6

4862 Words
          Se le acercó a mi madre de soslayo, llegando tímidamente a su lado. Acercó una silla y allí se ubicó. En primer lugar dirigió sus miradas a mí. Mi mami no se había percatado de ello ya que, como sucedía muy a menudo, vagaban sus pensamientos por sitios insospechados; como esperando una respuesta que nunca llegaba. Ya me había despertado y estaba sentado jugando con mi pelota. Mi abuelito me miraba con sobrada ternura. Me tomó en sus brazos y me sentó sobre su rodilla e hizo un ademán con el cual me conminaba a jugar con él.           El propósito de mi viejo no era precisamente jugar conmigo, todo lo contrario, su gesto para conmigo terminó siendo el detonante de un berrinche de esos que nadie quiere presenciar Su hijo había seguido esos pasos en el área del derecho, un camino difícil y delicado.           El diligente caballero buscó afanosamente entre todos los familiares de los pacientes, algunos de los medicamentos que yo había requerido de manera urgente. Unas gotas inhalatorias para despejar mis vías respiratorias, un esteroide, algo de antipirético. En fin, prometió regresar el préstamo a la brevedad posible. De su propio peculio, adquirió unos enseres que se necesitaban. Pidió el apoyo al gendarme que hacía guardia en el nosocomio y éste, presuroso, se dirigió al establecimiento que distaba algunas cuadras de allí. Era un gesto amable de parte de ese gran hombre, al que me unió desde ese entonces una especial amistad; igual sucedió con mi madre, se hicieron muy buenos amigos desde ese entonces. De inmediato se dispusieron a entablar una conversación pedagógica en cuanto a lo que me sucedía.           Se sospechaba de una infección delicada y sumamente contagiosa. Él le explicaba todo con palabras adecuadas, para que mi madre entendiera a la perfección. Estaban en espera de ser confirmado el diagnóstico, pero no cabía duda de que se trataba de coqueluche, una pertinaz infección a la que también se le ha denominado tosferina. Ya a la llegada del alba, había mejorado un poco, aunque la dificultad para respirar persistía. Tenía mucha hambre, pero desafortunadamente no podía recibir nada hasta que lo consideraran prudente. Tenía tanta dificultad para respirar, que sería contraproducente darme alimentos, so riesgo de que se produjera una broncoaspiración que tendría resultados nefastos, decía mí ahora amigo Jesús.           Minutos más tarde mis abuelitos llegaron presurosos al centro asistencial y de inmediato abrazaron a mi mami quien tras su llamado, corrió a su encuentro. Me miraron desde la distancia con gran amor. Mi mami los puso al tanto de todos los pormenores de mi delicado estado de salud. Su gran preocupación denotaba el gran amor sentido. Sin que Mercedes pudiera oponerse, de manera obstinada mi abuelita decidió que tan pronto estuviese bien, nos iríamos a vivir juntos como la familia que conformábamos. En realidad ella tenía mucha razón, ya que resultaba una verdadera osadía habitar de manera aislada con un niño tan pequeño. En caso de una situación apremiante como la que estaba sucediendo en ese momento, resultaba muy peligroso que no se dispusiera de alguien que pudiera socorrer de manera inmediata. Una madre sola con un bebé tan pequeño y enfermo, nunca será posible que actúe de manera serena.           A las ocho de la mañana llegó el resultado de un análisis que hubo que tramitar en un centro de salud privado, ya que donde yo estaba recluido no disponían del respectivo reactivo; según le dijeron a mi mami. Mi abuelito se encargó de costear dicho análisis, así como el resto de los fármacos que se necesitaron para recuperar mi salud. El resultado era inequívoco. Se trataba de Tos Ferina, una muy contagiosa enfermedad producida, según dijo el médico, por un microorganismo llamado Bordetella pertussis. La cosa era más peligrosa de lo que se suponía. En los episodios de esa tos endemoniada en muchas ocasiones se presentan períodos sin oxigenación, y si alguno de esos episodios se prolongan más de los debido, se podría presentar la muerte a no ser que se apliquen medidas extremas, como la colocación de un tubo directo en las vías respiratorias; intubación traqueo bronquial le dicen los entendidos en la materia. Me trasladaron de manera inmediata a un área aislada para evitar la diseminación del germen.           