, eso fue lo que pensé y a la vez, lo que terminé arruinando.
No podía quedarme en Estocolmo. Debía volver.
Matthew regresaría a Estados Unidos en tres semanas. Su progreso había sido sumamente bueno despues de todos estos meses y era momento de que continuara con la siguiente fase del tratamiento en Estados Unidos. Ayudarlo en este camino fue una experiencia refrescante, sobre todo porque era un niño muy alegre que iluminaba toda la habitación con su sonrisa infantil. Sería traspasado a nuevas manos que, en esta fase, ayudarían más que yo. Todo durante el proceso fue perfecto. Axel no estaba en Estocolmo, se había marchado durante varios meses a Charité, en Alemania, probablemente buscando refrescar sus conocimientos en su área y es que, aunque fuera joven, era ese ímpetu de siempre estarse actualizando lo que le brindó casi la misma experiencia que médicos especialistas con mayor edad.
No tenía idea de cuando volvería y tampoco quería saberlo.
No habíamos cruzado miradas en tres años y debía continuar así, pero ese correo en mi buzón dictaba lo contrario. Mi trabajo con Matt concluía, pero desde hacía más de cinco años esperaba un ensayo clínico muy esperanzador del que mi familia había sido promotor e inversor. Uno que luego de mucho papeleo y permisos estaba en sus fases finales para poder llevarse a cabo.
SPINE-NBL1 (Spinal Neuroblastoma Innovative Trial –Phase 1).
Ese era el nombre del ambicioso proyecto donde participarían médicos de cinco países buscando una combinación de tratamientos, que ayudarán efectivamente a pacientes pediátricos que padecieran esta enfermedad. Esperaba que diera buenos resultados. Llevaba años estudiando el tema y estaba muy contenta de que al fin se pudiera llevar a cabo. Mi teléfono sonó. Observé el remitente y respondí de inmediato.
—¿Recibiste el correo?
—Si.
—¿Sí? ¿No dirás nada más? —preguntó Freja, amiga y colega. Llevaba años trabajando en el hospital de mi familia en Copenhage y cuando me moví a Suecia durante estos meses, quedó a cargo de la dirección del hospital. Era una mujer sumamente capaz y entre ella o mis hermanos, la eligía diez mil veces para ocupar el asiento de liderazgo en mi ausencia. Aunque estaba descansado de dicha responsabilidad, era fresco poder desentenderme de todo eso luego de varios años.
Caminé hasta el sofá y tomé asiento.
—Sun…
—Pediré un cambio.
—¿Pedirás un cambio? —preguntó alterada—. No puedes.
—Claro que puedo, además, a nadie le parecerían extrañas mis razones y creo que es lo más cómodo. No he leído más que la dirección, pero creo que me iría mejor en Italia o en Noruega que aquí. Es un proyecto que me hace mucha ilusión y no quiero arruinarlo ocupando mi cabeza en cosas sin sentido. Matt Lane, regresará a Estados Unidos en tres semanas y yo le iré a ver en unos meses para saber su evolución. Los resultados han sido buenos, pero creo que la parte final del tratamiento será mucho más comoda para él, en su país. Tenía planeado volver en cuanto se marchara, pero esta noticia me ha tomado por sorpresa y mi primera impresión no es buena.
Freja suspiró.
—¿No te sientes lista para verlo?
—Podría hacerlo, pero somos peor que extraños, Freja. Él tiene su vida y yo tengo la mía. Su nueva prometida no ha estado aquí tampoco y siendo sincera, no me emociona verla en lo más mínimo. Era inevitable que no terminara con ella. Pasé varios meses intentando regresar mi vida a su curso y creo que lo mejor es que no estemos en el mismo hospital. Si no estuvo aquí durante estos meses, sería una completa tontería de mi parte quedarme cuando sé que ahora, irremediablemente, estará de regreso.
Paz mental.
Me conocía. Sabía lo que vendría y no era una estúpida. Tenía claro lo que pasaría cuando le viera. Todo lo que tardé meses en regresar a su sitio se volvería caótico. Ese hombre me gustaba mucho y ni la distancia, ni los años, parecían poder destruirlo. Irremediablemente, si quería seguir en paz, debía evitarlo a toda costa y hacer caso a la objetividad. Él me odiaba, todavía recordaba sus ojos azules cargados de ira y de reproche. Fue la primera vez que me arrepentía de hacer algo. No usé las palabras correctas, pero la mentira fue palpable.
