Bienvenida a Montviva

2089 Words
Maye Mi primer día en Montviva Consulting comienza con una presentación que dura al menos quince minutos de más. Miro a la izquierda y a la derecha a mis compañeros Junior Professionals, el elegante eufemismo de la empresa para “pasante remunerado”, y los veo tomando apuntes con diligencia. Así que retomo los míos. Montviva Consulting recluta a tres pasantes para este programa de un año cada año, uno de los más prestigiosos del sector. Puede que Montviva Consulting no sea un nombre conocido en todos los hogares, pero está en todas partes. ¿Asesorando a una gran empresa médica sobre publicidad? Montviva Consulting. ¿Contratada para supervisar la reestructuración estratégica de un conglomerado en quiebra? Montviva Consulting. Si hubiera una invasión alienígena o el apocalipsis, no me cabe duda de que serían contratados de inmediato por su experiencia en gestión de crisis. La presentación termina con un gran despliegue, y nos envían a nuestros respectivos departamentos. La mujer que dice mi nombre es rubia, de cabello corto y ronda los cuarenta y tantos. —¿Mayela Umaña? —Sí. —Vienes conmigo. Tomo mi bolso y mi libreta, siguiéndola por un pasillo cubierto de vidrio, con pasos impecables. —Eleanor Rose —me informa por encima del hombro—. Seré tu supervisora mientras trabajes con nosotros en el Departamento de Estrategia. —Un placer conocerla. —Sí, seguro —responde. Introduce un código en una puerta y entramos a un vestíbulo con ascensores—. Estrategia está en el piso dieciocho. Somos un sistema cerrado, señorita Umaña. Asesoramos a la gerencia y a todos los equipos de consultoría, pero nunca hablamos con gente externa. —Entendido. —Y como sé cómo habla la gente, quiero que lo escuches primero de mí. No fuiste mi primera opción para este puesto, pero he leído tu currículum y creo que te irá bien aquí. Auch. Pero yo tampoco tengo ninguna duda, independientemente de sus preferencias. Pasé por tres rondas de entrevistas para conseguir este trabajo y superé cada una. Así que respondo a su tono seco y profesional con uno igual de firme. —Lo entiendo y agradezco su honestidad. Hay aprobación en su mirada. —Eso pensé. Te presentaré al equipo y a tu espacio de trabajo, y te asignaré tu primera tarea. —Estoy lista —digo, y lo digo en serio, casi impaciente. Desde mi cabello perfectamente alisado hasta los tacones que usé dentro de mi apartamento durante una semana para amoldarlos, nunca he estado tan preparada en mi vida. Eleanor me guía a través de un segundo juego de puertas, usando su tarjeta para entrar. —Recibirás la tuya antes de que termine el día. —Excelente. Se detiene con una mano apoyada en un divisor, observando un amplio espacio de oficinas con unos cuantos escritorios. Oficinas individuales de vidrio bordean la pared del fondo. —Este será tu hogar durante los próximos doce meses. La división de Estrategia Corporativa. —Hogar, dulce hogar —comento. Ella resopla y me conduce a un escritorio vacío, lanzando nombres a medida que avanzamos. —Ese es Toby, trabajarás muy de cerca con él. Aquí está Quentin, él está a cargo de la implementación estratégica. Quentin me dedica un asentimiento agrio y vuelve a su computadora. —Otro MBA recién salido del horno —comenta. Está claro que no es un halago. —Montviva solo contrata a los mejores —replico. Tanto Eleanor como Toby se ríen. —Aquí tienes tu contraseña —me dice ella—. Instálate, familiarízate con tu computadora y volveré en una hora para darte tu primera asignación. Y eso es todo. Me dejo caer en mi nueva silla y observo cómo se retira hacia una oficina en la esquina, la puerta de vidrio cerrándose detrás de ella. —La reina de hielo —dice Toby a mi lado. Doy un pequeño salto por su cercanía repentina y él se echa hacia atrás, con una sonrisa apenada. —Perdón —dice, ajustándose unas gafas de color naranja brillante—. A diferencia de Eleanor, no era mi intención