Me fue instaurado un riguroso tratamiento por mis venas. El oxigeno llegaba directo desde una manguera que estaba asida a mi cara, mediante una mascarilla de material sintético. Al mejorar mi respiración me comenzaron a dar alimentos. Sufrí mucho durante aquel terrible desbarajuste de mi salud. Las crisis de tos se repetían constantemente, sobre todo por las noches. Aquello fue horroroso, al presentarse aquellas endemoniadas crisis, me quedaba sin movimientos, todo se oscurecía a mí alrededor. A pesar de ser un pequeño niño de escasos meses de vida, sentía todo cuanto sucedía con la madurez que siempre he tenido.           Mi piel se tornaba azulada debido a la poca cantidad de oxigeno que llegaba a mis tejidos. Mi boca y nariz se cubrían de una sustancia endemoniadamente viscosa, cosa que me imposibilitaba aún más para lograr respirar. Mercedes, en su desespero, me cargaba agitándome por los aires; cosa que según los doctos en la materia, es contraproducente. Ella no sabía más que hacer, además, el miedo la hacía actuar de manera violenta hasta conmigo. Gracias a Dios, el personal sanitario siempre actuó debidamente. Me daban golpecitos en la espalda, mientras me aplicaban oxígeno. De esa manera aguardaban que la crisis cediera de manera espontánea.           Durante cinco días aquellos episodios se repitieron y la reacción de mi madre continuaba siendo la misma. Ella pensó que en uno de aquellas crisis, podría fallecer. Poco a poco aquella tos compulsiva fue desapareciendo gracias al efecto mágico de la antibioticoterapia administrada. A las tres semanas estaba curado y me llevaron a la casa de mis abuelos. A partir de ese día nos quedamos viviendo juntos, como debió ser desde siempre. El día que me dieron de alta, tanto mi doctora Francelina como Jesús, nos acompañaron hasta nuestra casa. Nació desde ese entonces una extraordinaria amistad entre las dos familias. Edward, que era el nombre del hijo de ambos, nos acompañó y era quien me llevaba en sus brazos. Al igual que sus padres, adoraba a los niños como herencia bendita.           Me encantó sobremanera ir en los brazos del joven galán. Me llevaba sentado en sus piernas. Colocaba entre mis manos sus dedos y yo me entretenía jugando con ellos queriéndolos llevar a mi boca, lo cual él no permitía. Para entretenerme en el viaje, movía temblorosamente su pierna derecha haciendo que me divirtiera mucho, creyendo que iba cabalgando un brioso corcel. Yo le daba las gracias de inmediato haciendo unos infinitos “gorgoritos” que él recibía con encanto. Había avanzado enormemente yo en cuanto a la manera de comunicarme. Para llamar la atención de Edward, yo insistentemente tomaba mis pies con mis manos y los llevaba a mi boca como queriendo comerlos; ello le producía mucha gracia.           Recuerdo con sobrada nostalgia aquellos pensamientos dirigidos a mi madre: “Mami, no te imaginas lo feliz que me siento porque ya no estoy enfermo. De verdad tuve mucho miedo. Gracias a Dios tú me protegiste, nunca me dejaste solo. También le doy infinitas gracias al creador por el milagro de que mi doctora Francelina y Jesús estuvieron junto a mí en todo momento, preocupados por mi salud y abocados en mi atención de manera desmedida. Me siento muy afortunado por eso. Puedo notar ese bello sentimiento en la manera como me tratan, me miman y me consienten. Y gracias a Dios que Edward también existe mami. Yo siento y sentiré un gran amor por ellos. La vida demuestra a cada instante, que la grandeza de Dios existe cuando crea seres tan especiales que llegan a nuestras vidas para engrandecerlas.           Mami, le pido a nuestro padre celestial que siempre proteja a esa bendita familia. Son un amor. Siento que mi camino en la vida, aunque con los tropiezos que nunca faltan, es bendito. Gracias mami, gracias por existir y entregarme tu amor asi como lo haces. Nunca vayas a olvidar, pase lo que pase conmigo, que te amo. Jamás olvides que por toda la eternidad te amaré de manera incondicional, como solo un hijo ama. Nunca dudes que te cuidaré por siempre, como desde un principio lo hice, cuando era solamente un angelito en la gloria de Dios”.           