—Te han elegido para estar en Suecia porque eres una de las mejores y es la sede de coordinación del ensayo. La experiencia que ganarías estando allí vale totalmente la pena.
—Nadie dijo que Suecia sería la sede…
—Está en el correo y escuché comentarios de algunos colegas. Dicen que Dahlgren está firmemente comprometido con diversos proyectos médicos y ha invertido muchísimo dinero en hacer a su hospital el más avanzado en tecnología en Europa. Escuché que su estancia en Charité fue negociación con empresas farmaceuticas y tecnológicas alemanas. Soltará una enorme cantidad de capital para aumentar el prestigio de su imperio médico. Es en lo que está trabajando actualmente. Ya sabes como es de decidido.
Sonreí orgullosa. Juguetée con mis dedos.
Claro que era en lo que trabajaba. Pasé las manos por mi sien. Dahlgren y yo compartíamos muchas semejanzas. Yo era heredera del apellido Larsen en Dinamarca. Mi familia, tenía nexos con los Dahlgren debido a que pertenecíamos al mismo rubro, ambos poseíamos dos imponentes hospitales privados.
El Larsen International Hospital estaba en Copenhage.
El Dalhgreen Internationella Specialistsjukhus en Estocolmo.
Ambos tenían dos enfoques distintos, pero eran dos proyectos ambiciosos que lograron la cima en cuanto a calidad y prestigio dentro de sus respectivos países. Las dos familias habían tomado la medicina como un proyecto de vida, aunque los Dahlgren incursionaron en otras áreas como la política que facilitaba su ascenso en temas empresariales y financieros.
—Claro que trabaja en eso. Siempre ha sido dedicado, no es sorpresa que su abuelo le quiera y se sienta tan orgulloso. Sea como sea, lo consideraré. La comodidad siempre es requerida en proyectos como este Freja y creo que tomaré está decisión por ambos. Te llamaré en cuanto lo decida.
No tenía nada que decidir, quería marcharme y ser ubicada en otra parte. El proyecto del ensayo clínico se llevaría a cabo en cinco países. SIOPEN estaba encargado de coordinar todo, inclusive los protocolos de investigación por lo que eran ellos, quienes decidían quien estaba en que equipo. ¿Qué era SIOPEN? Una organización sin fines de lucro en la que participaban cientos de médicos. Era la más grande de Europa, su presidente, Gustave Ormond era un conocido de mi familia y su labor me era muy interesante. Inyectar capital y ser participe de los ensayos clínicos era por deseo propio, estaba muy interesada en proyectos que buscaban soluciones dignas para los pacientes y, sobre todo, cuando se trataba de niños.
Entre menos sufrieran era mucho mejor.
Me acerqué a la computadora y la abrí de nuevo. Leí el correo de pies a cabeza y efectivamente, Freja no estaba equivocada. Estocolmo sería la sede y el Hospital Dahlgren cuna del ensayo clínico propiciado por SIOPEN. No fue una sorpresa. Suecia, era el mejor de los cinco países participantes, entre los que destacaban Noruega, Finlandia, Paises Bajos e Italia. Esto solo pudo darse debido a la amplia inversión y trabajo de Axel Dahlgren. ¿Por qué no me enviaron a Italia o a Finlandia? Había una larga lista de Oncologos Pediatras participando ¿Por qué precisamente tuve que ser yo la que quedara en Estocolmo? No era momento de lloriqueos.
Decidí responder al correo, comenzando con una disculpa y solicitando un cambio, sin embargo, cuando estaba a la mitad, mi dedo apretó automáticamente el botón de borrar. Una vocecilla en mi cabeza me gritó que debía detenerme.
¿Acaso estás huyendo?
Tarde o temprano iba a enterarse que solicité un cambio y eso demostraría una debilidad que mi orgullo se negó a aceptar. Tomé aire y cerré la computadora. ¿Si ya había permanecido varios meses aquí? ¿Por qué no hacerlo un par más? No era complicado y el hospital era enorme. Que nos toparamos sería una casualidad que tarde o temprano debía enfrentar, pero no iría más lejos. Tres años, habían pasado tres años y era tiempo suficiente para que las viejas heridas del pasado hubieran cerrado.
(…)
—¿Está triste?
—Claro que estoy triste—respondí.
