fármaco al menos cinco minutos antes de proseguir. Cuando pensó que ya el sitio a punzar estaba anestesiado, procedió con el siguiente paso. Sorprendentemente estaba yo calmado, muy colaborador.
Con ayuda de una lanceta de punta aguzada, realizó una pequeña cortadura de alrededor de tres milímetros en mi piel, justo en el punto de inyección de la anestesia, que permitiría implantar la enorme aguja que había enviado mi abuelo, el trocar para mejor decir; el cual introdujo muy profundamente. Una vez que tuvo la seguridad de toparse en el sitio adecuado, como punto de entrada en el hueso, penetró no más de medio centímetro con la punta de dicho instrumento, mediante meneos de muñeca a izquierda y derecha, ejercitando una pequeña presión, muy suave. Una vez que aquel elemento hubo quedado fijo en el hueso, ella retiró el guiador y siguió entrando lánguidamente unos dos centímetros más hasta que pudo tomar la muestra. Sentí más miedo que dolor, pues gracias a la anestesia, solo sentí que hurgaban dentro de mí; pero no sentí dolor alguno.
Justo al extraer el gran instrumento, aplicó presión con una gasa sobre el punto de punción para coartar pronto el posible sangrado. Finalmente, extrajo la muestra del dispositivo capturador y la depositó en un portaobjetos, realizó improntas del cilindro óseo apoyando suavemente un segundo portaobjetos sobre la muestra e introdujo la muestra ósea en un tubo que contenía una solución fijadora para su procesamiento. Listo el procedimiento. El siguiente paso era llevar la muestra tomada al laboratorio, para su respectivo procesamiento.
Mi abuelita se encargaría de eso. Por mi parte, debí permanecer 24 horas en cama, guardando el reposo necesario para evitar un posible sangrado. Una vez que fue llevada la muestra para su estudio, una no tan amable señorita, le comunicó a mi abuela que en ese momento no se estaba realizando dicho estudio en virtud de que el material químico que se necesitaba para ello, no estaba disponible. Resultaba extremadamente difícil adquirir esos materiales, puesto que eran de fabricación alemana y, debido a una deuda impagable que mi país tenía con dicha nación, no se habían producido más entregas.
Era en extremo urgente la realización del análisis de la muestra que me había sido extraída. Lamentablemente existía una realidad y esa realidad era que en mi nación, no me cansaré de repetirlo, no existía lo mínimo necesario para satisfacer las más elementales necesidades de sus habitantes. Era una realidad cruel, macabra; una permanente odisea de un noble pueblo, buscando lo necesario; lo más elemental para vivir, o mejor dicho, para tratar de sobrevivir. El negligente gobernante de mi patria nunca aceptaba su responsabilidad. Siempre culpaba a quien fuere de sus locuras, de sus increíbles negligencias.
Culpaba permanentemente a una nación poderosa de sus errores bestiales y realmente criminales. Se excusaba en mil y un cuentos, increíblemente fantasiosos, para hacer creer que las muchas muertes de seres inocentes como yo, eran culpa de un imperio y no de la mezquina actuación de una bestia ignorante a quien le hubo quedado demasiado grande, la silla de un palacio gubernamental. Mi querida viejecita, con el poco dinero que había llevado para cubrir los gastos de estadía y alimentación en la capital, no consideró la posibilidad de un nuevo peregrinar de laboratorio en laboratorio, tratando de encontrar que alguien pudiese hacer el examen requerido.
No fue sino en un décimo intento, cuando por fin aceptaron realizar la prueba. El costo que se había acordado previamente, mediante una llamada telefónica; se quedaba entonces excesivamente corto ya que surgió como un endemoniado fantasma, un incremento exagerado. El desespero fue mayúsculo y a mi querida abuelita no le quedó otra alternativa más que llorar amargamente por la gran decepción; la impotencia sentida no tenía comparación. Se llegó a un acuerdo salomónico, el dinero que poseía sería adelantado al instante de ellos recibir la muestra.
