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4940 Words
Decidió mi viejo, romper con las cadenas que lo unían a la potente amargura que albergaba en su alma. Ya no soportaba más aquella culpa maligna que le estaba carcomiendo la vida por completo. Lanzó su cigarro a medio consumir, se dirigió muy despacio y de manera indirecta hacia mi mami. Hizo un enorme rodeo para llegar hasta donde ella se encontraba. Los demás pensaron que deambulaba distraído mientras fumaba; pero no era así. Acudió a su hija en busca del perdón que necesitaba como a nada en la vida. Solo el perdón de su hija le podría devolver la paz a su alma, eso pensaba, estaba convencido de ello. Era exclusivamente el perdón de su hija, el único aliciente que le iba a permitir seguir en su camino. A mi abuelito aún le faltaba mucho que hacer en la vida. Era él, heredero de una longevidad que habían ostentado su padre, su abuelo y otros más allá. Por ello, visualizaba su futuro incierto si continuaba siendo roído por la culpa. No se perdonaba lo tanto que habíamos perecido mi mami y yo. Estaba entonces presente, lo amargo y cruel de su sufrimiento.   le acercó a mi madre de soslayo, llegando tímidamente a su lado. Acercó una silla y allí se ubicó. En primer lugar dirigió sus miradas a mí. Mi mami no se había percatado de ello ya que, como sucedía muy a menudo, vagaban sus pensamientos por sitios insospechados; como esperando una respuesta que nunca llegaba. Ya me había despertado y estaba sentado jugando con mi pelota. Mi abuelito me miraba con sobrada ternura. Me tomó en sus brazos y me sentó sobre su rodilla e hizo un ademán con el cual me conminaba a jugar con él.           El propósito de mi viejo no era precisamente jugar conmigo, todo lo contrario, su gesto para conmigo terminó siendo el detonante de un berrinche de esos que nadie quiere presenciar dos veces. Al poco rato de haber comenzado aquel divertido gesto, él perdió el interés y yo, entusiasmado, comencé a exigir más diversión; eso fue lo que propició aquel griterío que atrajo la atención de todos. Mi mami salió de su ensimismamiento, ofuscada y confundida. Se calmó al mirar a mi abuelito al lado de ella y comprobar que estaba yo con él. Mi abuelita acudió a salvarme, como ella decía cada vez que por cualquier motivo yo lloraba. Me llevó con ella a empalagarme de atenciones.           Mi mami nunca había sentido a su padre así, tan cerca de ella, como en aquel momento. Luego de que mi abuelita fuera en mi rescate, él acercó más la silla hasta quedar muy cerca de mi mami, tan cerca que parecían fusionados. Sin darle tiempo a reaccionar, él se inclinó sobre su pecho, derramando un torrencial de lágrimas nacidas de un llanto descomunal que había permanecido callado, más allá de los límites de su capacidad de aguante. Mi abuelo no decía nada, solo lloraba y lloraba sin parar. Fue muy triste ese espectáculo. Aunque solamente eran ellos los protagonistas, yo, en mi condición especial que lo captaba todo, incluso antes de que se acercara a nosotros; pude visualizar a un hombre de sesenta años que era consumido por una culpa; un caballero que clamaba por un perdón que podría y debería rescatarlo, con el único y sagrado fin de regresarle la alegría de vivir que siempre lo había caracterizado, y que sentía ya a punto de extinguirse.           Por mucho rato permaneció en aquella posición tan peculiar. Mi mami rompió el hielo y abrazó a su padre. Ese acercamiento resultó muy extraño, porque él nunca había hecho algo parecido. Habían tenido una relación podría decirse, muy buena; sin más allá que conversar lo necesario. Como hija única que fue, había tenido su padre tiempo más que suficiente para dedicárselo a manos llenas. Hubo mucho amor, sin duda alguna, pero no bastó con que existiese, siempre resultó necesario haberlo expresado de alguna manera de las mil maneras con las que se demuestra ese magno sentimiento. Desde niña, Mercedes percibió aquel alejamiento de su padre.  Nunca le entregaba una palabra de encanto, una caricia divina, un dejo de tristeza inclusive, en reclamo de una palabra de aliento. Nunca expresó él, el amor de padre que un hijo siempre necesita y que le resulta más que vital.           