Capítulo 20

2616 Words
Alexander Nunca se lo admitiré a nadie, pero a veces soy un puto idiota. Aun así, nunca soy un puto idiota dos días seguidos. Me levanto temprano y castigo mi cuerpo con un entrenamiento duro antes de ducharme y elegir un traje. Son casi las diez cuando me reúno con Toro frente a la villa para el trayecto hacia la casa de Christian. —¿Noche agradable? —pregunta él, encontrando mi mirada en el espejo. —Interesante. Conseguir que la canción de Jinny sonara anoche en La Mer no estaba planeado, pero entonces ella se alejó de mí con aspecto destrozado. Creo en ella, pero también soy práctico. La parte empresarial de mi cerebro me recordó que La Mer puede elegir a los mejores DJ del mundo, independientemente de quién sea el dueño. No pensé de inmediato que podría usar esa plataforma para ayudarla a convertirse en uno de esos DJ. Y lo será. La posibilidad de que ella necesitara escuchar eso nunca se me había ocurrido porque es malditamente independiente. Tenía que arreglarlo. Se supone que debo querer poner las cosas en orden en mis negocios y en mi vida. Importa más que nada. Excepto... Anoche lo único en lo que podía pensar era en demostrarle mi valía a Jinny. Debatido entre dejarla boquiabierta o poner a sus pies todo lo que tengo. Así que la agarré e hice lo que llevaba semanas pensando. Besarla en la pista de baile no estaba planeado, pero cuando la vi abriéndose paso entre la multitud, buscándome, una bestia se desenrolló en mi interior. Una que quería protegerla. Asegurarse de que nada volviera a herirla de la forma en que yo lo hice. Mi recompensa fue el beso más ardiente de mi vida. La quiero debajo de mí. Desnuda, sin nada, para que no pueda esconderse detrás de un disfraz ni de ninguna otra cosa. Es lo único en lo que puedo pensar. Se ha infiltrado en mi vida y no tengo a nadie más que a mí mismo a quien culpar. Yo la traje aquí, estaba empeñado en castigarla y reclamar lo que me había costado. En cambio, ella me ha dado la vuelta por completo. Es una sirena con un sistema de sonido y el poder de conmover a todo aquel que alcanza. Y aunque no ha soltado sus problemas a mis pies, veo su dolor tan claramente como si lo hubiera hecho. Esta mujer vive de una sola maleta, tiene una relación de amor-odio con el frasco de pastillas que no ha tocado desde que se las reemplacé y crea música extraordinaria. Pero esta mañana tengo que mantener a raya la parte de mí que está obsesionada con Jinny Madani, porque volvemos a los negocios y a Brioni. —Bueno, si tiene planeadas más noches interesantes, espero que celebre su cumpleaños —dice Toro. —¿Su cumpleaños? —repito. —Este fin de semana. Me muerdo la lengua antes de decir lo que me viene a la mente. ¿Qué carajo le regalas a la mujer que no puedes sacarte de la cabeza cuando no tienes por qué estar pensando en ella? No estamos saliendo. En el peor de los casos, es mi rehén. En el mejor, mi empleada. Excepto que ninguna de esas etiquetas parece adecuada para describir lo que está pasando entre nosotros. La quiero en mi cama. Pero más que eso, quiero hacer algo por ella, algo que no pueda hacer por sí misma. No puedo regalarle lo que le daría a cualquier otra mujer, o me mirará como si hubiera pasado por alto lo obvio, tal como hizo cuando le compré la máquina de café expreso. Cuando nos detenemos ante la villa, salgo del coche y me abrocho la chaqueta, agradeciendo a Toro antes de subir los escalones de dos en dos. Mi intención es concluir este trato hoy. Por supuesto, la firma vendrá después, pero Christian es un hombre de palabra. No se echará atrás una vez que nos demos la mano. La puerta la abre una mujer joven de cabello castaño claro y una estructura ósea familiar. —Sr. Cross. Por favor, pase. —Su ligero acento francés coincide con el de Christian. Me conduce a un estudio donde el hombre en cuestión está viendo un partido de béisbol. —Los americanos. Nunca los entenderé a ellos ni a sus deportes —reflexiona él. —Pero le interesa lo suficiente como para ver un partido de los Yankees de hace doce horas. —No me digas quién ganó. —Sonríe—. Quizá necesite una casa allí cuando me jubile. Podría comprar una docena. Más, si quisiera. Añade: —A mi hija le has caído bien. Miro hacia las puertas ahora cerradas, recordando a la mujer que me dejó entrar. —Es muy halagador. Christian prepara un expreso en la máquina de la esquina y me lo ofrece. Tomo el café mientras él prepara otro. —Por muy poco civilizado que sea, seamos directos —digo—. Mi interés en el club permanece inalterado. —Estoy seguro de que sí. —Esboza una sonrisa burlona. —Su club es, sin duda, uno de los mejores. Pero no carece de debilidades. —Recito