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In my way to you

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Blurb

Heaven Blom no creía en los finales felices, de hecho, apenas creía en los finales.

Y habría sido así eternamente si un día no se hubiera planteado la posibilidad de volver al pasado, poniendo en perspectiva todo lo que tenía y todo lo que podría querer.

Theophil Dervest, por otro lado, se pasó la mitad de su vida deseando tener uno.

Y sólo comprendió que no ocurriría cuando ella se marchó para no volver.

Normalmente obtenemos el resultado de lo que construimos, pero a veces pasa que, mágicamente, todo termina fluyendo.

Heaven quizás todavía lo amaba, pero no lo suficiente como para que valiera la pena admitirlo.

Theo aun la recordaba, pero no lo suficiente como para decidirse a luchar por algo que debía superar.

Ambos creyeron que podrían manejarlo, hasta que volvieron a encontrarse en el mismo camino.

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Capítulo 1
  La vida en la ciudad, sola, no es tan caótica como una vez me la describieron. Desde el principio he sabido apreciar la ausencia de paz, el hecho de que debo valerme por mí misma y las pequeñas escenas en las que inevitablemente te ves envuelta. Puede que, en realidad, aprendiera a sentirme a gusto en ese entorno sólo porque el movimiento continuo me impide concentrarme en todo lo demás. Mientras cruzaba la calle, haciendo un repaso mental de lo que guardé en mi bolso antes de salir del trabajo, me puse a pensar en si Shelby debería tener razón por decirme que debo descansar. Nuevamente olvidé las llaves, probablemente sobre mi escritorio, y ahora no me queda más remedio que rogar porque Emmerit esté en casa, lo cual es improbable incluso si consideramos lo temprano que es para irse de fiesta. Vacilé junto a Black Roses, la tienda de CD's a la que suelo ir al menos dos veces por semana justo antes de que cierre, preguntándome si sería buena idea dar la vuelta y regresar, además, por la caja de donuts que Mónica me regaló esta mañana. Apenas tuve tiempo de echar un vistazo a la fachada del local, desde la que puede verse a un notablemente aburrido Jack yendo y viniendo con dos cajas de cartón, antes de advertir que Emmerit atraviesa la entrada de nuestro edificio. Tan deslumbrante como es usual, lleva el pelo suelto en ondas que tarda la noche entera haciéndose, el maquillaje sutil pero bien aplicado, el vestido ceñido brillando incluso bajo la luz tenue del Sol y la vista fija en su celular. Troté hacia ella, deteniéndome justo enfrente con la respiración ligeramente acelerada. Alzó la vista de la pantalla una vez percibió que había alguien obstaculizándole el paso, con el ceño fruncido. En cuanto me identificó suavizó la expresión, curvando sus labios en una sonrisa. —¡Blom! —Chilló, reafirmando mi opinión de que ella y Ansel comparten la misma energía—. Ugh, ¿qué pasó contigo? Es como si un torbellino te hubiera aplastado. Pensé que un torbellino jamás podría aplastarme, no literalmente, en lo que ella acortaba la distancia para pasarme una de sus manos por el cabello, en un intento inútil de reacomodar los mechones más rebeldes. —¿Cerraste el departamento con llave? —Por supuesto, ya sabes que me descuidé una única vez, y sólo bajo… ¿Cuál es el término que usó la ex novia de Will Traynor ? ... Ah, sí, sólo bajo coacción extrema. Fruncí los labios. Jamás podría despertar la ocasión en la que con un hurón sobre mi regazo porque a Emmerit se le pasó por alto trabar la puerta, o siquiera cerrarla por completo, una vez entró a casa enganchada a la cintura de Jack durante la madrugada. Enterarme de que ellos tenían ese tipo de encuentros justo después de pensar que un ratón gigante había dormido sobre mí no fue especialmente agradable, así como tampoco ver más piel expuesta de la que habría preferido cuando los hallé enredados en el sofá. Y ni hablar de recorrer cuatro pisos del edificio con esa imagen mental antes de hallar al propietario del animal. —Vale, necesitaré tus llaves. —Tercera vez que olvidas las tuyas, sólo esta semana… No quiero ponerme intensa, pero en serio necesitas tomarte esas vacaciones que has estado posponiendo. —Y tú necesitas dejar de espiar las conversaciones que tengo con mi tía. —No es mi culpa que ella hable tan alto en las videollamadas. Fugazmente recordé a Shelby articulando varios tonos por encima de lo necesario. —Estoy bien, me distraje un poco, pero no se repetirá. —Eso mismo dijiste anteayer—resopló, extrayendo las llaves del pequeño bolso de mano que definitivamente tomó de mi armario sin preguntarme primero. —Por cierto, ¿A dónde demonios vas tan temprano, y sola? —¿También lo olvidaste? Es el cumpleaños de Finn. Vendrá por mí, se supone que está de camino. —Oh… Eso explica por qué no me invitaste. Finn Growder es uno de los tres chicos que Emmerit me ha presentado este año. Lo conoció en la universidad tras robarle unos apuntes sin saber que le pertenecían, y determinó que podía pasar por alto el hecho de que él sólo la busca cuando no posee ningún otro plan, o cuando alguna otra persona lo ha descartado, porque suele resolverle el noventa por ciento de las tareas y porque su padre es dueño de dos cabañas lujosas en las que no le importa ser usada por él. Finn es, en resumen, un ser con el que jamás pasaría tiempo por elección propia. —Sí. De todas formas, si en algún momento quieres evitar la muerte por aburrimiento, ya sabes en dónde buscarme… Tomé las llaves que me extendía, agradeciéndole brevemente antes de conjurar una mueca. —No ocurrirá, pero espero que te diviertas. —Por supuesto. Comencé a alejarme, repentinamente cansada ante la idea de seguir de pie otro minuto. —Blom… —¿Sí? —Si Jack te pregunta por mí… —Dudo que lo haga. —Acordamos ir hoy a la tienda. —No creo que vaya. Estoy exhausta. —Pero si lo haces… ¿Podrías no mencionarle que estoy con Finn? A efectos del vínculo que mantienen, para Jack debería ser irrelevante el hecho de que Emmerit decida salir con otro chico, pero ambas sabemos que en las últimas semanas él ha demostrado más interés del que cabría esperar por ella. —Debes hablar de esto con Jack, lo sabes ¿no? Porque no puedo pasarme la vida fingiendo que no sé en dónde estás, y tú no tendrías que preocuparte por lastimarlo de alguna forma.  Hizo un puchero en el mismo instante que su teléfono sonó. Antes de que tuviera tiempo de darle un vistazo a la pantalla un Alfa Romeo rechinó junto a la acera. Contuve las ganas de rodar los ojos en cuanto noté que Finn se desabrochaba el cinturón de seguridad para inclinarse mejor sobre la ventanilla que da hacia nosotras, sonriente. —Heaven, ¿te nos unes? No puedo evitar sorprenderme… Aunque, sin ánimos de ofender, no me parece que te hayas arreglado demasiado bien para la ocasión. Por impulso me reacomodé la camiseta, consciente de que esa mañana apenas había tenido tiempo de tomar las dos primeras prendas que encontré dobladas sobre la secadora. —Feliz cumpleaños, Finn—dije, como quien le informa a otra persona que ha quedado desahuciado, dándole la espalda para desaparecer lo más rápido posible. —Oh, ¿no vendrá? —Ya sabes que no—masculló Emmerit detrás de mí, ignorando la nota de falsa sorpresa—. Ahora destraba la puerta. Por fortuna no me topé con nadie más de camino al departamento, aparte del guardia de seguridad plantado junto a la entrada, dado que de un momento a otro fue como si alguien me drenara cada gota de energía que podría haber tenido al despertar. Emmerit es fanática del orden, pero se olvida de las características básicas que posee dicho concepto cada vez que se prepara para salir de casa. Desde su habitación hasta la entrada hallé un desfile de zapatos, jeans y maquillaje. El televisor estaba encendido en un canal musical, con Conan Gray cantando a todo volumen. Había una caja de pizza vacía volcada sobre uno de nuestros tres sofás y junto al baño casi caigo por pisar un par de calcetines que no logré ver a tiempo. Hice una nota mental para reclamarle por esto, como es usual, en lo que preparaba la tina para tomar una ducha de una hora, mínimo. Tengo los hombros tensos y precisamente hoy comienzo a sopesar eso de que tanto tiempo recluida en el taller empieza a consumirme. El noventa por ciento del contenido de mi closet descansa tranquilamente dentro de la cesta para la ropa sucia. Convencida de que no saldría, opté por colocarme únicamente un conjunto de ropa íntima y una camiseta ancha que apenas me llega al ombligo. Pensé en quedarme tendida sobre el sofá hasta que no tuviera más remedio que irme a la cama o prepararme la cena, pero entonces mi teléfono vibró sobre la mesa de centro, emitiendo la melodía que seleccioné para los recordatorios que de no ser por las alarmas pasaría por alto.  “Llamar a Shelby”  Generalmente esto no es algo que agendo como tarea obligatoria, es común que ella acabe marcándome antes de que tenga la oportunidad de hacerlo yo, pero la última vez que hablamos, ayer por la noche, insistió bastante en que debíamos discutir un asunto importantísimo. Se negó a ofrecer detalles o darme pistas, pero sonaba serio e imposible de ignorar. De modo que busqué mi laptop y la ubiqué sobre una pila de libros en la mesa de manera que no fuera necesario ir por más ropa para mantener una conversación mediante videollamada.  Cuando atendió, Shelby tenía la cara excesivamente cerca de la cámara. Escuché que alguien se lo informaba, y entonces por fin tomó una distancia prudencial. Se le iluminó el rostro apenas me vio, intuí que a mí me había pasado exactamente lo mismo. —¡Hola!—exclamó, pasándose una mano por el pelo, que ahora usa un poco más arriba de los hombros—. ¿Qué tal tu día? —Estuvo bien, ¿y el tuyo? —Bastante movido, la verdad. Las chicas del club vinieron a… De pronto noté que una figura se paseaba a sus espaldas con aparente afán, encorvada y con las manos hundidas en sus bolsillos. Entreabrí los labios para preguntarle a mi tía por ello justo cuando dicho cuerpo tomó la decisión de acercarse presurosamente a Shelby, apoyando las manos sobre el respaldo del sofá donde ella permanecía. Pronto distinguí parte del rostro de Collin, quien luce seriamente alterado. —¿Por qué estás dándole largas? Sólo díselo. —Hola para ti también—intervine, frunciendo el ceño. Collin no me prestó atención—. Vale, no es que quiera entrometerme pero… ¿Decirme qué? Hubo una pausa prolongada, entonces Edward también entró en el cuadro, dejando caer una mano sobre la espalda de mi hermano. La imagen estaba recortada, pero podía ver que tenía el rostro crispado por la tensión. Inevitablemente me preocupé, había tantos asuntos en casa que podrían haberse descontrolado, tantas maneras en las que algo seguramente se habría complicado… Me incliné hacia el frente, intentando ver más allá de lo que la cámara me permitía observar, como si de esta manera pudiera descifrar lo que ocurría.  —¿Decirme qué?—insistí, con el corazón acelerado. Varios nombres cruzaron deprisa por mi cabeza, ¿Y si…? Shelby acalló incluso lo que pensaba. La expresión se le transformó repentinamente, como si estuviera a punto de estornudar, pero en realidad era porque se esforzaba en contener algo. Tres segundos después, justo cuando pareció que las emociones conseguían rebasarla, arrugó la nariz antes de estallar, literalmente, en un mar de lágrimas. En cuanto soltó el primer chillido tuve el impulso de alargar mi brazo en su dirección, pero eso habría sido inútil considerando las circunstancias. —Shelby… Ahora Edward apoyó una mano sobre su cabello, quizás brindándole algún tipo de consuelo. —Lo siento… Estoy bien, aterrada pero… Son lágrimas de felicidad, lo juro. No me tranquilicé, sus palabras no dijeron demasiado, y la expresión sobre el rostro de Collin asustaba. —¿Qué pasa? En medio de su descontrol emocional, sonrió. —Estoy embarazada. Edward y yo tendremos un bebé. Embarazada. Embarazada. Embarazada. Embarazada. La palabra se repitió dentro de mi cabeza como en un bucle. Intenté ligar su significado al rostro lloroso de Shelby, anonadada. Por supuesto que entendía lo que esa frase quería decir, pero me impactó tanto oírla que, honestamente, no tuve ninguna reacción. Sólo me quedé allí, bajo la atenta mirada de mi tía, mientras volvía a imaginar cómo habría sido el mundo si en lugar de cuidarnos ella hubiera fundado su propia familia. Súbitamente hubo alguna especie de pequeño caos. La imagen se distorsionó con brusquedad, dejé de observar la cara de Shelby y la pared a sus espaldas para tener un primer plano del techo. Me pareció advertir que alguien soltaba una exclamación, pero pronto sólo pude concentrarme en las facciones contorsionadas de Collin, quien da la impresión de querer vencer las distancias metiéndose en la pantalla de su laptop. —¿Puedes creer eso? ¡Embarazada! Y no es una noticia de ayer, no, ¡tiene como ocho meses! —Cuatro—corrigió Edward, aproximándose. Casi por casualidad conseguí captar parte de su brazo, dado que mi hermano eclipsaba todo lo que podía ver—. Ahora haz el favor de poner eso en su sitio. Si nos estropeas otra computadora tendrás que sustituirla tú. —¡Cuatro!—chilló, de tal manera que se escuchó como muchísimo tiempo—. Y fueron incapaces de decirnos antes. ¿Dónde demonios está la confianza? —Shelby y yo necesitábamos tiempo para… —¿Tiempo?—Collin torció el cuello en su dirección, incrédulo. Luego se volteó hacia mí. Pareció desesperado por verme igual de exaltada—. ¿Estás oyéndolo, Blom?, ¿desde cuándo ellos respetan los tiempos? Yo ni siquiera había terminado de meter la primera maleta en mi departamento y ya los tenía detrás de la puerta. Pero, por supuesto, no se dignaron a contarme algo tan importante como que… —Collin, cielo… —No, Shelby, ¿cómo pretenden que deje pasar esto? ¡Vengo como tres veces por semana! Esta misma noche se sentaron en la misma mesa que yo, me dieron Pie de limón y me hablaron de… de… ¡No me acuerdo de qué mierda me hablaron! Pero ese no es el punto… El punto es que me vieron a la cara, todos estos meses, y jamás mencionaron el hecho de que tendrían una bebé. —¿Es una niña?—pregunté, hablando tras salir finalmente del trance. Collin inhaló mucho aire que dejó escapar a través de sus labios en medio de una exhalación pesada. Noté que se controlaba para disminuir su nivel de estrés. —Sí, aparentemente. Shelby se levantó con pesadez para hacerse un espacio. Ahora sólo sonríe. —Sí. Nos enteramos ayer. Aun no decidimos el nombre ni nada por el estilo, pero nos gustaría que ustedes participaran en… Bueno, todo el proceso. —Ya, claro—bufó mi hermano, todavía determinado a permanecer ofendido. —De verdad. No les habíamos dicho porque estábamos procesándolo. Pero ustedes saben lo importantes que son para mí. Obviamente estarán casi tan involucrados como yo. Y digo casi porque, Dios santo, esto no es exactamente como lo pintan en las películas. —Estoy muy feliz por ti, por ambos, no me caben dudas de que serán los mejores padres del mundo—de manera inexplicable se me llenaron los ojos de lágrimas. Desde luego que Shelby es mayor, y definitivamente no es la primera vez que cumplirá el rol de una mamá, pero sentí que se adentraba a una nueva etapa en la que de seguro yo ya no