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4859 Words
Sentí que había llegado a una de las obras magnánimas de la creación, una  familia. Era mi familia el centro de un todo, donde crecería colmado de las atenciones delicadas y amorosas que dirigían hacia mí, todo el amor del mundo. De ese modo, sentí al nacer, con ese don bendito que el creador obsequió para mí, que era portador de la magia que extiende la vida con el solo propósito de regalar la felicidad con la que siempre se sueña.           Por eso me siento demasiado triste. La idea de mi señor era que, al llegar a la vida desde el vientre de mi madre, pudiese colmar de felicidad a una familia opacada por una enorme soledad. Quiso y ese fue el sagrado propósito de mi Dios, que ocupara una vida, que llegara silente a una familia y, como el enviado especial que era; unirlos una vez más. Quiso mi padre celestial, que llegara a las manos de unos seres espectaculares y con la dedicada atención de una familia amorosa que iba a acariciarme de una manera tan delicada como tierna; se completara el magno espectáculo de la deidad soñada. Pero desgraciadamente no fue así. Enfermé por el hecho, dicho por el mismo creador al recibirme en su reino, de una grave exposición a un elemento sumamente peligroso, dada mi congénita curiosidad y mis insatisfechas travesuras.           No fue una enfermedad la que me hizo regresar al reino de Dios. Lo sucedido conmigo debe llamar la atención de quien se proponga dirigir los destinos de una patria. Enfermé como le sucede a cualquiera, pero ahora reflexiono grandemente y, como corolario de un pensamiento, digo que quien estaba gravemente enfermo no era yo, sino un país que alguna vez hubo sido la más excelsa nación millonaria en recursos y en espectaculares habitantes. Sin poder evitarlo reflexiono en cuanto a toda aquella tragedia y mis reflexiones me inducen a dedicar mi llanto a una patria hecha trizas por una dirigencia incapaz, persistente en el afán de ser inservible.           Lo digo en medio de un llanto que no quiere ceder tras parecerme injusto que, siendo en ese entonces un pequeño niño de pocos años, contemplara desbaratados los sueños de la grandiosa mujer que me había dado la vida; que sintiera cómo una familia bondadosa y amorosa como la mía, al igual como lo era la gran mayoría de los grupos familiares que existían en aquella gran nación; no haya podido seguir en un camino bendito, por la maldita razón de no poder enfrentar un momento tan aciago.           Dios, tú que estuviste al tanto de mi sufrir y que en este momento me consuelas; sabes que mi sufrimiento nace en este instante, tras contemplar desde este sagrado espacio, la inmensa desidia que vive una nación por la gran incapacidad de quienes deberían tener la sagrada misión de velar por un pueblo. Sé que no es necesario que lo diga, pues tu todo lo ves, pero observa padre amado, mira tal como lo hago yo, cómo la vida se escapa de los más desprotegidos, esperando lo que sencillamente debe estar presente, tratando de obtener lo más elemental, lo sagrado; la única posibilidad de sentirse vivo.           Mi tristeza en ese momento se acrecienta, al recordar que cuando me enfermé, indistintamente la causa que hubiere dado a lugar a mi padecimiento, existió una realidad muy tormentosa y esta no era más que la gran irresponsabilidad gubernamental. No pudo mi familia encontrar remedios para mi mal, debido a que los administradores del presupuesto de la patria, nunca invirtieron los recursos en medicinas. Para qué, como ocurrió en mi caso, niños inocentes, desprotegidos y dependientes; no hayamos tenido otra alternativa más que entregar nuestras vidas, las mismas que habían surgido para ser grandes. Nuestras vidas se perdieron en los vericuetos de la desidia de una tiranía. La vida de nosotros, los niños que habíamos llegado al mundo con la finalidad de honrar a la vida misma, a nuestros padres y a nuestra patria; pero sí existieron abundantes recursos para derrochar en implementos para la guerra, en lujos para los jerarcas del mismo gobiernos y para todos aquellos entes parasitarios del Estado. Señor, ten piedad de ellos.           