Mi abuelito luego de desahogarse plenamente, de verter el llanto que necesitaba verter, se incorporó, secó su rostro con el dorso de su brazo y besó la frente de su hija. Le conminó a entablar una pequeña conversación. Ella, evidentemente que aceptó. Se sentó en una silla que para ello dispuso mi abuelo. Él le expresó todo lo que había llevado consigo desde el fatídico día en que se dispusieron a darle le espalda. Se culpó por haber tenido aquella máxima indiferencia desde siempre, por no haber expresado el inmenso amor que sintió por ella desde antes de haber nacido inclusive, que sentía en ese momento y que, sin duda alguna, sentiría por siempre. Se culpó por haber secundado a mi abuelita en toda la canallada que se hizo, cuando, a sabiendas de que estaba esperándome; la dejaron sin ningún tipo de apoyo, llámese moral, espiritual y económico.           Rogaba mi abuelo por el perdón que necesitaba, por una indulgencia que creía no merecer. Rogaba por una nueva oportunidad para reivindicar su posición. En verdad estaba muy arrepentido, era tal ese arrepentimiento, que sintió que marcaba para siempre su vida. Se dedicaría a su familia de manera distinta a como lo había hecho en el pasado, cuando un empleo exigía más tiempo y dedicación que una familia. Mi abuelito tuvo el siguiente lema desde ese entonces: “Se es padre cuando se siente y se expresa el amor sentido por el hijo. Cuando se palpa, cuando se materializa en un abrazo, en una caricia; en una mirada tierna, en un beso y en un torrencial de sentimientos únicos que solo se entregan padre e hijo. No hay nada más grande en el mundo, que el amor que un padre o una madre sienten por el hijo que nace de sí, que es carne de su carne. Si no se siente amor por un hijo, si no se siente amor por un padre o una madre; entonces no existe el amor”.           Mi abuelito le habló a mi mami con el corazón. Su arrepentimiento gritó desde el fondo de su corazón y de su alma, la necesidad de que Mercedes le otorgara esa oportunidad tan esperada. Y así fue, mi mami abrazó a su padre y le besó tiernamente en la frente. Limpió sus ojos apartando aquellas tristes lágrimas con una de mis mantas que sostenía en su mano, y acariciándolo con esa ternura que ella tendrá por siempre con quien amaba, perdonó, dio las oportunidades necesarias y requeridas. Dejaron el ayer en el olvido de manera definitiva y abrieron sus vidas de este modo, a un presente y al futuro que vendría. Ambos sintieron que eso era lo verdaderamente importante.           Se pararon y, caminando muy despacio, se dirigieron hacia unas rocas grandiosas que estaban en un borde del río. Fue en esos improvisados asientos, donde continuaron aquella conversación contenida en sus gargantas y almas desde hacía un largo tiempo. Debieron esas palabras calladas, ser vertidas a una realidad; exteriorizar lo siempre sentido y callado al mismo tiempo. Sobre esas rocas, dos almas se entregaron a un amor puro en aras de inmortalizar lo grande que es la familia. Padre e hija se fundieron en una sola persona y surgió, cual ave fénix, ese amor que se había creído perdido en los vericuetos del tiempo. Allí estuvo la estampa sagrada del verdadero amor que ellos regalaron al mundo, y allí estuve yo, es decir; allí tuvo mi esencia como fiel testigo.           Desde aquel instante sagrado, mi abuelo se transformó prácticamente en mi padre, en mi mayor benefactor. Se prometió y nos prometió tanto a mi mami como a mí, que dedicaría su vida y más de ser necesario, a nuestro bienestar. Que haría lo posible y más si la vida así lo determinaba, para evitar nuestros sufrimientos; que no habría fuerza que lo pudiese evitar. Puedo dar fe de ello, su cambio se inició desde ese mismo instante. Desde entonces, con todo el amor de padre y abuelo contenido, inició el camino otrora echado a un lado. Recorrió cada tarde, el parque cercano a nuestra casa, llevándome a cuestas; empujando el cochecito o, sencillamente, ayudándome a dar mis primeros pasos que ya a esas alturas, no dominaba aún.   