—¿Qué significa eso?
Ansel se mostró extrañamente afligido.
—Tú ya sabes qué significa eso.
Me reacomodé en el asiento. Por la impresión casi acabo en el suelo. Luego incliné el cuerpo hacia el frente para poder acercar el rostro a la pantalla. No podía dejar de estudiarle la expresión, ansiosa por hallar algo allí capaz de indicarme la dirección a seguir; qué hacer, cómo sentirme, cómo se ha de sentir él, qué pensar siquiera…
Me dije que, a decir verdad, todo lo que a mí me correspondía era escuchar su versión de la historia.
Tras suspirar opté por destensar los hombros mediante un movimiento circular, dejando caer el mentón sobre la palma de mi mano.
—Voy a necesitar que seas más explícito con los detalles.
—¿Quieres te que te especifique cómo nos besamos ?, ¿Que te diga a qué saben sus labios o…?
Ahora noté que se ofendía, frunciendo el ceño con profunda indignación.
-No. Por supuesto que no. Sólo quiero entender cómo llegaron a… eso.
—No sé si debería… Mierda, es que no puedo creer que de verdad pasó.
—Ansel… No me iré a dormir tranquila si no me cuentas, por lo menos, lo más importante.
—Tampoco hay mucho para decir. Me tomó totalmente desprevenido, pero por supuesto que yo asimilé desde el principio lo que pasaba. Mi primer pensamiento fue apartarla, y aun así no llegué a alzar un brazo antes de recordar fugazmente lo mal que ella ha estado pasándolo desde hace tiempo. Creí que empujarla habría sido grosero u ofensivo; por alguna razón estúpida temí herir sus sentimientos. Y le seguí el beso durante unos… ¿cuatro segundos? —Volvió a sujetarse el puente de la nariz—. Fue lo que tardé en recordar que tengo novia… Ahora soy un maldito infiel.
No hallé nada en mi mente que le sirviera de consuelo. No podía decirle que no era su culpa porque al fin y al cabo, tras decidir no alejarse, lo es. Y Judith me cae lo suficientemente bien como para empezar a sentir una punzada de pena por ella.
—¿Qué ocurrió luego?
Finalmente, su semblante se transformó de vuelta para permanecer anclado a la desolación.
—Huí. Xanthia balbuceó un montón de frases y disculpas en mi camino a la salida, pero había dejado de prestarle atención. Conduje lo más rápido posible a casa y decidí llamarte antes de sufrir algún colapso nervioso… Judith va a odiarme, Blom, la única condición que impuso fue que, en dado caso de que dejara de atraerme, fuera de honesto con mis sentimientos. Dijo que no perdonaría que la engañara.
Ansel empezó a desesperarse, hundiendo las puntas de sus dedos entre los mechones de su cabello.
—De acuerdo, respira.
—Nunca me esperé que Xanthia quisiera besarme… ¡Besarme a mí! Sólo dejó de tratarme como si fuera alguna especie de mutación salida de la basura cuando nos graduamos, y sospecho que sólo porque estaba muy triste.
Tras mi partida, Ansel se volcó de lleno a la tarea de velar de cerca por el bienestar, o la supervivencia, de la pelinegra. Teresa fue, desde luego, un gran apoyo, pero por aquel entonces a Xanthia se le hacía increíblemente complicado compartir más de lo que era necesario con ella. Se refugió en Ansel, cuando se permitió bajar la guardia más de diez minutos, de modo que el vínculo que ya existía entre ambos creció hasta convertirse en el tipo de relación donde uno ya sabe lo que está pensando el otro con solo darle una mirada.
Mi mejor amigo ha tomado una cantidad absurda de decisiones en ella, y Xanthia ha desarrollado una fascinación incomprensible por tenerlo a su lado incluso cuando no es para nada necesario. Pese a ello, no se me ocurrió jamás la idea de que la amistad entre ambos hubiera podido evolucionar a algo más.
—¿Quieres que hable con ella?
—¿Sobre qué? —Graznó—. Quizás es que no lo asimilo, pero esto me parece más impresionante de lo que debería. Apenas pude ver su rostro antes de abrir la puerta, pero es seguro que ella está peor que yo. Un interrogatorio jodería más las cosas.
—Bueno… —medité su respuesta un instante, mordiéndome el labio inferior—. ¿Qué esperas exactamente de mí? Porque ni siquiera sé qué decirte.
—Nada. Pero tenía que contártelo.
En eso, la canción principal de la banda sonora de Kung Fu Panda comenzó a escucharse de golpe por encima de mis propios pensamientos, sobresaltándome.
Ansel dirigió un breve vistazo a un costado de su laptop. De pronto me dio la impresión de que iba a echarse a llorar.
—Es Judith —murmuró—. Probablemente está llamando para preguntar por Xanthia, ¿qué demonios se supone que le diga?
—Pues… No me parece apropiado que le hables de esto por teléfono.
—¿Quieres que se lo oculte?
-No. Pero podrías obviar el asunto en lo que consigues serenarte lo suficiente como para ir hasta su casa.
—Va a odiarme — repitió—. No tiene sentido alargar nada. En cuanto lo sepa me dejará… Tendré que entregarle todas las cosas que se ha olvidado en mi casa, intentando fingir que no me duele, y decirle a su sobrino que ya no puede llamarme “Tío Ansel”.
—Estás adelantándote a los hechos y no creo que alterarte ayude en nada.
—Mi padre volverá a verme como si fuera un completo fracasado cuando Judith no me acompañe a la cena del viernes y yo me obligaré a soportar la atención asfixiante que Bethany volcará sobre mí, extasiada porque estoy soltero de nuevo.
—Ansel ...
—Y Xanthia… Oh, Dios, ¿Cómo la veo a la cara después de esto? Porque no sé qué siento… no sé cómo podré hablarle sabiendo que contribuyó a que la única chica dispuesta a soportarme acabara dejándome.
—O'Sullivan ...
—Es la quinta llamada perdida — anunció, alzando el teléfono como si el artefacto le quemara—. Si pasa de ocho comenzará a preocuparse. Incluso en mis días más tensos atiendo después de la segunda.
Suspiré. Daba igual lo que fuera a decirle; Ansel no pensaba escucharme. En su cabeza se reproducía una larga sucesión de situaciones cuyo fin no variaba aun cuando no se desarrollaban de la misma forma: La ruptura.
Y tampoco es que pudiera soltarle nada remotamente esperanzador que ambos no catalogáramos de falso. Por los motivos que sean, en la circunstancia más inesperada, Judith no lo perdonaría. Sencillamente su visión acerca de mi mejor amigo cambiaría apenas se lo imaginara besando a otra.
—Entonces deberías contestar.
—Ahí va otra relación que podría haber sido perfectamente funcional directo a la mierda.
—Vas a estar bien. De alguna u otra forma…
—Sí, como sea, voy a colgar. Entre otras cosas, tampoco puedo mantener dos conversaciones en simultáneo.
—Vale, te quiero. Y ya sé que es duro, pero por favor procura no actuar como si este fuera de tu séptimo divorcio por mucho tiempo — sacudió una mano, demasiado exhausto y decaído para replicar—. Llámame antes de irte a dormir ¿de acuerdo?
Asintió. Lo último que vi antes de que la comunicación se cortara por completo fue una sentida mueca de dolor.
Después de Helena, ninguna otra de sus relaciones poco duraderas le había hecho hablar tanto y sobre tantos aspectos de una misma persona.
A Judith la conoció en un bar deportivo. Odiaba su trabajo, pero se mostró gentil y empática con el chico que fue a quejarse de la horrible relación que ha llevado desde siempre con su padre. De alguna manera congeniaron, y se toparon tres veces en el centro de la ciudad por casualidad antes de tomar la iniciativa de salir.
Judith asegura que ha cometido una cantidad de errores incontable en lo que a las interacciones con chicos se refiere, pero tiene sus principios y lo que está dispuesta a tolerar muy en claro. Desde el inicio establecido ciertas pautas básicas con el fin de asegurar una relación sin sufrimiento innecesario de por medio, pero yo siempre pensó que este tipo de cosas terminan siendo imprevisibles.
Aprendí de la peor forma que no puedes prever lo que la otra persona, por mucho que “te quiera”, hará todo el tiempo.
Me debatía entre llamar a Xanthia o esperar a que ella estaba preparada para hablarme de lo que pasó cuando advertí que se accionaba la cerradura. Vagamente pensé en qué podría habérsele permanecer a Emmerit mientras el sonido de las pisadas se volvía cada vez más audible.
Una ráfaga de aire viciada de perfume masculino, de esos que se impregnan durante semanas en la ropa gracias a los costosos que son, me llegó de golpe antes de sentir cómo alguien depositaba un suave y casi imperceptible beso sobre la base de mi cuello.