una lista de cosas que observé anoche, cosas que él debe conocer. Su sonrisa se evapora, dejando paso a un profundo ceño fruncido. —Todas estas cosas reducirían su valor de mercado. Pero estoy dispuesto a pagar el precio completo. —Qué amable de su parte. —Su tono destila frialdad—. Solo porque usted tenga una idea de lo que el club debe ser, no significa que otros la compartan. Si lo incorpora a su imperio, se convertirá en una mercancía como los demás. —No convertiré su local en una mercancía, Christian. Es una catedral. Pienso en los comentarios de Jinny sobre que soy irrazonable e intento un nuevo enfoque. —Usted conoció a mis padres. Confiaban el uno en el otro, incluso trabajaron juntos en algunos tratos. Soy el hijo de mi padre, y puede confiar en que cuidaré de su legado. Christian asiente hacia dos sillones que flanquean una ventana, y cada uno ocupa uno. —En ese último punto, estoy de acuerdo. Mis manos se aprietan en el sillón tapizado. —Entonces, me venderá La Mer. Da un sorbo a su bebida; el puto sorbo más lento que he visto en mi vida. —¿Por qué no le enseña la ciudad a mi hija primero? Después, podremos hablar. Una sensación de horror naciente empieza en mis pies, trepa por mi columna y termina en una larga inhalación. ¿Quiere que saque a su hija? —...terminando su tercer año de universidad —está diciendo—. Sylvie no ha pasado tiempo aquí desde que era una niña. Aún lo es. Hay dos razones por las que una mujer me querría, y solo una de ellas contaría con la aprobación de su padre: mi dinero. No busco cargar con una responsabilidad, incluso si eso significa conseguir la propiedad que he codiciado desde que tengo memoria. Mi rechazo no tiene nada que ver con el rostro de otra mujer que ocupa demasiado espacio en mi cerebro. Una que también es demasiado joven para mí, pero que provoca una reacción totalmente distinta ante la idea de cargar con ella. Elijo mis siguientes palabras con cuidado. —Soy un guía turístico terrible. Y estoy bastante seguro de que no tengo nada más que ofrecer a su hija. —¿Estás saliendo con alguien? Ella vuelve con fuerza. La forma en que se ve en la cabina de mi club. Cómo levanta ambos dedos corazón en el aire. Cómo quiero que no guarde sus garras, sino que las desnude, para que las hunda en cada centímetro de mí. —¿Quizá la mujer que trajo a mi fiesta? —insiste Christian—. Era encantadora. Hago un gesto hacia el televisor. —Una americana de vacaciones. —Ahh. Ella volverá a su mundo y tú estarás en el tuyo. La verdad en sus palabras hace que quiera romper la taza de expreso. Odio la idea de que se vaya. Una vez que concrete la compra de La Mer, terminaré la temporada en Ibiza y volveré a... ¿a qué exactamente? ¿A moverme entre propiedades en Londres y Tokio? ¿A comer platos caros con damas de la alta sociedad y modelos, haciendo tratos en aviones? Incluso si quisiera acercarme a Jinny, su contrato casi ha terminado. Se marchará con el dinero por el que tan astutamente negoció, y yo tendré un club resucitado bajo el nombre de Debajo. Parece un trato justo. Pero no se siente así. —Alexander, me gustaría finalizar este trato tanto como a ti. Soy un hombre viejo con muchas cosas ocupando mi tiempo hasta que pueda desprenderme de ellas. Sin embargo, no puedo concentrarme en ellas cuando la más importante está detrás de esas puertas. —Señala hacia el pasillo con los ojos entornados—. Te pido, como amigo, que lleves a mi hija a dar una vuelta por la ciudad. Ella no me ha dicho que quiera esto, pero lo presiento en ella. Ella no lo pediría. Y, por desgracia, no quiere que se la enseñe su padre. Dejo el expreso sobre la mesa, intacto. —Siempre que usted y ella entiendan que esto no es nada más. Él levanta las manos. —No me atrevería a entrometerme en asuntos del corazón. Me interesan más los asuntos financieros. —Christian apura el resto de su café antes de levantarse, indicando que hemos terminado—. Y pronto, esos tampoco me interesarán. 🌸🌸🌸 —¿Sabe Toro que le estás encerando el coche? La voz de Jinny a unos metros detrás de mí, más tarde esa tarde, hace que me incorpore desde el guardabarros del Rolls-Royce. —No te atreverías —digo, echándome el trapo al hombro y pasándome un brazo por la frente mientras me giro—. Me cortaría la cabeza. En medio de mi entrada, ella es un espejismo. Sus pantalones cortos negros están a la moda, su top blanco con tirantes anchos que dejan sus hombros al descubierto se ciñe a cada curva, y lleva el pelo suelto sobre los hombros. Podría pasar por una lugareña, y está impresionante. Jinny se acerca de lado, cruzando los brazos y entrecerrando los ojos bajo el sol para encontrar mi mirada. —Me dijo que fue el primer