«Dudar es humano; sostenerse es carácter.»
El reloj marcó las cinco de la mañana.
¿Cuánto había dormido? Tres horas.
La noche del domingo me acosté con el deseo de descansar luego de un fin de semana un tanto complicado. Aquel encuentro del viernes me había descolocado como pocas veces y, aunque mis emociones podían ser la debilidad de todo lo que durante años había insistido en proteger, me conocía, y no existía nada más valioso para protegerme que eso. Dahlgreen me importaba, eso era un hecho que no deseaba negarme a mí misma, pero sí al mundo. ¿Me quería lejos? Lo entendía, pero no permitiría que su presión me hiciera dudar de mi decisión. No podía simplemente pasar por alto este reconocimiento y es que si me colocaron en Suecia fue por elección de SIOPEN, quien claramente no tenía tiempo para revisar qué médico tenía roces emocionales con otro tal por cual.
Tomaba esto como una prueba a mi seriedad y, sobre todo, a mi carácter, pero era obvio que también a mi orgullo. No pensaba aceptar en ninguna circunstancia que trabajar con Axel Dahlgreen me afectaba como para anteponer mi estabilidad a mi desarrollo laboral. Mantuve los ojos sobre el techo. Ceder sería aceptar que todavía existía algo vivo entre nosotros, y me negaba a que Holm se mofara de ello.
Miren, Larsen está corriendo.
Solo pensar que ese comentario se esparciera por los pasillos me daba más rabia que el rumor de que estaba allí para arruinar su estúpida historia de amor. Por un momento la duda de que ella hubiera pedido a Axel sacarme del proyecto me carcomió, pero tampoco podía decir que Elin Holm era estúpida. La mujer era centrada; había que darle méritos por sus logros. No tenía padres adinerados y estaba entre las mejores de la facultad de medicina. Tenía sus logros bien establecidos y yo dudaba que se prestara a tales juegos. Esto debía ser algo únicamente entre Axel y yo. Aunque me molestara aceptarlo, los rumores nacieron cuando ella no estaba en el hospital, lo que hablaba del afecto que todos le guardaban por su larga trayectoria.
Ahora no era una residente. Ahora era una neurocirujana que, de alguna u otra manera, se había forjado de las manos del mejor maestro que pudo tener. Golpeé la almohada. ¿Por estos pensamientos no había podido dormir? Tenía que levantarme en una hora y lo que menos había hecho durante la noche era descansar. Mis ojeras serían horribles, pero confiaría en el maquillaje para cubrir las secuelas de mi tormento.
No pensaba negarlo. Esperaba que la carta de mi maldita reubicación estuviera en mi correo y es que durante el fin de semana no se podía hacer mucho, pero si Axel lo había redactado y enviado personalmente a Ormond, nada podía hacer al respecto. No pedía que me removieran del proyecto, sino que yo fuera reubicada, así que tampoco estaba pidiendo algo del otro mundo. Era posible, especialmente si presentaba pretextos consistentes que pudieran afectar el proyecto. Me levanté de la cama dispuesta a quitarme esos pensamientos corriendo en la cinta del maldito gimnasio y dejando que corrieran a la misma velocidad que el sudor.
Si eso pasaba, encontraría una solución.
Italia no era tan mala y, además, no sería yo la culpable.
Terminé cubriendo mi rutina matutina con todo el éxito del mundo. Mi cuerpo se desgastó en la cinta y fue reparado con un excelente desayuno nutritivo después de una larga ducha. Con el cabello seco, el maquillaje impecable y un vestido elegido especialmente para la ocasión, una hora más tarde y antes de que el reloj marcara las ocho de la mañana, estaba lista. La reunión estaba pactada para las nueve, así que llegaba a tiempo perfecto. Mi última parada antes de tomar las llaves fue el espejo. Mi reflejo me respondió y sonreí al darme cuenta de que me veía como todo, menos como una mujer con insomnio.