asustarte. —¿Quería asustarme? —La intimidación es parte del ritual del primer día por aquí —se encoge de hombros—. Quentin y yo no somos así. —No me metas en esto —replica Quentin. Con su traje mal ajustado y su mata de cabello n***o azabache, me recuerda a cierto burro perpetuamente triste de un dibujo animado infantil. Toby pone los ojos en blanco. —Ya se le pasará. —No —dice Quentin. —Siempre se te pasa —responde Toby—. No luches contra lo inevitable. En fin, ¡bienvenida! ¿Cómo te llamas? Extiendo la mano. —Maye. —¿Maye? —Es diminutivo de Mayela, pero nunca uso ese nombre. —Maye entonces —confirma, recostándose en su silla. Complexión delgada, camisa de diseñador y una sonrisa entusiasta—. No te imaginas lo feliz que estoy de tener una nueva compañera de escritorio. —¿El anterior era tan malo? —No era malo, exactamente, solo que… —Se robaba tus bolígrafos —dice Quentin—. Te dije que lo enfrentaras por eso, Toby. Mi nuevo compañero se encoge de hombros. —En fin, ya no está, y ahora estás tú. La nueva y reluciente adquisición de Montviva. Me río, cruzando las piernas. —¿Adquisición? —La empresa apunta alto. Cada nueva contratación es altamente educada, joven y hambrienta de éxito —Toby me guiña un ojo—. Como tú y yo. —Todo gracias a nuestro nuevo líder intrépido —murmura Quentin. Tecleo la contraseña en la elegante computadora que ahora puedo llamar mía. —¿Nuevo líder intrépido? —Esto es demasiado bueno. Quentin, tenemos que darle todos los detalles. —No me pagan para chismear —responde él. Toby pone los ojos en blanco y se vuelve hacia mí. —Hace aproximadamente un año Montviva fue comprada por un grupo de capital de riesgo, Acture Capital. Asiento. —He leído sobre eso. —Bien. Pues pusieron a uno de los suyos al frente de la empresa. Y no digo lo siguiente por chisme. Estamos en Estrategia, y eso significa que interactuamos mucho con la alta gerencia. —Claro. Era una de las razones por las que quería este departamento. —Bueno, el nuevo CEO tiene… estándares altos. —Es un imbécil exigente —añade Quentin, girándose por fin en su silla. Toby mira por encima del hombro, pero el espacio de oficinas no ha cambiado. Quentin resopla. —No está aquí. Nunca está aquí. —Eso no es cierto. Una vez lo vi hablando con Eleanor en su oficina. —No, no lo viste. Toby niega con la cabeza. —No sé por qué no me crees. Sí ha estado aquí, al menos una vez. —Creo que tú crees que lo viste hablando con Eleanor una vez. —¿Y por qué sería tan impensable? —pregunto. Conozco al nuevo liderazgo por nombre gracias a mi investigación, pero no tenía idea de que fueran personajes tan particulares. Claramente aún tengo mucho que aprender. —No bajaría hasta aquí en persona —me dice Quentin—. Mandaría a uno de sus esbirros y nos harían subir al piso treinta y cuatro. —Para asegurarme de entender bien, ¿estamos hablando de Salvador Almeida? Toby vuelve a mirar por encima del hombro y Quentin sacude la cabeza ante la paranoia. —El mismísimo, en todo su esplendor de capitalista de riesgo. Desde que compraron Montviva, ha cerrado departamentos poco rentables y promovido otros. Ha habido mucha rotación de personal. Asiento, recostándome en la silla. —¿Y lo vemos seguido en reuniones? —No —dice Quentin. —No nos reunimos con Salvador Almeida —continúa Toby, moviendo los brazos mientras gesticula—. Recibimos órdenes de Salvador Almeida a través del COO o del jefe de departamento. —No le hablamos, no lo miramos, no existimos para él —añade Quentin. No puedo evitar sonreír. —¿Esto es una especie de novatada? ¿Lo están exagerando para asustarme? Porque pueden considerarme impresionada. Toby se ríe. —Me gusta tu actitud, Maye, pero no. —Completamente en serio —agrega Quentin. —De acuerdo, anotado. Me mantendré bien lejos de él. En silencio, me prometo no dejar de mirarlo nunca, si llego a verlo. Eso suena a más respeto del que un CEO merece. No es realeza. Toby se vuelve hacia