El aire de la sala de juntas estaba cargado de murmullos y miradas curiosas. La noticia de la llegada del nuevo director ejecutivo había causado revuelo en toda la empresa, pero para Valeria, la sorpresa iba más allá de un simple cambio de liderazgo.
Alejandro Ferrer.
El hombre al que había besado la noche anterior.
Su corazón latía con fuerza mientras lo miraba, paralizada, tratando de procesar la situación. Él también la reconoció, lo supo de inmediato. Sus ojos grises, afilados y penetrantes, se posaron en ella con una mezcla de diversión y algo más… ¿desafío? ¿Curiosidad?
—Un placer conocerte, Valeria —dijo, tendiendo la mano.
Su voz era exactamente como la recordaba: profunda, segura, con un toque de arrogancia natural que la hacía sentir vulnerable de una manera que no le gustaba.
No puedo creer esto, Valeria sintió cómo la sangre se le subía al rostro, pero se obligó a mantener la compostura. Tenía que actuar con naturalidad, como si nada hubiera pasado, respiró hondo y estrechó su mano, sintiendo el calor de su piel contra la suya.
—Bienvenido a la empresa, señor Ferrer —respondió con una sonrisa medida, profesional.
Él la sostuvo un segundo más de lo necesario antes de soltarla, su expresión indescifrable.
—Espero que trabajemos bien juntos.
¿Bien juntos?
Valeria tragó saliva, no podía permitirse perder la cabeza, este hombre era su jefe ahora, y lo último que necesitaba era que alguien sospechara que había algo entre ellos… aunque técnicamente no lo había. Fue solo un beso. Un maldito beso que ahora la estaba condenando.
—Todos pueden volver a sus puestos —anunció la señora Ortega, la gerente general. — El señor Ferrer quiere conocer a cada equipo de trabajo, así que prepárense para reuniones individuales.
Valeria asintió y, sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de la sala de juntas. Sentía su piel ardiendo. Necesitaba aire.
Un encuentro nada profesional
No habían pasado ni diez minutos cuando Valeria sintió una presencia detrás de ella en el pasillo.
—¿Siempre sales corriendo después de un beso, señorita Mendoza?
Se detuvo en seco, mierda.
Se giró lentamente, encontrándose con Alejandro, apoyado despreocupadamente contra la pared, con los brazos cruzados y una media sonrisa en los labios.
Dios, ¿cómo podía verse tan increíblemente atractivo y tan irritante al mismo tiempo?
—Yo no salí corriendo —replicó, alzando la barbilla. —Me fui a trabajar. Algo que deberíamos estar haciendo ambos.
Él soltó una leve risa, baja, como si disfrutara verla nerviosa.
—Tienes razón. Pero tengo que admitir que esto es un giro interesante de los acontecimientos.
—Fue solo un beso, no significa nada —dijo Valeria, cruzándose de brazos.
—¿Ah, ¿sí? —Alejandro inclinó la cabeza, estudiándola con una intensidad que la hacía querer retroceder. Pero no iba a darle el gusto de ver que la intimidaba.
—Exactamente —respondió, manteniendo su mirada.
Alejandro dio un paso hacia ella. Valeria sintió su respiración entrecortarse cuando él bajó un poco la voz.
—¿Entonces, por qué estás nerviosa?
—No lo estoy —mintió.
Él sonrió de lado.
—Bien, porque ahora somos compañeros de trabajo y yo soy tu jefe.
Las palabras la golpearon como un balde de agua fría.
Exacto. Su jefe.
Alejandro parecía disfrutar de su reacción, pero antes de que pudiera responderle, se alejó con su característico aire de superioridad.
—Nos vemos en la reunión, Valeria.
Ella cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
Esto va a ser un infierno.
Las horas siguientes pasaron en un torbellino de informes y reuniones, pero lo peor llegó cuando Alejandro convocó a su equipo para una primera reunión privada.
Cuando Valeria entró a la sala de conferencias, lo encontró sentado al frente de la mesa, hojeando unos documentos. Parecía completamente en control, como si no hubiera pasado nada entre ellos.
Perfecto. Si él podía ser profesional, ella también.
El equipo se reunió, y Alejandro comenzó a hablar sobre las estrategias de la empresa, sus expectativas y cambios que implementaría. Su voz era firme, segura. Sabía lo que hacía, y eso lo hacía aún más intimidante.
—Valeria, ¿qué opinas sobre la última campaña de marketing? —preguntó de repente, sacándola de sus pensamientos.
Ella parpadeó. Maldición. Se había distraído.
Se aclaró la garganta y habló con la mayor confianza posible.
—Creo que fue efectiva en términos de alcance, pero podríamos optimizar el engagement en redes. Algunos clientes interactúan, pero no convertimos tantas ventas como deberíamos.
Alejandro asintió, su mirada evaluadora.
—Interesante. ¿Tienes una propuesta?
—Podemos probar una estrategia de contenido más personalizada, enfocada en experiencias del usuario en lugar de solo la marca.
Él sonrió levemente.
—Me gusta cómo piensas.
Valeria sintió una extraña satisfacción ante su aprobación, pero no se permitió demostrarlo.
Sin embargo, cuando la reunión terminó y todos comenzaron a salir, un comentario la detuvo en seco.
—Ten cuidado con Alejandro.
Valeria giró la cabeza, encontrándose con Martín, un compañero del equipo.
—¿Por qué dices eso? —preguntó en voz baja.
Martín miró hacia la puerta, asegurándose de que nadie los escuchara.
—Hay rumores sobre él. Cosas que ha hecho en otras empresas.
—¿Qué tipo de cosas?
Él bajó la voz aún más.
—Dicen que no juega limpio, que siempre consigue lo que quiere, sin importar el costo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Valeria.
—¿Son solo rumores?
Martín suspiró.
—No lo sé, pero tú mejor que nadie deberías saberlo, parece que ya llamaste su atención.
Antes de que Valeria pudiera preguntar más, Martín salió de la sala.
¿Qué diablos significaba eso?
El enigma de Alejandro Ferrer, esa noche, Valeria no pudo dejar de pensar en las palabras de Martín, se sentó en su sofá con una copa de vino, su computadora abierta frente a ella. La curiosidad la estaba matando.
¿Quién era realmente Alejandro Ferrer?
Tecleó su nombre en el buscador, los resultados aparecieron en segundos.
Empresario exitoso, reconocido en el mundo de la tecnología. Ex CEO de un startup que vendió por millones. Varios artículos elogiaban su capacidad para transformar empresas en crisis.
Pero cuanto más bajaba en los resultados, más oscuros se volvían los titulares.
Alejandro Ferrer, el magnate del misterio, rumores de manipulación en el mundo corporativo, ex empleados lo acusan de prácticas poco éticas.
Valeria sintió un nudo en el estómago. ¿Quién era realmente ese hombre?