Prólogo

1124 Words
Cinco palabras... ¿Cómo demonios terminé en esto? Después de haberle dado varias vueltas al asunto, me di cuenta de que no tenía ni la menor idea de cómo me las arreglé para terminar en esto. Y para rematar, tampoco tenía idea de cómo le haría para salir de esta. Y creo que la única manera de que me entiendan todo es contarles esta historia. Mi historia. Todo empezó hace un año exactamente... Flashback - Hace un año. Montagna, Italia. —No, papá. No puedes hacerme esto. —Bela, ya basta. Muerdo la comisura de mi labio superior con fuerza, enojada. —Bela —la voz de mi madre se hizo presente en el silencio tenso en el que había quedado la conversación—. Oye a tu padre. Sólo quiere lo mejor para ti. —¡No! Ya basta todos. No llevaré ese periódico. No haré lo que ustedes quieran con mi vida solo porque dicen que es lo mejor para mí, y definitivamente, no me quedaré en Montagna. La mirada del hombre que tenía en frente y que por años había llamado «Padre», se oscureció de enojo. —No quiero más peros. Es lo que quiero para ti y es lo que harás. Ya hablé —dijo en tono severo. —¿Qué? Pero... —busqué ayuda en mis hermanos mayores, pero ninguno de ellos estaba conmigo. Claro que no. Nadie quería llevar ese periódico por más "tradición familiar" que fuera. Nadie de esta sala se quería quedar estancado en Montagna de por vida. Vaya familia me gasto. —Correcto —intenté con todas mis fuerzas no llorar, pero la impotencia y el enojo me estaban ganando—. Nadie quiere hacerse cargo del jodido periódico ese, así que les sale más fácil no apoyarme. Pero esta perfecto, es... Es genial —escupí con enojo en dirección a mis hermanos. Cuando terminé de decir aquello, corrí a mi habitación sin mirar atrás. Si, mi comportamiento parecía ser infantil, pero esa era la única forma para que a ellos nunca se le ocurriera que podía pensar en lo que estaba a punto de hacer. Debía hacerlos creer que solo era capaz de chillar como una niña. • X • Era la madrugada del día en que huiría y dejaría todo y a todos atrás. Hace solo unas pocas horas había tomada "prestada" la camioneta del tío Dante para poder llegar hasta el aeropuerto más cercano, ya que en tren no me era rentable. Quería irme muy lejos. Había dejado la camioneta a unos 15 minutos del aeropuerto, con una carta despidiéndome de todos. Bueno, no podía llamarse carta. Era un papel doblado con solo una palabra: «Adiós». Tomé mi pequeña maleta y me desplacé por todo el aeropuerto, buscando un destino al cual huir. ¿Qué tal sonaba España? Siempre había soñado con ir allí, pero mis padres nunca me dejaban siquiera ir al pueblo vecino. Además, no sé español. ¿O qué tal Alemania? Sonaba como un gran destino y de este si sé el idioma. ¿O qué tal Japón? Está aún más lejos y podría ser un nuevo comienzo perfecto. Aún me encontraba parada delante de un tablero de destinos, cuando oí un alboroto en la entrada. No le presté mucha atención, pues estaba absorta en la cantidad de destinos a los que podía huir por un precio razonable. —Señor, no puede pasar si tiene objetos metálicos. Señor, estoy hablando con usted. ¡Venga acá! Ignoré todo el alboroto y me centré en buscar un destino, pero entonces algo me detuvo. —Ahí está. ¡Deténganla! Esa voz... No... Me giré hasta el punto de lastimarme el cuello, solo para confirmar que sí, mis padres y todos mis tíos estaban parados en la puerta de embarque, queriendo detenerme. No, no y no. No van a detenerme. Hecha un lío de nervios, tomé el asa de la maleta y corrí al puesto de boletería más cercano. —Señorita, necesito un vuelo —dije al llegar. La encargada de la boletería ya había sido avisada de no dejarme pasar, pero, aún así, seguí insistiendo. No soportaría un día más en Montagna. —Usted no lo entiende, señorita, yo... —Ya le he dicho joven —sus ojos cafés se notaban cansados y molestos—. No le venderé nada. Miré detrás de mí, pidiéndole al cielo que aún no les hayan dejado pasar al área de embarque. Y así fue, no podían pasar con cosas de metal o sin ser revisados antes. Volví mi mirada a la chica. —Soy mayor de edad. Puedo hacer lo que me venga en gana. Ella alzó una ceja, pero accedió. —Identificación y pasaporte. Le entregué todo lo más rápido que pude, pero aun así no me iba a servir de mucho. Ya los habían dejado pasar. —¡Señorita! —volteé mi cara hacia la chica del mostrador que me gritaba—. ¿Destino? —No lo sé... —negué confundida—. El primer vuelo que salga. La chica escribió algo rápidamente y luego me sonrió, entregándome mis cosas. —Sala C, número de vuelo 14 —estaba lista para empezar a correr, cuando la voz de la chica me detuvo—. Ah, y suerte en su escapada. Le devolví la sonrisa y grité un «Gracias» antes de empezar a correr en dirección a la sala C. Nuevo comienzo, allá vamos. • X • —TRIPULANTES DEL VUELO NÚMERO 36, POR FAVOR ABORDAR POR LA SALA C. Eso era... ¿Inglés? Con mi maleta y mi pequeño bolso de mano, caminé tímidamente adentrándome al aeropuerto a la ciudad donde había huido. Había muchas personas, muchas. Ninguna conocida o que fueran lo suficientemente amables como para detenerse a preguntarme si estaba perdida. Todo era tan nuevo y estaba tan confundida. Solo sabía que estaba en algún lugar del mundo en el cual se hablaba Inglés. Miré una vez más las pantallas del aeropuerto. Según los destinos de salida estoy en San Francisco. Una vez más tranquila y ya pensando en frío, la realidad me golpeó de frente: Estaba sola y perdida en una ciudad extraña. Al estar mirando de manera distraída hacia las pantallas de las paredes, me choqué contra alguien de frente. —Oh, disculpa. No te vi. Lo primero que me llamó la atención fue su marcado acento y seguido de eso, que me había sonreído. ¡Me había sonreído! Era la única persona que me había sonreído entre un mar de personas que solo iban y venían como zombies. Desde ese momento, justo en el instante en que se detuvo, me saludó y me preguntó que a donde iba, supe que seriamos grandes amigas. Y no me equivocaba.
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