Capítulo 3

2577 Words
La sonrisa del chico a mi lado ha sido nuestra única compañía desde que escapamos de la mansión. Yo, en cambio, solo soy un cúmulo de silencios. Ahora que mi mente se ha despejado un poco, empiezo a ser consciente del error que estoy cometiendo. Si mi madre se entera de esto, estoy perdida. Me estremezco solo de pensar en cómo me encerraría en mi habitación durante días, tal vez semanas, como una prisionera sin juicio ni voz. Harry respeta mi mutismo; no hace preguntas, no presiona. Solo camina a mi lado en silencio. Y aunque agradezco su discreción, no puedo evitar sentir que todo esto fue una pésima idea. Los altos tacones que elegí por estética ahora castigan mis pies tras tantos minutos caminando por estas solitarias calles. Estoy a punto de sugerir que regresemos cuando distingo, a lo lejos, el pequeño parque del que hablaba en su plan improvisado. Mi ceño se frunce al ver cómo las luces lo rodean. No recordaba que fuera así. —¿Te gusta? —pregunta de pronto. Son las primeras palabras que ha pronunciado desde que huimos de mi casa. Las luces envuelven los altos árboles, dándoles un aire casi mágico, como si el parque fuese una burbuja apartada del mundo. Me sorprendo sonriendo sin darme cuenta, fascinada por el espectáculo de colores. Es realmente hermoso. Tan diferente de la frialdad que define mi entorno, mi familia, mi vida. —Es hermoso —susurro, abrazándome a mí misma mientras avanzo lentamente. Paso los dedos por algunas luces a mi alcance, acariciándolas como si pudieran contagiarme algo de su calidez. Harry me observa con curiosidad, pero no me importa. En este momento, lo único que me interesa es lo que tengo frente a los ojos. Por una vez, estoy presente. —Usted es mucho más hermosa cuando sonríe. Debería hacerlo más a menudo —dice con suavidad. Me detengo y lo miro. Su sonrisa es ligera, pero sus ojos… sus ojos grises, casi azules, están clavados en los míos. Hay ternura en su mirada. Amabilidad. Honestidad. No estoy acostumbrada a eso. Mi mundo está lleno de intenciones ocultas, de palabras disfrazadas, de afectos que no son más que monedas de cambio. Pero él... él parece tan puro que por un instante me olvido de cuestionar por qué me propuso escapar, por qué me trajo aquí. Harry Evans es un completo enigma para mí. —Gracias —musito. Él asiente con una expresión que no sé descifrar, y entonces murmura: —Debe ser difícil... Camina despacio, así que lo sigo, aunque no entiendo del todo a qué se refiere. —¿Qué cosa es difícil? —pregunto con sinceridad, confusa. Nos detenemos frente a un banco. Él se sienta sin vacilar, mientras yo permanezco de pie. Me abrazo de nuevo, inquieta, porque su mirada ahora es más profunda, como si pudiera ver a través de mí, como si escarbara dentro de mis silencios. —Fingir sonrisas. Fingir que se tiene una vida perfecta —responde con una tristeza que no le pertenece, pero que parece comprender. Me tenso. —Eso debe ser agobiante —añade—. Tener la vida planeada, cada paso dictado por otros. ¿No se siente asfixiada? Siento los labios resecos. Paso la lengua por ellos, incómoda. Lo miro con arrogancia, intentando ocultar mi vulnerabilidad. No puedo mostrarle esa parte de mí. No a él. Ese lado está reservado para las cuatro paredes de mi habitación, para mis noches en silencio, lejos de cualquier testigo. —No sé de qué hablas. Soy feliz y… —Y miente ahora —me interrumpe sin vacilar—. He visto personas como usted, señorita Valeria. Personas que aparentan tenerlo todo, pero por dentro están vacías. Personas atrapadas en una fantasía impuesta por otros. Pero cuando la observo, también veo otra cosa... Veo deseos contenidos, sueños propios, anhelos que suplican por ser escuchados. Entonces, ¿realmente miente? Todo mi cuerpo se pone en alerta. Solo nos hemos visto dos veces, y aun así, parece conocerme más que mi propia familia. ¿Cómo es posible? —¿Quién eres tú? —pregunto, ahora a la defensiva—. ¿Me has investigado? Doy un paso atrás, preparando mi cuerpo por si tengo que correr. La duda me abruma. Harry Evans es demasiado extraño… y demasiado certero. —No, solo la he observado a la distancia, ya se lo dije. Desde aquel día la he visto de lejos. Soy bueno descifrando personas como usted. No piense que la he acosado, porque no ha sido así —dice con serenidad—. Solo quiero saber algo… ¿no desea probar la libertad? Su pregunta es como una melodía que acaricia una parte dormida de mí. ¿Que si quiero probarla? Sueño con eso cada día de mi vida. Fantaseo con el momento en que pueda soltar las cadenas que me atan, en que pueda respirar sin que alguien me diga cómo hacerlo. No quiero ser perfecta, porque no lo soy. Soy una chica llena de inseguridades, de miedos disfrazados tras un