El resto de la noche se desvaneció en un eco de cristal y murmullos calculados. La gente reía, brindaba, fingía. Desde Italia, habían enviado a sus mejores halcones, no palomas, y todos aseguraron, con sonrisas que no alcanzaban los ojos, que aquello trascendía un mero trato de negocios; era una alianza de sangre y hierro entre dos familias, dos imperios. Nadie, por protocolo o por miedo, cuestionó en voz alta la ominosa ausencia de los Volkov. Mi prima, más prudente que valiente, decidió que la discreción era mejor virtud que la curiosidad y se marchó antes del final, negándose a ser espectadora en un teatro donde las balas podían sustituir a los aplausos. Marco, al despedirse, apretó mi mano con una ferocidad que delataba su preocupación. Su voz fue un susurro áspero, una promesa grabada