El tiempo pasaba inexorablemente. Cada instante se sucedía de manera irremediable. La vida continuaba y en ella, yo seguía dando pasos agigantados en mi desarrollo. Ya había llegado a mi primer año de vida. Mi mami llevaba varios meses muy emocionada, haciendo los preparativos para celebrar ese magno acontecimiento. ¡Dios mío que grande estaba! El día de mi cumpleaños, en vista de que mi madre había permanecido hasta bien tarde terminando de afinar los detalles para la pequeña reunión que tenía planificada para celebrar mi primer añito, se había quedado dormida más allá de la hora que siempre acostumbraba comenzar el día.            Mi mami no sintió los movimientos que hice para bajar de la cama, hacia donde me había llevado en la madrugada para amamantarme. Me puse a jugar con sus sandalias al pie de su cama, sin hacer el menor ruido. Cuando repentinamente despertó y no me sintió a su lado, se ofuscó demasiado, se paró violentamente y por poco me aplasta; puesto que no sabía que estaba allí. Al verme, de inmediato me agarró y cubrió todo mi cuerpo de incontables besos; felicitándome por mi primer añito cumplido.            Esa noche mi mami y mis abuelitos, amén de un grupo de personas que eran amigos suyos, se reunieron en la casa. Más tarde, las compañeras de trabajo de mi mami llegaron con un pastel gigante, que colocaron al lado de donde mi abuelita había colocado ya, otro que se visualizaba delicioso. Hubo refresco y unos canapés que todos engullían con sobrado apetito. Departían con un placer que provocaba. La paz y la unión se podían detectar en esos instantes gloriosos de mi vida. Ya estaba cumpliendo el primer aniversario de mi nacimiento. Había crecido mucho, tanto, que estaba a punto de lograr otro paso más en mi desarrollo; ya había comenzado a dar pequeños pasos. Claro, mi mami me llevaba de la mano para evitar que me tropezara y me golpeara. Y lo que más celebraba haciéndolo cada vez que quería, era que ya podía decir la frase: ¡mami! Era increíble como se crecía el orgullo de Mercedes cuando escuchaba esa bendita palabra, la cual yo exteriorizaba con todo mi amor bendito. No se escuchaba muy nítido, pero para ella era la más bella de las melodías.           A esas alturas de mi vida, ya podía sentarme solo y cuando me provocaba ir a donde fuese, hacía como el gatito que había mirado una tarde pasar frente a mí. Gateaba por toda la casa y agarraba lo que se atravesaba en mi camino. También me llevaba a la boca todo cuanto agarraba. Me daba mucha gracia como andaba mi mami detrás de mí, también recorriendo la casa de punta a punta. Se asustaba mucho cuando agarraba algo y repentinamente quería introducirlo en mi boca. Saltaba desde donde se encontraba para impedir que lo hiciera y pudiera atragantarme o hacerme daño. Al hacer todo aquello, sentía que había aumentado mi independencia y mi curiosidad por explorarlo todo. Mi mami siempre decía, y con mucha razón, que estaba viviendo una etapa de riesgos y había que tenerlo en cuenta y preparar la casa para evitar accidentes. También había descubierto que no estábamos solos, que además de mi familia y los amigos de mi mami, había todo un mundo a nuestro alrededor; que existían más niños, que también ellos querían jugar al igual que yo.           Vi a varios niños durante mi estadía en el hospital, pero todos estábamos tan enfermos, que no había cabida en esos momentos para juegos y diversiones. En la vida cotidiana todo era distinto, había todo un universo alrededor de mí; existían muchos niños. Lo descubrí un día cuando mi mami me llevó de paseo al parque. Ella y yo jugábamos un rato. Era todo muy divertido, pero al mirar a los otros niños más o menos de mi edad, tímidamente, comencé a interactuar con ellos. Mercedes charlaba animadamente con las otras madres; conversaban de temas inherentes a nosotros los bebés. Cada madre llevaba el amor hacia sus hijos a su máxima