Perdónalos ya que ellos no saben lo que hacen. En verdad había sido así. Aquellos seres desalmados no sabían a ciencia cierta, nunca se imaginaron el alcance de sus sucias manos ladronas, nunca midieron el enorme daño que sus irresponsables actuaciones propiciaron. Aquellos seres diabólicos vociferaban a los cuatro vientos, que carecían de recursos para los medicamentos que nosotros necesitábamos para poder escalar una agreste cima; pero sí los tenían. Sí existía muchísimo dinero para regalar, para derrochar, para invertir en banalidades, para robárselo. Mientras tanto, emergía el odioso fantasma de la miseria en todos los rincones que, sin agua, en medio del hambre y la desesperación. Mientras el pueblo padecía inmensamente, se alimentaba el enorme ego de un hombre que estaba produciendo el más severo daño que por siempre se habría de recordar.           Cuando mi señor me recibió nuevamente en su seno, lloró amargamente conmigo. Él no había querido eso para mí. Nunca querrá nuestro Dios un mal tan perverso como el ocurrido conmigo. Fue una desgraciada decisión de un maligno ser que le quitó espacio al demonio, quien decidió de manera diabólica, culpar a medio mundo de su impericia, de su enorme b********d, de su magna imbecilidad; para tratar de ocultar el malvado hecho de invertir en estupideces en vez que en lo vital. Era mi caso, un suceso que pudo evitarse si en lugar de robar los recursos de una nación completa, se hubiese dedicado lo necesario en medicamentos, reactivos químicos, materiales medicoquirúrgicos y todos aquellos elementos necesarios para tratar de regresar la salud de quienes habíamos sido sustraídos de la misma. Sucedía en una gran nación que, oculta tras una película maligna de indolencia, se ocultaba la desidia, la indolencia; la decrepitud y la nefasta gestión de un gobierno estúpido.           Mi señor, al momento cuando me recibió en este sagrado sitio; lloró al verme regresar tan pronto. No pensó, gracias a sus tantas decisiones agraciadas, verme tan deprisa. No podía creerlo, era yo; aquel angelito dedicado y juguetón que surcara de nube en nube incansablemente, entregado a un juego y a una caricia de su parte. Renunciando al paraíso, fui un ángel que, con la anuencia de Dios, quise llegar a un alma desposeída de amor a tratar de albergarlo, verter en ese ser, el regalo grandioso del creador. Quiso mi Dios que llegara a la vida y ahora estaba ante él, derrotado, triste y sin una poca de la grandiosidad que se me había encomendado. Lloré amargamente en los brazos de mi creador, quien me abrazaba muy dolido y sorprendido. Solicité perdón por mi incapacidad, perdón por la imposibilidad de no haber podido entregar por más tiempo; ese amor que me fue confiado para llenar de felicidad a mi madre.           Y en medio de mi gran dolor, en los brazos de mi Dios bendito acá en la gloria, él me ofreció calma, me ofreció tranquilidad. Él mismo no comprendía el por qué de ese incierto proceder, en una nación que lo poseía todo. Se preguntaba el creador, mientras miraba desde el cielo hacia esa patria grande ¿Qué sucedió? No había él propiciado una desgracia, porque sólo amor expresan sus designios. Miró y con una mirada de reproche reclamó a aquel falso dirigente, un proceder desbocado que había llevado desgracia y muerte a un pueblo que tendría que, en lugar de ello; ser feliz. Con aquella mirada de desaprobación, exigió el señor enmendar un camino. Y con su gran sapiencia, ofreció nuestro padre, una verdadera calidad de vida para quienes se merecían y se merecerán por siempre, la verdadera gracia de su inmenso amor.           Me tomó mi señor entre sus brazos y, compungido en extremo; trató de verter en mí, una nueva dosis de esperanzas. Sabía él que no sería una empresa fácil de lograr, que pudiera yo sentir nuevamente el deseo de ser feliz; pero estaba seguro de que con amor todo iba a salir bien. Mi dolor no amainaba y cada vez que miraba hacia donde había quedado Mercedes, en medio de ese gran vacío que desnudaba un atroz sufrimiento, mi destrozado corazón celestial, se sentía apabullado y surgía ese irrefrenable deseo de querer estar nuevamente a su lado. “Te necesito mami, no te imaginas cuanto te necesito. Nunca imaginé sentir este inmenso dolor que estoy sintiendo. No imaginé que nos