Mi cabello no había sido cortado en años. Estaba sedoso, brillante y largo hasta la cintura. No podía decir que no ponía cuidado a mi apariencia física porque sería mentir. Toda mi rutina estaba íntegramente pensada para resaltar los rasgos más envidiables de mi cuerpo. Desde mi piel hasta mi figura, todo estaba perfectamente calibrado. Había hecho una excelente elección con el vestido del día.
La tela negra caía sobre mi cuerpo con una precisión impecable, delineando mi silueta con una elegancia casi calculada, sin excesos, sin concesiones. El escote recto dejaba al descubierto la delicadeza de mis clavículas, convirtiéndolas en un punto de luz sutil que resaltaba el color claro de mi piel. Sobre mis hombros descansaba un blazer n***o llevado con descuido intencional, como una capa moderna. Las mangas caían sin esfuerzo, enmarcando mis brazos y aportando una estructura firme que contrastaba con la suavidad del vestido. Era el equilibrio perfecto entre autoridad y feminidad. Justo lo que buscaba.
Los accesorios, mínimos pero precisos, completaban la imagen: un collar geométrico reposaba en el centro de mi pecho como un sello de identidad, frío y exacto; pendientes discretos que captaban la luz en cada leve movimiento; anillos y una pulsera que añadían destellos dorados. Los zapatos eran largos tacones de aguja de suela roja que concluían el deber de estilizar la imagen. De mi brazo izquierdo pendía un Kelly de Hermès y con esa imagen en mente me di por servida aquella mañana.
Toda mujer debía vestir para el triunfo, siempre, y si todo apuntaba a una derrota, lo mejor era que el enemigo no se diera cuenta de que no estábamos vestidas para ese trágico desenlace.
No negué que tomé las llaves con un poco de rabia.
Por culpa de esas malditas había terminado amargando mi perfecta noche del viernes. Mientras las colocaba en el asiento del copiloto de forma descuidada y encendía el auto, mis ojos fueron directamente a mi muñeca, ahora decorada con un brazalete de oro sencillo. Me estremecí al recordar la forma en que la enorme mano de Axel me había sujetado para impedir que me marchara. Esos ojos profundos tenían un brillo de carácter, ese mismo brillo que jamás lo abandonaba pero que podía relajar hasta convertir su mirada en la más cálida que un hombre podría poseer.
Tragué saliva y me pasé las manos por la sien.
No podía pensar en esto. Suspiré y emprendí el camino hacia el hospital deseando que el tráfico no fuera tan aberrante como para llegar tarde. No había leído el correo completo y durante el fin de semana todo estuvo en mi mente menos eso. La lectura salió de mi cabeza y solo pude pensar en esa carta de reasignación que sería mi más grande derrota. ¿Sería capaz? No dejé que esos miedos me dominaran antes de tiempo y, si pasaba, estaba lista para enfrentarlo. Tomaría un vuelo a Italia y reclamaría la irresponsabilidad de un cambio tan abrupto, aunque yo misma supiera cuáles eran las razones.
Era inevitable. Axel había decidido declararme la guerra.
El tráfico fue noble conmigo aquella mañana y terminé cruzando las enormes puertas automáticas quince minutos antes del horario acordado. Por primera vez en meses la presión que ya sentía en esos pasillos se hizo más grande, y sabía la respuesta. Ahora mi cuerpo sabía que él estaba allí dentro también, y eso hacía más pequeño el ambiente. Las miradas se hicieron mucho más notorias, incluso más hostiles que la primera semana cuando llegué a Suecia.
¿A quién demonios le importaba?
Entré al ascensor y justo cuando estaba por cerrarse, un hombre colocó su mano e ingresó con un humeante vaso de café. Oskar Olsson terminó por desearme los buenos días, no sin antes formular una tensa sonrisa en sus labios.
—Buenos días, Larsen.
—Olsson.
—Veo que eres sumamente puntual —comentó, como si deseara que su comentario sirviera para romper el hielo. Apretó el botón con el número cuatro y entendí que se dirigía exactamente al mismo lugar—. ¿Tuviste un buen fin de semana?
—Fue bueno. Muchas gracias.
Suspiró y giró para hacer contacto visual conmigo.