expresión. Era increíble cómo podía nacer un sentimiento tan noble. Como unos seres tan frágiles como nosotros los niños, podíamos inspirar tanto amor. Era la infinita señal del amor que Dios desde siempre nos ha mostrado. Debemos reflexionar acerca del hecho de que él envió a su hijo a dar la vida por todos nosotros, lavando de esa manera nuestros pecados. Bendito seas por siempre señor Jesucristo, padre eterno. Llegada como era la época sagrada del año, la semana mayor. Mi familia se propuso salir a tomar aire de montaña, decidieron trasladarse a visitar nuestra familia en Buenaventura; aquel ya no tan bello y paradisíaco pueblo de la sierra.  Hacía muchos años que no lo visitaban. Mi abuelita pensó que sería una muy agradable sorpresa. La tía Panchita, que era de los hijos mayores de mi bisabuela, ya estaba entrada en años. Ella se había quedado a vivir en la casona, como le decían a la vieja casa, tras fallecer el tío Arnoldo quien la hubo ocupado solitario, cuando mi Bisabuela Nona se fue a reunir con Dios. De los hijos de la tía Panchita, vivían con ella Zenón y Adrián con sus mujeres e hijos. Las primas, es decir, Juanita y Evelyn, se habían quedado viviendo en su casa materna. Juanita con Joaquín, su marido y sus tres hijos. Evelyn aun estaba soltera, estudiaba medicina y estaba próxima a recibirse.           Las primas nos acompañaron pero iban en el carro de Joaquín. Nosotros cuatro lo hicimos en el carro de mi abuelito. Había, mi abuelita, comprado una generosa cantidad de alimentos para llevar y compartir con la familia que estaban pasando una situación apremiante. Un diabólico contexto político, económico y social, llegado de manos de un enfermo de poder; estaba haciendo estragos en todo el país. Mucha gente se había ido a buscar mejor suerte en otros países; decían que preferían irse a donde fuera, con tal de no estar pasando calamidades en nuestra patria. Daba mucha lástima cómo se separaban muchas familias. Los hijos de los padres, los padres de los hijos; los esposos de sus esposas y así. Quedaban los corazones destrozados, pero era la única forma de que mi pueblo no se muriera de hambre.           Resultaba apremiante aquella situación. El caos fue sembrado en cada uno de los rincones del país y Buenaventura no escapó de aquella desgracia. Ya nadie sembraba, el verano parecía ser enviado por el infierno. Los rebaños se habían muerto de sed y de enfermedades. Lo poco que se producía no se podía sacar al mercado, por lo inhabilitado de las vías de penetración, además de que los campesinos, al no encontrar que darles de comer a sus familias, habían decidido emigrar en masa. Los pocos animales que quedaron fueron sacrificados para consumo de la migaja de gente que se hubo quedado y al no haber uno más, lo único que podían hacer, era esperar una “cajita”; la cual vendían por unas pocas monedas el gobierno; tras un perverso proceso de control social. Aquella caja de desperdicios llegado del exterior, resultaba una bendición para un pueblo maniatado, además de una dádiva que les llegaba mediante un documento paralelo al de identidad.           El pueblo se estaba muriendo de hambre, literalmente. Esa era la realidad generalizada en toda la nación de Bolívar. Todos se preguntaban a dónde iban a parar los millones que deberían llegar por la venta del oro n***o; aunque no era un secreto que iban a parar a las cuentas bancarias de los políticos corruptos. Lo cierto era que la situación significaba la peor de todo el continente, según los entendidos en la materia y dicha a diario por los noticieros. Tanto sacrificio echado al traste por la desidia. No había razón por la que un pueblo sufriera de esa manera tan brutal. Había pocas alternativas en ese momento: abandonar el país, comer desperdicios o, definitivamente, lo más sensato; luchar contra el opresor. Llegamos a Buenaventura antes del mediodía. Mi abuelita había preparado mucha comida. Por el camino despacharon unos emparedados suculentos de jamón y queso fresco, acompañados de gaseosas. Yo ingerí un delicioso atol antes de que mami subiera conmigo al carro y durante el viaje, fui lactado más de tres veces, porque como siempre; me empecinaba en tomar toda la leche de mi mami donde quisiera y a la hora que quisiera. Y así ocurría la bendición eterna, se afianzaba cada vez más aquel vínculo poderoso entre mi mami y yo. Era ese estar tan cerquita de Mercedes lo que me hizo muy feliz. Y estoy seguro de que, sea donde sea que me encuentre, siempre esa cercanía me hará feliz.            No habíamos llegado bien al pueblo, cuando ya, no sabré nunca porque, nuestra familia se había enterado. La tía Panchita, aunque atada a una silla de ruedas, nos recibió con beneplácito. Le habían amputado su pierna izquierda a consecuencia de la diabetes. Xiomara, la mujer de Adrián, empujaba la rudimentaria silla, mientras sus hijos corrían detrás de un perrito que hacía poco habían adoptado. Adrián Segundo y Josefina, corrían presurosos detrás del animalito que, pavoroso, no encontraba una guarida para escapar de semejante asedio. Los muchachos se detuvieron espantados, cuando vieron llegar tanta gente. Pero cuando identificaron a sus tías, corrieron a su encuentro y de inmediato estaban jugando con los tres hijos de Juanita que llevaban muchos juguetes para ellos dos y también para Ricardo, Nancy y Henry; los tres muchachos de Zenón y su esposa Yeslán.            Los adultos de abrazaron en torno a la tía Pancha, como también le decían. Ella era el vivo retrato de la bisabuela Nona. No le perdió pisada. Hasta los gestos, la forma pausada de hablar y la forma filantrópica de su proceder; eran semejantes. Luego del saludo de bienvenida, se adentraron a la casa y siguieron hasta el gran solar donde, en medio del inmenso cují, se dispusieron a departir contándose muchas cosas de sus vidas. El tema principal fui yo. De inmediato me encontraba en los brazos de mi tía abuela Panchita. Ella me dirigía muchas sonrisas desnudas. La ausencia de su dentadura, aunada a los estragos de su enfermedad; le hacía lucir de más edad. Me miraba tiernamente, mientras me decía una retahíla de comentarios con una voz fingida como la de un niño que se escuchaban bien divertidos.           Mi abuelita y su hermana se situaron una al lado de la otra, de esa manera lo hacían desde que eran niñas. A la derecha de mi abuelita estaban mi abuelito y mi mami; por el otro extremo permanecían Adrián y Zenón quienes, junto a Josefina y Yeslán; escuchaban atentos lo que le decía mi abuelita a la tía Pancha. Evelyn se había quedado jugando un rato con la muchachera y ni siquiera hubo saludado a su vieja quien, molesta, le recriminaría tal actitud; por demás faltante de consideración y respeto, según ella.           Por su parte Joaquín y Juanita estaban muy cerca de la tía Pancha, embelesados también por la cantidad de “chismes” que se actualizaban en ese momento. A los pocos minutos, al ver que los anfitriones se denotaban muy avergonzados por no tener que ofrecerles de almuerzo, Juanita les pidió pasar a la casa para mostrarles algo que habían llevado; toda vez que Joaquín iba en busca del equipaje que permanecía en el carro. Mientras tanto, ellos siguieron departiendo de lo lindo, en ese momento en la sala de la casa. Luego de bajar una gran cantidad de maletas y bolsos, Juanita se apersonó con unas vasijas contentivas de un estofado sin paragón que había guisado  la noche anterior. Lo miraron con sobrado apetito, ya que su presentación y aroma enloquecía a todos los sentidos; además de que hacía demasiado tiempo que no degustaban una comida decente. En tropel se dirigieron al comedor. Otro tanto hizo la muchachera comandadas por Evelyn. De manera veloz fue comido todo lo que se sirvió de almuerzo. Ya era la una de la tarde, a esas alturas estaba yo gateando por todo el patio, cubriéndome de polvo, pero feliz. La habladera siguió por un largo rato. Cuando me cansé de la monotonía acudí donde mi mami, quien atenta a cada uno de mis movimientos, me cargó entre sus brazos con sobrada ternura. Mi abuelita quiso arrullarme y fue tanta la intensidad de su amor, que de inmediato me quedé dormido en sus brazos. No fue sino hasta las tres, cuando decidieron ubicarse nuevamente bajo el frondoso cují para verterse al fresco clima externo. Dispusieron de varias hamacas que se perfilaban muy placenteras ya, antes de ser acariciadas por los agotados cuerpos. De verdad era cansón transitar por una carretera tan deteriorada como aquella que conducía a Buenaventura. Por eso, en solo unos minutos, se entregaron al placer del sueño; incluido yo que desde hacía rato ya estaba dormido entonces en los brazos de mi madre; ya que mi abuelita fue la primera en quedarse dormida. Para que pudiéramos descansar en santa paz, la muchachera fue llevada a una alcoba donde les fueron entregados los juguetes y las golosinas que habíamos llevado para ellos; solo así pudimos disfrutar plenamente de una agradable siesta.           Durante la noche se planificó una salida hacia el río. Aquel viaje fue fraguado luego de explorar otras alternativas. En realidad no había mucho que escoger, pero definitivamente era en el río donde recaía el único aliciente que poseía el olvidado y desbaratado pueblo. En desuso había quedado un complejo turístico cercano, creado con la finalidad de atraer visitantes y que no había tenido en sus mejores momentos nada que envidiar a las portentosas estructuras arquitectónicas de las grandes urbes. De aquel coloso solo habían quedado sus ruinas y los agradables recuerdos de los mágicos momentos pasados en su haber. Otro tanto hubo sucedido con el río, había sido reducido su caudal como consecuencia del desvío de sus aguas para uso agrícola y hasta domestico, puesto que los entes gubernamentales se olvidaron para siempre de que aquella gente tomaba agua. Todo aquel desbarajuste había propiciado el declive de la naturaleza. Aquel río bravío de otrora, era entonces un riachuelo de escuálidas aguas, pero su ubicación, su agradable entorno; el aire que ofrecía, aunado todo eso, al inmenso influjo que permanecía en los recuerdos de todos, habían conminado a dirigir los pasos hacia el atractivo único y adorado.            Se solicitó el servicio de un vecino que poseía una vieja camioneta para, conjuntamente con el carro de mi viejito, poder trasladarnos todos. La tía Panchita se entusiasmó tanto, que fue la primera en abordar el automóvil de mi abuelito. No salía de casa muy frecuentemente, sobre todo desde que comenzó a padecer de esa incapacitante afección que portaba; además pocas veces eran visitados, por lo que se animó de inmediato. La silla de ruedas fue colocada en el maletero del auto. El viaje resultó tortuoso. Los vehículos parecían quejarse de aquella tortura, lo expresaban con los interminables chirridos que expelían. La enorme cantidad de baches de la vía, obligaban a tomar unas alternativas inmisericordes que hacían bambolear las unidades de manera sorprendente.            Todos llegaron molidos al destino después de dos horas sufridas, en un viaje que no debió haber demorado más de una. En fin, ya la gente se había acostumbrado, y lo que era peor, resignado a vivir en un estado de completo abandono. Los muchachos, tan pronto habíamos llegado y aún antes de que aparcaran los vehículos, se lanzaron a las aguas heladas del río, iniciándose una algarabía tal; que debió haberse escuchado en la distancia. Yo, atónito por lo que se visualizaba, dirigía mis miradas en todas direcciones, descubriendo lo bello que resulta ser la vida. Caminaba tomado de ambas manos por mi mami. Era divertido como lo hacía casi que levitando, ya que el equilibrio lo mantenía mi mami, haciendo que solo afincara las puntas de mis pies. Asi, de esa manera, casi corría a una gran velocidad. Fue muy divertido en realidad.           La tía Amaloa, como siempre le dije a la amiga de mi mami, me había obsequiado un traje de baños en ocasión de mi cumpleaños. Mercedes decidió que lo usaría ese día y asi fue. Ataviada ella de un cortito jean y una franela púrpura, se dirigió conmigo hacia aquel hielo líquido. Primero mojó los dedos de mis pies, los que se colorearon de inmediato de violeta como respuesta a la gélida temperatura. Pensé que me ahogaría cuando ella me sumergió de manera violenta. La realidad fue que me sumergió solo unos pocos segundos.           