Y así pasaron los memorables primeros momentos de mi puericia. Siendo un lactante mayor como dijo mi doctora Francelina en mi control de niños sanos, había aumentado de peso y talla cónsonos a mi edad. Ya eran casi dos años los que habían transcurrido desde que había nacido. Que grande estaba, controlaba de manera efectiva mis esfínteres. Bueno, en realidad en parte, ya que sentía que venían mis consecuencias y llamaba a mi mami, quien ágilmente me sentaba en mi bacinilla para que hiciera en ella lo que tenía que hacer. Y si de hacer pipi se trataba, solo sacaba y arrojaba; nada más sencillo que eso. Cuando dormía era otra cosa, allí sí mi mami me colocaba mi pañal, en caso contrario, no respondía.      En una ocasión, justo dos meses antes de mi segundo cumpleaños, caminábamos mi mami, mi abuelito y yo, en las instalaciones de un centro comercial muy grande que siempre frecuentábamos. Mi viejo nos había invitado a saborear un helado y por supuesto, no nos dio tiempo la opción de darle una respuesta negativa. Al llegar a aquel agraciado lugar, dirigió sus pasos hacia el local que estaba justo frente a nosotros. En un santiamén, estaba un inmenso helado dispuesto exclusivamente para nosotros. Lo disfrutamos a nuestras anchas, aunque mi abuelito apenas lo probó. Era una inmensa copa colmada de un encanto que nadie podría rehusar. Me deleité con la porción que mi mami colocó a mi entera disposición en un recipiente extra, que un amable mesero ofreció para mí. Fueron dos sabores mezclados magistralmente con una decoración fastuosa.           Las risas inundaron aquel ambiente delicioso. Repentinamente el exquisito jolgorio en un instante se opacó hasta finalmente, borrarse las sonrisas del rostro tanto de mi mami, como del de mi abuelito. Fue pues, una gran seriedad la que minimizó aquel apetito goloso. Una señora ataviada de finos ropajes se acercó muy amable hasta nuestra mesa. Saludó cortésmente y dedicó una escrutadora mirada hacia el cuadro familiar. Luego de ello, me miró largamente. Su mirada reflejó un aire de grandeza. No escatimó ningún dejo de modestia, cuando esgrimió, de manera muy petulante por demás, que era mi pariente; aunque mi mami lo sabía perfectamente. Caramba, se trataba de nada más y nada menos que de mi abuela. Era ella, la madre de Aníbal. Exigió un reconocimiento poco merecido, cuándo prácticamente ordenó que yo le pidiera una bendición que debió surgir del alma, y no ser requerida como ella se lo hubo imaginado.           Colocó su bolso en una de las sillas que estaban desocupadas y se ubicó frente a mí. Quiso una sonrisa y muy inocentemente se la otorgué. Mi abuelito, diplomáticamente la saludó y la conminó a sentarse a nuestro lado. Ella reaccionó cómo si mi viejecito no estuviese hablando con ella. Su omisión fue tal, que dio la impresión que solo estábamos ella y yo en sitio. Fue una arrogancia que nunca había palpado en el poco tiempo que llevaba de vida. En el cielo nunca se ha denotado, ni se denotará una grandeza tan falsa como aquella. Me tomó entre sus brazos y, sin mediar un dejo de delicadeza, me informó que ella era mi abuela. A mi no me causó emoción alguna, pues era una completa desconocida, tal como lo eran las muchas personas que nos rodeaban.           Al cabo de un rato caminábamos por el inmenso pasillo, secundados tanto por mi mami como por mi abuelito, quienes caminaban inmediatamente detrás de nosotros; muy cerca.  Quiso ella destacar un encanto que yo no percibía. Fue mi atención, como la de cualquier niño de esa edad, obedeciendo más a un acto reflejo que a un sentimiento. Fue la instantánea respuesta de un pequeño niño, hacia la amabilidad ofrecida por una dama llegada repentinamente. Caminé de su mano durante aproximadamente treinta minutos. La señora se dirigió conmigo hasta un local cercano donde un grupo de personas departían y, entre chascarrillos subidos de tono, tocaban diversos temas. Allí estaba Aníbal, mi padre. Junto a él, una familia entera departía mientras disfrutaban de una gran variedad de platos exquisitos y bebidas suntuosas que habían ordenado. Se sintió un aire de alto costo en el ambiente. Eso fue únicamente lo que se sintió, nada más.           