apellido y una imagen. Una chica que no conoce el mundo, que anhela hacer cosas propias de su edad, que sueña con elegir su propia música, escribir lo que le salga del alma, gritar todo lo que ha callado durante años. Quiero ser más que un silencio prolongado. Miro a Harry. Él espera mi respuesta con paciencia, sin presionarme. Pero en lugar de hablar, me quedo observándolo. Las facciones definidas de su rostro, su cabello color caramelo perfectamente peinado, el traje que lleva —cedido, probablemente, por su trabajo— le queda sorprendentemente bien. No parece parte de mi mundo, pero tampoco ajeno a él. Es como si habitara el límite entre lo que soy y lo que quiero ser. —¿Qué ganas tú con todo esto? —pregunto al fin, aún desconfiando. No puedo evitarlo. Sonríe con ternura y se pone de pie. Tengo que levantar la vista para alcanzarlo con la mirada; es mucho más alto de lo que recordaba. —Yo nada. Pero le aseguro que me encantaría ver la libertad florecer en usted —responde con un tono suave—. Un día conocí a una persona que también quería volar, soñaba con tocar su libertad con las manos. Pero el peso de un apellido la atrapó… hasta apagar su llama. No quiero ver a más personas así, señorita. No quiero presenciar otra historia rota como aquella. Su voz es sincera. Dolorosa. Cercana. Conozco a su padre, el señor Evans ha trabajado en nuestra casa desde que tengo memoria. Un hombre noble, discreto y generoso. Ahora comprendo que el enorme corazón de ese hombre vive también en su hijo. Y quizá por eso… por esa calidez inexplicable… me descubro queriendo contarle mis miedos. Contarle que me aterra el futuro que han diseñado para mí. Que cada vez que lo imagino, me siento desaparecer. —Me confundes —digo al fin, incapaz de expresarlo de otro modo. Él se encoge de hombros, como quien no necesita más explicaciones. —Creo que deberíamos regresar. Su madre podría notar su ausencia en la fiesta —dice mientras da un paso atrás. Lo observo una vez más, sabiendo que esta conversación ha dejado una g****a en mi mundo. Una g****a por donde se ha colado la posibilidad de otra vida. Algo distinto. —Señorita… —me llama antes de girarse por completo—. Usted está llena de vida. Solo necesita tomar el rumbo para que lo vea. No deje que la conviertan en alguien que no pueda reconocer al mirarse al espejo. Espero, de verdad, que logre todo lo que desea. Con esas palabras, comienza a caminar. Yo solo lo miro, en silencio. Su andar sereno. La forma en la que parece tan cómodo en su propia piel, como si ya hubiese hecho las paces con todo lo que es. Libre. Sin ataduras. ********************** Cuando volvemos a la fiesta, mamá me lanza una mirada larga, inquisitiva, como si ya supiera que algo anda mal. Intento mantener la compostura mientras converso con algunos de sus invitados. Finjo sonreír, escuchar, asentir, como si todo estuviera bien. Alonzo desaparece de mi vista por un momento, pero me sorprende al abrazarme por detrás, dejando un beso en mi mejilla justo antes de despedirse cordialmente de la pareja con la que yo hablaba. Sin darme opción, me toma de la mano y me guía escaleras arriba. Supongo que quiere hablar… aunque sé que esa palabra, en su boca, nunca significa algo sencillo. Camino hacia mi habitación con un nudo en el estómago. Apenas cruzo la puerta, jadeo al sentir cómo su mano se aferra con fuerza a mi brazo, obligándome a girar hacia él. Sus ojos, inyectados en furia, me atraviesan. —¿Dónde estabas? —pregunta con voz baja, cargada de una calma que solo anticipa tormenta. —Caminando —respondo sin rodeos. —Recuerda algo, Valeria —dice acercándose peligrosamente a mis labios—. Eres mi novia. Tu deber es estar a mi lado en todo momento. ¿Acaso Sarah no te ha enseñado cómo debe comportarse una mujer como tú? —su voz es suave, pero cada palabra corta como vidrio—. Amor, no olvides que soy una figura importante, y tus acciones pueden traer consecuencias. Me dijeron que estabas caminando… pero no sola. Tengo ojos en todas partes, Valeria. No me veas la cara de estúpido, porque no lo soy. Y odio que me mientan. Trago en seco. El miedo me aprieta la garganta. Si llega a decirle algo a mamá, esto dejará de ser una simple conversación. —Solo fue un chico que me acompañó por si algo me pasaba. Te juro que solo caminamos, no hicimos nada más —digo, obligándome a mantener la calma. Él me observa de cerca, como si intentara escanear cada rincón de mi alma en busca de una mentira. Su cabello rubio, perfectamente peinado, sus ojos marrones atentos, calculadores. Alonzo es, sin duda, un hombre guapo. Pero gran parte de mí le teme. Porque puede ser tan encantador como violento. Tan dulce como impredecible. Suspira y me suelta con brusquedad. Instintivamente llevo una mano al brazo que mantuvo apresado; la piel duele bajo el vestido. Él se aleja hacia la ventana y abre para respirar el aire frío de la noche. El silencio se vuelve espeso, y yo solo siento un agotamiento que me atraviesa entera. —Te voy a creer esta vez, Valeria —dice al fin, sin mirarme—. Pero no quiero volver a enterarme de que saliste con algún idiota. Si quieres caminar, me lo dices a mí. No tienes por qué andar con un pordiosero muerto de hambre. ¿Y si te hubieran fotografiado? ¿Pensaste en eso? No, no lo pensé. Y por mi expresión, sé que él lo nota. Se gira, se acerca y me toma del cuello para besarme. Le correspondo, porque sé que es más fácil que resistirme. Cuando se separa, suspira de nuevo. —Te amo, cariño. Pero tienes esa manía de hacerme enloquecer. Tienes que tomarme en cuenta antes de tomar decisiones. ¿Bien? —Asiento en silencio. —Así me gusta —dice sonriendo—. Obediente. Hermosa. Digna de ser mi novia. Pronto podrías tener un anillo en ese dedo, si sigues así. Un lugar por el que muchas matarían. Ser mi esposa. Un escalofrío recorre mi espalda. No por emoción. Sino por repulsión. Por miedo. —Volvamos, pueden estar preocupados por nosotros —murmuro, tratando de sonar neutral. Él asiente y me besa una vez más antes de mirarme de arriba abajo. —Justo como me gustas. Así… siendo la envidia de todos. Me gusta presumirte. Me muerdo la lengua. No soy un trofeo. —Adelántate. Retocaré mi maquillaje y bajo contigo. Alonzo asiente, satisfecho, y se encamina hacia la salida. Cuando finalmente desaparece tras la puerta, suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mis piernas tiemblan, así que me dejo caer frente al tocador. Me observo en el espejo y lo que veo no soy yo. Es una versión apagada. Una máscara con forma de mujer. La puerta se abre sin que tenga tiempo de recomponerme. Juliet entra con una pequeña sonrisa. Camina hacia mí, se coloca detrás de mi cuerpo y posa las manos en mis hombros. Nos observa a ambas a través del espejo. La sonrisa en sus labios no es amable. Sé lo que significa: otra vez soy la comidilla entre sus amigas. Otra vez soy el espectáculo. Juliet, la experta en fingir dulzura frente a todos, ahora muestra su verdadero rostro. —Así que otra vez eres una cuernuda que le aguanta todo a Alonzo —murmura Juliet, moviendo sus manos sobre mis hombros con descaro—. Estuvo con Marie toda la semana. Fueron a clubes juntos, y tengo fotos… fotos de lo candentes que se veían. Valeria, sigues siendo una mujer que da lástima. Tanta belleza y no te sirve ni siquiera para tener a Alonzo cerca. Su voz es una daga afilada, cruel y certera. —Solo se casa contigo porque eres eso —dice, apretando con fuerza mis hombros, como si quisiera dejar una marca—. La que aguantará que él esté con todas las que quiera. La que se queda con las sobras. Susurra cerca de mi oído: —Yo también estuve con él. Tengo que admitir que me folló de maravilla mientras tú estabas aquí. Siendo la buena. La Valeria que se casará con él en algún momento —hace un puchero fingido antes de sonreír con diversión. Sus palabras me atraviesan. No deberían doler. Ya he escuchado suficiente. Ya debería estar acostumbrada. Pero duelen. Duelen como siempre. —Largo de aquí —susurro, apretando los puños sobre mi regazo. —¿Qué? No te escuché. Pareces más de colección que de verdad —se burla con desdén. Le quito las manos de encima y me giro con rabia contenida, con algo que apenas reconozco en mí. —Vete —digo, más firme esta vez—. No entiendo por qué eres tan cruel, tan vil. —Ella me observa sin pestañear, pero esta vez no sonríe. —Si tanto te gusta Alonzo, ve y dile que se quede contigo. ¿Vienes a burlarte de lo poca mujer que eres por meterte con un hombre que tiene pareja? ¿Eso te hace sentir superior? ¿Vienes a regodearte de que me fue infiel como si eso te hiciera mejor? —Mi voz tiembla, pero no me detengo. —Das lástima, Juliet. Tú y todas las demás. Amas a Alonzo, pero te devora el odio que, a pesar de estar con quien se le antoje, sigue conmigo. Me llama su novia. Me presenta al mundo. Tú solo tienes los momentos a escondidas, entre sábanas. Entonces dime, ¿quién está peor? ¿Quién es realmente la que se conforma con las sobras? Las palabras salen de mí como una avalancha. Nunca supe que podía hablar así. Nunca supe que dolía tanto callar. Juliet me observa con una mezcla de furia y desconcierto, pero no dice nada. Solo se aleja en silencio, como si mis palabras la hubieran golpeado donde más duele. Cuando la puerta se cierra, llevo una mano a mi pecho. Siento que el aire no alcanza, que el corazón me late con fuerza desmedida. No sé cuánto tiempo más podré seguir así. Odio todo esto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD