Jinny
Alexander maldito Cross.
El hombre en persona aparece en la pasarela, en uno de los palcos VIP, vestido con pantalones entallados del color de las playas de arena y una camisa blanca abotonada que se ajusta a sus anchos hombros y a su pecho musculoso.
Cada centímetro de su figura grita riqueza y privilegio. Su cabello está perfectamente recortado, ese dorado apagado y bruñido que, bajo las luces bajas del club, se oscurece hasta un castaño cálido.
Una nariz fuerte y recta y una mandíbula cuadrada compiten por la atención con sus labios firmes.
Debe llevarme al menos diez años, pero parece capaz de clasificar para el equipo olímpico de natación sin siquiera sudar.
Nuestro primer y único enfrentamiento está grabado para siempre en mi memoria. Cuando me acerqué al desconocido multimillonario en la recepción de boda de dos músicos amigos en común, iba impulsada por una furia justificada. Una rabia que contuve durante la ceremonia —por respeto a mis amigos— y que liberé poco después con la ayuda de unas copas.
No tengo la costumbre de odiar a la gente, pero este hombre me hace replanteármelo.
—¿Qué demonios está pasando? —exijo.
Unos ojos azul eléctrico, no muy distintos del letrero de neón del exterior, se clavan en mí.
—Firmaste un contrato para tocar en mi club.
Empieza a bajar por las escaleras, recorriéndolas con pasos tranquilos hasta llegar a la pista principal.
—No era tuyo cuando firmé el contrato—. Habría notado si su empresa, Echo Entertainment, figuraba en los documentos.
Alexander se acerca hasta quedar frente al escenario. Lleva la camisa abierta en el cuello, dejando al descubierto su garganta bronceada, los músculos tensándose apenas.
—No es mi problema que no puedas seguirle el ritmo a la industria.
Sus labios se curvan en una sonrisa tan perfecta como fría.
El personal detrás de la barra se pone en alerta. No levantaron la vista cuando llegué, pero ahora se mueven con prisa, limpiando manchas imaginarias mientras lanzan miradas furtivas al hombre frente a mí.
Me giro hacia Leni, que se encoge de hombros como si anticipara mi reproche.
—Escucha… —empieza.
—Leni—. Él alza una mano y la corta sin decir una sola palabra.
Imbécil arrogante.
Cierro de golpe la tapa de mi portátil y la deslizo dentro del bolso antes de colgármelo al hombro.
—No voy a tocar en tu club— le lanzo al hombre frente al escenario—. Ni esta noche ni nunca.
Bajo las escaleras con paso decidido y cruzo la pista de baile.
Llego hasta la otra punta del club y tiro de la puerta.
No se abre.
La desesperación me invade en el instante en que siento su presencia a mi espalda.
—Estoy decepcionado—. Su voz suave queda a centímetros de mi oído, tan cerca que su aliento me eriza la piel. —He estado anticipando esto desde nuestro primer encuentro.
Me doy la vuelta de golpe, las aletas de la nariz dilatadas al alzar la vista hacia su rostro insultantemente hermoso.
¿Cómo pude confundir al hombre del aeropuerto con Alexander Cross?
No hay otro hombre en la tierra con su intensidad, con su carisma.
Incluso cuando lo único que deseo es alejarme lo más posible de él, no puedo evitar apreciar su belleza.
—Una mujer fue agredida en mi presentación en Los Ángeles— escupo, furiosa con ambos—. En mi presentación en tu club. A tu agente de reservas le importó una mierda. Nadie en la corporación devolvió mis llamadas pidiendo explicaciones. Y cuando por fin llegué a ti, a ti tampoco te importó una mierda.
—Cuando me confrontaste por eso en la boda de unos amigos en común, quieres decir.
Lo dice como si eso cambiara algo.
Demasiadas personas le dan carta blanca a los hombres poderosos. Yo no voy a dejarlo pasar esta vez.
—Si crees que tengo tiempo para ocuparme personalmente de cada persona que pisa un edificio cuyo título de propiedad lleva mi nombre— continúa—, subestimas el tamaño de mi imperio.
Levanto el mentón.
—Si no puedes proteger a las personas a las que sirves, no tienes derecho a tener uno.
Su nuez se mueve, y un destello de sorpresa cruza sus ojos.
¿Porque no esperaba que pensara así, o porque no estoy dispuesta a ceder?
No importa.
Lo que importa es que incluso los reyes tienen vulnerabilidades.
Intento la puerta otra vez y me doy cuenta de que está con llave. Al girarla, la abro de golpe, tomo mi bolso y paso corriendo junto al guardia de seguridad confundido del otro lado.
En el estacionamiento respiro con dificultad mientras saco el teléfono para llamar a Toro. Necesito salir de aquí, lejos de la presencia de este hombre. En el resort podré pensar qué demonios hacer ahora.
Suena el tono, pero la llamada se corta antes de que Toro conteste.
Mierda.
Examino el entorno hasta que mi mirada se posa en la carretera concurrida.
—Tienes una opinión extremadamente baja de mí— llama Cross desde atrás mientras me dirijo hacia la calle, buscando un taxi.
Me giro para enfrentarlo.
—Me sorprende que te importe lo que yo opine.
Su expresión titila con emociones que no logro descifrar antes de volver a su arrogancia aristocrática habitual. Cara de imbécil permanente, si alguna vez vi una.
—Confío en que tus abogados hayan revisado las cláusulas por incumplimiento contractual— continúa.
El viento me lanza el cabello suelto al rostro y dejo el bolso en el suelo para apartarlo con manos furiosas.
—Gracias a ti— dice con tono arrastrado—, uno de mis locales más rentables se convirtió en el peor de la noche a la mañana. Recuperarás lo que me costaste. Durante el próximo mes, te pertenezco. Si intentas irte, te demandaré por cada dólar que tengas. Me quedaré con tu computadora— levanta el bolso del suelo y me tenso—, con tu música. Con cada prenda de ropa de tu armario y la que llevas puesta.
Cada palabra me golpea el pecho como un ladrillo. A juzgar por su expresión cruel, eso es exactamente lo que piensa hacer.
—¿Qué? ¿No hay respuesta? —se burla en voz baja.
Respirar se vuelve difícil. Estamos afuera, pero es como si ese imbécil codicioso se hubiera tragado todo el oxígeno.
Normalmente soy del tipo que se rebela con resistencia silenciosa, pero hay algo en su arrogancia que despierta mi lado confrontativo.
Me niego a caer sin luchar. Hay demasiados abusivos en este mundo.
Cuando por fin hablo, mi voz sale sorprendentemente firme.
—Si necesitas un litigio para desnudar a una mujer… —le arrebato el bolso de las manos—, tu juego necesita mejorar.
Sus labios se tensan con incredulidad, como si mis palabras lo hubieran dejado tan atónito como a mí.
Antes de que pueda responder, el claxon de un auto suena y un taxi se detiene a un lado de la carretera.
Abro la puerta trasera, con el corazón todavía martillándome el pecho.
—Si intentas irte, te demandaré por cada dólar que tengas. Me quedaré con tu computadora. Con tu música. Con cada prenda de ropa de tu armario y la que llevas puesta.
Incluso cuando el auto se aleja de él, no puedo sacudirme la nauseabunda posibilidad de que tenga razón.
Durante el próximo mes…
El hombre que me arruinó me posee.