Me miraron como si yo fuese un objeto. La curiosidad se apoderó de mi padre, quien se acercó a mí sin molestarse un ápice en dirigirme siquiera una palabra. Fui escrutado por aquel desconocido. No hubo una sonrisa por más chica que fuese se dijese, solo me miró y nada más. Siguió en su mundo, inmutable, sin agregar algo a esa mirada indigente, vacía; sin percibir una consideración siquiera en una mirada mía. No miré yo absolutamente nada en sus ojos. Aquel hombre no me dijo nada, no le inspiré una palabra. Fue esa la primera y única que vez que lo vi.           Y así, sin por lo menos tomarme entre sus manos, sin agregar a aquel encuentro un poquito más de interés que el ofrecido a la copa de fino vino que acompañaba a su comida, supe quien era el hombre que había otorgado la mitad de mi carga genética. Y lo más sorprendente fue que yo parecía un verdadero retrato de él. Era como si la existencia se hubiese encargado de trazar un recuerdo perenne en mí y recordarle toda la vida a mi mami, el rostro de Aníbal, mi padre; a quien nunca le diría papá, la figura e imagen ocupada por Raúl, mi abuelito. Siento honda nostalgia al recordar la conversación que mantuve aquella noche con Mercedes. Una plática que no necesito de palabras: “Mami, hoy conocí a mi papá. No entiendo por qué, pero también conocí lo que se recibe de una mirada vaga. Es horrible sentir una indiferencia mayúscula. Recibí en aquella mirada mezquina, una miseria, una dádiva. Una mirada que debió pasar a la historia. Una mirada que aún aquí, en este sitio bendito, necesito para sentir que le importé a un padre. No se trata mami de que él me haya tomado en cuenta, de que me hubiese otorgado una verdadera consideración, como el niño que era. Fue horrible lo que sentí, madre querida, en el momento cuando supe quien era mi padre.”                                Aquella mañana llegó de una manera sorprendente. Una tempestuosa precipitación se hizo presente, acompañada de vientos muy fuertes que lo sacudían todo. Daba miedo el retumbe abrumador que hacía aquella tormenta eléctrica, que parecía rasgar el cielo. Era verdaderamente un diluvio lo que había traído el día. Se hubo iniciado esa feroz lluvia bien adentrada la madrugada, y eran ya las nueve y ni señal alguna que delatara que amainaría. Ya las corrientes de aguas vertiginosas arrastraban cualquier cantidad de objetos por esas calles de Dios. Yo tuve mucho miedo.           Mercedes miraba constantemente por la ventana y rezaba en voz muy baja. Sabía yo que manifestaba sus oraciones, por las tantas veces que se santiguaba, amén que, de cuando en cuando; me hacía la señal de la santa cruz en la distancia. Encomendaba así a Dios, nuestras vidas que creía amenazadas por aquel tremendo aguacero, el cual se empecinaba en ser más fuerte a medida que transcurría el tiempo. Cada vez que se colmaba todo del enorme resplandor de un relámpago y, segundos después, del ensordecedor ruido que le perseguía; mi mami parecía que era impulsada por una fuerza suprema y corría en cualquier dirección.           Luego se dirigía a la cama donde estaba yo prácticamente petrificado de miedo y me abrazaba, infundiéndome un valor que estaba bien lejos, sobre todo de ella. Cuando ya no aguantaba el miedo, porque el ruido era demasiado aterrador, mi llanto lo empeoraba todo. Mi mami me cargaba entonces, tratando de calmarme. Eran los quince kilos de mi peso, los que paseaba con extremado esfuerzo de un lado a otro de la alcoba, muy pausadamente, para evitar un resbalón; ya que en ese momento, estaba colmándose la misma del agua que penetraba por debajo de la puerta, llegada desde la sala. Mi abuelita no hacía más que sacar el agua del salón con un utensilio bien oportuno, el “haragán” le decía ella; el mismo se usaba para esas ocasiones que, gracias a Dios, ocurrían muy esporádicamente.           Afortunadamente sus berrinches no se escuchaban, pues eran ahogados por aquella bulla terrible, que entre ese descomunal diluvio y yo provocábamos. Mi abuelito parecía no inmutarse, dormía plácidamente; a él le encantaba a más no poder, dormir escuchando el sonido de la lluvia. Siempre decía que, desde su punto de vista, no había otro somnífero más efectivo. Por su parte, mientras más agua sacaba mi abuelita, más agua penetraba desde la calle. Por ello, se dedicó, en vista de lo inútil de su esfuerzo, a subir sobre muebles y mesas; las cosas que pudieran ser dañadas por el agua y, sencillamente, esperar a que escampara y así, sacar el agua que por la fuerza de gravedad, no desalojara la casa.           