íbamos a separar tan deprisa, dejando en el recodo de un camino olvidado, todos nuestros planes de enfrentar la vida juntos y felices. Te amo mami. Gracias por ser la mejor madre. Gracias por ser mi madre, mi eterno gran amor”           Se sucedían los días en nuestras vidas, entonces en medio de una gran melancolía por la ausencia de mi abuelito. Se sentía su presencia en todos los rincones, a mí me parecía verlo a cada instante; en cada momento, cuando mis deseos lo buscaban para jugar con él en el parque. Mi abuelita nunca más sonrió. Preocupada era, ya que estaba segura de que nunca iba mi bello viejo, a cuidar de su salud como solo ella lo hacía. Ella velaba por la salud de su viejo, ya que él nunca estaba pendiente de esos detalles. Siempre olvidaba tomarse la pastilla de la “tensión” a diario. Nunca estaba pendiente mí adorado, de mantener una dieta depurada de las grasas que elevaban su abdomen de manera descomunal, propiciando un riego sanguíneo deficiente, desde donde pudiese nacer un ataque a su noble corazón. Sabía mi abuelita, que en medio del desespero por enviar lo necesario; mi abuelo no iba a lograr sobrevivir en un mundo desconocido y exigente.           Era esa la trágica realidad que mi abuela sabía que estaba enfrentando mi abuelo, quien no estaba acostumbrado a tantas exigencias físicas. Ya él estaba jubilado de su trabajo desde hacía unos cuentos años, en virtud de que fueron sus inicios muy precoces. Lloraba mi vieja, yo la miraba entristecido desde la distancia creyendo ella que, por mi edad, no percibía esa honda pena que la estaba consumiendo. No era posible que ellos, amándose como se amaban, estuviesen tan lejos el uno del otro. No era justo que el amor no se mirara a la cara a cada instante como se deseaba. No era justo que, queriéndose tocar el rostro mutuamente, dos seres que se amaban, lo único que pudiesen hacer; era recordar momentos gloriosos de un pasado reciente, que pudieron haber sido perfectos y perpetuos.           Por ello lloraba eternamente mi abuelita, porque le hacía falta su viejo, su gran amor. El hombre que una tarde silenciosa y romántica, habiendo conquistado su corazón y su vida; le propuso matrimonio en medio de un inmenso patio. Ella aceptó gustosa, sus ojos resplandecieron de dicha aquella tarde inolvidable de un pasado memorable. Su corazón fue desbocado, sus emociones encendidas, sus manos tomadas. Le dijo que sí, que quería ser su esposa, su amada, su compañera. Y desde ese instante, nació aquella familia que recibió a Mercedes como regalo de la divinidad y que, con el pasar de los años, por designios de mi Dios bendito; me albergó en su seno. Me dolía sobremanera y era muy notorio mi dolor, que se hubiese apagado la alegría de vivir en mi querida viejecita. Aún desde esta distancia sagrada, la veo llorar constantemente, ya perdida en una obstinada demencia; ya entregada a Dios.           Mi malestar no amainaba del todo. En ocasiones despertaba presa de una suprema incomodidad, de una elevada temperatura que se ensañaba en mi contra y desafiaba a mis pocas fuerzas. Yo no entendía lo que me pasaba. Ya no era aquel ángel bendito que albergaba toda la sabiduría del mundo. Era apenas, un frágil niño enfermizo que estaba comenzando apenas, un sufrimiento que vertería sobre su vida, todos sus malignos abrazos. Como todo niño, quería yo amanecer con la alegría de querer jugar, de querer correr mil caminos, de albergar en mí, toda la inocencia del mundo para fantasear, creyéndome un héroe. Quería ser feliz, ser como cualquier niño sano; un pequeño ser que despierta a la vida y se enfrenta a ella en los brazos de la diversión, de los placeres que regalan los abrazos de una madre.            