Maye
Unos días después, cuando vuelvo del trabajo, me espera un sobre grueso y dorado. Está sobre mi felpudo gastado, inocente a simple vista. Como la vez anterior, mi dirección está escrita en él. Como la vez anterior, mi nombre no.
—Bueno, bueno… veamos qué me tienes preparado esta vez —murmuro, abriéndolo con el dedo. Esto merece arriesgarme a un corte de papel.
Saco una invitación impresa en cartulina gruesa.
Está dirigida a mí.
A mí: Mayela Umaña. No a Rebecca Hartford.
Me dejo caer en la silla de la cocina, con la invitación aún en la mano. Esto tiene que ser cosa de Salvador… tiene que serlo. ¿Habrá pagado la cuota por mí? ¿Habrá movido hilos con el comité de selección?
Mis ojos recorren el resto de la invitación.
Mayela Umaña,
Es diciembre y las fiestas están a la vuelta de la esquina. Ya sabes lo que eso significa… mucho envoltorio de regalos y lazos que atar. O desatar. Sabemos cuál preferimos.
Acompáñanos este sábado en el Hotel Winter. Deja tu smartphone y tus inhibiciones en la entrada y recuerda: el anonimato es la moneda que hace girar el mundo.
Tuyos en el placer,
The Salón Dorado
Siento como si la invitación tuviera su propio latido, y golpea tan rápido como el mío. Al cerrar los ojos, veo el rostro de Salvador frente a mí, tal como me miraba sentado al otro lado de la mesa en la charcutería con luz tenue la semana pasada. Ojos azules profundos. Cabello oscuro y espeso. Barba de dos días marcándole la mandíbula cuadrada. Se me contrae el estómago ante la idea de acostarme con él otra vez. Esta vez nos conoceremos. Sabremos quiénes somos fuera de los límites del Salón Dorado.
Y aun así nos estaríamos eligiendo.
Miro hacia la cómoda de mi diminuta habitación, hacia mi altar al éxito. Mi abuelo. Mis padres. Mis libros de negocios y mi diploma.
Acostarme con un jefe jamás ha sido el tipo de decisión que quiero tomar. Una vez me reí de las mujeres que lo hacían… lo desprecié.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Salvador tenía razón, el arrogante desgraciado, cuando dijo que me da miedo salir con alguien. De algún modo encontró mi punto débil y presionó ahí, como si pudiera leerme solo con mirarme. Es el único ámbito de mi vida en el que nunca he logrado sentirme segura. Donde el esfuerzo no se traduce en éxito, donde no puedo estudiar para sacar una A ni trabajar horas extra para conseguir una evaluación excelente.
Aprieto la invitación entre los dedos. Tal vez ya terminé de tener miedo.
Es hora de desatar esos lazos.
Cuando por fin llega el sábado, repito la misma ducha de “voy a un club s****l secreto y exclusivo” que hice la última vez. Me afeito. Me exfolio. Me cuestiono mis decisiones de vida. Me seco el cabello con secador.
El vestido que llevo no es ni remotamente tan revelador como el anterior… pero sí es más ajustado. Se pega a mi piel como si fuera una segunda, de un rojo profundo. Es un vestido que compré con amigas en Filadelfia, de esos que tus amigas te dicen “¡tienes que llevártelo!” pero que no tienes absolutamente ninguna razón para usar en el trabajo ni en bares.
Resulta que ahora tengo la ocasión perfecta.
Llego al Hotel Winter justo cuando empieza a nevar. Los copos caen suavemente del cielo oscuro, girando hacia la acera como cristales enviados del cielo. Me detengo afuera para atrapar algunos en la palma enguantada. Siempre me ha gustado la nieve. Tiene que ser buena señal.
El ascensor al piso trece es suave, sin interrupciones. Mantengo la vista fija en el monitor con cada piso que pasa. He aprendido a dominar los ascensores. Filadelfia me enseñó cómo, aunque sigue siendo una pequeña barrera mental cada vez, y exhalo aliviada cuando salgo.
—Bienvenida —dice una mujer elegantemente vestida con traje. No lleva nada bajo el blazer; el escote en V abierto cubre con precisión sus pechos.
—Gracias —digo, extendiendo mi invitación. Ella sonríe al revisarla.
—Bienvenida, Mayela. ¿Traes tu máscara?
La saco del clutch.
—Sí.
—Entonces todo en orden. Disfruta.
Aparta una cortina drapeada y entro al gran salón de baile del Winter, ingresando a un mundo de decadencia.
Le entrego mi teléfono al asistente, apenas mirándolo al recibir mis números. Porque hay una pasarela enorme en el centro del salón, y sobre ella caminan mujeres cubiertas de seda y perlas… y nada más. Los invitados se arremolinan alrededor, aplauden, silban. Mientras miro, una artista toma de la mano a un invitado y lo sube; él se incorpora sin detener el paso, y se quita la ropa mientras avanza por la pasarela.
El mismo ritmo espeso y palpitante retumba en los altavoces, y el olor a incienso me llena la nariz.
—¿Champaña?
—Sí, gracias —murmuro, aceptando una copa de una bandeja.
Aturdida, avanzo por la fiesta buscando a un hombre alto, de hombros anchos, con quien no debería estar hablando.