—Pero estas sonriendo—dijo Matt con una expresión confundida en su rostro. Lo estaba haciendo. Su mejoría era notoria y aunque la victoria parecía lejana todavía, la respuesta que se estaba dando en este momento mejoraba el escenario con el que llegó a este país. Nos habíamos hecho buenos amigos y su modo de ser tan aguerrido fue contagioso.
—Me siento contenta. Estarás con tu hermana en un país que extrañas y tu tratamiento irá mucho mejor. Aunque no lo parezca, el estado de animo, ayuda mucho a que todo este proceso cobre sentido. El animo lo es todo en una persona así que asegúrate de siempre mantenerte feliz o intentar buscar aspectos de la vida que te causen dicha felicidad. La familia, los amigos, tus pasiones, todo Matt.
Acaricié su cabello y me puse de pie. En mis manos tenía los resultados de sus últimos estudios y el pronostico era mucho más claro que la ultima vez. Lo dejaría en manos de su hematóloga y de sus enfermeras para que recibiera los últimos medicamentos del programa. Fisicamente se veía animado. Era muy interesante ver la mecánica que aplicaba Axel en sus hospitales y especialmente en el área pediátrica. No existía dia donde los niños no buscaran ser animados con regalos, juguetes y entretenimiento. Recibían visitas constantes y si me permitía pensarlo, era como si buscara hacerlos olvidar lo mal que lo estaban pasando con su enfermedad. No solo era atractivo, cuando hablaba de lo que soñaba para sus proyectos, siempre lo hacía con ambición, pero sin olvidar su objetivo principal. Era humano, muy humano.
Tenía un corazón sumamente altruista y una lista enorme de proyectos sociales y de investigación que financiaba con el afán de mejorar la calidad de vida de las personas involucradas en ellos. Tenía una cabeza muy inteligente, pero un corazón muy generoso. Me despedí de Matt anunciándole que volvería en los próximos días pero que estaría al pendiente de sus resultados y de su estado. Aun tenía que pensar en mudarme a algo más grande y revisar mi documentación migratoria para poder extender mi permiso de trabajo en Suecia.
Los pasillos del hospital eran largos y muy concurridos en algunas zonas. A través de los cristales, pude notar que estaba lloviendo. Era otoño, así que el clima sueco azolaba con toda la rebeldía del mundo. Las tormentas eran fuertes, especialmente en aquella época del año. Detuve mi andar para observar la forma en como las gotas rebeldes impactaban en el techo trasparente. Había muchas personas recorriendo los pasillos y aquellas zonas verdes que daba un ambiente mucho más agradable a las paredes blancas. Tenía un diseño elegante y distinguido. No existía suciedad alguna en los suelos o rastro del tiempo. Todo parecía nuevo, muy al estilo del perfeccionista que era. Fue inevitable que mi cabeza no tuviera recuerdos de la primera vez que conocí esta obra arquitectónica.
Axel me tomaba de la mano mientras me conducía por los pasillos y hablaba de cada zona con un conocimiento que rozaba lo abrumador. Conocía cada detalle, cada nimiedad de una manera sorprendente y sobre todo tenía muy claro que seguía. Buscaba ampliarse y destacar en el mundo. Quería que su hospital, ese imperio familiar estuviera en la cima de los mejores del Europa y lo estaba logrando.
Me dirigí hacía la salida. Era un poco tarde, pero la noche anterior apenas y había conciliado el sueño pensando en rebocar aquel correo, pero la decisión estaba tomada. Tarde o temprano nos encontraríamos y era hora de pasar por ese amargo momento. Tenía entendido que estaba por casarse. Elin Holm, era una doctora residente de neurocirugía y siempre estaba a su lado. Era más que obvio, que estaba enamorada de él y cuando terminó su relación conmigo, tuvo su oportunidad. Sus modos educados, lindo rostro y humilde forma de ser, parecieron ser más cautivadores que mi soberbia, orgullo y egocentrismo. Yo no usé esas palabras para describirme, lo hizo él mismo cargado de rabía cuando decidió que todo debía terminar.
Ahora iba a casarse con una mujer cuya nobleza nunca tendría nada que ver conmigo. Era cuestión de tiempo para que la fecha se confirmara a la prensa y la noticia que medio hospital esperaba, recorriera sus pasillos. Desde que llegué, tuve que escuchar los comentarios respecto a la amable y amada señorita Holm. Fue como si todos los empleados de ese hospital decidieran que yo estaba allí para arruinar la felicidad de aquella mujer que merecía su historia de Cenicienta.
Imbeciles. No tenía ni la más mínima intensión de compararme, porque no fuimos, ni seríamos iguales. Podía quedarse con su nobleza y amables pensamientos, yo no tenía porque copiarla ni mucho aspirar a ser como ella. Mi vida no era nada parecida a la suya y si fuera noble y agradable desde hacía mucho que estaría sin nada viendo como mi padre derrochaba la fortuna del imperio de mis abuelos, en su esposa de quinta y sus bastardos con complejo de sanguijuelas.
Los rumores estaban muy lejos de mis objetivos.
Por suerte la afable cenicienta tampoco estaba por aquí. Tenía su zapatilla de cristal en forma de anillo en el dedo y estaba a una firma de abandonar su bajo estatus social para tocar la cima. Un sueño para cualquier mujer, una realidad para Elin Holm.
—No, no, estará aquí a más tardar la próxima semana—dijo una voz conocida que se aproximaba en mi dirección—. En cuanto pueda recibirte te lo comunicaré. No te precupes. Estará interesado en la converesación. Nos vemos pronto.
Mis tacones dejaron de resonar cuando el hombre detuvo su andar de golpe. Venía justo frente a mi, mirando unos papeles y manteniendo de forma complicada, el teléfono y su tablilla. Sus ojos verdosos parecieron un poco sorprendidos. Vió el reloj.
—Un poco tarde ¿No lo crees Larsen? —preguntó Oskar Olsson quien actualmente tenía la dirección interina del hospital y para variar era el mejor amigo de Axel. Un hombre serio y responsable que aceptaba cualquier reto. Negué.
—Voy justo a la hora, doctor Olsson.
—Solo Oskar.
—No. En el pasado podía llamarte así, pero creo que es bueno que volvamos a las educadas costumbres. La gente de este hospital me considera una especie de villana que busca interrumpir la historia de amor que acontece aquí…
—¿Has escuchado los rumores?
—Todo el tiempo. Desde que llegué de hecho, pero últimamente están resonando más de la cuenta. No me molesta. La gente con pocas ocupaciones en su vida siempre necesita ocuparse observando la de otros. No tengo problemas en ser su foco de atención. Que tengas una linda tarde.
Los comentarios eran inquietantes, pero no tan agresivos como para ser tomados en cuenta. Eran sagaces, pero sumente pasivos y a mi siempre me había ido mejor lo agresivo, agresivo. Incliné mi cabeza de forma respetuosa en dirección de Olsson como despedida, siguiendo esa educación coreana arraigada que llevaba en mi ser. Era un superior, así que debía respetarlo y tratarlo correctamente. Pasé a su lado, pero mi apellido en sus labios detuvo el suave andar de mis tacones.
—Larsen…—me llamó—. Estas en la lista de SPINE.
—¿Ya tienes la información?
—Así es. Llegó a la par del correo entró a tu buzón. Tenía entendido que te marchabas en unas semanas, pero esto cambia todo. No tuvimos nada que ver, fue elección y coordinación de SIOPEN. Consideran que tu perfil se adapta mucho al hospital sede. No considera asuntos personales.
Bufé con diversión.
—¿Qué? ¿Piensas que yo sí?
—Creí que…
—No. No tengo problemas. He estado esperando este proyecto durante años. Hay mucha inversión de mi familia de por medio y considero una gran oportunidad para mi crecimiento como oncóloga. Si SIOPEN a través de Ormond considera que soy la correcta para estar en Suecia, me quedaré—expliqué notando que mi respuesta no le convencía—. ¿Qué? ¿Axel quiere que presente mi cambio? Si es así, dile que no pienso hacerlo. No tiene absolutamente nada que ver con este proyecto y el hospital es demasiado grande como para que ambos podamos estar aquí sin siquiera notarnos.
Era la primera vez que mencionaba su nombre desde que llegué. Estaba haciendo mi trabajo y no concentrándome en nimiedades, pero esta conversación era algo que Olsson parecía tener pendiente conmigo. Lo consideraba incomodo, pero no se atrevía a decirlo en voz alta porque Holm le agradaba mucho.
Dio un paso al frente y se acercó más a mi.
