Allí, inmóvil como una estatua de obsidiana contra el resplandor azulado de los paneles bio-luminiscentes del vestíbulo privado, estaba Yurem. Mi sombra, mi guardián silencioso, el único ser en este universo despiadado cuya lealtad no cuestionaba. Como siempre. Su rostro, cincelado por cicatrices de batallas espaciales y lealtades inquebrantables, permanecía impasible. Así que me acerqué a él. Cada paso sobre el suelo de cristal reforzado, que mostraba bancos de peces exóticos nadando en niveles inferiores, amplificaba el eco de mi furia contenida. Únicamente me tendió la tarjeta de acceso, una tarjeta negra. Sin palabras. Nunca las necesitábamos. La tomé, el material frío contra mis dedos como un recordatorio de la transacción glacial que se avecinaba. Esperé. La tensión en el aire era t