En virtud de que se demorarían cinco días para la entrega del resultado, habría ese tiempo de plazo para honrar el resto del costo; el cual debería ser cancelado al momento de retirar dichos resultados. Quedó un poco más tranquila mi viejecita quien, tan pronto como resolvió aquel entuerto, regresó a casa. No probó alimentos mientras permaneció en la capital, motivado ello, a que el poco que había llevado lo necesitó para cancelar el peregrinar en busca del laboratorio; un taxista se hubo aprovechado de la ocasión.
Demoraron diez días para poder reunir el dinero necesario para poder retirar el resultado del examen y para el pago de los pasajes. En esa oportunidad fue mi mami quien se trasladó a la capital. Mi abuelita se sentía extenuada aún, ella se encargaría de mis cuidados. Me sentía bien en ese entonces, aunque no tenía muchas ganas siquiera de jugar. Permanecía acostado y las pocas veces que me levantaba, era para acudir al baño o para sentarme a la mesa para ingerir de mala gana la poca comida que me provocaba, ya que mi inapetencia era permanente. Mi mami salió muy de madrugada y regresó bien entrada la noche. Al siguiente día se reunió con las dos especialistas.
La doctora Francelina fue quien visualizó aquel resultado y su rostro entristecido de repente, expresó una fatalidad. Efectivamente sus sospechas fueron confirmadas con ese resultado. Estaba padeciendo lastimosamente de una penosa enfermedad denominada “Leucemia Linfoblástica Aguda”, grave patología que era la causante de toda aquella cadena de sufrimientos que había presentado y que me tocaría seguir presentando. La hematóloga determinó que habría que realizar una serie más de estudios especiales e instaurar un tratamiento lo más pronto posible.
Ambas profesionales de la salud se reunieron a solas con mi madre, para tratar de explicarle, en medio de su gran desespero, los nuevos estudios que eran necesarios; se trataba de unos exámenes con unos nombres rarísimos. A medida que ellas iban extendiendo tales solicitudes, mi madre las tomaba y anotaba en una pequeña libreta de notas, aquellas nomenclaturas tan engorrosas; yo las leería días después ya que sabía leer a la perfección. Por ello lo recuerdo todo tan claramente: Ecografía abdominal, estudio cardiológico, bioquímica sanguínea, estudio de coagulación, serologías e inmunoglobulinas. En vista de que había estado presentando constantes episodios de fiebre, se deberían obtener cultivos de sangre y orina. En cuanto al tratamiento al que debería ser sometido, era recomendable que, tal como era mi caso, comenzara el tratamiento lo más pronto posible. Generalmente, debería comenzar el tratamiento con la quimioterapia, que a menudo se debe administrar en el hospital.
Los médicos explicaron detenidamente a mi mami, todo lo relacionado con la quimioterapia. Nunca he podido olvidar aquel enredado parlamento: “Suele ser necesario administrar más tratamiento en el hospital, incluso después de que el paciente entre en remisión. Esto se llama terapia posterior a la remisión y consiste en terapia de consolidación y, en algunos casos, terapia de mantenimiento. Esta parte del tratamiento podría incluir quimioterapia con o sin un trasplante de médula ósea. Todo aquel palabrerío era explicado a mi mami y a mi abuelita por aquel par de damas especializadas en la materia.
Mercedes a pesar de ser enfermera, no pudo entender nada de lo expresado por aquel par de hermosas damas, por lo que se prometió indagar más al respecto tan pronto tuviera acceso a una red de internet. Obviamente que a mi abuela, aquellas expresiones enredadas le entraban por un oído y le salían por el otro. Resultaba muy divertido cómo escuchaba con total detenimiento la explicación dada. Cualquier persona que no la conociera hubiese jurado que estaba entendiendo perfectamente, cuando en realidad ella pensaba que estaban hablando en un idioma desconocido.
Mi mami se preguntaba por qué tendría que ser así. ¿Que mal habíamos hecho para que yo fuese portador de semejante enfermedad? Y en caso de haber cometido algún integrante de la familia un pecado muy grave, no le parecía justo que yo cargara con semejante culpa, si es que se trataba de algún castigo divino. Era una situación cruel la que nos tocaría vivir desde ese momento y que ya había dejado una estela de sinsabores. Lloraba mi mami constantemente, ya su vida había cambiado por completo al igual que la mía. Los recursos necesarios para poder cancelar aquel petitorio de exámenes, tendrían que buscarse hasta por debajo de las piedras de ser necesario.
Ni qué decir de la fortuna que habría de invertir en la quimioterapia. Ninguno de esos fármacos podía encontrarse en los establecimientos del ramo de nuestro país, donde sí era seguro encontrarlos era en las criminales manos de las mafias dedicadas a comercializar con la vida de las personas. Inescrupulosos sin almas que bien tenían guardado un lugar en el infierno. No se sabía en ese momento cómo, pero era urgente hacerlos llegar desde el exterior. Mercedes vendió lo poco de valor que le quedaba y aun así, no pudo obtener siquiera una mínima parte de lo que se necesitaba. Mi abuelito envió una nueva remesa y ya al cabo de quince días, me volvían a pinchar innumerables veces para nuevamente sacarme la sangre. Los resultados orientaron a la hematóloga para que diera inicio a la quimioterapia.
Estoy ubicado cerca de mi señor acá en el paraíso. No puedo dejar de sentir esta perpetua tristeza. Nunca podré superar la terrible escena que mi partida procuró. Yo signifiqué una grandiosa esperanza para toda una familia, en especial para Mercedes. Ella siempre soñó con tenerme y, desde el instante mismo de mi acercamiento físico siendo apenas algo tan pequeñito como lo es un embrión, nació el inmenso lazo que se suponía iba a durar mucho tiempo. Quería ella verme crecer, palparme constantemente, constatar que me haría todo un hombre de bien. Yo por mi parte, la amé desde que era un angelito travieso acá en la gloria. La amé desde el mismo instante en que me posé en su vientre. Quise ser su más grande orgullo, su principal bastión; el ser que le produjera tanta felicidad. No obstante, lo que resulté siendo fue una carga demasiada pesada.
Una madre nunca sentirá como una carga a un hijo. Tal vez podría en algunos casos resultar no tan fácil un camino. Es muy cierto que en ocasiones resulta poco alentadora una noche sin dormir, dedicada a las atenciones de ese ser especial como lo es un hijo. Una madre iría con su hijo hasta el fin del mundo llevándolo a cuestas, si él por sus propios medios no pudiese hacerlo; pero una carga, algo que no pueda ser soportado, que pesase demasiado; nunca lo sería. Pero lamentablemente era eso lo que yo sentía que era. No lo sentía porque mi madre se quejase de algo, lo sentía porque saberse el causante del dolor de alguien tan sagrado y amado como lo es una madre, es sencillamente una carga demasiada pesada.
Era yo el niño funesto poseedor de una maligna enfermedad. Resulté siendo el ser que arrancó mil lágrimas de dolor de una mujer espectacular. Era una paradoja de la vida. Tal vez fue un hecho casual, tal vez la consecuencia de un aciago instante que resultare de una travesura. Mi cuerpo se cubrió de una extensa capa de sufrimientos y pesares que abarcaron toda mi inocencia. Fui un mártir que tuvo que padecer las inclementes garras del dolor, de los sinsabores de noches interminables de fiebres, de dificultad para respirar; de náuseas, vómitos y diarreas.
Tuve que sufrir días eternos de pinchadas, quimioterapias y transfusiones sanguíneas. Fueron extensas jornadas de desvelos de mi mami y mi abuelita, mientras que mi abuelito dejaba la piel trabajando como un esclavo para ayudar en mi tratamiento. Fue un sufrimiento maratónico a lo que fui sometido por demasiado tiempo. Desde el paraíso contemplo la desolación que resultaba ser ahora la vida de Mercedes. Cuánto ha sufrido mi madre, cuánto le toca sufrir; cuánto dolor alberga desde mi partida. Mi madre se sintió vacía, sintió que también ha muerto, el día de mi partida.
Ya en nuestra casa se conversaba poco. El hecho de que mi abuelo estuviese ausente, propiciaba el prolongado silencio que ya caracterizaban a nuestras rutinas. Eran unos días tediosos, ya que en casa no existía televisión, equipo de sonido o algo con que entretenerse, puesto que mi mami había vendido todos esos enseres, en procura del dinero necesario para la adquisición de los medicamentos que me aplicaban con frecuencia. Nuestra situación económica no podía ser más estrecha, mi abuelito enviaba constantemente algo que sirviera para nuestro sustento; pero por desgracia los gastos no eran cubiertos en su totalidad con ese dinero.
Mi madre ganaba poco, trabajaba en un centro privado; pero la mayor parte del tiempo estaba de permiso para poder atenderme, puesto que yo vivía enfermo literalmente. Por esa razón, fue despedida. La pensión que recibía mi abuelita no alcanzaba para mucho. Ese día acudiría al hospital pediátrico hasta donde me habían remitido, ya que era urgente que me colocaran una transfusión de plaquetas, debido a que sus valores en mi sangre estaban demasiado bajos. Aparte de eso, nuevamente estaba aquejado de la testaruda fiebre que, como un perro de presa, se cernía contra mí de manera persistente.
Tenía que ser hospitalizado para poder combatir otra bestial neumonía, enfermedad esta que ya se había empecinado en hacerme la vida trocitos. Una de las particularidades de mi enfermedad era que, acérrimamente, hacía que mi organismo resultara presa fácil de las más diversas infecciones. Mi sistema inmunológico no actuaba apropiadamente, debido a ello tenía que permanecer con una mascarilla permanente colocada; no podía dar un paso fuera de casa sin mi boca y nariz cubiertas.
Tenía que usar de manera obligatoria ese trozo de tela en mi cara, para evitar inhalar alguna impureza que pudiese producirme más infecciones. Estaba mi organismo muy debilitado y mis defensas quedaban en extremo comprometidas. Recibía un tratamiento permanente que me hacía ver regordete. Mi pediatra decía que estaba yo “inmunocomprometido”. Existía en un municipio cercano, un hospital especializado en atención pediátrica; hasta allá iría yo a parar. Sería ese sitio prácticamente mi hogar desde ese momento.
Aquel hospital pediátrico se convirtió para mí en el escenario de los más horrorosos tormentos a los que fui sometido. Fueron tormentos podría decirse que, involuntarios. La finalidad de los médicos y del personal de enfermería, evidentemente que no fue producirme todo aquel suplicio, ellos querían hacer que regresara la salud a mi cuerpo. Significaron esas valiosas personas, unos héroes que entregaron sus trabajos de manera vocacional, de manera profesional; luchando muchas veces contra las adversidades. Desde la gloria, elevo una oración por ellos; por las benditas personas que hicieron todo lo posible y hasta más tratando de brindarme el consuelo de la recuperación de mi salud.
En el hospital existía una unidad de oncología atendida por dos excelentes especialistas. Una de ellas era la doctora Evelinda, especialista en hematología pediátrica, quien fue la dedicada profesional que hubo extraído la muestra de mi médula con la que se pudo hacer el diagnóstico de mi enfermedad. La otra era especialista en oncología pediátrica, la bella Anaís; profesional de gran talante, de determinante actuar y muy inteligente. Ambas eran unas mujeres muy bellas. Laboraban también dos enfermeras: Aura y Rosita, ellas eran quienes secundaban a las especialistas en las consultas y además, administraban los medicamentos. En el área de hospitalización existían cuatro salas para la hospitalización de los niños afectados de enfermedades oncológicas tal como lo estaba yo. Cada sala disponía de dos camas clínicas. Me ubicaron en la sala número ocho, en ese entonces era el único ocupante. A los pocos días de mi ingreso, las amables enfermeras le permitirían a Mercedes reposar en la otra cama que por ese entonces estaba desocupada.
