Durante los últimos dos años, Nikolai me ha entrenado, me ha dado comida y educación, además de darle todo a Sofía.
Él es un hombre poderoso y muy violento, es malvado. Buscó a mi mamá y ella le firmó la custodia de Sofía. Me ha amenazado con llevársela lejos de mí si no hago lo que él quiere.
A penas tengo dieciocho años y me encantaría pelear por mi hermana, pero Nokolais es un monstruo. Él es muy violento aunque a veces me mira como me miraba mi padrastro
Me ha enseñado fotografías de la familia Stravos, son empresarios muy importantes, y él quiere acabarlos.
—No olvides quién eres ahora —me recordó Nikolai con voz grave desde la puerta, apoyado en el marco con los brazos cruzados—. Elena Petrov. Especialista en pedagogía, con experiencia cuidando niños. Tienes que encajar, Daniela. No puedes fallar.
—Lo sé —respondí sin voltear, mi voz firme, pero en el fondo temblaba como una cuerda a punto de romperse.
—Y recuerda… —continuó Nikolai mientras se acercaba—. Los Stravos no deben sospechar nada. Cumple con tu misión y mantén la cabeza baja.
No respondí. Lo hacía por Sofía, mi hermanita, no por los planes de venganza de Nikolai. Sofía estaba en un lugar seguro, y si lograba cumplir, mi pequeña hermana tendría la oportunidad de una vida mejor.
—¿Por qué haces esto? —pregunté.
—El miserable de Luca Stravos acabó con mi padre, lo dejó en la ruina y él se suicidó cuando yo era un niño. Ahora esa familia debe pagar. Quiero que enamores a Aleksei Stravos, que lo vuelvas loco de amor por ti y después lo llevarás al borde del suicidio. Ese miserable verá a su sobrino favorito morir como murió mi padre.
[...]
La mansión Stravos era imponente, con sus altas columnas blancas, balcones de hierro forjado y jardines que parecían sacados de una pintura. Desde el primer momento en que crucé las puertas de aquella propiedad, sentí que no pertenecía allí. Era un mundo ajeno, donde la riqueza y el poder impregnaban cada rincón.
Un mayordomo de expresión severa me recibió y me condujo por el amplio vestíbulo adornado con suelos de mármol, candelabros brillantes y cuadros antiguos. Apenas tuve tiempo de admirar los detalles cuando la voz de una anciana me sacó de mis pensamientos.
—Tú debes ser la nueva niñera.
Me giré y me encontré con una mujer de cabello canoso, recogido con pulcritud, y ojos grises y calculadores. A pesar de su avanzada edad, su presencia irradiaba autoridad. Vestía de n***o y llevaba un delicado broche de perlas prendido al pecho.
La familia Stravos estaba formada por Lucas quién era un hombre de cuarenta años pero el viajaba mucho. Su hermano menor y su esposa murieron y dejaron a sus dos hijos a su cuidado. Aleksei quién tiene venticuatro años y es CEO de las empresas de los Griegos y Dimitri de siete años, la matriarca de la familia es la señora Galena. Los he investigado a todos.
—Sí, señora —respondí con un leve asentimiento, disimulando mi nerviosismo—. Soy Elena Petrov.
—Soy Galena Stravos, la abuela de esta familia —dijo la mujer con voz firme—. Te advierto que Dimitri no es un niño fácil. Ha echado a todas las niñeras que han pasado por aquí.
La observé con respeto. La abuela de los Stravos imponía solo con su presencia, pero no me dejaría intimidar.
—Haré mi mayor esfuerzo, señora Stravos —contesté con voz serena.
Galena me evaluó con un gesto, como si intentara descubrir mis secretos, pero no dijo nada más. —Sígueme. Dimitri te espera.
El salón de juegos era amplio y luminoso, con juguetes desordenados por el suelo y una gran ventana que daba al jardín. En una esquina, sentado sobre una alfombra y con el ceño fruncido, estaba Dimitri. Era un niño de siete años, de cabello castaño enmarañado y ojos azules que reflejaban una mezcla de desconfianza y tristeza. Apenas me vio, lanzó una pelota de madera contra la pared, haciéndola rebotar con fuerza.
—No quiero otra niñera. Todas se van —dijo con voz desafiante, cruzando los brazos.
Respiré hondo y, en lugar de regañarlo, me agaché a su altura, observándolo con ternura.
—No soy como las demás —respondí con suavidad—. Y no me voy a ir.
Dimitri me miró, sorprendido por mi tono. Durante unos segundos, no dijo nada, pero su postura se relajó ligeramente.
—Puedes retirarte, abuela —dijo de repente una voz fría y profunda detrás de nosotros.
Me levanté de inmediato, mi cuerpo tenso. Giré hacia la puerta y lo vi. Allí estaba Aleksei Stravos.
Aleksei era alto y de porte imponente. Su traje oscuro se ceñía a la perfección a sus anchos hombros y su figura atlética, dándole un aire de autoridad indiscutible. Tenía el cabello oscuro, corto y perfectamente peinado, y unos ojos azul acero que parecían perforar el alma con solo mirarlos. Su expresión era glacial, como si el mundo entero fuera una molestia constante.
—Así que tú eres la nueva niñera —dijo con voz grave, estudiándome de pies a cabeza con mirada crítica.
—Sí, señor Stravos. Soy Elena Petrov —respondí con firmeza, sin apartar la mirada de él.
Aleksei entrecerró los ojos, claramente sorprendido por mi atrevimiento. La mayoría de las personas bajaban la vista ante su presencia, pero yo no lo hacía.
—¿Sabes lo que te espera? —preguntó con desdén, cruzándose de brazos—. Ese niño ha espantado a todas las mujeres que han intentado cuidarlo.
—No me asustan los desafíos —replicó, manteniendo el tono calmado.
Aleksei dejó escapar una breve risa sin humor y avanzó unos pasos hacia mí. Su cercanía hizo que sintiera un escalofrío en la nuca, pero me mantuve firme.
—Esa actitud se la llevará el viento en unos días —murmuró con desprecio—. Solo no pierdas el tiempo.
Dimitri, desde su rincón, murmuró por lo bajo: —Eres un ogro.
Aleksei me lanzó una mirada afilada, pero sonreí antes de que pudiera decir algo.
—Creo que el señor Dimitri y yo podemos con cualquier ogro —dije, dirigiéndole una sonrisa al niño.
Dimitri soltó una risita, sorprendiendo a Aleksei, quien levantó una ceja. Por un momento, algo parecido al interés cruzó su mirada antes de volver a enfriarse.
—Veremos cuánto duras —dijo Aleksei finalmente, girándose hacia la puerta y marchándose sin despedirse.
Solté un suspiro contenido. Ese hombre, con su mirada gélida y su actitud autoritaria, parecía una fortaleza imposible de conquistar. Pero no me dejaría intimidar.
—¿Tú puedes vencerlo? —preguntó Dimitri, con voz curiosa.
Lo miré y sonreí con dulzura. —Creo que sí. Pero necesitaré tu ayuda.
Por primera vez, el niño me sonrió tímidamente, y sentí que aquel pequeño paso era una gran victoria. Lo que no sabía era que aquel encuentro con Aleksei Stravos marcaría el inicio de algo que cambiaría mi vida para siempre.