La furia de Stefan no fue inminente; fue inmediata y explosiva, un volcán desatado tras siglos de contención. Todo sucedió con una velocidad vertiginosa. Con la caja maldita aún en sus manos, como si contuviera los restos de un santo y no una amenaza profana, salió de la habitación con pasos que resonaban como truenos en el suelo de mármol. Lo seguí, una sombra asustada detrás de su tormenta, pero solo conseguí ver cómo la puerta de su estudio se cerraba de un golpe seco, dejándome al otro lado, excluida, con el eco del portazo retumbando en mis huesos. Me di la vuelta, sintiéndome de pronto extrañamente vacía y vulnerable. La necesidad de borrar la imagen de ese corazón y las palabras de Ivan me empujó hacia el baño. Necesitaba la ducha. Necesitaba que el agua caliente quemara la sensaci

