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         .           Pienso en este momento desde mi sitial al lado de Dios, que de no haber sido por el gran amor que de manera incondicional y heredado de sus padres, me dedicó Edward Alberto; mis penas hubiesen sido aun mayores. Siento en este bendito lugar, que verdaderamente fui privilegiado al tener semejante compañía. Nunca sentí un desprecio, una cara contrariada o un desgano de pate de él. Lo que sí denoté por siempre fue su enorme paciencia, su insuperable amor, una hermandad suprema y todo lo bello del mundo que él supo ofrecerme. Y me jacto de decirlo, por siempre lo haré, que junto a mí, siempre estuvo un gran hermano mayor. Se mantuvo de pie como todo un caballero sufriendo conmigo, llorando conmigo y propiciado por su gran benevolencia, hasta en mis peores momentos; divirtiéndose conmigo. Hasta en mi último aliento me acompañó. Yo siempre correspondí a sus deferencias con mucha ternura y admiración; con todo mi gran amor. Él nunca me olvidará, lo expreso de esa manera porque cada domingo, solo o acompañado, no deja de depositar bellas flores en mi tumba.           Pasaron los días y mi situación mejoraba notablemente, ya que mi estado de ánimo trataba de sobreponerse a mi delicada salud; aunque en ocasiones, la misma lo superaba enormemente. Mi nueva compañía le procuraba un aliciente a mi sufrida vida, y yo aprovechaba al máximo la gran fuerza que Edward me otorgaba con todas sus atenciones. Pero no todo era tan positivo como mi estado anímico, mi abuelita, sumida desde hacía ya algunos meses en un gran mutismo, se notaba cada vez más apagada, más triste; sin ánimo siquiera de continuar viviendo.           Desde hacía un tiempo ya no la sentíamos con nosotros, se encontraba inmersa en una gran soledad. No era la soledad ocasionada por la lejanía de su eterno compañero, ya que él la llamaba constantemente; aunque en las últimas semana ella no respondía a la conversación, más que con simples sonidos guturales que no decían nada y ante lo cual, mi pobre viejo se quedaba perplejo; sin comprender lo que le sucedía a su vieja. Luego él no la llamó más, ignorábamos los motivos de aquel repentino distanciamiento. El silencio de mi abuela gritaba mil cosas, ya todos la conocíamos.           Todos sabíamos que mi abuelo se había marchado presuroso a nuevos horizontes lejanos y desconocidos, en pos un mejor porvenir para nosotros; sabiendo que mi enfermedad no daba treguas y necesitábamos los recursos necesarios para enfrentarla. Aún así, mi vieja sentía que algo no estaba bien. Habían transcurrido varios días sin que se tuvieran noticias de él, ya sabíamos que aquella extraña actitud no era en vano; tenía su explicación. Algo le había pasado a mi viejito, por lo que el miedo se apoderó de aquel par de mujeres, ya que temieron lo peor. No decían nada, pero con sus largos silencios y sus eternas noches de desvelos las palabras salían sobrando.           Existía de ese modo, una macabra triada en mi familia, la leucemia, la separación de nuestro núcleo familiar y el distanciamiento de mi abuelito; vagando en tierras lejanas a una edad no apropiada para ello. Mi enfermedad que ya de por sí, tras ser diagnosticada, había significado un desmedro en una relación medianamente feliz, (digo esto porque, en medio de un mar de carencias, no se puede ser completamente dichoso) fue el poderoso detonante que conllevó a mi viejo a tomar tan drástica decisión. Desde un principio mi madre comprendió, que al no contar con suficientes recursos, tenía que partirse el lomo, como se dice coloquialmente, para lograr subsistir. Tenía ella que dar la cara ante las tempestades y tratar, aunque se nos fuese la vida en ello, de salir adelante; sanos, unidos y felices. Pero por más que trabajaba y trabajaba, lo que ganaba no alcanzaba siquiera para alimentarnos medianamente bien; por ello tuvo mi abuelito prácticamente que inmolarse.           