Pero estaba allí mi realidad. Desperté en medio de una madrugada extensa y bien oscura, para sembrar nuevamente el terror en mi madre. Mercedes me tocó y, como impulsada por un rayo, procedió a encender un cirio, ya que la energía eléctrica fallaba a cada instante, debido supuestamente, a un egoísmo venido desde uno de los más grandes países del mundo. Me tocó nuevamente mi mami y estaba yo ardiendo. Era una descomunal fiebre la que se posaba sobre mi minúsculo ser. Contrariada y aún estancada en el ensimismamiento propio del embotamiento del sueño, ella se abalanzó hacia la oscuridad de manera instintiva, tropezando contra todo; haciendo una algarabía de ruidos que despertó a medio mundo. Al instante, mi abuelita estaba presente con una gran linterna entre sus manos, la cual propiciaba la claridad necesaria. No había agua con la que bañar mi cuerpo en procura de una temperatura menor. Hubo que acudir a los depósitos del agua que había para nuestro consumo y que no era mucha. El vital líquido resultaba, debido a las macabras manos dirigentes; enviada a nuestros hogares cada tres meses y en poca cantidad. Nosotros no poseíamos los suficientes recursos para comprarla. Si, parecía una paradoja descomunal; pero era una aciaga realidad. Había que comprar el agua mientras que prácticamente se regalaba la gasolina. Mi mami dispuso hasta del agua del inodoro para frotar mi pecho, en procura de bajar mi temperatura. Quiso colocar hielo y su instinto la impulsó hacia donde estaba la nevera; pero regresó abatida, al recordar que ese enser ya no existía, ya que, debido a la enorme inestabilidad del servicio eléctrico, la misma se había dañado de manera irreversible. Lo mismo había pasado con el acondicionador de aire y con casi todo. Unos malignos “ataques terroristas cibernéticos”, habían logrado todo aquello.            Al tratar de darme mi medicamento que ya era habitual, comprobó por desgracia que ya se había terminado. No sabía qué hacer Mercedes, mientras yo me quemaba literalmente, abrazado por aquella bestial calentura que me estaba cocinando en vida. Con la premura de caso, me cubrió con una manta y así, con su ropa de dormir, ya que no tuvo tiempo siquiera de cambiarse o se olvidó de hacerlo; se abalanzó a la calle corriendo hasta el hospital, no importándole que la distancia que la separaba del mismo fuese enorme. Un alma piadosa que transitaba madrugadora, hizo la caridad de trasladarnos hacia el nosocomio, para tratar de por lo menos, bajar aquella fiebre que era testaruda ya, y que no quería abandonarme. Esa vez sentí un ahogo profundo. Me faltaba el aire y al sentirme respirar con esa exagerada dificultad, Mercedes rememoró tristemente, un episodio del pasado y se desesperó aún más de lo que ya estaba.             Cuando tocó mi turno, el médico me examinó detenidamente. Gracias a Dios había un medicamento inyectable para bajar la fiebre. Una enfermera entrada en años y sumamente delgada, me pinchó en el glúteo. Fue un pinchazo violento y doloroso. Pataleé como un loco evitando aquella pinchada que consideré una agresión. Entre varias personas pudieron inmovilizarme. Duré varios minutos haciendo aquel escandalo hasta que me fui tranquilizando. Luego de que me inyectaron aquello tan doloroso, me llevaron a bañar durante media hora con agua tibia, sin mojarme la cabeza. Ya me estaba acostumbrando a ello, de las tantas veces que me hacían lo mismo para tratar de bajar mi elevada temperatura. Al cabo de una hora, ya estaba mi temperatura corporal casi que normal. Momentos después, llegó mi abuelita con una ropa decente para mi mami que hasta descalza estaba. Llevó cosas para mí, entre ellas, cobijas y un paño; ya que sabía mi vieja que me iban a bañar para hacer que descendiera mi temperatura.           Presenté un ataque de dificultad respiratoria extraordinario. Luego de escuchar mis respiraciones con su estetoscopio, el galeno indicó que me hicieran unas terapias respiratorias inhaladas. Me ofreció las dosis muy amablemente, una amable señora que permanecía en la respectiva sala de espera de la unidad de enfermedades respiratorias, ya que en el hospital no había dicho fármaco. Casi al amanecer cedió mi ataque respiratorio. Me auscultó nuevamente el médico y les expresó a mi mami y a mi abuela, quienes no se separaban un instante de mi lado; que necesitaba realizarme unos exámenes de laboratorio y una radiografía de tórax. No había en el centro asistencial, los recursos necesarios para ello, por lo tanto; teníamos que acudir al sector privado para poder acceder a dichas pruebas. Nuevamente estaba allí, latente, nuestro magno problema, ya que no tenían ni mi mami, ni mi abuela; dinero suficiente para ello. El médico no tuvo más alternativa que agudizar aún más sus oídos y, con ayuda de su estetoscopio, determinó que a su criterio, yo estaba padeciendo los ataques severos de una infección respiratoria. Tenían que hospitalizarme para poder combatir aquella inoportuna infección.           