empleado que volviste a contratar después de que murieran tus padres, en cuanto pudiste permitírtelo. —Un hombre necesita un conductor y una ama de llaves. —¿Tenías una casa que mantener? —Un alquiler al principio —admito, volviendo a mi tarea. —No sabía que tenías camisetas. —Solo esta. —Si hubiera sabido que una camiseta tendría este efecto en ella, quizá las usaría más a menudo—. Cuando necesito despejar la cabeza, intento hacer algo... sencillo. Todavía me molesta mi reunión con Christian y no me siento cómodo con el punto en el que quedamos. Parte de mi incomodidad tiene que ver con la mujer que tengo al lado. Jinny examina el coche y a mí. —Bueno, tu cabeza no parece despejada y el coche brilla más que el día que salió de fábrica. Arqueo una ceja. —¿Qué quieres decir? —Quiero decir que vámonos. Veinte minutos después, estamos en los muelles de la ciudad, caminando entre los turistas y aquellos que han atracado sus yates. Me dijo que me pusiera la camiseta y los pantalones cortos, pero me cambié por una camisa de botones de manga corta. Puedo estar de mal humor, pero no soy un salvaje. Jinny frunce el ceño ante los yates. —Estos barcos son ridículos. Su sorpresa me hace sonreír. —Es Ibiza. Los dueños vienen aquí a jugar y a presumir. —Señalo hacia la embarcación más cercana—. El Ariadne. Está aquí todos los veranos. —¿Y aquel? Dolce Vita —pronuncia ella. —Normalmente no hasta más avanzado el año. Mi teléfono vibra y frunzo el ceño, alejándolo para leer la pantalla. —Sí que necesitas gafas —murmura Jinny, y yo bufo. —Una señal de debilidad. —Una señal de que eres lo bastante listo para saber que no ves una mierda. —Su tono natural hace que apriete los labios—. Y creo que te quedarían bien. Me guardo el teléfono, confundido. Una sola palabra de elogio de esta mujer me convierte en un maldito adolescente. —¿Nunca has estado en uno? —Señalo los yates—. Tienen toda clase de juguetes. Saunas, piscina, cines, chefs privados. —Porque no hay nada como una comida de tu chef privado en un barco así. —Su voz es seca, pero hay un toque de curiosidad bajo la superficie, como si quisiera saberlo con seguridad. —No hay nada como follar en un barco así. Conquistar el océano, sentir como si la propia naturaleza no pudiera evitar temblar junto con la persona que tienes debajo. Ella se gira hacia mí, y la expresión de su rostro hace que mi cuerpo se caliente de excitación al pensar en el beso de anoche. No planeado. Inquietantemente provocativo. Como ella. —Algún día tocarás en ese club, Jinny. Anoche ella no necesitaba que yo creyera en ella, pero lo quería. Me he estado diciendo que las últimas semanas han sido para reparar mi negocio, que ella era una herramienta para devolverle a Debajo su rentabilidad anterior. El hecho de que haya disfrutado inmensamente viéndola hacerlo es natural. Es mi club, después de todo. Pero quizá sea algo más. Quizá se trate de ella. Mis palabras tienen el efecto contrario al que pretendo, haciendo que frunza el ceño en lugar de sonreír. Un grupo de turistas nos empuja al pasar, y estiro el brazo para atraerla a mi lado. Sus curvas encajan con mi cuerpo, la turgencia de sus pechos, la suave entrega entre sus muslos. Podríamos ser cualquier pareja de vacaciones tomándose un descanso de devorarse mutuamente para disfrutar de las vistas. Sus labios se entreabren al sentir cómo me afecta su cercanía. —Ash me dijo algo... —Que le den a mi hermano. —Enredo los dedos en el pelo de la base de su nuca, acariciando su piel—. No es con mi hermano con quien te corres. No es en Ash en quien piensas tumbada en la cama mientras te haces venir. Los ojos de Jinny se oscurecen. Quiero poner una mano sobre su corazón y ver si martillea como el mío. Pero cuando el grupo ha pasado, ella se aparta. —No tiene por qué gustarte para desearme —digo mientras me pongo a su paso, fingiendo que el rechazo no me duele. —No me acuesto con capullos ricos y engreídos. Meto ambas manos en los bolsillos, con fuerza, y entrecierro los ojos bajo el sol. —Entonces tendrás que seguir haciéndote venir tú sola. —O tendré que decidir que eres un buen hombre. La sorpresa hace que gire la cabeza para mirarla. —Puedes serlo —continúa ella—. Lo he visto. Cuando dejas de estar tan obsesionado con conquistar el mundo y te tomas un momento para apreciar lo que hay en él. Se aparta el pelo de los hombros, revelando un ligero brillo de sudor en su cuello. Mi siguiente paso flaquea. Me alegro de que ya no nos estemos tocando, porque sentiría mi corazón dar un vuelco bajo las costillas. Porque deseo su cuerpo. Pero, Dios, puede que desee su aprobación aún más.
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