Entonces se presentó una gran tragedia en una familia que solo había querido ser precisamente eso, una familia. Aquella enfermedad me había jugado una mala pasada, por lo que todo aquel sueño se desbarató para nunca más convertirse en una realidad; nuestra querida y soñada realidad de ser felices, unidos como Dios siempre lo ha querido. En ese momento, cuando mi abuela era poseída por una de sus premoniciones que nunca se equivocaban y a las que todos les temían, nos sentíamos acechados como presas sin defensa, por una tragedia que se acercaba lenta pero segura. Sabíamos que mi abuelito estaba en problemas. En realidad lo estaba. El pobre, enfermo y cansado como estaba, había sido tocado de manera cruel, por el infortunio malvado que nunca quiso que nuestra familia fuera feliz.           Una mala hora no tardó en aparecerse en la vida de mi abuelo. Una mañana mi viejo amaneció empapado de una despampanante cefalea y unas palpitaciones sin precedentes, consecuencias del exagerado trajinar al cual fue empujado como a millones de coterráneos; víctimas del desespero y de las vicisitudes de las necesidades apremiantes. En mi país nunca se había escenificado una diáspora de tal magnitud, ni en las detestables épocas de crueles dictaduras. En casa faltaba de todo, hasta lo más básico. Cuando mi abuela decidió vender los muebles, aquella solución tan salvadora como efímera, empujó a mi abuelito a buscar, desesperado, lo necesario para salvar mi vida y dar de comer a su familia. Mi viejo no lo pudo resistir.           Él se había preparado como soldador en la industria petrolera y trabajó durante muchos años allí, hasta que un desgraciado accidente laboral, lo obligó a separarse de la gran pasión que fue su trabajo. Y por necesidad apremiante se vio obligado en otras tierras, a llevar a cabo trabajos que sobrepasaban los límites de su resistencia física, los cuales nunca había realizado. En un principio cuidaba los vehículos en el estacionamiento de un automercado, por lo que la gente le colaboraba con algunas monedas. Pero en vista que pasaban los días y no logaba reunir el dinero suficiente para efectuar la consabida remesa, optó por buscar otro trabajo más rentable.           Vagó de poblado en poblado tratando de encontrar un empleo digno y adaptado a su edad y fuerza, más, las respuestas xenofóbicas eran las mismas, nadie quería toparse con un ciudadano de mi país. Había crecido una mala reputación en los distintos países hasta donde la gran migración de connacionales había llegado. Hasta que por fin, al plantear su situación a un alma generosa, le fue tendida una mano. Fue así que no tuvo otra alternativa más que dedicarse al duro oficio de la construcción, siendo obrero en una gran obra. Su desacostumbrado organismo cedió finalmente y una enfermedad vascular cerebral se apoderó de su vida para incapacitarlo en aquellas tierras lejanas y lo peor; estando solo, sin su Mervin de toda la vida, su gran y único amor. Sin su Mercedes y sin su Jorge.           Cuando un caballero que alguna vez lo había conocido y que casualmente pasaba por allí, se percató de lo ocurrido, avisó a las autoridades. De esa forma hubo llegado una ayuda pagada por un ser generoso. Sin lograr identificarlo, fue atendido gracias a aquella noble acción. Pienso, con sobrada nostalgia, rememorando desde este sitio mi recuerdo, que las cosas no debieron llegar a ese extremo. Mi abuelito no mereció eso. Él fue un enorme bastión, sagrado por demás, a quien debió habérsele erigido un monumento; en lugar de una cama para discapacitados. Pero él no estaba precisamente en su patria, no permanecía acompañado de su vieja, además de que no estaba joven.           Había sucumbido ante las exigencias, la soledad, el hambre y la no medicación. En su afán de querer ayudar en el tratamiento de mi patología, mi viejo se olvidó de su salud; de su propia vida. Fue envuelto por los malditos abrazos de su sempiterna hipertensión arterial, para desarticular su vida y enviarla, de manera decidida y sin clemencia alguna, a los predios de una incapacidad macabra en suelos lejanos. Un alma piadosa gestionó un traslado, creyendo que aún había tiempo y que algo se podía hacer para salvar una vida.           