Letras que arden

486 Words
Aún temblando, Fernanda extendió la mano hacia el diario, que seguía en el suelo junto al espejo. Lo tomó como quien recoge un objeto sagrado, y sus dedos recorrieron la cubierta ajada mientras Leónidas la observaba desde el otro lado del cristal, tan pálido como ella. —Tiene que haber algo más aquí —susurró, más para sí misma que para él. Pasó las páginas lentamente, como si esperara que el libro respondiera por voluntad propia. Y entonces, a la mitad del cuaderno, una hoja se soltó del lomo y cayó sola, como si esperara ese momento. Fernanda la levantó con delicadeza. Era una carta sin firmar, escrita con la misma tinta tenue de los mensajes que habían aparecido en el espejo. > “Si estás leyendo esto, entonces ya has sentido su mirada. No intentes razonar con lo que acecha en el cristal. No se alimenta del miedo, sino del amor. De la esperanza. De todo lo que crees eterno.” > “La pareja que fuimos… también pensó que era un sueño. Nos comunicábamos por reflejos, por páginas, por palabras susurradas en el silencio. Pero cada noche, él crecía. Se acercaba más. Y cuando uno de los dos creyó que podía cruzar, fue él quien lo hizo primero.” —Dios… —murmuró Fernanda, sin atreverse a mirar a Leónidas aún. —¿Qué dice? —preguntó él, impaciente. Ella tragó saliva y siguió leyendo: > “Mi amor fue consumido. Él ya no está. Pero algo con su rostro sigue hablándome. Tengan cuidado. El espejo no es un puente… es una trampa. Solo el diario guarda la verdad. Las páginas finales revelarán cómo romper el ciclo. Pero te dolerá. Como dolió antes.” —No hay firma —dijo Fernanda, temblando. Leónidas asintió. —Eso significa que tal vez… ya no está viva. —O que está del otro lado… atrapada. —Se miraron. El silencio era espeso, cargado de miedo y deseo de comprender. Volvieron al diario. Más páginas hablaban en forma de recuerdos: una pareja que también había compartido sueños, gestos desde espejos, cartas cruzadas con lágrimas. Y el amor que sentían era tan real, tan humano, que dolía leerlo. Era como si sus vidas se repitieran… como si su historia no fuera única, sino parte de algo más grande. Algo antiguo. Y entonces Fernanda encontró una frase escrita al margen de una página: > “Lo que los une puede salvarlos. Pero lo que sienten también abre la puerta.” El diario ardía en sus manos, no con fuego, sino con el peso de la verdad que aún no podían entender del todo. Leónidas apoyó la palma sobre el cristal. Fernanda hizo lo mismo. —No te voy a perder —prometió él. —Ni yo a ti —susurró ella. Pero el espejo vibró. Y esta vez, la respiración en el otro lado… no era la de ellos dos.
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