Era un hospital antiguo, su edificación era de una sola planta. Había sido sometido últimamente a varias reestructuraciones ostentando siempre su estructura original. Era entonces muy moderno, afortunadamente había sido equipado hacía aproximadamente una década, de dispositivos de alta tecnología; todas las camas habían sido sustituidas por modernas unidades con dispositivos eléctricos que permitían elevar la cabecera o bajarla con tan solo presionar un botón. Había televisores en todas las áreas y donde yo permanecía hospitalizado, existía hasta señal satelital. Eran aproximadamente las diez de la mañana cuando por fin, dejé de rodar del timbo al tambo. Me llenaron un formulario denominado historia clínica, para lo cual le hicieron un sinfín de conjeturas a mi mami.
Le preguntaron de todo, era menester conocer con exactitud, todo lo relacionado conmigo y con mi entorno familiar. Los datos que tenían que ver con la familia de mi padre fueron dejados sin respuesta, puesto que, sencillamente, mi mami los desconocía. En la unidad de emergencia, antes de enviarme a mi habitación, nuevamente se dio inicio a las insistentes pinchadas. En primer lugar, me sacaron sangre nuevamente. Esa vez fue un joven muy amable, quien con sobrada destreza hizo su trabajo y no sentí tanto dolor.
Fue muy precisa su estocada, que tan solo sentí un leve pinchazo; ni cuenta me di cuando retiro la aguja. Se marchó parsimonioso luego de haberme acariciado tiernamente. Posterior a ello, Raiza y Diana, las licenciadas que se encargarían de instalar en mí, el bendito catéter periférico, procedieron a hacer su trabajo. Ellas conversaban animadamente, puesto que además de amigas y colegas, habían sido compañeras de estudios y eran comadres inclusive. Me ubicaron en una camilla dispuesta en una muy fría habitación de minúsculas dimensiones. Comenzaron a seleccionar los insumos que iban a utilizar.
Prepararon la solución parenteral que mi mami había comprado y de modo maternal, comenzaron a explorar mi cuerpo tratando de ubicar una “vena buena”. Como escuchaba decir eso constantemente, en mi inocencia pueril pensaba que tenía venas malas también; me preguntaba cómo podría ser eso posible. Al poco tiempo sentí el odiado pinchazo. Sin perdida de tiempo ajustaron el esparadrapo para mantener la aguja en su lugar y de esa forma, asegurarse de que no se saliera. Conectaron el equipo de infusión a dicho catéter y listo. Tuve la inmensa suerte de que se trataban de manos expertas y no sufrí tanto el embate. Luego de ello, Amílcar, el amable camillero que nunca negaba un favor, nos acompañó al área de hospitalización.
Cuando llegamos, pude visualizar a muchos niños correteando por todos lados. Todos llevaban en sus brazos los catéteres intravenosos. Pernoctaban varias mujeres sentadas, vigilando a los niños mientras jugaban entre ellos y otras, con niños más pequeños en sus brazos; algunos asidos a conexiones venidas desde lo alto de un paral donde, como en mi caso, estaba pendiendo un frasco de solución parenteral. Hacía mucho frío en ese lugar. Era un sitio muy amplio. En medio de todo, estaba el puesto del personal médico y de enfermería. Varias enfermeras iban y venían haciendo su trabajo. Se escuchaban muchos llantos, en especial, desde la unidad de los recién nacidos que estaba que no cabía uno más. Las madres caminando aún adoloridas por el reciente alumbramiento, denunciaban su extremo esfuerzo.
En la sala siete, permanecía colocado un trapo azul, justo en la ventanilla de vidrio de la puerta; como para evitar miradas curiosas. Existía también un pequeño cartel que informaba que estaban prohibidas las visitas. Pude escuchar voces de varias personas que provenían de las habitaciones nueve y diez; pero como me internaron sin demora en la sala que había sido asignada para mí, no denoté a ninguno de ellos. Solo pude distinguir en la distancia, a una señora sumamente delgada, parada muy cerca de la puerta de la última de las habitaciones que colindaba con el área de Aislamiento; aunque solamente colindaba, ya que no había ningún tipo de relación con ella.
En ese sitio en específico se escuchaba todo cuanto acontecía en la sala vecina donde pernoctaban niños con cuadros de infecciones contagiosas, las misma donde había estado yo hospitalizado cuando sufrí aquel severo cuadro de tos. Lo único que separaba dichos espacios era una puerta que pocas veces se abría. Le entregaron a mi mami unos enseres con los que debería ataviarse: una bata, un gorro y un tapaboca. Era necesario mantenerse con ese ropaje sobre la suya, ya que, por normas de la institución, era de uso obligatorio y porque realmente resultaba necesario, debido a que se trataba de un área de aislamiento protector y los pacientes que allí pernoctábamos, permanecíamos inmunosuprimidos. No existía sala de baño en esas habitaciones y cada vez que era necesario, teníamos que desplazarnos hacia un sitio algo distante de allí; ese gran detalle contrariaba en demasía las normas de bioseguridad, puesto que las otras áreas de internamiento existían salas de baños en cada una de ellas.
Mi mami entregó los medicamentos que le había solicitado Jeidy, la enfermera que estaba encargada de mis cuidados en ese momento, la misma, al tenerlos en sus manos; se marchó presurosa a prepararlos para posteriormente suministrármelos. Ella conversaba poco, ya que debería atender sin ayuda alguna a seis pacientes, por esa razón no le daba chance siquiera de sentarse un momento a descansar. Cada uno de nosotros tenía una gran cantidad de fármacos que ella tenía que administrar casi que a la misma hora. Los niños de la última habitación, es decir, la diez, al igual que el que permanecía en la sala siete, estaban en muy malas condiciones y sus cuidados eran más exigentes aún. Jeidy no paraba un instante, entraba en cada habitación con una enorme bandeja en sus manos, contentiva de los más variados elementos con los cuales realizaba alguna curación, aspiraba secreciones, medía signos vitales y muchos otros procedimientos, entre los cuales figuraba la administración de fármacos que era lo más común.
Cuando entró a mi habitación, saludó nuevamente y procedió a instalar una serie de dispositivos donde vertió el preparado que hubo resultado de la dilución de los antibióticos. Inmediatamente comenzaron a ingresar, gracias a la fuerza de la gravedad, desde dicho dispositivo llamado Bureta; gota tras gota, los fármacos que mi organismo necesitaba para hacerle frente a mi enfermedad. Habiendo hecho su trabajo, salió presurosa para ingresar entonces a la habitación siete, no sin antes tocar varias veces; ya que su puerta era asegurada desde adentro. Al lado de mi cama, al igual que la de la otra que existía en la habitación, estaba colocado un sillón plegable, mismo que se visualizaba muy cómodo. En él se había ubicado mi mami, luego de haberlo colocado aun más cerca de mí.
Desde aquel sitio podía acariciarme a su entero antojo. No nos decíamos nada, ya que el hecho de estar en ese sitio por primera vez, nos producía una inseguridad tremenda. Más aun, cuando escuchaba quejarse excesivamente fuerte a alguien en la habitación de al lado. Era un quejido lastimero, se escuchaba cómo estaba sufriendo alguien de manera descomunal. Me dio mucho pavor al pensar qué le podría estar sucediendo a aquel pobre muchacho, pues por la voz que alcanzaba a escuchar, se trataba de un niño no tan pequeño.
Durante todo el día y hasta bien entrada la noche, se siguió escuchando desde la habitación; el quejido lastimero de aquel paciente. Movida por la curiosidad, mi mami, disimuladamente trató de averiguar de quien se trataba; pero no alcanzó a satisfacer dicho impulso, ya que al igual que lo hubieren hecho en la sala siete; habían colocado un cartelito en el cual se podía leer que estaban prohibidas las visitas. Mercedes no se dio por vencida y le preguntó de elegante manera a una de las enfermeras de la guardia nocturna, qué le sucedía a aquella persona que se quejaba persistentemente. Ella le informó que se trataba de un paciente con una enfermedad oncológica, que estaba ya en su fase terminal. Hasta le permitió conversar con la madre del paciente; un niño de doce años con una patología ósea maligna denominada osteosarcoma.
Le habían amputado, hacía un poco más de nueve meses, la pierna afectada; pero no se pudo llevar a cabo el riguroso tratamiento, tanto de quimioterapia como de radioterapia, lo que resultaba menester, según lo que le había dicho la madre del muchacho a Mercedes; para evitar que continuaran proliferando más células malignas. Como consecuencia de ello, ya la malignidad había hecho metástasis y de ese modo, era el desenlace fatal inevitable. Estaba el adolescente sufriendo de unos dolores devastadores, que en ese momento ni con morfina aliviaban.
Se notaba en el semblante de la madre de aquel muchacho, que estaba aquejada enormemente por lo que su hijo sufría. En virtud de que yo estaba dormido, mi mami trató de averiguar qué sucedía. Pronto estaba, a insistencia de la señora Matilde que era el nombre de aquella señora, sentada en la habitación donde permanecía el jovencito muy enfermo. Yordam era su nombre, era el menor de los tres hijos de Matilde, quien al ser madre soltera, tenía que dedicarse las 24 horas al cuido de su menor hijo. La pobre mujer se alegró profundamente de aquella inesperada visita, pues necesitaba con urgencia a alguien cerca.
Sabía que ello no ayudaría físicamente a su hijo; pero pudo notar en la mirada de Mercedes, un brillo especial que solo podía ser reflejado de una persona sincera. Pudo notar también aquella buena mujer en la mirada de mi madre, que también sufría la desdicha de sentir el sufrimiento de un ser querido; por ello le pareció fortificante conversar con mi madre. También pudo notar, con solo una mirada, que mi madre también sufría por un motivo similar al suyo. Al enterarse de mi diagnóstico, Matilde consideró pertinente platicar con mi mami; ambas eran madres y ambas también eran testigos de un dolor, de una pena; del amargo padecimiento de un hijo.
Mercedes permaneció hasta muy tarde haciéndoles compañía, aunque Yordam parecía no notar su presencia, puesto que ni siquiera abría los ojos a pesar de que estaba consciente. El muchacho, esporádicamente, se movía muy lentamente tratando, tal vez, de encontrar acomodo en una nueva posición; aunque dicha comodidad, sabía que no iba a llegar nunca. Dejaba de quejarse por instantes, era un quejido estremecedor, lastimero. Ver aquel cuadro deprimente le producía a mi mami mucha desesperanza, ya que imaginaba que algún día tal vez, podría yo padecer algo similar. La enfermedad de Yordam fue de iniciación brusca. Comenzó con un dolor repentino a nivel de la rodilla derecha, que achacaron a una caída en el colegio mientras jugaba rutinariamente. Lo llevaron al médico y con antiinflamatorios y analgésicos pensaron resolver una sintomatología que habían creído rutinaria; pero por desgracia no fue así, todo lo contrario; los dolores fueron en franco aumento y a las pocas semanas, la inflamación de toda la pierna era bestial.
El traumatólogo tratante lo refirió a oncología, donde fue valorado. En esa instancia sanitaria fue solicitada una biopsia, cuyo resultado determinó desgraciadamente, la presencia de células malignas. Trataron de minimizar el daño amputando la totalidad de la pierna. Yordam se sintió morir al concebir que le hubieran cercenado uno de sus miembros inferiores y pensó que no resistiría quedar atado a alguna prótesis o en el peor de los casos; a una silla de ruedas. Pero apenas su desastrosa realidad comenzaba. Era urgente iniciar una terapia consistente en quimioterapia en primer lugar, continuada de radioterapia. Se trataba de una familia extremadamente humilde. El padre de Yordam se había largado lejos del seno familiar, cuando apenas él era un recién nacido.
Matilde quedó desamparada junto con sus tres muchachos, y apenas le alcanzaba lo poco que ganaba de vez en cuando para poder sobrevivir. Lo que anteriormente era posible en muchos centros asistenciales en Venezuela, como lo era la aplicación de ese tipo de tratamiento, en ese momento resultaba una utopía. Mi país carecía de cuanto tratamiento fuese