Además no fue violenta de ninguna manera, solo que de esa forma se sentía menos desagradable el contacto con un agua tan fría como aquella, además de que era la primera vez en la vida que tocaba algo tan gélido. Mi madre querida había tenido la precaución de mojarme aunque fuese un poquito, cuando era mediodía y el sol calentaba las pieles al salir y exponerse a él. Era majestuosa la forma como nos divertíamos todos. Yo, ya adaptado a las aguas frías, que en ese momento no lo eran tanto, daba pequeños golpeteos en la superficie con las palmas de mis manos; salpicando el rostro de mi mami. Casi tragaba de aquellas aguas corrientes; si no lo hacía, era porque Mercedes me elevaba de cuando en cuando. Entonces, estando en el aire cual ave, mis manos se movían como queriendo volar.           Me mantuvo en esos menesteres hasta que mi piel se puso muy arrugadita. Al considerar que ya era suficiente, me arropó diligentemente y secó todo mi cuerpo con una toalla azul enorme, muy suave y de delicada fragancia. Luego de ello, me colocó una ropa de buen grosor y me acostó en mi cuna portátil; cuando comprobó, gracias a que parecía un borrachito, que el cansancio del extenuante ejercicio, me estaba llevando en un viaje sin escalas, directo a los brazos del sueño. Mi abuelito miraba a Mercedes desde la roca inmensa que le servía de asiento y donde, por momentos y alejándose del grupo; se había ubicado a fumar el eterno tabaco que tanto desagradaba a mi abuelita. Miraba detenidamente cómo mi mami me trataba; con aquella magna sutileza, con aquella dedicación única; con aquel amor tan grande que se reflejaba en cada frase que dirigía a mí. El arrogante caballero no movía un solo músculo, salvo para manipular el puro que distraídamente llevaba a sus labios.            Mi abuelito percibía en su hija, un maravilloso poder; algo único que la embargaba de una felicidad suprema, a pesar de haber vivido el destierro obligado al que ellos, sus padres, la habían relegado. Aquel elegante caballero se había sentido terriblemente mal todo ese tiempo, a pesar de que ella les hubo expresado que todo había quedado en el olvido. Para tratar de que sus padres no continuaran haciéndose daño con aquel complejo de culpa, mi madre les expresaba constantemente que todo había sido culpa suya.           Mi abuelito sabía sobremanera que eso no era así, que tanto él como mi abuelita, habían actuado de una manera desconsiderada cuando lograron de una forma, si se quiere cruel, que Mercedes iniciara un camino en solitario; más aún, a sabiendas de que estaba encinta. En ese momento, durante la espera más bella de todas, cualesquiera que hayan sido las circunstancias precedentes, es cuando se necesitaba el apoyo de la familia; sobre todo, el de los padres que deben ejercer más que nunca, esa función orientadora que siempre un hijo necesita y que con nadie más podría tener de una manera tan eficiente.            Aquel honorable caballero sentía que había fallado, que había cometido una enorme injusticia cuando hubo permitido que Mercedes enfrentara sola su destino. Sentía que por su culpa, mi mami había tenido que padecer muchas calamidades. Supo de boca de mi propia madre, que ella en reiteradas ocasiones se tenía que alimentar una vez en el día para no gastar más allá de lo mínimo necesario para de esa forma, usar la mayor parte del dinero en mí. En verdad tenía que hacerlo de esa manera, para poder “estirar” el poco dinero que ganaba en su trabajo.           Hasta se vio en la necesidad de vender a precio de “gallina flaca”, las pocas prendas de valor que tenía guardadas celosamente; para poder comprar mis alimentos y otros enseres propios de mi riguroso cuidado. Eso ocurrió en la ocasión de que un malandrín de los que a diario abundan por doquier, la despojó de las pocas monedas que llevaba encima. Mi padre, desaparecido de una escena en la cual solo tuvo un papel efímero, nunca aportó nada de lo tanto que yo necesitaba. Por aquellas razones mi abuelito estaba demasiado arrepentido. Sufría de manera descomunal, ya que la culpa no le daba treguas.    
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD