Valeria
Siempre me ha gustado ver el cielo cubierto de nubes negras y la lluvia cayendo con fuerza. Es como si contemplara mi propio corazón reflejado frente a mis ojos, y, de alguna manera, eso me reconforta. Hay algo profundamente hermoso en observar cómo las gotas golpean con intensidad el cristal de mi ventana para luego deslizarse, una tras otra, como lágrimas silenciosas que también quieren escapar.
Quizás los días nublosos son mis favoritos porque puedo refugiarme en ellos para no sentirme tan sola. Aunque no niego que me encanta el sol, pero, la lluvia, el olor a tierra mojada tiene algo especial que ningún día soleado podrá igualar jamás, soy realmente fanática de esas cosas y es uno de los pequeños momentos en los que me siento en la misma posición que otros.
Dejo el libro que leía a un lado mientras mi frente reposa sobre el frío vidrio de la ventana. Una sonrisa melancólica se dibuja en mis labios, como si el alma se me escapara en suspiros.
La amplia habitación se siente gélida, no solo por el clima, sino por la atmósfera misma que la habita. No es de extrañar; en esta fortaleza no existe la alegría, y mucho menos esa calidez familiar que suele llenar otros hogares. Aquí solo hay silencio, reglas, y el eco lejano de lo que nunca fue un hogar. Esta no es una casa, es una prisión silenciosa donde habitan tres personas y algunas otras que están para servir, no para vivir.
Sin embargo, es la vida con la que muchos sueñan, es la vida que hace suspirar, es la vida que quieren fotografiar y la vida que otros anhelan con toda su alma, para mí sin embargo es más como grilletes atados a mis manos y pies.
Unos toques suaves en la puerta me hacen suspirar con fuerza. Pensé que, al menos hoy, mi madre me dejaría en paz.
Qué ingenua fui al siquiera considerarlo.
—Adelante —respondo con esa voz que me han enseñado a usar. Una voz suave, serena, perfectamente medida. Como la de un robot: sin emoción, sin vida, sin alma. Una voz que no me pertenece, pero que debo fingir como mía.
Una de las chicas del servicio aparece con una pequeña sonrisa. Su uniforme está impecable, como todo en esta casa debe estarlo.
—La señora la espera abajo. Dice que sus clases están por comenzar —anuncia sin perder su sonrisa.
Asiento con resignación y me levanto con lentitud. Camino hacia la puerta.
—Voy enseguida —respondo. Ella asiente y se retira con la misma cortesía que le exigen.
Cierro la puerta, sintiendo ese rechazo profundo hacia aquellas clases que detesto. A veces pienso que una chica de mi edad debería estar viviendo libremente, sin cadenas, sin expectativas aplastantes, sin moldes que la ahoguen.
A las almas libres no se les deben imponer barreras.
Salgo del cuarto caminando con la elegancia que mi madre tanto exige. Cada paso está calculado, cada movimiento debe ser exacto. Bajo las escaleras con una tranquilidad forzada, hasta llegar donde ella me espera.
Mi madre es una mujer realmente hermosa. Su cabellera rojiza siempre me ha parecido fascinante. Es una de las pocas cosas que me ha legado y que me agrada. Su cabello es intensamente rojo, igual que el mío. Ella gira para mirarme y deja su taza de té sobre la mesa antes de levantarse.
Su presencia lo llena todo. Es como una reina de hielo, impecable, inquebrantable. La elegancia que posee es casi asfixiante. Sus ojos marrones me examinan sin piedad, y sus labios carnosos, pintados del mismo rojo que su cabello, la hacen ver tan intimidante que me encojo.
Nunca he visto a mi madre ser realmente un desastre. Es como si llevara un manual impreso con su vestimenta que le impide en todo momento mostrarse como algo más que una verdadera reina o alguien que la realeza debería tener a su lado, es aplastante que a veces por más que lo intento nunca puedo ser como ella, así de perfecta.
Nunca he indagado mucho en por qué mamá tiene tanta obsesión con hacerme una copia exacta de ella, desde los gestos hasta la forma en que camino, aunque no es como si mi apellido dejara muchas cosas para que pueda utilizar, todo lo contrario.
—Valeria —dice, con esa entonación que corta—, tienes mechones desordenados —frunce los labios en una línea delgada—. ¿Eso que veo en tu vestido es... salsa? —pregunta, y se acerca a mí—. Endereza la espalda. Por Dios, pareces una pordiosera. Sal de mi vista y arréglate correctamente. —Sus dedos me toman del mentón con fuerza, obligándome a mirarla. —Te quiero perfecta. ¿Entendiste, Valeria? —Asiento en silencio. —Con prisa —añade con desdén—. Ya está por llegar tu maestra de protocolo. Creo que tendré que hablar con ella; mírate, eres un desastre. No pareces hija mía. Si llevaras otro color de cabello, lo juraría.
Se aleja como si yo no fuese más que una mancha en su alfombra blanca. Me doy la vuelta en silencio y subo a mi habitación, conteniendo la rabia y la tristeza que se me atascan en la garganta.
En eso consiste mi vida: en una madre que intenta moldearme a su idea de perfección, cuando yo solo tengo imperfecciones. Y quizás, lo único verdaderamente mío... es eso.
En silencio, me desvisto y me pongo un vestido verde. Miro mi cabello rojizo. A pesar de ser rizado, tengo que mantenerlo bajo plancha, siempre liso, porque a mi madre no le gusta cómo me veo con el rizado. Ella dice que parezco una chica sin clase ni modales, que debo ser perfecta.
Arreglo mi cabello hasta que no veo ni una sola hebra fuera de lugar. Mi vestido, impecable, sin una sola arruga ni mal colocado. Mi maquillaje perfectamente ordenado. Y unos tacones que detesto, pero ella dice que es lo que debo usar.
Una chica de veinte años no debería estar aquí, encerrada en una casa con una madre que la quiere hacer perfecta para un hombre que no vale la pena.
Odio estar de vacaciones. Si no estuviera aquí, al menos estaría en la universidad, haciendo algo que realmente me gusta.
Tragándome las ganas de llorar, camino hacia la puerta y regreso a la sala donde mi profesora de protocolo me espera. Ella no es una señora amable, sino una mujer amargada que, al parecer, no tiene nada mejor que hacer que hacerme sentir miserable con sus comentarios hirientes.
A pesar de todo, y no sé cómo, he logrado construir una autoestima aceptable. Mi lema siempre será: No necesito que alguien me diga que soy hermosa para creerlo. Soy hermosa porque así me veo cuando me reflejo en el espejo.
Mi madre siempre busca mis imperfecciones para poder “arreglarme”, como si yo fuera algo que se debe corregir.
Nunca me han gustado las clases con la señora Margaret. Tiene esa vibra desagradable que te incomoda, y esas palabras hirientes en una lengua venenosa que, aunque intento no hacerles caso, siempre logran lastimarme.
Buena amiga de mi madre, y aun así parece no soportarme. Es como si sintiera un desprecio insoportable hacia mi persona sin yo haber hecho nada para provocarlo.
Las clases comienzan y, con ellas, mi momento de tortura. “Que la espada erguida”, “que los buenos modales”, “que debes hacer esto, que debes hacer aquello”. Mi vida se basa en hacer todo lo que mi madre quiere; no tengo voz ni voto en esto. No puedo reprochar nada, no puedo alzar la voz y decir lo que pienso... No puedo vivir.
Porque esto no es vivir, esto es encerrarme en una jaula que cada vez me asfixia con más rapidez. Por eso necesito salir de aquí.
En mi niñez estuve con mi abuela paterna, quien siempre me brindó su amor y cariño. No puedo decir lo mismo de Verónica, mi abuela por parte de madre, una mujer adulta bastante detestable que no me soporta.
Cada vez que me tocaba estar con ella, era un infierno. Al parecer, ella no quería que su hija tuviera niños. Soy el error. Siempre me lo ha repetido. Soy el error de mi madre. Solía gritarme que por eso ella me quiere perfecta, porque necesita convertir el “error” en algo aceptable para nuestra sociedad.
Como pueden ver, nunca he sido una persona muy querida. Mi padre apenas repara su atención en saber que estoy bien. Su vida siempre ha sido su trabajo, y me duele. Se supone que él debe darme amor, y eso nunca ha llegado a mi vida, nunca ha habitado el amor en mi vida. Solo he recibido amor por parte de mi abuela Rebeca.
Cuando las clases culminan, me siento tranquila. Al menos, no tendré que ver la cara de la señora Margaret. Con mucha educación me despido y subo a mi habitación, mi refugio.
Necesito cambiar mi vida, necesito vivir.
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—Señorita, su madre me pidió que le informara que el joven Alonzo vendrá esta noche —termino de arreglarme el cabello y la miro.
Me quedo en silencio un momento porque no pensé que mi novio quisiera venir esta noche, de hecho, me estaba sintiendo muy cómoda con la idea de que no tendría que tener a Alonzo pegado a mí. Me gusta cuando sus compromisos lo absorben al igual que las mujeres que se le lanzan como si él fuese alguna clase de Dios. La cosa es fuerte porque Alonzo atrae a las mujeres como polillas a la luz, con mis propios ojos he visto a más de una rogar por un poco de su atención.
—Gracias por informarme. Puedes retirarte —ella sale, y yo tomo el libro que estoy leyendo.
Dos mundos divididos por sangre y poder. Una chica diferente.
En torno a eso se basa la historia. Los plateados y los rojos. Me recuerda a lo que vivo. En mi casa, mi clase no puede juntarse con la clase baja, o "inferior", como mi madre repite hasta el cansancio.
Siempre he visto a las personas como iguales. No les encuentro ninguna diferencia. Pero mi madre siempre encuentra la forma de humillarlas, de hacerlas sentir menos.
Con el libro en mano, bajo con elegancia. No sé por dónde podrían estar vigilándome. Camino hasta el jardín, que no tiene cámaras. Es el único lugar donde puedo respirar con tranquilidad. Hoy no tengo mis clases de protocolo, lo cual me alivia. Lidiar con la señora Margaret no es precisamente entretenido, y se necesita mucho coraje para no dejarse hundir por sus palabras.
Tomo asiento, me acomodo y abro el libro.
El día está soleado. Antes, me gustaba sentir el sol en mi piel, pero ahora todo me da igual. Mis ganas de cambiar mi mundo se han ido cayendo a pedazos, y es que esto que tengo… no se llama vida.
¿Dinero, comodidades, una mansión? Espero que nadie desee una vida como la mía. Porque aquí solo encontrarán riquezas que no llenan nada. El vacío que tenemos todos dentro del pecho, ni los millones de mi padre pueden cubrirlo.
Todo lo que habita en esta casa son cosas materiales y banales. Cosas que no me interesan en lo más mínimo. Yo cambiaría todo esto por un solo minuto en el que pudiera sentirme libre. Un instante en el que mi alma bailara de libertad y las paredes de mi corazón se expandieran de felicidad.
Un movimiento por el rabillo del ojo me hace bajar el libro. Miro el cuerpo de espaldas de un chico. Frunzo el ceño al darme cuenta de que no es el jardinero habitual. Me levanto, dejando el libro sobre el banco, y camino como siempre me han enseñado: con perfección.
—No eres el jardinero. ¿Cómo entraste? —mi voz lo sorprende, haciéndole cortar una rosa por accidente. La flor roja cae al suelo justo cuando él se incorpora.
Tengo que mirar hacia arriba, porque su altura es intimidante. Guapo, juvenil, sin exagerar. Sin embargo, tiene unos increíbles ojos grises que podrían confundirse con azul. Su cabellera color caramelo lo hace ver aún más atractivo.
Siento como mi corazón se agita sin causa aparente o como siento algo en mi vientre y un cosquilleo en mis manos, la boca se me seca y frunzo el ceño sin comprender del todo las reacciones que está teniendo mi cuerpo.
Mi novio, Alonzo, tiene una belleza exótica. De esas que hacen girar cabezas. Pero este chico... este chico tiene una belleza distinta. Una belleza magnética. No es la que te hace babear, sino la que te obliga a mirarlo sin saber por qué.
—Soy el hijo de Rodrigo. Mi padre no pudo venir hoy —su voz es grave y varonil—. Su madre ya lo sabe, señorita.
Suspiro y desvío la mirada.
—Claro. Discúlpame —lo observo sin disimular—. Creo que te dejaré trabajar en paz —él me sonríe.
—Es usted hermosa, señorita —me sonrojo y volteo el rostro. —Se parece a la rosa que cayó al suelo —lo miro, curiosa. —Nunca había visto un cabello tan rojo —no respondo.
—Creo que será mejor que me vaya —él niega suavemente.
—Que no la incomoden mis palabras. Me llamo Harry —dice sin extenderme la mano, ya que lleva guantes puestos.
—Soy Valeria —él asiente y se agacha de nuevo frente a las rosas.
—Es un nombre hermoso —murmura, con los ojos puestos en las flores.
—¿Siempre haces tantos cumplidos a las personas? —pregunto.
Él niega con una leve sonrisa.
—Solo cuando me nace —dice mientras miro la delicadeza con la que cuida de las rosas.
Me quedo observándolo. Su manera de tratarlas es impresionante. Sin darme cuenta, ya llevo más de una hora en silencio, siendo simplemente una espectadora de su trabajo.
—Magnífico —murmuro.
—¿Era una prueba y no me habían avisado? —se encuentra con mis ojos, y me sonrojo al instante, desviando el rostro.
—No, es solo que... tu manera de cuidar las rosas es preciosa —respondo con sinceridad, ocultando mi rostro entre el cabello.
—Debo tratarlas bien. No me gusta verlas marchitarse. Son hermosas, vivaces… y mientras pueda mantenerlas así, lo haré —me regala una sonrisa que me deja sin palabras.
Pestañeo varias veces, sin saber qué decir. Él continúa con su trabajo. Su manera de moverse es tan libre que me descubro siguiéndolo con la mirada mientras trabaja. Su cuerpo es musculoso, pero no exagerado. Tiene ese tipo de cuerpo que se admira sin buscarlo.
—Señorita —pego un pequeño salto en mi lugar. Es la chica del servicio. Sus ojos están fijos en Harry, a una distancia prudente, pero su mirada es descaradamente lujuriosa mientras muerde sus labios.
Ella me odia. Es una fiel seguidora de mi madre. Estoy segura de que, si mi madre le pidiera que se lanzara de un puente, lo haría encantada. Está completamente loca.
—¿Pasa algo? —pregunto, cortante. Sus ojos se despegan del chico y se posan en mí.
—La señora la busca —hace una mueca, fingiendo preocupación—. Tiene varios mechones sueltos, señorita. Acomode su vestido; está un poco arrugado. Con permiso —se aleja con la misma petulancia con la que llegó.
Inmediatamente acomodo mi cabello y aliso mi vestido. Lo último que quisiera es que mi madre me viera imperfecta frente a ella. Le lanzo una última mirada al chico, al que probablemente no vuelva a ver nunca, y camino de regreso hacia la mansión.
A cumplir mi deber como la heredera de la mansión Campbell.