Capítulo 15: la protección de tus brazos

1691 Words
Valentina, dos meses antes de morir: Marko la observó con suma seriedad, inspeccionándola, cuestionando qué tanto podría creer ella si le contara toda la verdad. —Val… ¿confías en mí? —preguntó. —¿Qué? —Todo este tiempo, para ti he sido más un villano que una persona en la cual puedas confiar, después de todo, te he hecho mucho daño. En el estómago de la joven comenzó a crearse un nudo. —Me pediste que te contara lo que sucedió esa noche, pero… si lo hiciera, ¿podrías creerme? —La mirada de Marko le informaba que no le estaba mintiendo—. ¿Podrías creerme, aunque no tuviera pruebas para mostrarte? —¿Qué fue lo que pasó esa noche? —insistió ella—. ¿Acaso no fue un accidente?, ¿por qué dice que mi novio no era una buena persona? —Si te dijera que Lorenzo no era una buena persona y que esa noche discutió conmigo y amenazó con quitarte la vida si no le entregaba el dinero que estaba pidiendo, ¿podrías creerme? Valentina abrió la boca con suma impresión. Las lágrimas emergían de sus ojos con rapidez. —No, jamás podría creer semejante mentira —gruñó ella—. Porque si lo hiciera, debería aceptar que esa noche no hubo un accidente. Debería aceptar que usted le quitó la vida a propósito. —Y si eso fuera cierto, ¿me odiarías? —Como se odia a un monstruo —soltó entre dientes. Respirar en la habitación era sumamente pesado. —Entonces, no podrás saber la verdad por medio de mis palabras —comentó Marko—, deberás investigarlo por tu cuenta y así saber quién era en realidad tu difunto prometido. Marko abrió la puerta de la habitación. —Supongo que ahora no tendrás muchas ganas de comer, de todos modos, te pediré algo de comida. —La observó por un instante, tenía las mejillas encendidas de rubor—. Vale, yo… sólo quiero que sepas que todo este tiempo he querido lo mejor para ti, eres la persona que más quiero en este mundo y por ti haría lo que sea. No importa que me odies, por mí está bien, mientras tú seas feliz, yo también seré feliz. —Vete ya de mi casa —gruñó Valentina sumergida en llanto. —Por favor, no duermas sola aquí, ve con tu familia —pidió Marko antes de marcharse. Cuando Valentina estuvo a solas, cayó de rodillas al suelo, impactada por la intensa conversación. ¿Su novio un criminal? Eso jamás podría ser posible. ¿Intentar asesinarla? Pero si lo que Lorenzo quería era cuidarla, a fin de cuentas, fue esa la razón por la que se comprometieron. Él quería salvarla de las garras de Marko, ese siempre fue su objetivo. Los dos querían paz en sus vidas, nada más. Ya sabía que aquello no fue ningún accidente… siempre sospechó de Marko, pero… ¿por qué lo hizo? ¡¿Por qué asesinó a su novio?! Tomó el portarretratos de la mesa de noche donde estaba ella abrazada a su novio. Abrazó la foto y cerró los ojos con fuerza. Lo quería de vuelta, necesitaba que volviera y no la dejara sola. Su única felicidad se esfumó en un parpadeo. Ya no le quedaba nada que le diera sentido a su vida. Lo único que la motivaba era matar a Marko y cobrar venganza. . Actualidad: Valentina usaba un vestido rosa pastel con una falda acampanada, de mangas cortas y llevaba el cabello suelto, rizado en las puntas; el maquillaje era suave, pero resaltaba sus intensos ojos color miel. Parecía inocente, como un ángel. Era un ángel que estaba decidido a destruir vidas. Merina los seguía observando a lo lejos, como una serpiente que ha encontrado a su presa y espera el momento perfecto para atacar. En su mirada encontraba la envidia hacia Valentina por estar tomada del brazo de Marko Rumanof, recibiendo toda la atención de los invitados. Marko la presentó con sus padres. —Es la ganadora de la beca Rumanof del año pasado —dijo con una gran sonrisa—, es increíblemente inteligente y desea estudiar finanzas. Los señores Rumanof la observaron con asombro. —Claro, tú eres la hija del señor Alonso —dijo el señor y le dio un apretón de manos a la jovencita—. Es evidente que la inteligencia se hereda, tu papá es un excelente empleado e imagino que serás igual o mejor que él en el futuro. Los señores Rumanof siempre fueron excelentes personas, lo único rescatable de aquella familia. Valentina nunca tuvo problemas con ellos, de hecho, cuando en un inicio comenzó a trabajar en el banco, tuvo un buen ambiente laboral al ser el señor Rumanof su jefe, así que Marko y ella se veían poco, sin embargo, una vez él ascendió como presidente, la poca paz que tenía se esfumó. Notó el rostro pálido de la señora Rumanof, ella estaba enferma, sufría de fuertes migrañas y en el