Los pensamientos dichos en ese momento a mi madre, llegan a mí con extrema nitidez, en este momento de gloria: “Mami tengo miedo. No sabía que se sentiría mucho miedo al percibir la lluvia. El cielo lo hace como bendición divina para regocijo de los hombres, pero el miedo que causa es muy poderoso. Aún así, sintiendo más miedo que el resto de las personas, estás tú como siempre a mi lado; colmándome de un valor que no sentías. Mami, a pesar de todo, te siento muy cerca una vez más; protegiéndome, cuidándome diligentemente. Dios te bendiga por siempre mami. Gracias por existir, gracias por ser siempre tú”.           No fue sino hasta pasadas las diez cuando escampó. El cielo prosiguió oscurísimo hasta mucho después del mediodía. Se temía que continuara lloviendo, por fortuna no fue así. Por los noticieros refirieron que los estragos de esa gran precipitación fueron grandiosos. Muchas viviendas fueron anegadas y sus habitantes refugiados en donde pudieron. Todos los servicios colapsaron, sobre todo, el eléctrico; de por sí ya excesivamente deficiente. Aquella enorme precipitación, inusual por demás, se estaba esperando desde hacía mucho tiempo. Urgía la llegada del período lluvioso. La sequía había sido muy extensa, ya los embalses estaban en estado crítico; por lo que habían decidido en las altas esferas gubernamentales, un riguroso racionamiento hídrico y eléctrico.           Las comunidades duraban hasta dos meses sin recibir el vital líquido. Tendría el mismo que ser distribuido por camiones cisternas dependiente del gobierno, pero no habían suficientes, ya que la gran mayoría estaban en desuso por falta de repuestos, lubricantes, acumuladores o neumáticos. Se sufría demasiado por eso. A raíz de ello, los camiones privados encargados de llevarla, exigían demasiado dinero a cambio, incluso hasta divisas. Mi mami se preguntaba que si no había agua para el pueblo, ¿de dónde sacaban la que vendían? Cosas veredes Sancho, cosas veredes. ¿Y el gobierno? Evidentemente se hacía de la vista gorda. Por otra parte, también desde hacía mucho tiempo, el servicio eléctrico fallaba muy a menudo, por lo que los apagones ocurrían a cada rato.           En casa, a media tarde, ya todo estaba en su santo lugar y se había restablecido el fluido eléctrico; obviamente todos habíamos recobrado la calma. Todos, excepto mi abuelito que nunca la había perdido. El resto de la tarde mis abuelos se la pasaron tirándose indirectas. Ella reprochándole su actitud ya que no hubo colaborado en nada para sacar el agua y él, pidiéndole paz. No peleaban, ya que sabían que para mí eso no era lo adecuado, aunque definitivamente para nadie lo es; pero definitivamente, si ellos no lo hacían no eran felices. Lastimosamente se habían acostumbrado a ello, y era mi mami una víctima de aquellas actitudes reprochables. Pasaron los días y las lluvias continuaron, pero no tan acentuadas como la primera que yo había percibido. La temperatura resultaba muy agradable y los jardines lucían esplendidos. Los embalses habían alcanzado límites excepcionales. Esa era la situación en varios lugares del país, con la reciente llegada de un período lluvioso que parecía haberse olvidado de esos parajes. La tía Panchita le comentaba a mis abuelos, en una llamada telefónica, que a Buenaventura el agua de las lluvias había llevado muchas bendiciones. Las cosechas habían sido favorecidas y se había dado de todo. Los parientes nos extendieron una invitación a pasar unos días en aquel paraíso ideal. El río estaba exquisito, ya que en esos momentos posteriores a los torrenciales aguaceros, su caudal era tan portentoso como lo había sido otrora. De inmediato se animaron y comenzaron a planificar el viaje.           