La hostilidad de Aleksei Stravos

930 Words
La mañana siguiente llegó con un cielo plomizo, como si el clima compartiera la tensión que flotaba en la mansión Stravos. Me levanté temprano, con el corazón aún acelerado por la imagen de Aleksei del día anterior. Aquel hombre de cabello oscuro y ojos azules parecía sacado de una pesadilla: frío, inalcanzable y con una mirada que podía helar la sangre. Me arreglé con cuidado: un sencillo vestido beige, zapatos cómodos y mi cabello castaño recogido en una trenza que caía sobre mi hombro. A pesar de mi firme resolución de mantenerme enfocada en mi misión, no podía ignorar que mi lugar allí dependía de cómo manejara a Dimitri y, peor aún, cómo me enfrentaría a Aleksei. Cuando entré al comedor, el pequeño Dimitri ya estaba sentado a la mesa, con el ceño fruncido mientras jugaba con un trozo de pan. Galena lo observaba desde el otro extremo de la mesa, con desaprobación. La habitación era un espectáculo de lujo: cortinas pesadas, lámparas de cristal brillando como joyas y una mesa de roble adornada con finas vajillas. Todo parecía estar en su lugar, pero la atmósfera estaba cargada, pesada. —No vas a crecer fuerte si no comes —le reprendió Galena con voz seca. Dimitri, sin embargo, solo bajó la mirada sin responder. —Buenos días —saludé con suavidad, acercándome a Dimitri y poniéndome a su altura—. ¿Puedo sentarme contigo? Él me miró de reojo y asintió apenas, mientras Galena no apartaba los ojos de mí. —Deberías ser puntual, señorita Petrov —dijo Galena con tono cortante—. Aquí apreciamos la disciplina. —Mis disculpas, señora Stravos —respondí con humildad—. No volverá a ocurrir. Antes de que pudiera añadir algo más, los pasos firmes y seguros de alguien más interrumpieron el silencio. Aleksei apareció en la puerta, impecablemente vestido con un traje gris oscuro que acentuaba su figura imponente. Su mirada azul recorrió la habitación hasta detenerse en mí, con un destello de desprecio apenas disimulado. —Veo que la nueva niñera ya empieza con retrasos —comentó, su voz grave y burlona retumbando en el salón. Respiré profundo, recordándome que debía mantener la calma. —Buenos días, señor Stravos —respondí sin perder la compostura—. Fue un mal cálculo de mi parte, pero ya estoy aquí para atender a Dimitri. Aleksei no respondió. Sus ojos afilados se posaron en su hermano pequeño, quien seguía jugando con el pan en silencio. —¿Vas a seguir comportándote como un crío mimado? —espetó Aleksei con dureza—. Come. —No tengo hambre —respondió Dimitri en voz baja, evitando mirarlo. El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Aleksei dejó la servilleta sobre la mesa con un movimiento lento y calculado, caminando hacia su hermano. Yo seguía arrodillada junto a Dimitri, sintiendo cómo su presencia oscurecía la atmósfera. —Si sigues así, serás débil. Y los débiles no sobreviven en esta familia —le dijo Aleksei en voz baja, pero cortante. —Aleksei, ya basta —intervino Galena, con un tono firme pero cansado—. Es un niño, no tu adversario. Aleksei giró lentamente la cabeza hacia su abuela y luego me miró. Yo lo observaba con desaprobación silenciosa, pero no aparté la mirada. —Si estás aquí para consentirlo, niñera, te advierto que no lo permitiré —dijo Aleksei, su voz dirigida ahora a mí como si yo fuera la culpable de todo. No me dejé intimidar. Me puse de pie lentamente, sin apartar los ojos verdes de los suyos. —No estoy aquí para consentir a nadie, señor Stravos. Estoy aquí para cuidar y enseñar a Dimitri. A veces, los niños necesitan paciencia más que imposición. La respuesta sorprendió tanto a Aleksei como a Galena. Aleksei entrecerró los ojos, estudiándome como si buscara una grieta en mi actitud. Pero me mantuve firme. —Veremos cuánto dura tu paciencia —murmuró finalmente, antes de girarse y marcharse. Su salida fue tan imponente como su entrada, y una vez que el sonido de sus pasos se perdió en el pasillo, solté un suspiro contenido. Dimitri, que había observado todo con atención, me miró con un atisbo de admiración. —Nadie le habla así a Aleksei —dijo el niño con voz baja. —Tal vez alguien debería hacerlo más seguido —respondí con una sonrisa amable. Galena observaba la escena en silencio, y aunque no lo dijo en voz alta, algo en mí comenzaba a intrigarla. [...] Horas más tarde, me encontraba en el jardín con Dimitri, intentando ganarme poco a poco su confianza. Aquel niño era como un pequeño cofre cerrado con llave: desconfiado y silencioso, pero lleno de emociones contenidas. —¿Por qué siempre estás solo, Dimitri? —pregunté suavemente mientras recogía una pelota que había dejado caer. Dimitri se encogió de hombros. — Tío Luca siempre está ocupado. Aleksei dice que debo ser fuerte solo. —¿Y qué opinas tú? —insistí, agachándome para quedar a su altura. Dimitri levantó los ojos azules hacia mí y, por un instante, la vulnerabilidad del niño salió a la superficie. —A veces solo quiero que alguien juegue conmigo —susurró. Sonreí con ternura y le extendí la pelota. —Pues aquí estoy. Vamos a jugar, ¿te parece? El niño tomó la pelota con una pequeña sonrisa. A lo lejos, una sombra observaba la escena desde una ventana en el segundo piso. Aleksei Stravos observaba fijamente cómo interactuaba con su hermano. Su expresión era inescrutable, pero sus ojos azules se oscurecieron un poco más.
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