Mi mami acudió a un prestamista que ella conocía y obtuvo algo de dinero y pudo comprar parte de los antibióticos que se necesitaban con suma urgencia. Me dejaron hospitalizado en una sala de observación, la cual permanecía atiborrada de pacientes aquejados de las más diversas patologías. Tan pronto decidieron mi internamiento, se ensañaron en mi contra; era eso lo que yo pensaba en aquel momento. Me pincharon hasta que se cansaron. Era muy difícil encontrar mis venas, decían las tantas enfermeras que me pinchaban. Por fin, una de las del turno de la noche pudo dar con la bendita vena que se empecinaba en no dejarse incrustar un catéter en ella. Tantos intentos, me ocasionaban un dolor indescriptible. Ni qué decir cuando me sacaban la sangre. La mujer que se encargaba de ello, introducía una enorme aguja y la movía de un sitio a otro tratando de dar en el blanco. También me producía un dolor bestial. Mi llanto era escuchado hasta en los sitios más distantes.           Continuó dándome fiebre por varios días, al igual que persistió la dificultad respiratoria. No se pudo costear los exámenes que el médico había solicitado, ni la radiografía; ya que el dinero únicamente alcanzaba para comprar los antibióticos que era, según mi mami, lo más importante. Ahora, reflexionando detenidamente embargado por esta nostalgia que ya es perenne, creo que de haber podido realizar el análisis de sangre en esa oportunidad, tal vez se hubiese diagnosticado más precozmente, la desgraciada enfermedad que tantas desgracias hubo ocasionado. Pero se trató de una realidad todo aquello que estábamos viviendo y como tal fue enfrentada.           Fui dado de alta quince días después. Quedé hecho añicos por los tantos pinchazos que recibí. Mi mami permaneció todo ese tiempo conmigo. Mi abuelita, por su parte, se encargaba de hacerle llegar sus alimentos. A mi no me daba hambre, eso preocupaba aún mucho más a Mercedes. La comida que ofrecían en el hospital era una verdadera bazofia. A la mayoría no le quedaba otra alternativa más que ingerirla, aunque con demasiado desagrado. Cuando llegué a casa, me quedé dormido casi de inmediato. Mi mami me tocaba todo el cuerpo constantemente, comprobando con ello que no tuviese fiebre. Ya ella estaba paranoica, lo demostraban sus actos, aquella manía de medir mi temperatura prácticamente cada hora. Mi abuelita, de manera diplomática, le hubo recomendado dejarme tranquilo, para que de esa manera pudiera descansar plácidamente, ya que en el hospital había sido casi que imposible hacerlo.           Permanecí dos semanas en condiciones más o menos normales. Una mañana, cuando el sol brillaba de manera esplendida, mi mami al ayudarme a tomar mi baño diario, notó que tenía una especie de magulladura en mi pierna derecha, específicamente en el muslo. No había recibido golpe alguno, es decir, me había salido de manera espontánea. Aquello le pareció muy extraño. Decidió, por lo tanto, observarme cuidadosamente los días subsiguientes. Pensó que tal vez me hubiese podido golpear con la misma cama mientras dormía. Pero dos días después regresó aquella odiosa fiebre.           Mercedes casi que se moría del desespero, cuando me observó sumido nuevamente en un letargo grotesco. Mis mejillas estaban muy rojas al igual que mis labios. Ella no dudó de que estuviera nuevamente envuelto en los brazos malignos de una hipertermia extrema. En horas de la tarde, decidió llevarme al consultorio de la querida doctora Francelina, ya que se percató de que había aparecido un nuevo hematoma, esa vez en mi antebrazo; además de que en mi abdomen, se notaban varios puntitos rojos, los cuales colmaron a mi mami aún más, de honda preocupación.           Mi pediatra, tras examinarme detenidamente, hizo un hondo silencio. Preguntó por los análisis que había solicitado. Mi mami le explicó que no habíamos tenido el dinero suficiente para costearlos, que aún carecíamos de dicho capital; por lo tanto no había sido posible materializar dicha solicitud. Cuando le contó que había permanecido hospitalizado recientemente durante dos semanas por una severa neumonía, ella se molestó demasiado, ya que le había suplicado que, de llegar a presentar el menor signo que denotara algún cuadro infeccioso, por favor se lo comunicara. Pero a mi mami le había dado mucha vergüenza molestarla. De inmediato, la especialista tomó el teléfono y ordenó la realización de una hematología completa; ella se ofreció a cancelar el importe de dicho análisis. Nuevamente comenzaron a pincharme para sacarme la sangre. Me daba ya miedo el solo hecho de acudir donde mi querida doctora Francelina, porque ya relacionaba sus visitas con la manía de que estuviesen pinchándome cada vez, para sacarme sangre. El resultado del análisis fue determinante, los valores estaban demasiado bajos; eso fue lo primero que le dijo ella a mi mami. Pero lo que más estaba por debajo del rango normal, eran las plaquetas. Era esa la causa de la aparición de aquellos hematomas. Nuestra querida amiga le pidió encarecidamente a mi mami, que me practicara los estudios que necesitaba. Incluso, ofreció correr con los gastos que se derivaran de dichos análisis. Muy avergonzada como estaba Mercedes, acordó realizarlos al día siguiente.           El examen que encarecidamente había solicitado la especialista, era el análisis morfológico, molecular y citogenético del aspirado de la médula ósea. Dicho aspirado era un procedimiento para sacar células de la médula y examinarlas para determinar si eran normales. Mi pediatra explicó a mi mami, que la aspiración de médula ósea se hacía casi siempre con una biopsia de médula ósea. La prueba se podría hacer en el consultorio del médico o en un hospital. Ese procedimiento no lo practicaba ella. Quien si lo hacía, era la colega suya que me había examinado en una ocasión y quien había solicitado precisamente ese estudio.           En ese momento la doctora le explicaba detenidamente a mi madre todo lo que consideraba que ella debería saber, pues tenía todo el derecho a ello, tanto como madre, así como por ser cuasi integrante del personal sanitario. Le exponía diligentemente que la muestra por lo general se saca de un hueso que estaba ubicado en la pelvis, llamado hueso ilíaco. Todo quedó acordado con la especialista en hematología pediátrica; pero había que ubicar, ya que ella no contaba con ello; una aguja especial para poder tomar dicha muestra.           Dicho instrumento tenía un nombre muy complicado, por lo tanto lo apuntó lo más claro posible para que no fuese confundida su grafía: “Trocar de tipo Jamshidi”. Además de ello, era ingente saber qué laboratorio podría procesar la muestra al ser tomada. Era necesario cuidar aquel detalle, puesto que no era conveniente tomar la muestra y correr el riesgo de que se deteriorara mientras se ubicaba el laboratorio que se encargaría de analizarla, a pesar de que dicha muestra estaría protegida por alguna sustancia que retardaba notablemente el proceso de descomposición.           Comenzaba un nuevo reto para mi familia. En ese entonces, cuando no estaba mi abuelo, resultaba azaroso resolver ciertas dificultades. En aquel nuevo caso, la meta era ubicar el trocar solicitado, sin el cual era imposible obtener la muestra para el estudio solicitado. No hubo sitio donde mi viejecita no preguntara. En vista de que mi abuelito se vio en la penosa necesidad de vender su viejo automóvil, para con el dinero obtenido poder sufragar los gastos del pasaje y estadía en el vecino país; ella debió caminar distancias extensas. En ocasiones, en virtud de que el transporte público era un caos, tuvo que subir a los camiones que eran utilizados, en sustitución de los autobuses, que por falta de neumáticos y repuestos; no estaban prestando ese valioso servicio. Desgraciadamente no se logró adquirir el instrumento por ninguna parte; otro revés más en mi contra.           En ninguna parte del país se pudo ubicar el bendito trocar. El primo Mengue intentó hasta en la capital de la República, sin éxito. Era, por lo tanto, más que difícil; imposible poder realizar la tan necesitada prueba diagnóstica. Aquel análisis era decisivo, ya que tanto la doctora Francelina, como su colega la hematóloga pediatra, estaban pensando seriamente en que estaban frente a un caso de Leucemia o algún otro trastorno oncológico, tal vez un linfoma. Era desesperante la espera que tenía que sufrir mi familia, en especial mi mami, ya que, tras escuchar la expresión Leucemia, todos estaban aterrados, querían prontamente salir de dudas.           