El tío Juan Bautista había invertido una buena cantidad de dinero con la finalidad de producir en el campo; en la tierra que lo vio nacer. El poblado de Buenaventura estaba copado de tierras fértiles por doquier. Aquellas tierras habían sido colocadas a la zaga del progreso, precisamente por la grave situación económica que arropaba a muchos. Y esa humilde familia no era la excepción. Eran muchas hectáreas abandonadas a su suerte y a la maleza que crecía sin parar. Quiso el pariente, recuperar las tierras de sus ancestros y hacerlas resurgir como el ave mitológico. Conjuntamente con sus sobrinos Zenón y Adrián, iniciaron esa emprendedora y ardua tarea que finalmente comenzaba a dar sus frutos, debido en gran parte, a los cálculos del tío en cuanto a las llegadas de las lluvias.           Fueron adquiridas una cantidad considerable de reses que pastaban alegremente por aquellos potreros grandiosos, reverdecidos por la inmensa obra de Dios. La precaución mayor consistía en equiparse con lo necesario para batallar contra la infinidad de plagas que azotaban a los animales y también a las plantas. Ellos, muy sabiamente, tenían una muy buena dotación de elementos de combate. A saber, poseían en sus depósitos, además de abonos, semillas, alimentos y medicamentos para animales; amén de una fuerte dotación de insecticidas organofosforados. Eso se lo habían escuchado decir al propio tío Juan Bautista, a quien siempre le decían los parientes y allegados, “Mengue”.           Había comprado varios galones de un producto químico llamado “Malathión”. Habían tenido la cautela de  proteger sus sembradíos con esos elementos y, gracias a ello, no hubo pérdidas que lamentar. Con los animales, la precaución también había sido tomada en cuenta. Alimentación adecuada,  vacunación y antiparasitantes. Había una pequeña laguna artificial donde bebía el ganado después de comer abundante sal. El potrero era fructífero y por ende no les faltaba alimentos. Aunado a ello, el padrote se encargaba, por su parte, de perpetuar la especie; muestra de ello es que había muchos becerros que acrecentaban el rebaño. La leche surgía en abundancia para la realización de los exquisitos quesos, que ya se comenzaban a posicionar en las preferencias de los paladares. A pesar de lo difícil de la tarea, salían varios cargamentos de hortalizas y legumbres hacía el mercado de la ciudad, lo cual dejaba muy buenos dividendos.           Quince días después de haber recibido la invitación, nos disponíamos a viajar. En esos momentos gloriosos de mi existencia, Mercedes había renunciado a su empleo después de tanta insistencia de parte de su padre. Tras una crisis económica que había comenzado a hacer merma de manera desgarradora, los comerciantes se excusaban en ese trágico hecho para despedir a un gran número de empleados. Aunado a ello, resultaban míseros los sueldos que con tantos esfuerzos se devengaban. A los pocos trabajadores que quedaban en pie, les eran sobrecargadas sus faenas; claro está, tenía que realizar uno solo, la labor de tres y hasta de más trabajadores.           Por ese motivo mi mami había estado llegando demasiado tarde a casa, y de paso, exhausta; no le quedaba casi tiempo para mí. Utilizando el sentido común, prefirió la renuncia e iniciar una carrera universitaria que siempre se había quedado en planes. La enfermería estuvo desde entonces en sus propósitos académicos. Se propuso mi querida madre iniciar sus anhelados estudios universitarios en la localidad; hasta cerca de casa quedaba la institución. Desde niña había sentido afinidad con los cuidados a los enfermos, inclusive, cuidó como un tesoro un regalo de Navidad que le hiciere Durling, su madrina; consistente en un equipo de primeros auxilios. Jugaba constantemente, en la soledad de su habitación, a la enfermera. Inyectaba y aplicaba ungüentos con gran habilidad, auxiliada por su imaginación, ayudando de este modo a sus muñecas “enfermas”.           Llegamos a nuestro destino más o menos a las cuatro de la tarde, a pesar de que la hora pautada para ello, debió haber sido aproximadamente a las 12 del mediodía. Lo sucedido fue que a mi abuelito le dio por comprar sus benditos tabacos, y los que les gustaban no los había encontrado en las tiendas cercanas. Era bien sabido que sin ese vicio, él no salía ni a la esquina. Perdimos aproximadamente más de dos horas en esos menesteres. En fin, a la hora prometida ya los parientes estaban preocupados por nuestra demora.           