futuro iba a morir por un tumor cerebral. Era una pena, pues a Valentina le parecía que era una increíble mujer. —¿Cómo ha sido tu experiencia en el colegio? —indagó la señora. —Muy bien, el colegio es mucho más grande que mi antigua escuela y las comidas son increíbles —contestó. La pareja comenzó a reír y la señora le mostró una sonrisa maternal. —Espero que te siga yendo tan bien y que te esfuerces mucho para que puedas ingresar a la universidad Rumanof —dijo la mujer y la tomó de una mano—. Cuando estés en la universidad, vigila a mi hijo, a veces puede ser un poco distraído con la entrega de trabajos. A Valentina le sorprendió tanta soltura por parte de la mujer, ¿se lo decía porque ya sabía que tomaría la misma carrera que su hijo? ¿O era una forma de darle su aceptación a que fuera amiga de su hijo? Sabía que la pareja no era de esas que discriminaba por las clases sociales, por eso eran tan populares y hablaban tan bien de la familia. —Sí, claro, ayudaré a Marko en todo lo que pueda —aceptó ella. . Se encontraba en un balcón de la planta baja observando el jardín y la noche; los tacones le incomodaban, su cuerpo joven no reconocía el estar con zapatos alto, aunque en el futuro serían los que más usaría. Marko se acercó a ella y le ofreció una copa de vino. —¿Lo has probado alguna vez? —preguntó. Valentina acercó la copa a su rostro y apreció su aroma, reconociendo el olor a uvas y cerezas concentradas. Era un Brunello di Montalcino Lé Lucére; su única cualidad: reconocer vinos. Marko la había obligado a catar vinos para que en las reuniones con los socios no pasara vergüenza, pues una vez un empresario en una velada pidió un vino y ella le sirvió el incorrecto, algo que les costó aquella negociación, pues el hombre lo tomó como una broma de muy mal gusto. Pero no podía decirle a Marko que sabía cuál era el vino que acababa de ofrecerle, sería muy raro que una simple becada de último año de preparatoria se lo informara, pues era un vino exclusivo, que alguien como ella jamás probaría. El joven la animó a que lo probara. La veía expectante, a la espera de su reacción. —¿Te gustó? —inquirió. —Es fuerte —reconoció ella—. Pero para ser mi primer trago de vino, podría decir que he comenzado con algo muy… exclusivo. Marko esbozó una gran sonrisa. —Comenzarás con el pie derecho, tendrás un paladar exquisito para reconocer buenos vinos —dijo el joven y le guiñó un ojo. Valentina inspiró hondo, era tan obvio que él gustaba de ella, podría decirse que estaba fascinado con Valentina, casi deslumbrado. En ese momento Merina entró al balcón. —Oh, lo siento, no sabía que había personas aquí —soltó con rostro apenado—. Lo siento. —No te preocupes, tampoco es que estuviéramos contándonos un gran secreto —tranquilizó Marko. Valentina sintió que el corazón le dio un vuelco y sus manos empezaron a temblar. —Ah, tú eres Marko, aún no nos han presentado —dijo Merina con una sonrisa ladina—. Soy Merina. Feliz cumpleaños. —¿Qué? Claro que te recuerdo, eres la hija del señor Bustamante, nuestros papás son amigos —respondió el joven con tono alegre. Volteó a ver a Valentina—. Y ella es mi amiga, Val. —¡Ah, Valentina!, ya nos conocemos, asistimos a la misma escuela —respondió Merina y le dio una palmadita al hombro de la joven—. Ella y Mariana son inseparables. —¡Así que se conocen! —exclamó Marko. —Podría contarte muchos secreticos de tu amiga —soltó Merina con tono cómplice—. Aunque mejor no, son secretos de chicas y debo permanecer leal a mis amigas. ¿Acababa de decir que eran amigas? Esto iba por mal camino, debía intervenir. —Merina es la representante estudiantil —interrumpió la animosa conversación—, pero no somos amigas, apenas si nos hemos cruzado en el pasillo. La joven abrió los ojos con miedo y sorpresa. —Ah… sí, pero soy amiga de Mariana —aclaró Merina. —Supongo que se conocen, están obligadas, por sus familias —dijo Valentina y la barrió de pies a cabeza. Las mejillas de Merina se ruborizaron, sobre todo cuando Marko la observó con detención, casi confundido, como si se cuestionara el por qué había mentido. Entonces, Valentina tomó una mano del joven, entrelazándola con la suya. —Quiero seguir tomándome el vino, ¿qué te parece si jugamos una partida de ajedrez en tu habitación? Tal vez y esta vez te permita ganarme. El joven respingó sus cejas, sorprendido por el tono seductor que usó. —Claro, vamos —aceptó. Salieron del balcón tomados de la mano, dejando a una Merina con la boca abierta, llena de estupor.
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