Me estremecí al instante, cerrando los ojos una milésima de segundo. Una voz ligeramente enronquecida susurró junto a mi oído.
—Hola, cariño.
—Tú no eres Emmerit — murmuré de vuelta, medio atontada por su cercanía y el efecto que seguía teniendo sobre mí.
—Mmm… Creo que no.
Giré el rostro en su dirección, topándome con su típica sonrisa alegre.
—¿Por qué no llamaste a la puerta? Podría haber estado completamente desnuda — me quejé, regresando de un poco a mis cinco sentidos.
A decir verdad no temía que me viera a mí, sino que en una ocasión se produjo una situación bastante incomoda cuando vino a visitarme sin avisar y se encontró con el cuerpo semi desnudo de Jack mientras besaba a Emmerit junto a la encimera de la cocina. Para él y para mí es preferible prevenir ese tipo de escenarios.
Noté que se fijaba en mis piernas descubiertas, ladeando una expresión sugerente.
—Mejor para mí.
Alargué al brazo, dispuesta a golpearle el hombro, pero fue más rápido que yo al inclinarse para esquivarme.
—Si no quisieras que llegara de pronto no me habrías dado una copia de la llave.
—Es que pensé que las usarías de forma más responsable.
Se sentó sobre el sofá de enfrente, mirándome por encima de la computadora.
—¿Y Emmerit?
—Salió.
—¿Finn o Jack?
Torcí los labios.
-Finlandés.
—Entonces no vendrá hoy.
—Probablemente no, ¿por qué?
—La última vez que olvidaste tus llaves en el taller hicimos una apuesta. Yo le aseguré que volvería a ocurrir antes de que termine la semana, pero ella, por el contrario, te tenía un poco más de fe. Y perdió, claro está.
Entreabrí los labios, sorprendida.
—¿Cómo sabes que yo…?
—Emmerit me escribió hace rato. Textualmente colocó “Eres un imbécil. No puedo creer que la conozcas mejor que yo. Pero que quede en claro que esto no significa que eres su favorito ”.
—¿Han estado apostando sobre mi demencia?
—Tú no tienes demencia.
—Eso es horrible — proseguí, indignada.
—Si te sirve de consuelo, te compraré algo lindo con lo que gané. En dado caso de que Emmerit decida pagarme, por supuesto. Jack comentó el otro día que es una muy mala perdedora.
No puedo creer la clase de amigos que tengo. De verdad — bufé, recostándome contra el respaldo del sofá a la par que cruzaba mis brazos sobre el pecho.
Josh Morrinson frunció el ceño, cosa poco habitual en él, como suele hacerlo cada vez que se siente disgustado por algo.
—¿Amigos? Hasta dónde sé, soy tu novio.
Rodé los ojos.
—No cuando haces apuestas clandestinas con una de mis mejores amigas sobre uno de mis nuevos defectos.
Sonrió, suavizando la expresión. Por lo general piensa que es adorable verme tratar de estar enfadada, pero a mí sólo me resulta irritante el no poder molestarme genuinamente por nada de lo que hace. Francamente son escasas las actitudes que he tenido que reprocharle.
—¿Ya te he dicho lo hermosa que eres?
—Cinco veces esta mañana, por llamada. Sin tener prueba alguna de que esa afirmación sigue aplicando cuando me despierto tras dos horas de sueño sin poder hallar mi par de tenis favorito. Ahora, no cambies el tema.
Se levantó para sentarse a mi lado, pasándome un brazo por encima del abdomen. Casi por impulso me refugié en su cuerpo, amoldándome a él mientras volteaba el rostro para hundirlo en su pecho. Tenía el ritmo cardiaco tan en calma que por un instante me sentí en medio de una paz absoluta.
-¿Que tal tu dia?
Entonces recordé mi día. Desde que abrí los ojos por la mañana, irritada, hasta ese momento preciso en el que sólo me apetecía permanecer recostada contra él por toda la eternidad.
—Fue una completa locura — hablé, sintiendo la textura sutilmente rugosa de su jersey azul sobre mis labios. Josh depositó un beso más dulce que el primero sobre mi cabeza, estrechándome contra sí.
—¿Quieres contarme?
Medité sobre lo que podía decirle y lo que no, concluyendo que no había razones para saltarse ninguna parte.
—Shelby está embarazada.
Oí que exclamaba.
-¿What?
-Perder. Es casi imposible de creer, a pesar de que lleva tiempo casada con Edward.
—La última vez que estuvo por aquí no noté nada extraño, ¿tiene mucho?
—Cuatro meses. Es una niña, y más allá de la sorpresa no sé cómo sentirme.
—Vaya… Yo tampoco, pero supongo que es emocionante, ¿no? Todo el tema de los nuevos miembros en la familia.
—Sí, eso creo.
—No suenas muy convencida.
Me encogí de hombros como pude.
—Aunque esta noticia fue inesperada, no fue lo más impactante del día.
—¿Ah, no?
—No — murmurar, sintiéndome somnolienta de repente—. Hablé con Ansel. A que no adivinas qué pasó.
—¿Finalmente aceptó que no puede odiarme eternamente por la idea errónea que se formó él solo hace años de mí?
Ansel nunca sostuvo siquiera una conversación genuina con Josh, pero casi desde que lo conoció determinó que era de ese tipo de personas con intenciones ocultas que al final terminan pasando por encima del resto para surgir. Cuando se enteró de nuestra relación armó un escándalo bastante incomodo, pero no hay nada en Josh que resulte verdaderamente desagradable. Incluso a su pesar acabó aceptándolo.
Josh siempre bromea sobre los tensos primeros encuentros entre ambos.
—Xanthia lo besó.
Ahora la sorpresa resultó mayor. Se sacudió un poco, quizás buscando mirarme a la cara, pero yo estaba tan cansada ya gusto que me negué a separarme de él.
—¿Xanthia hizo qué?
—Inesperado ¿cierto?
Bostecé, empezando por fin a parpadear con lentitud. Los ojos me pesaban, y el contacto con Josh resultaba enormemente acogedor.
—¿Inesperado? Yo… ¿Cómo demonios pasó eso? —No le contesté, entonces Josh gruñó con algo parecido a la frustración—. Oh no, Blom, te prohíbo dormirte en este preciso instante. ¿Cómo me vas a dejar así? Un chisme jamás debe quedar a medias.
—Quiero dormir — susurré, un poco perdida sobre lo que hablábamos antes de sentir que el mundo se me iba.
Josh suspiró, cediendo de inmediato. Jamás impone demasiada resistencia ante lo que le pido.
—Vale, te llevaré a la cama.
Puse poca atención al cambio de ambiente. De pronto percibí que mis piernas quedaban colgando, y me aferré sutilmente a la camiseta de Josh en cuanto supuse que el resto de mi cuerpo recaía sobre sus brazos. Luego, poco después, me dio la impresión de que era lentamente depositada sobre una superficie suave y cálida.
Estaba tan adormilada que apenas podía pensar, pero sentí a la perfección el tacto de una mano considerablemente grande al costado de mi rostro, segundos antes de oír lo que sonó como una despedida.
Casi por impulso alargué un brazo.
—Quédate.
—Le prometí a Genn que…
-Por favor.
Hubo una pausa. Yo di mi mayor esfuerzo para parpadear, mirándolo difusamente. Traía el labio inferior atrapado entre sus dientes, pero no parecía especialmente entusiasmado con la idea de llevarme la contraria.
—Genn me matará si…
—Genn lo entenderá.
—Si ella ...
-Por favor.
-All Right.
Cerré los ojos, satisfecha, en lo que procuraba sonreírle con gratitud. Supuse que se desharía de la camiseta y los jeans, bebería un vaso de agua, cepillaría sus dientes, pondría la alarma y luego ocuparía el espacio que le había cedido, como era habitual cuando decidía dormir conmigo.
Al cabo de un rato se posicionó a mi lado, justo cuando perdía toda la noción de la realidad, tomándose la libertad de usar uno de sus brazos para enfrentarnos, acercándome de un tirón a su cuerpo.
Intenté perderme en la agradable sensación que me producía el estar así, resguardada por la manera en la que me sujetaba.
En toda mi vida sólo alcanzó este punto de comodidad, cercanía y confianza con un chico, aparte de él. Durante nuestros primeros encuentros me costaba tanto apartar al primero de mi cabeza que era imposible pensar en abrazar a nadie más para dormir.
Rodeé a Josh con mayor intensidad al notar que comenzó a divagar hacia sitios en los que ya no incursionaba demasiado.
Y, finalmente, conseguí dormirme atrapada entre su aroma y el calor que despedía su cuerpo, convencida de que eso era exactamente todo lo que necesitaría por el resto de mi vida.