Quentin. —¿Viste el correo de Acción de Gracias que enviaron? El otro resopla. —Sí. Patético. —¿Qué correo? —La gerencia está planeando un almuerzo de Acción de Gracias para la empresa el próximo mes. —¿Para toda la empresa? —La oficina de Nueva York —aclara—. La sede central. Al parecer, la propia gerencia será la encargada de servir la comida, como gesto de agradecimiento por todo nuestro arduo trabajo. Quentin se burla. —No puedo esperar a ver a Clive Wheeler o a Salvador Almeida sirviendo puré de papas a doscientas cincuenta personas. —Suena como una pésima idea —coincido, abriendo el correo electrónico en mi computadora. Hay una dirección de correo preregistrada esperándome. M.Umaña@Montviva.com. Las palabras me hacen sonreír. Mi nombre, junto a Montviva, la empresa que ahora mismo está a la vanguardia. Luché contra más de diez antiguos compañeros de Wharton para conseguir este puesto, sin contar a todos los demás postulantes. Jugueteo un poco con la cuenta, cambiando la frase de despedida automática que se añade al final de cada correo. Mayela Umaña, Profesional Junior en Formación, Departamento de Estrategia. Sonriendo, cambio Mayela por Maye. Nadie en este mundo me llama Mayela, salvo mis abuelos, y hasta donde sé ninguno de los dos trabaja en Montviva. Durante las horas siguientes, Toby me enseña cómo funciona todo, e incluso Quentin ayuda. Me presentan los proyectos en los que estamos trabajando y no tardo en darme cuenta de que ambos trabajan muy bien juntos, pese a sus pullas. ¿O quizá gracias a ellas? Estoy segura de que lo averiguaré. Eleanor me muestra el lugar y me da un resumen del primero de varios proyectos en los que colaboraré. Cuando por la tarde vuelvo a hundirme en mi silla, mi bandeja de entrada está repleta de correos. La mayoría son automáticos y de toda la empresa. Otros son de Quentin, Toby o Eleanor, todos con asuntos como “Bueno saberlo” o “Información para que revises”. Ya tengo resuelta la lectura de esta noche. Mi mirada se detiene en un correo corporativo titulado “Un agradecimiento a las tropas”. Está enviado desde S.Almeida@Montviva.com, aparentemente del mismísimo CEO diabólico. Mi sonrisa se amplía mientras leo la carta. Es el típico relleno corporativo, probablemente ni siquiera escrito por él, agradeciendo a todos los empleados por su arduo trabajo. Bajo mi liderazgo, la empresa ha duplicado sus ganancias. Un alarde modesto, señor Almeida. Sonriendo, avanzo hasta el último párrafo. No olviden agendar el almuerzo de Acción de Gracias el próximo mes, invitación de la empresa en agradecimiento por todo el esfuerzo y las largas horas que han dedicado. Sé que no querrán perdérselo. Veo mi oportunidad de sumarme a las bromas de Toby y Quentin. No hay nada como una pulla bien lanzada contra la alta gerencia para integrarse con los compañeros, todos juntos en las trincheras. Así que presiono reenviar y escribo un comentario sarcástico. ¿De verdad cree la gerencia que todos marcaron una enorme y entusiasta X en su calendario para el almuerzo de Acción de Gracias? Quizá debería servir una guarnición de humildad junto con el puré… Unos minutos después, miro hacia el escritorio de Toby, pero está concentrado en su trabajo y no responde. Puedo esperar. Una hora más tarde, Quentin se levanta y anuncia que se va a casa. Eleanor hace lo mismo poco después, indicándome que también me retire. Toby bosteza. —Vamos, Maye. Todo esto seguirá aquí mañana. No hay ningún comentario sobre mi correo sarcástico. Un frío miedo me golpea el estómago. —Dame un minuto y salimos juntos. Abro la carpeta de enviados y desplazo la vista hacia abajo. ¿Tal vez no se había enviado? No, sí se había… Entonces lo veo. El correo no se envió a Toby porque no lo reenvié. No. Por error, presioné responder. En la línea de destinatario hay una dirección que duele mirar. S.Almeida@Montviva.com
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