No lo veo.
Una mujer sentada en un sofá nota mi mirada inquieta. Me sonríe y pasa la mano por el cabello de su acompañante. La mano de él se mueve entre sus piernas.
—¿Te unes, cariño?
—Gracias, pero vine con alguien.
—Tráelo también —ronronea.
Dios. No.
—Quizá más tarde, gracias.
Ella sonríe.
—Entonces disfruta. Suéltate.
Claro.
Asiento y sigo, zigzagueando entre compartimentos cubiertos por cortinas en busca del bar. Hay algunas personas sentadas en los bancos, pero está casi vacío.
Salvador tampoco está ahí.
¿Ya se habría metido en alguna de las habitaciones privadas? La fiesta apenas empieza.
Me siento en la barra y cruzo las piernas, muy consciente de cómo la tela roja se me sube. Mi mirada recorre a la gente que camina en distintos grados de desnudez: mujeres en lencería mezcladas con hombres en traje. Un asistente en una esquina, con un taparrabos de seda, me mira por encima y yo le sonrío. Seguridad, tal como Salvador había señalado.
Si tan solo él estuviera aquí.
Media hora después, le hago señas al mesero por otra copa de champaña. Repito el gesto cuarenta minutos después.
Y nada de Salvador.
Y sin teléfono, no hay nada que hacer salvo mirar la actuación cada vez más lasciva en el escenario. En cierto modo solo puedo aplaudirles, porque no hay forma de que yo pudiera hacer lo que hacen. Ser complacida mientras cuelgas desnuda del techo en seda, con decenas y decenas de personas mirando… no.
Pero no hay Salvador.
El barman, sin camisa, empuja un trago hacia mí. Se apoya sobre los brazos y me sonríe.
—¿Primera vez aquí?
Debo verme patética.
—Segunda, en realidad.
Hay amabilidad en sus ojos.
—Ya veo. Estás esperando ver a alguien especial.
Frunzo el ceño.
—¿Tan obvio?
—Solo porque ya lo he visto antes, cariño. Los que vienen por segunda vez suelen empeñarse en repetir la primera noche. Pero los invitados cambian, y el cambio cambia a los invitados. Muchos vienen aquí buscando nuevas parejas… no para repetir con las antiguas.
—Pero dijo que estaría aquí.
Y aun así, al decirlo, noto lo frágil de mis palabras. Sueno como alguien a quien dejaron plantada en un bar. Supuse que Salvador me había conseguido la invitación, que estaba tan emocionado como yo por repetir esto… pero no está. O, si está, ya está ocupado, distraído con alguien más.
Bajo la mirada a mi copa.
—Tienes razón —le digo al barman—. Supongo que soy el manual viviente de una “segunda vez”.
Su sonrisa se ensancha.
—No te castigues por eso. Hay mucha gente aquí que estaría encantada de divertirse.
—No lo dudo —digo, pensando en las varias miradas interesadas que ya me lanzaron algunos hombres.
Ninguno se acercó a hablarme: la primera regla del Salón Dorado en acción.
Me deslizo del banco alto.
—Gracias por el discurso motivacional.
—Cuando quieras, preciosa.
Me despide con la mano.
—Diviértete.
Le doy una última vuelta al salón, terminándome el contenido del trago que me dio. La ginebra con tónica quema al bajar por la garganta. Dejo el vaso en una mesa, ignorando a la pareja que se está besando con furia a su lado, y me dirijo hacia los pasillos del fondo.
Una puerta abierta revela… Dios mío. No. No, no. ¿Por qué creí que podía hacer esto? Si Salvador está detrás de cualquiera de esas puertas, no quiero verlo. Me mataría. Mis tacones dolorosos me llevan directo hacia la salida. Segundos después tengo mi teléfono y mi abrigo, apresurándome hacia el ascensor.
Una fantasía ridícula. Eso fue esto.
Incluso si él estuviera aquí… ¿y qué? Sigue siendo mi jefe. El CEO de Montviva, mayor, más experimentado, rico. Padre. Alguien que frecuenta un club como este. Y yo pasé anoche en mi cama viendo repeticiones viejas de Gilmore Girls y preparando s’mores calentando chocolate y malvaviscos en el microondas.
¿En qué estaba pensando?
Volver a mi diminuto apartamento se siente como volver a casa por primera vez desde que me mudé. Cerrar afuera la ciudad, las tentaciones, las decepciones. Me quito los zapatos de una patada y tiro, tiro, tiro del vestido rojo ajustado. Me pongo mis pants y una camiseta vieja. Apenas me siento en la cama, con la cabeza entre las manos, cuando el teléfono suena con un mensaje.
Solo tengo un pensamiento en la cabeza.
Es Salvador, preguntando dónde estaba. Salvador, explicando que no pudo venir.
No lo es.
Luke: Hola, líder de equipo. ¿Quieres tomar un café uno de estos días y dejo que te enseñe Nueva York?
Mis dedos tiemblan apenas al escribir la respuesta. No tengo miedo, me digo. Solo sé cuál es mi lugar. Y es con hombres de mi edad, quizá con un becario de otro departamento, y no con el director de la empresa.
Maye: ¡Me encantaría! ¿Qué tal mañana?