—¡No! ¡Jamás! Mi padre se acerca a mí, de dos pasos, posiblemente furioso conmigo por haberme escapado y nunca haber llamado al menos para notificar que estaba bien. —Tú vuelves a Montagna, ¡Y punto! —Dije que no —vuelvo a negar, decidida. Él ni nadie puede obligarme a volver, y mucho menos ya que soy mayor de edad. Mi padre se cierne sobre mí y me toma de la muñeca con brusquedad. —Tú te encargarías del periódico familiar, pero no, decidiste que sería más divertido huir a San Francisco a jugar la casita en un apartamento detestable en un lugar detestable. —Mi decisión fue no hacerlo y no podrás hacer nada para hacerme cambiar de opinión. Mi padre niega, decepcionado. —¿Esto fue lo que crié? ¿Una inhumana? —¡No soy una inhumana! —grito, cabreada, alejándome de él. Mis