tendría mucho por hacer—. Jodida distancia, quisiera abrazarlos. —Pronto lo harás. Mónica podrá odiarme si le apetece, pero tú, jovencita, te tomarás unas vacaciones y vendrás a ayudarme con las cosas que se supone que debo hacer. No has estado aquí en tres años y yo no pienso permitir que pase otro más. Todo el rato estuvo apuntando a la cámara con su dedo índice, intentando mostrarse autoritaria pese a que resulta difícil tomársela en serio si tiene las mejillas rojizas y el rastro de una sonrisa amenazando con delatarla. Está contenta, y entonces yo lo estuve también.  —Creo que eso podemos discutirlo después, ¿por qué no mejor se sientan todos en un sofá y me cuentan con lujo de detalles el estallido dramático que seguro tuvo Collin cuando supo la noticia? Estoy convencida de que lanzó el Pie de limón por los aires. Collin se quejó porque no me tomaba su actitud en serio, y porque no me ponía de su parte, pero de igual manera participó activamente en relato, alegando que su comportamiento había estado bien justificado considerando que “le habían visto la cara de idiota”. Para cuando cortamos ya empezaba a anochecer. Pero no tuve tiempo de desconectarme, ya que al instante entró una llamada de Ansel. Atendí sin pensarlo, reacomodándome en el sofá al ser consciente de que una charla con él puede durar horas. Posee la habilidad especial de agregar cientos de palabras e información innecesaria incluso al comunicar un mensaje simple. —Hey. Ansel mantiene la mirada fija sobre la cámara, el costado izquierdo de su rostro apoyado contra la palma de su mano y una expresión de sufrimiento merecedora del Oscar. No supe si preocuparme o esperar que decidiera hablar. Como no dio indicios de querer moverse siquiera al cabo de un rato, y me observaba de manera intensa y extraña, me aclaré la garganta para poder alzar la voz. —¿Estás bien o…? —No. —Uh… ¿Hablaste con tu papá o…? Ansel nunca ha sostenido una relación sana y respetuosa con su progenitor, cosa que empeoró considerablemente una vez su madre decidió separarse irreversiblemente del hombre. En la actualidad mantienen un contacto casi diplomático, pero en algún punto de la interacción el pelinegro siempre pierde los nervios, dado que su padre es incapaz de guardarse las críticas, y luego termina exhausto y decaído hasta que cualquier otro asunto consigue distraerlo.    —No. Es… Es…—miró a los costados, como cerciorándose de que nadie más podía oírlo—. Es mucho peor. A pesar de los años, Ansel jamás ha perdido la fascinación por protagonizar o iniciar escenas dramáticas. Desde pequeño se ha dedicado, a veces sin ser del todo consciente, a engrandecer problemas sencillos y de poca importancia. De manera que yo nunca sé en cuáles ocasiones debo tomarme su comportamiento en serio. —No estás esperando a que adivine de qué se trata, ¿cierto?—dije al fin, viéndolo sujetarse el puente de la nariz. —No, obviamente. Es sólo que no sé por dónde comenzar. —Vale, Ansel, ahora sí me estás asustando. —Pregúntame por Judith. —¿Qué? —Pregúntame por Judith. Creo que ese es un buen punto de partida. —¿Por Judith? —Sí, Blom. —Uh, ¿Cómo está Judith? —Bien. Alterada, como es usual. Esta mañana quedamos para cenar en nuestro restaurante favorito, pero no pude llegar porque, antes, Xanthia me llamó llorando. Ya sabes que hay días en los que sencillamente las emociones la derriban, y hoy fue así. Se encontró una foto antigua de ambos en los tiempos en los que eran felices, toda borrosa y desgastada por el poco cuidado que le había dado, y entonces fue como si hubiéramos retrocedido dos años. Mi corazón se aceleró. Ansel, que se quedó en casa, ha estado monitoreando a Xanthia todo este tiempo en el que nos ha tocado seguir creciendo separados. Desde la muerte de Zane tomó la decisión de mantenerse siempre presente, conocedor de que la pelinegra atravesaría un largo camino antes de sobreponerse. Como él tampoco vivía su mejor momento no fue especialmente complicado aceptar la idea de estancarse otro par de años en lo que conocía como zona de confort. Usó parte del dinero que su padre, por algún motivo, optó por darle como regalo de graduación para comprarse una casa de pocos metros cuadrados cerca de la universidad estatal y se inscribió en la carrera de arquitectura.  Casi a diario hablamos. Xanthia no es tan honesta con sus propias emociones, de alguna u otra forma siempre desvía la conversación hacia mí, incluso si debe valerse de tópicos tan absurdos como cuál es mi posición favorita para sujetar una aguja, de modo que mi fuente de información más confiable con respecto a esos temas es Ansel. Religiosamente él realiza un informe diario de la cantidad de horas que puede permitirse pasar con ella, bastante detallado, para contarme la clase de cosas que yo debería saber. Incluso en la distancia he estado presente en su progreso; en las recaídas, las noches de insomnio, las pesadillas, los arranques repentinos de melancolía, los instantes fugaces de alegría, las rabietas y, en general, en cada una de las fases que la han conducido hacia la versión que ahora es. No importa cuántas veces al mes deba oír sobre sus días malos; siempre es difícil. —Naturalmente, mi única alternativa fue cancelarle la cita a Judith—prosiguió, aparentemente ajeno al cambio que sufrió mi expresión—. Lo que ella, por supuesto, entendió. —Vale… —Así que estuve con Xanthia hasta que logró calmarse, como de costumbre. Charlamos, vimos una película y a eso de las seis; hará aproximadamente una hora, nos sentamos uno frente al otro para jugar un tonto juego que salió en la trama en el que debíamos golpearnos las manos y… En fin, no voy a explicártelo. El caso es que en cierto momento estábamos riéndonos; ella lucía extasiada, y se echó hacia adelante en la silla para darme un empujón por algo que ya no recuerdo haber dicho—Ansel tragó saliva. De pronto fue como si se le hubiera disparado la ansiedad—. Cuando todo quedó en silencio… Cuando nos quedamos sin algo para decir… Ella… Ella sólo… Pues… Se me lanzó encima. Fruncí el ceño. Por los motivos que fuesen, mi cerebro se mantuvo en una especie de bucle donde apenas entendía qué tenía que ver una cosa con la otra. —¿Te… Atacó? —No. Mierda, Blom, ¿me harás decirlo textualmente? —Pues… ¿No? Ansel se pasó una mano por el cabello. Esa acción me trajo a la mente un recuerdo vago que aparté rápidamente de mis pensamientos antes de que la imagen se apoderara de todo lo que podía ver en ese preciso instante. —Me besó. Parpadeé. Durante un segundo estuve convencida de que algún pitido bastante agudo había comenzado a resonar dentro del departamento, pero cuando tragué saliva y me centré de nuevo en la realidad entendí que sólo había sido una reacción de mi cuerpo. Ansel inspiró mucho aire. —Nos besamos. Y lo soltó con fuerza. Durante mis primeros días de independencia casi absoluta pasé la mayor parte de mis ratos libres pensando sobre lo mucho que había aprendido de ese nuevo estilo de vida en tan pocos días. Al ser un entorno completamente distinto, con personas de mente considerablemente más abierta, es sencillo encontrarse a diario con todo tipo de individuos y actitudes inesperadas. La primera lección fue bastante clara: Ya nada, literalmente, deberá sorprenderte. Pero ahí estaba, con los ojos clavados sobre el rostro pixelado de mi mejor amigo, la mano suspendida sobre el mouse de la computadora (decidiendo si cortar la llamada o añadir a Xanthia) y el pulso acelerado, atónita. Al parecer, esa declaración acabaría con la rutina monótona y cómoda que mantuve hasta ese día. 

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