Fuimos recibidos con la euforia que se demostró siempre en nuestra familia. Era algo que nunca se podría describir. Resultaba lo más puro, espontáneo e incondicional del sentimiento humano. No existe en la vida nada más bello, que ser recibido así como fuimos recibidos. Todos, sin exagerar, estaban sorprendidos de mi rápido desarrollo. Ya hablaba con todos usando un léxico abundante. Decían que yo era muy inteligente para mi edad. Aún acá donde pernocto, en medio de esta pureza, tengo viva la imagen de lo orgullosa que se denotaba Mercedes cuando decían esas cosas bonitas de mí.           La tía Panchita, mucho más anciana y lamentablemente más desmejorada que la última vez que la había visto, me sostuvo en su regazo por un buen tiempo. Admito que me infundió un poco de temor, ya que me sonreía tan de cerca con sus encías desnudas y eso no era muy grato que se dijese. La ausencia de su dentadura y la delgadez de su cuerpo, sobre todo de su rostro, provocaba en mí aquel pavor que, infundado tal vez, resultaba razonable; ya que no percibía a mi edad, más que lo observado. Lo que miraba de verdad me causaba temor, sin embargo, con el paso de las horas y al ver que los muchachos la abrazaban constantemente devorándola prácticamente a besos, terminé por denotar más que su decadente cuerpo producto de una penosa enfermedad; su amor y su entrega. La tía, se entregaba a los niños de la misma manera que siempre lo hizo su madre, aquella venerable anciana que ahora me acompaña en este sitio de ensueño. El resto del día lo pasamos excelentemente bien. Se planificó un paseo para el día siguiente.           Departimos deliciosamente desde bien temprano en la mañana, en un sitio fantástico que hacía mucho tiempo no se presentaba tan esplendoroso ante cualquier mirada. La mano del hombre, conjuntamente con lo riguroso del verano, se había encargado de que fuese así. Era un sitio muy apartado. Todos nos metimos apretaditos en la camioneta. El camino era muy rudimentario y maltrecho, solo un tipo especial de vehículo podía transitar por ese pedregal; aun así, debimos caminar media hora aproximadamente. Me refiero a tuvimos, porque de vez en cuando, gracias a mi peso, Mercedes se cansaba en demasía y me hacía caminar un poco, aunque así se retrasara del resto del numeroso grupo.           Ellos detenían sus pasos mientras yo, trastabillando entre tanta piedra, caminaba toscamente, dándole tiempo a mi mami de recuperar el aliento. Finalmente llegamos a aquel paraje apartado, además de excesivamente hermoso. Aunque no era la primera vez que ellos iban a ese lugar, todos, sin excepción, se quedaron maravillados de lo que se presentaba a los sentidos; incluso yo, que había presenciado muy de cerca las más exquisitas bendiciones del creador. Era algo de verdad precioso. La naturaleza se dejaba notar en su máxima expresión. Se manifestaba así, la grandeza de Dios al crear la perfección. Se trataba de una caída de agua de algunos pocos metros, pero no por ser una pequeña cascada dejaba de ser majestuosa; todo lo contrario, era tan despampanante aquella mágica belleza natural, que ensordecía al contacto con la helada superficie que la recibía. Aunado a toda aquella belleza, la espuma que surgía, tan banca como la pureza; resaltaba entre en verdor de la vegetación que la colindaba.               Era como un espejismo, se trataba de un recodo del camino que era poco frecuentado por lo inaccesible de sus caminos. Se denotaba por la inexistencia de huellas que denunciaran algún deterioro, alguna imperfección. No había basura que hiciera sopesar que hubiese alguien pernoctado recientemente; no existían indicios de alguna apagada fogata, nada de eso. Solo se presenciaba aquella elegante caída de agua, que producía una llovizna que abrazaba hasta muchos metros a su alrededor. Ya todos estábamos empapados sin habernos dado cuenta siquiera. A manera de protección, mi mami se apartó hacia un frondoso árbol, para refugiarme de lo que creía que podría llevarme directo a las garras de algún resfriado, por decir lo menos. Los demás hicieron otro tanto. La gran cantidad de pájaros hacían más fabuloso ese paraje; se escuchaban verdaderos conciertos. Los rayos del             
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