Fue internado en un hospital capitalino, pero en virtud de que no había posibilidad alguna de que sus familiares pudiesen trasladarse y menos aún, quedarse a atenderlo como es debido, es decir, atenderlo con una dedicación acuciosa tal como él lo requería; fue necesario referirlo a un hospital de la localidad. Allí, en medio de una gran escasez de todo, mi abuelita se convirtió en su sombra, mientras que mi mami se convertía en la mía. En ese entonces yo resultaba ingresado una vez más en el hospital de siempre, debido a una nueva agresión febril, producto de un proceso infeccioso; como siempre. No me enteraba en lo absoluto de lo que sucedía a mí alrededor con mi familia. Un niño de siete años pocas veces se preocupa por aquello que desconoce y yo, enfrascado como estaba en mis propios sufrimientos, no sabía nada de nada de mi propio abuelo; quien agonizaba con medio cuerpo muerto, en una cama de hospital.           Mis abuelos se habían conocido en medio de una fiesta, que la muchachera de mi bisabuela Nona le hubieron regalado precisamente a ella para su cumpleaños. Obdulio, el mayor de mis tíos, los presentó, él y mi abuelo eran amigos desde niños; por lo que fue invitado al cumpleaños de la matrona, junto a varios amigos más. Cuando conoció a mi abuela, mi viejo quedó impactado con su belleza, según contaba siempre con sobrado orgullo. En una ocasión, también mi abuelita había contado parte de la historia de su vida amorosa. Ella en un primer momento se tornó arisca, cuando mi abuelo le tomó la mano al momento de ser presentados y se demoró más de la cuenta en soltársela. Era la primera vez que un hombre que no fuese uno de sus hermanos, la tocaba de esa manera. Olvidaba ella que era dueña de una belleza sin par, que tenía ya más de veinte años y que alguna vez en la vida, las personas ya buscan tener una vida y una familia propia.           Un año después se casaron y luego, un año después, nació mi mami. Parecía que estaba cronometrado un tiempo que forjaría una familia bella. La separación necesaria llegó de manos de una exigencia laboral. Mi abuelo se marchó a una ciudad algo alejada, atraído por la fiebre laboral derivada de la exploración y la explotación petrolera. Aun así, el tiempo libre de mi abuelo él trataba de compartirlo a su manera. Mi adorado viejo lo dio todo por su familia y aun mucho más. Lo malo era que no demostraba sus sentimientos, sino que pensaba erróneamente, que el llegar con las manos llenas de lo que fuera, resultaba más que suficiente. En la mayoría de las ocasiones, dejaba a un lado el lado paternal que necesitaba mi madre, en ese entonces una bella niña de no más de dos años. Era pues mi abuelito, un padre desde lejos. Desaprovechaba el poco tiempo libre que cada quince días obtenía, entregándose de lleno a sus amigotes. Ese siempre fue su error, aunque paradójicamente fue un excelente padre; responsable por demás. En casa no faltaba nada material, lo que mi abuelita y Mercedes necesitaban, de manera oportuna mi viejo lo proveía. De eso siempre se habló en esa casa, de la enorme capacidad del viejo roble de darlo todo por su familia.           De esa manera, transcurrió el tiempo y prematuramente, debido a un desafortunado accidente laboral que mi abuelo sufrió y que le ocasionó varias fracturas, amen de una inoportuna artrosis en su rodilla izquierda; quedó fuera de la refinería más grande del mundo para esa época. Un año después de que mi viejo quedara incapacitado, a mi abuelita le dieron su merecida jubilación en la administración pública, pues laboró durante más de veinticinco años como docente. A partir de allí, el estar ociosos, ambos se entregaron a una vida algo placentera, junto a su única hija. Entre los ingresos que percibían ambos vivían a sus anchas. Compraron un pequeño automóvil que luego cambiarían por uno más grande y algo más moderno. Le hicieron ciertos arreglos a la casita y cada cierto tiempo viajaban a visitar a sus familiares.           Mi abuelo nunca conoció a sus padres. Tenía dos hermanos, pero rara vez se visitaban, ya que todos habían sido criados de manera separada, por lo que nunca existió el lazo sagrado de la hermandad. En una oportunidad conoció a una sobrina, Alida, hija de Felipe; fue una enorme casualidad que se conocieran. Frecuentemente la visitaba, hasta que el tiempo los alejó por cuestiones de ocupaciones y obligaciones personalísimas. Mi abuelito nunca hablaba de su pasado. Siempre se le notó una sempiterna nostalgia en ese sentido. Supongo que, según lo único que decía de sus padres cuando se le inquiría por curiosidad, era que pocos meses luego de su nacimiento, ambos habían perecido trágicamente producto de una aterradora venganza por un pleito familiar que de tan viejo; ya nadie sabía el origen de ese endemoniado pleito, ni cuál había sido su final, si fue que alguna vez lo tuvo.           Con el paso del tiempo, y al comenzar la enorme depresión económica que hizo que todo cambiara, las necesidades se fueron haciendo cada vez más difíciles de satisfacer. Ya Mercedes tenía la edad suficiente para ayudar con los gastos del hogar, y en lugar de continuar sus estudios a nivel superior, se dedicó a trabajar en un supermercado para coadyuvar con dichas exigencias. En la casa poco se hablaba, cada uno se dedicaba a lo suyo. Mis abuelos se toleraban muy poco, siempre estaban sumidos una discusión y todo aquel bochornoso espectáculo era percibido por su hija, quien prefería permanecer encerrada en su pequeña alcoba, donde se refugiaba el poco tiempo libre; para soslayar aquel atropello que sentía que sus padres se profesaban a diario.           Nunca compartía con alguien más allá de los muros de una casa, ya que  desde siempre le habían prohibido salir a jugar con otros niños. En la soledad de su recamara, prácticamente transcurrió su infancia. Luego de mi nacimiento y de nuestra integración como una verdadera familia, tras dejar atrás los resentimientos de otrora, todo cambió para bien. Mis abuelitos se habían percatado del enorme error cometido y enmendaron oportunamente el camino desviado. Desde ese entonces, mi abuelito fue otro hombre.           Fue más dulce en su trato con mi abuela y con mi madre, conmigo ni que decir, demostraba cada día el gran amor que sentía; lo orgulloso que estaba de su único nieto. Hasta se había marchado a trabajar a otro país, a su edad y estando afectado de una severa enfermedad cardiovascular. Mi viejo se dedicó a trabajar más de dieciocho horas al día, realizando todo tipo de actividades lícitas, lo que fuere que le pidieran que hiciera a cambio de alguna paga, que en ocasiones resultaba ser paupérrima. De esa manea, casi todo el dinero que ganaba, que no era mucho, se lo enviaba a mi madre para medio cubrir los gastos que mi enfermedad ocasionaba.           Se olvidó de sí mismo mi viejo. No comía bien y dormía poco. Y en cuanto a los medicamentos que necesitaba a diario para mantener su tensión arterial en la normalidad, ni el nombre recordaba. Ahora estaba allí, tendido en una cama con un colchón vencido desde hacía rato, medio muerto y con la mano de mi abuela permanentemente asida a la suya. Era deprimente aquel cuadro desgarrador que se repetía en muchas ocasiones; todos aquellos enfermos eran prácticamente arrojados a una muerte segura, ya el desabastecimiento de insumos hospitalarios cada día era más acentuado. Fueron muchas las muertes que se pudieron haber evitado, entre ellas la de mi adorado abuelo a quien amaré eternamente.           Mi abuelito Raúl era un hombre de belleza exquisita y de porte imponente. Aún era un hombre joven que podía continuar dando mucho de sí, aunque en ese momento parecía que cargaba a cuesta todos los años del mundo. No era tan viejo como la necesidad, el hambre, los pesares y la enfermedad lo hacían ver. Era bello mi viejito, muy bello. Su cara era enmarcada en un noble gesto de hermosura y su mostacho, finamente trabajado, lo asemejaba con notable perfección, a un icónico galán de la época de oro del cine mexicano que cantó y actuó deliciosamente.           Mi viejo, las pocas veces que libaba licor, cantaba aquellas canciones inmortales que su ídolo llevó con maestría divina a la palestra de la popularidad. Lo hacía de una forma proverbial, con sobrada afinación y con tan impecable modulación, que parecía que verdaderamente se estaba frente a un tocadiscos o algo semejante; aunque a mi abuelita le ofuscaba cuando él cantaba. A mi me parecía el canto de un artista, pero a mi vieja, como casi todo lo que él hacía, le molestaba en demasía. Particular forma de amar, digo ahora desde mi sitio celestial. A pesar de aquella tan particular forma de tratarse, ellos se adoraban y hasta se extrañaban cuando no estaban juntos. Fue por esa razón, que la lejanía obligada de mi abuelito había hecho estragos en la vida de mi vieja.           Mi abuelito llegó a hacer una serie de trabajos que nunca imaginó que iba a realizar. No se alimentaba adecuadamente y dormía poco, amén de que había dejado a un lado la sagrada costumbre que le había inculcado su mujer, tomarse religiosamente sus medicamentos con los cuales mantenía a raya aquella obstinada hipertensión arterial que bastantes preocupaciones hubo causado. Todo ello, persiguiendo un sueño casi que imposible, mediante el cual quería ayudar en el sostenimiento de la familia, pero por sobre todo, en los gastos de mi tratamiento. De todas aquellas necesidades se valieron quienes inclementes, explotaban a un pueblo que había salido huyendo de un gobierno malsano.          Mi querido viejo recibió aquella nefasta mañana con un malestar insondable; le dolía exageradamente la cabeza y era arropado de manera inmisericorde por una debilidad generalizada. En el cuchitril que ocupaba, un sitio definitivamente alejado de lo que un ser humano como mínimo se merece, pasó la noche colmado de un presentimiento muy oscuro. Estaba totalmente mareado y le era difícil mantener la poca calma que necesitaba. Su cuerpo temblaba en demasía y, a pesar de que la temperatura resultaba muy baja, sentía una exagerada calentura que no se explicaba. Estaba demasiado cansado ya. No de tanto trabajar que resultaba obvio. Estaba cansado de todo, de tanto peregrinar en solitario, tratando de hacer algo que verdaderamente él considerara un trabajo digno; pero no, no era precisamente eso lo que vivenciaba a diario. Desde la llegada del alba, sin tomar un sorbo de café o de lo que fuere, se disponía a realizar las faenas más difíciles. Nunca había hecho nada tan rudo, por lo que los resultados nunca eran aprobados y en la mayoría de las veces, lo dejaban con un palmo de narices y llegaba, sin una moneda siquiera, a su cuartucho; con la barriga vacía y la moral por el piso.           Estaba mi viejo cansado de la vida aquella que estaba llevando. Solo la meta que se había trazado y que no era otra que lograr que se cumpliera a cabalidad mi tratamiento; le impulsaban a seguir ese camino tan difícil. Era tal el amor que ese señor maravilloso sintió por mí, que lo mantuvo en pie hasta que desafortunadamente su minado organismo cedió. Aquella infausta mañana, tan pronto la albura comenzaba a denotarse, quiso ponerse de pie y ganarle un poco más de tiempo al tiempo, como todos esos días lo había hecho. Trastabilló de manera exagerada, pero de milagro pudo mantener un equilibrio casi ausente. Se quedó quieto y lentamente pudo sentarse en un borde de aquel camastro exageradamente incómodo.           El día anterior lo hubo pasado de sol a sol, afanado en el desmalezamiento de una enorme cantidad de terreno que iba a ser sembrado de algo que él nunca supo que era, ni se interesó en saber. Las manos casi le sangraban, ya que no las protegía con nada del roce que procuraba el duro agarradero de un machete sin filo. Sin descansar un instante siquiera, se dirigió por una larga y peligrosa avenida, tras una caminata agotadora, hasta el estacionamiento de un gimnasio donde, pretenciosos y petulantes, un gran número de muchachos adinerados, aparcaban sus lujosos vehículos mientras en el local, moldeaban sus cuerpos al son de los ejercicios y de los esteroides.           Hasta muy tarde lavaba un gran número de aquellos carros de modelos fascinantes y alto costo por unas pocas monedas que, como si se tratara de limosnas, aquellos despreciables jóvenes, la mayoría de las veces se las arrojaban desde una distancia prudente como con asco, ataviados en una inocultable xenofobia. Y no era con él únicamente aquel odioso sentimiento de desprecio, lo era hacia la enorme masa de desplazados que en bandadas se apersonaron al vecino país tratando de lograr, a fuerza de pisotear la dignidad inclusive, una mejor calidad de vida, no tanto para sí, sino para todas las familias que se tuvieron que quedar sufriendo los rigurosos embates de la falta de todo, en un país acabado por el socialismo. Muchos de los que se marcharon en busca de una mejor vida, sabían que no les iba a ser fácil lograr ese ansiado propósito, porque la cuota de sacrificio sería muy alta. Pero sus hijos, esposas, esposos, padres o lo que fueren; esperanzados eran de que, con el dinero que recibieran, podrían aplacar el hambre que no sabía de esperas.           Por ello le había resultado una utopía conciliar siquiera unos pocos minutos de sueño. Todo lo contrario, resultaron pocas las horas que permaneció en aquel detestable cuartucho de la pensión de mala muerte que era lo único que podía pagar, postrado sobre un camastro que lo menos que ofrecía era comodidad, inhalando un olor nauseabundo por doquier y pisoteado constantemente por una multitud de roedores que corrían sin cesar en todas direcciones. Nunca nadie podría lograr un sueño reparador en esas condiciones. Era por ello que, tan pronto observó el leve resplandor que denunciaba la llegada del nuevo día, quiso salir cuanto antes de ese sitio al que odiaba ya, y en el que necesariamente tenía que acudir, por lo menos a refugiarse de los malsanos delincuentes que pululaban en todo aquel andurrial, muchos de ellos, connacionales inescrupulosos que desangraban a los que menos tenían.           Era día sábado, durante aquella madrugada que le pareció eterna, mi viejo escuchaba los insistentes barullos que los parranderos proferían, colmados de insolencias hasta lo inimaginable. Risas exageradas de mujeres atiborraban aquella atmosfera, mientras las palabrotas de los hombres provocaban nauseas a quien se dignara de ser medianamente decente. Lo más probable era que esa gente estuviese consumiendo sustancias prohibidas, ya que no paraban los hombres de proferir gritos y más gritos colmados de impudicias y las mujeres de reír y reír sin parar. Se escuchaban los sonidos de botellas vacías que se quebraban al ser estrelladas contra lo que fuere. Mi viejo cada mañana tenía que caminar sumamente despacio, tratando de sortear aquel reguero de vidrios rotos que siempre quedaban como resultado de las farras callejeras de aquellos delincuentes.           Permaneció sentado en el borde del camastro por unos largos minutos, hasta que sintió que el mareo le había pasado un poco. La debilidad era enorme, aun asi, apoyándose en las paredes ásperas de aquel sitio, pudo ganar la salida. La tosca puerta se cerró definitivamente para él. En la espalda, guardado en un pequeño morral, llevaba todo su equipaje, que no era más que unas desgastadas ropas y una botella contentiva de agua. Varios tipos atestados de modorra, permanecían tumbados en las aceras, obstruyendo el libre paso de los pocos transeúntes que se disponían a dar inicio a sus actividades cotidianas. Mi viejo caminó solo unos cuantos pasos, no pudo más. Obnubilado como estaba, se sentó en una acera tratando de recobrar unas fuerzas que nunca iban a llegar. Creyéndolo uno más de aquellos menesterosos ebrios que pernoctaban por doquier, nadie le procuraba el auxilio que con premura necesitaba, hasta que un piadoso coterráneo con el que había cruzado algunas palabras en una ocasión, lo reconoció e imaginó que estaba tal vez enfermo.           Lo ayudó a incorporarse, pero al hacerlo, los pasos de mi viejo vacilaron nuevamente. Quiso hablar para explicar lo que estaba sintiendo y su lengua trabada no pudo lograr el cometido. Sus piernas flaquearon y sin contemplación alguna, aquel cuerpo flagelado por los constantes pesares que su familia nunca imaginó que viviría, fue a dar contra el frio asfalto. El piadoso hombre que trataba de ayudarlo, lo cargó como se carga un fajo de heno debido a su escaso peso y lo llevó así, hacia un centro asistencial donde trataron de hacer algo por él.        Luego de unas cuantas pinchadas y, en vista de que eran muy evidentes los signos de una enorme desavenencia en una salud quebradiza, fue referido a un hospital desde donde, gracias a un alma piadosa que se encargó de sufragar un gasto hasta el lugar donde un avión militar permanecía supuestamente transportando a connacionales arrepentidos de haberse ido de su país, en lo que denominaron operación “Regreso al Terruño” y en él; resultó trasladado a su patria. Desde el aeropuerto fue llevado sin más ni más hasta el primer hospital que se les ocurrió. Una ambulancia que de manera casual pernoctaba cerca de la terminal aérea, fue requerida para tal finalidad y, casi a regañadientes, el chofer accedió a trasladar al enfermo agonizante. El viaje hasta la capital no duró más de media hora y lo acogieron en un hospital que estaba abarrotado de pacientes y carente de los más elementales insumos que se pudieran imaginar.            Fue colocado en una pequeña camilla que se ubicaba en un olvidado pasillo, donde permanecían un sinnúmero de seres humanos abandonados a su suerte, emitiendo casi todos; gritos de dolor o de impotencia. Nadie pasaba por allí, era prácticamente un depósito de seres desventurados y sin familia, aguardando como en una especie de antesala hacia la muerte. Y en efecto, constantemente eran apagados algunos de esos lamentos por la llegada de la “pelona” y era de esa manera desocupada una camilla al retirar el c*****r y casi al instante, sin que alguien por caridad le pasara un trapo aunque fuese con agua para tratar de limpiarla; un nuevo enfermo ocupaba aquel espacio espeluznante. La morgue de aquel nosocomio estaba atestada de cuerpos de seres humanos desafortunados caídos en los brazos de las enfermedades en el peor de los momentos de mi país.           De cuando en cuando, algunas personas piadosas retrataban a aquellos pacientes y sus fotos eran colocadas en los predios de las r************* , con la finalidad de que algún familiar supiese que se encontraban en ese sitio. En ocasiones ese actuar surtía el efecto deseado y se apersonaban algunas personas, quienes ignoraban que un ser querido estaba en esas condiciones de abandono. Lastimosamente muchos llegaban solamente a retirar un c*****r o llevarse a un ser medio muerto para que pasara a mejor vida en casa. En una de esas oportunidades, mi tío Mengue supo de la estadía de mi abuelo en aquella urbe cosmopolita. En un abrir y cerrar de ojos, se comunicó con mi abuela y ella, llena de un pesar indescriptible, le rogó literalmente que fuera por él. En realidad fue un ruego innecesario, ya que el aprecio que todos sentían por mi viejo era inmenso. La noticia se regó como pólvora.           El tío Obdulio y dos de sus hijos se apersonaron también en la capital, donde ya mi tío Juan Bautista estaba haciendo las gestiones necesarias para el traslado. No se pudo lograr que una ambulancia de la red pública lo transportara a nuestra ciudad, sencillamente porque la mayoría de las unidades estaban fuera de servicio y las pocas que se mantenían funcionando, lo hacían medianamente, debido a que los cauchos parecían glúteos de recién nacido o les faltaba algo para poder realizar un buen trabajo. No quedó otra alternativa más que trasladarlo en el vehículo particular de mi tío lo que no resultó tarea fácil.           Un viaje tan largo en esas condiciones de salud y a través de una carretera tan maltrecha, era contraproducente; pero no había otra salida. Las finanzas de esos hombres no estaban muy buenas que se dijese, y costear una ambulancia privada era más que un atrevimiento; un sueño de pocos. Casi un día completo duró la odisea. Las constantes paradas que debieron realizar para acomodar la posición de mi abuelo que no dejaba de quejarse, propiciaron aquel retardo. Ya casi de noche llegaron al hospital, donde horas después y tras un intenso llenar de los mil formularios que componían a historia clínica, fue albergado en una habitación llena de enfermos y de cucarachas; no sin antes solicitar una larga lista de medicamentos e insumos medicoquirúrgicos.       
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