Mi madre necesitaba más explicaciones, pues las recibidas las había considerado insuficientes, era razonable que las especialistas le hubiesen dado la información necesaria, aunque de manera escueta, era lo más que podían hacer en una consulta cuando el tiempo es limitado. Decidió desesperada, buscar información por internet. Ella, como enfermera, pues ya había recibido el título académico que la acreditaba como tal, conocía medianamente los términos a los que se referían los artículos consultados; pero de algo estaba segura, la información le iba a despejar muchas dudas al respecto. Leyó lo siguiente acerca de la leucemia:           “Las leucemias constituyen el grupo de neoplasias mas frecuentes en la edad pediátrica. La leucemia linfoblástica aguda comprende el 80% de todas las leucemias agudas en este grupo de edad. Aunque la etiología se desconoce, se han descrito algunos factores predisponentes genéticos, virales y ambientales. Las manifestaciones clínicas suelen ser la consecuencia de la ocupación de la medula ósea por las células leucémicas (anemia, trombopenia y neutropenia). El diagnostico se realiza mediante el análisis morfológico, citogenético y molecular del aspirado de medula ósea. El tratamiento dura aproximadamente dos años”.           Tuvimos que dejar para después el estudio. Mi abuelito había dicho a mi mami que tan pronto le fuese posible, mandaría algo de dinero para que se pudieran realizar todos los estudios que fuesen necesarios. Se había ofrecido a buscar aquel instrumento en el vecino país que de seguro, se encontraría con facilidad. En los días sucesivos presenté dos episodios infecciosos leves; una otitis que me produjo un dolor desgraciado y una infección del tracto urinario, la cual me originó dos días de calentura que cedían solo por unos momentos, al recibir tratamiento antipirético y baños corporales.           No fue necesario ingresarme al hospital, ya que mi doctora Francelina siempre estaba pendiente de mí y al menor síntoma, me indicaba el tratamiento necesario; en ocasiones adquiridos de su propio peculio y el de su esposo. El licenciado Jesús, en algunas oportunidades se trasladaba a nuestra casa a colocarme alguna inyección que su esposa me indicaba. Presenté un sangramiento por las fosas nasales que cedió cuando mi mami presionó mi nariz por un rato; me pareció que me iba a asfixiar. Mi pobre abuelo pasó un mes sin poder encontrar los recursos suficientes. Tan pronto como pudo envió algo de dinero, pero de inmediato se lo tragó aquel fenómeno inflacionario que estaba destruyendo cada día, con más intensidad a nuestra patria.           No fue sino hasta después de dos meses, cuando mi abuelo pudo enviar el trocar que se necesitaba. Se pudo contactar un laboratorio en el centro del país que llevaría a cabo el estudio que tanto urgía. La especialista en hematología pediátrica preparó diligentemente, todo lo necesario para la toma de la muestra de mi médula ósea. En el mismo consultorio me realizó el procedimiento. Me colocó sobre la camilla y tan pronto me sentí en aquella temible posición, formé un berrinche de padre y señor nuestro; ni qué decir de la tremenda alharaca que formé, cuando la joven doctora puso sus manos sobre mi humanidad.           Mi mami prácticamente se acostó conmigo, ya que, de tanto miedo; no dejaba de moverme; pataleando y gruñendo de manera bestial. Cuando por fin me quedé tranquilo, comenzó el procedimiento. Cada paso que daba lo explicaba detenidamente a mi madre, mientras yo escuchaba con extrema curiosidad. Recuerdo claramente las palabras de la doctora mientras hacía su trabajo. Lo primero que hizo fue desinfectar la zona de la piel que iba a ser pinchada, con una gasa empapada  en un líquido oscuro. Seguidamente aplicó con aguja y jeringa, un anestésico local en el punto de la piel donde puncionaría. Dejó actuar el
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