—Axel ni siquiera a mencionado tu nombre en tres años, Sun-Hee. Está por casarse y pronto darán fecha de la boda. Ha estado ocupado con sus proyectos personales, pero antes de que termine el año habrá una linda boda. Es agradable saber que ambos han pasado la pagina y continúan con su vida. Quisiera que tuvieras razón al respecto, pero me siento en el compromiso de mencionarte que Axel estará en el ensayo de SPINE como Neurocirujano consultor. Inevitablemente tendrán relación en las reuniones para verificar los resultados y avances.
Diablos. Fingí que eso no me sorprendía, pero lo hacía.
—No tengo problemas con eso, Olsson.
No dije nada más. Me di la vuelta dando por terminada dicha conversación y me dirigí al estacionamiento. Sin darme cuenta terminé lanzando mi bolsó al asiento del copiloto y cerrando la puerta de golpe. Suspiré y afirmé mi mano al volante. Claro. Debí suponerlo. Iba a estar aquí y en un tema tan delicado como una cirugía de medula espinal, iban a buscar al mejor neurocirujano como consultor para dar opiniones y consejos a neurocirugía pediátrica. Mi dedo golpeó el volante. Eso cambiaba muchas cosas, pero ahora ya no podía recapitular. Le dije a Olsson que me quedaría y era justamente lo que haría. Solamente eran cinco meses, cinco jodidos meses.
Encendí el auto y me dispuse a marcharme.
Debía encontrar un departamento cerca, odiaba conducir y entre más corto el trayecto mejor. Tenía que sacrificar mi paz por algo más centrico ahora que mi estancia se alargaría. Estaba a casi cinco minutos de llegar, luego de un trayecto de cuarenta y cinco, cuando un semáforo me dio tiempo de revisar mi bolso.
¡Mierda! Había olvidado mi pasaporte en mi consultorio. No podía esperar a mañana. Tenía una cita con el abogado migratorio para revisar mi estancia y registro en el sistema social y laboral sueco. Aun tenía tiempo. Giré en el primer retorno posible y agradecí que el trafico no fuera tan agresivo. Debía regresar. Estacioné el auto en el lugar más cercano y con únicamente las llaves del auto en la mano, crucé las puertas de cristal.
A esta hora todo estaba menos concurrido. La lluvia que cesó mientras me marchaba, regresó con mucha más fuerza. Sonreí cuando vi que mi pasaporte me esperaba sobre la mesa de mi oficina. Lo tomé un poco más tranquila porque lo que menos deseaba era perderlo. Relajé mi andar. Ya estaba. Revisé si la tarjeta que guardaba la dirección del abogado permanecía dentro y distraje mi atención unos segundos.
Sonreí sintiéndome victoriosa hasta que mis ojos regresaron su atención al frente. Los tacones detuvieron su andar abruptamente y la tarjeta cayó al suelo en medio de un suave desliz que fui incapaz de seguir. El pasaporte sufrió entre mis manos, cuando mis dedos lo apretaron más de la cuenta buscando mitigar con desesperación el temblor nervioso que se apoderó de ellos. No estaba lista, pero acababa de pasar.
La lluvia que caía sin tregua pareció detenerse junto con mi respiración cuando hice contacto visual con una mirada azulada que me observaba a menos de cinco metros de distancia. Siempre me dije que estaba preparada, porque tarde o temprano sería inevitable, pero eso fue una cruel mentira. Mis ojos ardieron y una batalla se desató en mi interior buscando evitar que una lagrima traicionera resbalará por mi mejilla. Estaba allí, vistiendo una elegante gabardina color camel. Parpadeé y tragué saliva. Su cabello estaba un poco largo, muy diferente a su estilo de años atrás pero que le sentaba muy bien, especialmente porque esos mechones rubios caían sobre su frente con una rebeldía seductora. Sus ojos, cálidos y amables en el pasado, fueron reemplazados por una mirada frívola que sentí merecer. Le había lastimado sin saber que la daga en su pecho traspasaría el mio con la misma violencia.
Mi mirada fue a sus manos. Tenía un brillante anillo de compromiso, simple y masculino en el dedo anular de la mano izquierda como dictaba la tradición sueca, uno que pronto cambiaría por el de matrimonio.
Desee poder decir que no me importaba.
Que verlo no causaba nada.
Que el pasado ya no quemaba.
Pero no era una mentirosa y sentí que me asfixiaba, sin embargo, mi orgullo me permitió respirar de nuevo. No pensaba perder el primer encuentro, aunque mi alma estuviera por colapsar. Yo no definía mis sentimientos, pero Axel Dalhgreen, parecía odiarme.