—El trabajo pesado comienza ahora. Los miembros de los demás equipos internacionales empezarán a llegar esta semana a Suecia y estarán aquí antes del viernes. Habrá una enorme recepción después de la reunión general. Hay un trabajo muy grande de por medio. La anfitriona está dando todo de sí para que todo sea perfecto.
Anfitriona.
No tuvo ni que decir el nombre para saber de quién se trataba.
—Es bueno que Holm se ocupe de esto. Una mujer de su trayectoria no tiene experiencia en eventos de esta escala y espero que Axel la respalde. Los ojos de todos estarán en ella ahora que tiene la oportunidad de demostrar qué clase de señora Dahlgreen será. Le deseo la mejor de las suertes en su labor. Se nota emocionada.
—¿Puedes al menos fingir que lo dices sinceramente?
Una risa divertida resonó en el ascensor.
—¿Qué? ¿Suena diferente? Necesitas interactuar más conmigo, Olsson. Así te darías cuenta de que hablo de esa manera para todo el mundo. Deja de pensar que le estoy dando más importancia de la que merece a la próxima señora Dahlgreen. Deja los rumores de guerra para las enfermeras, quienes parecen necesitar más trabajo, no porque el que hacen esté mal hecho, sino porque tienen suficiente tiempo libre para inventar novelas de hospital.
Me crucé de brazos, manteniendo el bolso pegado a mí.
—Todo empeorará a partir de ahora —susurró.
—Bueno, siempre me ha gustado el caos. A diferencia tuya, espero que todo mejore. Una vez que el proyecto inicie, todo el mundo estará demasiado ocupado con los pacientes como para tener espacio para chismes sin sentido. Espero que cada uno se ocupe de lo que debe y así todo será más sencillo.
—Pareces decidida a no retroceder.
—¿Por qué tendría que hacerlo yo?
El ascensor se detuvo y él, amablemente, se hizo a un lado para dejarme salir primero. Mis tacones no le esperaron y se dirigieron a un mismo ritmo hacia la sala de juntas. Miré el reloj antes de abrir la puerta. Aún estaba a tiempo, así que probablemente sería la primera en llegar, pero cuando mis manos abrieron la puerta me encontré con una buena cantidad de ojos sobre mí.
Mierda. Era la última en llegar. Todos habían sido considerablemente más puntuales. Axel presidía la mesa y Elin Holm estaba sentada a su costado. Había un asiento vacío en la otra cabecera y entendí de inmediato que me pertenecía.
—Buenos días a todos.
No hubo sonrisa de mi parte, no tenía por qué haberla, pero sí la cordialidad necesaria para una excelente interacción laboral. Elin respondió mi saludo en voz baja y Axel se limitó a asentir. La llegada de Olsson unos segundos después ayudó a bajar un poco el incómodo momento que se creó aquella mañana.
—¿Doctora Larsen? ¿Cierto?
—Así es.
—Soy Maja. Seré su oncóloga secundaria en este proyecto. He trabajado en el Hospital General de Copenhague, pero no es mi primera vez siendo pilar de apoyo en un ensayo. Un placer.
La mujer era rubia hasta las pestañas, delgada, con una sonrisa amable que le iluminaba el rostro. Debía estar entre sus treinta y cinco y cuarenta años, pero consideré inapropiado preguntarlo. Más tarde revisaría su edad en la documentación pertinente, únicamente para saciar esa curiosidad personal. Mientras la reunión comenzaba, Maja me compartió un poco de su trayectoria. Tenía experiencia trabajando en hospitales ligados a asociaciones gubernamentales suecas, donde usualmente se veían los casos más desgarradores de neuroblastoma.
No era la única empapada del tema. Dioni Ferretti, el italiano, también hizo sus respectivas presentaciones. Era neurólogo del Agostino Gemelli en Roma, mismo hospital que llevaría a cabo el ensayo en Italia. Era curioso que estuviera aquí teniendo tan cerca otro de los equipos aplicadores, pero muchas veces SIOPEN lo hacía para diversificar y brindar mejor experiencia de trabajo en equipos internacionales. Al igual que Maja, parecía saber perfectamente de lo que se trataba.
Luego venían las enfermeras. Diez en total. Britta Edvall era la enfermera en jefe y las otras nueve rotarían en turnos de manera eficiente. Reconocí a una de ellas como sueca, alguien que había estado trabajando en el proceso experimental previo con Matt. Tenía experiencia.
Solo sabía su nombre de pila porque lo recordaba en su placa la tarde que la encontré hablando de mí en los pasillos: Nora. Se llamaba Nora. Mantuvo la vista al frente de forma altiva, como si de alguna manera se hubiera dado cuenta de que acababa de ser reconocida.
Bien. Esto cada vez se ponía más interesante.
Sin perder demasiado tiempo, revisé el teléfono. Si Axel había enviado el correo, era momento de recibirlo, pero la bandeja estaba vacía. Había un hombre en una de las esquinas configurando el equipo tecnológico hasta que Gustave Ormond apareció en la pantalla, seguido de unos cincuenta asistentes virtuales más. No estaban allí para opinar, sino para ser testigos de la primera reunión del equipo investigador. Había una carpeta sobre la mesa con mi nombre. La revisé brevemente. Era información que ya conocía y que había estado leyendo desde hacía meses. Conocía mi lugar, cómo funcionaba todo y lo que vendría de aquí en adelante. Solo me quedaba una duda: ¿Axel me dejaría aplicarlo?
Mis ojos le buscaron y lo encontré haciendo lo mismo.
Tenía una expresión seria que yo contrarresté levantando ligeramente una de mis perfectas y delineadas cejas. Si había alguien molesto en aquella mesa, no sería yo. Mi presencia aquella mañana le respondió lo mismo que en días pasados: no pensaba declinar y mi decisión estaba tomada. Él lo llamó capricho, pero nada más alejado de la realidad. Yo no podía llamar capricho a algo que serviría para ayudar a personas en problemas, y esto era justo lo que ambos buscábamos. Él de una manera más humana y yo de forma soberbia, como el propio Dahlgreen solía repetir. Ansiaba que mi nombre resonara entre los colegas más que los logros en beneficio de los demás, y yo prefería que él y todo el mundo pensara así si eso les hacía felices, antes que desmentirlos.
—Ha sido un largo proceso de trámites antes de llegar a este punto, pero me siento muy contento de poder verlos al fin reunidos y de que marquen el inicio de un proyecto que, de resultar un éxito, beneficiará enormemente a un segmento considerable de la población y marcará un hito en el tratamiento de un cáncer tan agresivo como el neuroblastoma. Me siento muy honrado de que el equipo investigador tenga una sede tan prestigiosa y preparada para llevar a cabo un proyecto tan ambicioso —comenzó diciendo Ormond luego de dar los buenos días a todos—. Creo que la comunidad médica no necesita que lo mencione en voz alta porque todos tenemos conocimiento de la profesionalidad y la capacidad del doctor que presidirá la sede de este ambicioso proyecto. Doctor Dahlgreen, como siempre, es un placer.
Por primera vez desde que lo había visto de nuevo, lo vi sonreír en dirección de Ormond. Una sonrisa de dientes perfectos, color perla, que resaltó sus varoniles rasgos. Sus manos se mantenían entrelazadas sobre la mesa en una pose que demostraba más que todo autoridad. Era un excelente orador y un conocedor innato de su papel. Comenzó hablando de lo honrado que se sentía de haber sido elegido para tomar dicha responsabilidad y de que había preparado la sede con el equipo necesario para atender cualquier emergencia proveniente del ensayo, garantizando que los pacientes tuvieran la mejor atención.
—Hoy se marca el inicio de un proyecto que, más allá de ser monetario, va apegado a una vivencia personal y emocional. Mi hermano mayor murió hace más de veinte años de un neuroblastoma tan agresivo que terminó por apagarlo para siempre. Deseo poder ser pionero en un avance innovador que tenga como resultado una mejor calidad de vida para los pacientes y que se convierta en un tratamiento efectivo que eleve las probabilidades de sobrevivir a una enfermedad tan destructiva. Trabajaremos de la mejor manera, Ormond, y por supuesto daremos los mejores resultados a la comunidad médica.
Mis manos fueron directamente al lapicero que había sobre la mesa.
Bjorn Dahlgreen había muerto demasiado joven. Antes de los catorce años ya enfrentaba quimioterapias (tratamientos con medicamentos potentes que destruyen las células cancerosas pero que también causan efectos secundarios significativos como pérdida de cabello, náuseas y agotamiento extremo) muy agresivas que Axel tuvo que presenciar cuando apenas tenía ocho años. No hablaba mucho del tema, pero fue claro que la muerte de su hermano fue una marca que su corazón jamás lograría borrar. Vi una fotografía de él una vez, en la casa de su abuelo. El muchacho se llamaba exactamente igual que aquel anciano que tantas risas me robó durante mi cercanía a la familia sueca. No se parecían demasiado físicamente, pero en todas las fotografías que compartían era clara la unidad fraternal que guardaban el uno por el otro.
Todo el mundo comenzó con las respectivas presentaciones.
Ferretti, Maja, Britta… Nora.
Me perdí un momento mientras recordaba la sonrisa divertida del abuelo Bjorn Dahlgreen cuando mencionaba que deseaba un nieto que tuviera los ojos de su hijo. Tragué saliva.
Alguna vez yo también pensé que tendría esos ojos.
—Doctora Larsen…
Mierda. Sonreí con confianza a pesar de no haber seguido la conversación en los últimos veinte segundos. Me puse de pie y saludé de una forma muy coreana a Ormond. Teníamos varios meses sin vernos y que lo hiciéramos en ese momento era simplemente espectacular. Esperé que dijera algo, esperé que mencionara la palabra reubicación, pero eso no ocurrió. En cambio, el hombre sonrió ante el gesto.
Axel mantenía una mirada fría que me hizo pensar en dos opciones: o envió el correo y el cambio fue rechazado, o simplemente cambió de opinión y no lo hizo. La primera era más viable, porque él parecía todo menos cómodo y jamás hablaba nada más por hablar. Las cosas no salieron como esperaba.
—Como siempre es un placer formar parte de esto, doctor Ormond. Concuerdo completamente con lo que se ha dicho. Ha sido un largo trayecto hasta aquí, pero apoyando el comentario del doctor Dahlgreen, creo que no podríamos tener mejor sede para buscar grandes resultados.
Olsson mantenía una sonrisa contenida, al igual que Elin, sonrisa que terminó por borrarse cuando Ormond asintió.
—Tienes una larga experiencia. Tu expediente es intachable y en él se plasma que estuviste trabajando de primera mano en un proyecto similar cuando eras residente en Seúl.
Asentí.
—Así es. Mi familia materna siempre ha estado involucrada en este proceso. En ese tiempo se trabajó en el ensayo del MEDULO-TRIAL. Aún era residente, en el Samsung Medical Center de Seúl. El oncólogo en jefe fue el doctor Kang Si-Yeong.
Axel no hizo gesto alguno, pero los demás ojos de la sala fueron a mí de forma casi simultánea. Kang era amigo de mi madre y el oncólogo más reconocido de Corea, con una extensa lista de publicaciones y reconocido por su participación en muy notorios ensayos biomédicos que terminaron en la patente de medicamentos que ahora se aplicaban en todo el mundo. Ahora estaba jubilado, pero aunque para todos era Kang Si-Yeong, para mí era el tío Yeong.
Ormond asintió y lo vi hojear algunos papeles.
—Justo por eso fue elegida para estar en Suecia. En un máximo de una semana los primeros tres pacientes del SPINE estarán bajo su cuidado y se requería a una oncóloga que supiera trabajar bajo esta presión. Los reportes deben ser claros y el protocolo debe seguirse al pie de la letra, experiencia que la doctora Larsen ya tiene y que complementa la infraestructura que el doctor Dahlgreen preparó. Las elecciones de SIOPEN son claras y objetivas, especialmente cuando se trabaja con la vida de pacientes tan pequeños. No nos permitimos errores cuando los ojos de la comunidad médica esperan resultados.
El ambiente cambió por completo en ese momento.
Mientras mi boca pronunciaba con confianza los términos de protocolo y sobrellevaba aquella reunión, por dentro la sangre me hervía y ponía en juego todo mi autocontrol. Olsson y Holm sabían algo que yo no, pero que ahora comprendía. Oskar bromeaba al respecto porque estaba seguro de que Ormond me sacaría de aquel proyecto esa mañana. Estaba ansioso de que me marchara.
La reunión se extendió por al menos dos horas en las que mi paciencia se puso al límite, pero logré concluir de manera excelente todos los temas. En cuanto las cámaras se apagaron, me levanté de la mesa, tomé mi carpeta y salí de la sala no sin antes despedirme afablemente de Maja y de Dioni, con quienes había creado una corta pero notable conexión. Si me quedaba allí adentro, pensaba abofetear al primero que se me pusiera enfrente y eso no era precisamente una muestra de autocontrol.
Logré salir del ascensor cuando los pasos de un hombre se hicieron presentes a mis espaldas. Mi expresión seria no se borró, pero me detuve y volteé para encarar a Olsson con una expresión más que jubilosa en el rostro.
—Me llamaste soberbia una vez y yo te lo acepté. Ahora espero que tú también aceptes que eres un maldito hipócrita, Olsson.
—Sun-Hee.
—Tu intento de parecer amable no me lo tragué, porque suelo ser muy buena leyendo las actitudes de las personas. Te comportabas así porque estoy segura de que sabías que Axel propondría a Ormond sacarme de Suecia y mandarme a Italia. No dudo que hayas sido tú quien le dio mis malditas llaves —espeté, haciendo que él se quedara callado—. No te preocupes si no quieres aceptarlo ahora. En cuanto llegue a casa me encargaré de que Ormond me diga exactamente lo que pasó, porque dudo que esperaras algo diferente a una reunión conclusa por mi parte.
—Larsen, escúchame…
—Mantente haciendo tu trabajo, Olsson, y no te metas en mi camino porque me conoces perfectamente. Estoy aquí porque tengo un ambicioso proyecto que cubrir, no porque quiera ver tu hipócrita cara, y ahora mucho menos. No me metí contigo en estos meses, pero parece que tú buscabas cualquier oportunidad para joderme —coloqué un dedo sobre su pecho—. No te interpongas de nuevo. Haz mi trabajo fácil o puedo asegurarme de complicarte también las cosas.
Estaba tan molesta que tenía las mejillas rojas.
¿Qué habría pasado si Ormond hubiese cedido? Imaginaba la vergüenza y la humillación de ser expulsada allí mismo delante de todos. Maldita sea. Aparté la mano de su pecho cuando la voz de Axel resonó en aquel pasillo.
—Sun-Hee…
—Tu profesionalismo es envidiable, Dahlgreen —aplaudí, haciendo que él apretara la mandíbula—. Envidiable. Sabía que eras decidido, pero que pudieras llegar a ser cruel y humillante es algo nuevo. Aunque, por supuesto, las personas cambian. No necesito marcharme de aquí porque, como pudiste darte cuenta hoy, a pesar de que me sobra dinero e influencia, no es únicamente lo que poseo en este campo para formar parte de este proyecto. Aporté a SIOPEN como tú, pero de la misma manera también sé hacer mi trabajo. Ni siquiera una sola vez he pensado que Suecia fue elegida por tu dinero o influencia; fue elegida porque tienes la capacidad. Si hubiera pedido una sola cosa de tu parte, sería que me respetaras profesionalmente de la misma forma en que yo te respeto a ti.
Olsson suspiró y Axel terminó por desviar la mirada.
—Si yo actúo por crueldad, ¿tú no actúas por capricho?
Una risa escapó de mi garganta.
Mis largas uñas se posaron sobre su pecho y entonces la presencia de Holm se hizo presente a sus espaldas. Terminé dando un paso que rompió cualquier burbuja de separación entre nosotros. Pude sentir su aliento casi rozando mis labios.
—¿Cuál capricho, Dahlgreen? Ninguno de los dos eligió esto, pero a diferencia tuya yo sí puedo separarlo a la perfección. ¿Cuál es tu problema? Si me detestas por el pasado, lo entiendo, de verdad lo entiendo, pero eso no tiene que ver con lo que se ha construido aquí hoy. No tenemos que hacer más que limitarnos a las opiniones médicas, tomar las decisiones y hacer lo mejor por esos niños. No exijo nada más. ¿Qué capricho puede haber en eso? Respeto las decisiones de SIOPEN porque ellos supieron ponernos en nuestro lugar por una razón objetiva. Tenemos dinero, Dahlgreen, siempre lo hemos tenido, pero no es lo único que podemos aportar y por eso estamos aquí hoy. No intentes ponerme tropiezos en mi camino porque entonces dejaré de ser condescendiente contigo y te perderé el respeto profesional —le miré a los ojos mientras me perdía en su fragancia masculina y mis dedos sentían el latir de su corazón debajo de la tela. No perdí el tono mordaz y agresivo, pero sí sentí una tensión palpable cuando mi mirada fue milisegundos a sus labios—. Sabes mejor que nadie lo rencorosa que puedo llegar a ser. No me obligues a hacerte sangrar y a encapicharme de verdad.
Aparté los dedos de él y retrocedí.
Tomé su silencio como mi respuesta.
Si quería una guerra, tendríamos guerra.
Olsson soltó una maldición en voz baja. Axel había perdido su oportunidad.
—Enviaré mis requerimientos por correo, doctor Olsson —imité el gesto de escribir con una pluma—. Espero que como director interino del hospital y responsable de esa parte puedas atenderlos. Después de todo, allá adentro te dijiste responsable de brindar todo al equipo para que se sintiera cómodo. No olvides que soy yo quien lo lidera. Con permiso.
Ese desgraciado iba a pagarme la risita hipócrita que tenía allí dentro.
Holm permanecía seria con los brazos cruzados. Ella también habría esperado lo mismo que Olsson y el propio Axel, aunque este probablemente ya conocía la respuesta desde antes que ellos. Tomé el teléfono mientras me dirigía al estacionamiento con la intención de llamar a Ormond, pero como si mis pensamientos le llamaran, fue él el primero en hacerlo.
—¿Hola?
—Supongo que ya sospechas por qué te llamo.
—Si no me llamaste temprano significa que lo consideraste.
—Sun… —pronunció casi con disculpa—. Axel me envió un correo el domingo mencionando la situación. Hay mucho dinero en juego y no pienso mentir, dudé un poco porque sabes lo objetivo que es. Es tu consultor, tendrán que verse mucho tiempo y si hay una emergencia trabajarán juntos. SIOPEN desea una sinergia óptima en el equipo porque son la unidad que da el ejemplo a los demás equipos. No puedo tener una fractura en mi base. ¿Entiendes?
Suspiré. Estaba iracunda.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije lo mismo que a ti hoy en la reunión. No te elegí por el dinero que has aportado sino porque tienes la experiencia para manejar algo así y no te es extraño. No pareció tomarlo bien, pero unos minutos antes de la reunión se acató a mi decisión. Espero que esto pueda servirles porque conozco el pasado, Sun, y en ninguna circunstancia debe notarse la mezcla de la vida personal con la profesional. Te lo digo para que estés alerta y sepas cómo manejarlo.
Iba a manejarlo con agresividad, por supuesto.
—No te preocupes —mentí—. Dahlgreen y yo encontraremos la forma de trabajar juntos. De hecho, es probable que te enteres de que en equipo nos tomamos unas copas los viernes para mejor socialización.
—No me molestaría escuchar eso, de verdad.
Jah.
—Muchas gracias, Ormond. No te preocupes. Lo trabajaremos.
Guardé el teléfono en el bolso y entonces, cuando levanté la mirada hacia el enorme edificio de cristal, noté una mata de cabello rubio que me observaba desde lo alto. Tenía las manos en la espalda, pero en cuanto se dio cuenta de que lo había reconocido, mantuvo la mirada sobre mí unos segundos para luego seguir su camino por el pasillo.
Axel Dahlgreen quería guerra.
Y guerra tendría.