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4830 Words
Tal vez hubiese llegado muchos años antes a este bendito sitio donde me encuentro, de no haber sido por nuestro amigo Jesús.           Entre chistes y las ocurrencias del doctor, es decir, de Edward, transcurrió la visita. Nos divertimos mucho. Ya habíamos acordado entre él y yo, una tarde de juegos al día siguiente. No sabía lo que me esperaba, ya que era mi amigo, un experimentado jugador de videojuegos desde que era apenas un “pelado”, como dicen en un país vecino. Justo antes de partir, luego de una larga despedida, como la de los novios, Jesús le comunicó a mi madre, cambiando notablemente su sonrisa por una mueca de absoluta seriedad; que hacía dos días que Andrés había fallecido. Mercedes se entristeció notablemente. Cada vez que presenciaba o que era informada del fallecimiento de algún paciente con leucemia o cualquier otro tipo de cáncer, ella entristecía en demasía.           Lloró por aquel niño, por todos quienes padecían de aquel terrible mal y sus destinos eran inciertos, pero también lo hizo porque en el fondo de su raciocinio, de su inequívoco sentido común; sabía que era ese el final del camino, en un sitio que negaba precisamente el sagrado continuar en un camino, a la gente pobre como lo éramos nosotros y como lo era gran parte de los habitantes de mi hermoso país. El ser pobre en aquella noble patria era una condena de muerte, y aún hoy en día lo es.           Andrés tuvo la mala fortuna de ser arropado, estando en brazos ya de tan terrible enfermedad; de esa grave complicación, espeluznante, fulminante. Fueron varios agentes patógenos los que se encargaron de despacharlo sin contemplaciones. Destruyeron gran parte de sus partes nobles y aún más allá; prácticamente devoraron las regiones perianal, perineal, genital y abdominal. No en vano, según las acuciosas lecturas realizadas por mi madre, en una época reciente se le denominó a esa desastrosa enfermedad: “Síndrome de las bacterias devoradoras de carne”. El sólo hecho de no recibir los antibióticos requeridos, favoreció el crecimiento desmedido de aquellos perjudiciales seres microscópicos. Por ello, se marchó tan prematuramente, a los brazos del señor; luego de haber estado a solo un paso de su triunfo sobre la enfermedad.           Cuando el facultativo encargado del caso de Andrés habló con los padres del niño,  les informó que se estaban enfrentando a un monstruo de mil cabezas, a algo demasiado complejo. El galeno fue muy enfático cuando aseveró que a menos que el paciente recibiera un tratamiento agresivo, era probable la presentación de una grave complicación denominada sepsis, que con toda la larga lista de problemas producidos por su enfermedad de base, le podría causar la muerte. Fue una horrible pesadilla la que vivió esa pobre gente, cuando no pudieron comprar la terapia medicamentosa de Andrés. Y así fue, una muestra más de la violación del derecho a la vida que se producía en lo que una vez fue un país rico. La impotencia y la rabia se apoderaron de aquellos padres, que vieron cómo se apagaba una llama, cómo su hijo se despedía de la vida sin que ellos pudieran hacer nada por evitarlo.           Nuestro amigo le contó terriblemente afectado a mi madre, que Andrés se había apartado de todo mucho antes de su muerte, se había enclaustrado en un mutismo decepcionante; tal vez se cansó de tanto sufrir o posiblemente presagiaba su destino. Antes de morir físicamente, ya se había despedido de este mundo. El hecho de haber saboreado el sueño de ser libre en un futuro cercano y a su vez, sentir que de un día para otro la vida le había asestado un duro golpe; le habían llevado directo a una enorme depresión, que definitivamente terminó por desconectarlo de la realidad.           Tal vez fue lo mejor, pienso hoy desde el cielo y que el Todopoderoso perdone mi blasfemia; pero con mucho dolor y con la venia suya, declaro que es mejor volverse loco y morir rápidamente; antes que sufrir de esa manera. ¡Perdóname Dios mío, perdóname! Supo Andrés, que la tristeza de sus padres no era por otra cosa que por la imposibilidad de obtener lo apremiante. Ello lo orientó a pensar y esperar su condena de muerte. Es de imaginarse el horrible pesar y el enorme complejo de culpa que invadió a esos padres.           Había llegado la hora de marcharse. Edward Alberto me tomó entre sus brazos elevándome por los aires, regalándome un juego muy divertido; un balanceo insistente, lo que me ocasionó mucha risa, ya que nunca alguien me había hecho eso. En aquel momento sentí que, de tanto estar de hospital en hospital, no había tenido tiempo de ser niño y, como tal, disfrutar de mi niñez como todo chiquillo lo desea. En verdad que no había, hasta ese momento, reparado de que la leucemia me había secuestrado mi inocencia, me había alejado de la felicidad; que había estado atrapado en las penas y los sufrimientos. Sentí que era la primera vez, de manos de un joven abogado, hijo de unos seres angelicales y piadosos; que me sentía vivo, me sentía el niño que siempre quise ser, el que Dios destinó para ello; pero que las circunstancias aciagas de una terrible realidad, hubo apartado definitivamente de un camino.             Cuando nuestros amigos se marcharon, pude ver que Edward Alberto miraba sin cesar hacia el camino dejado atrás. Él me miraba desde la distancia, como no queriendo alejarse de mi lado. Sentí en el fondo de mi corazón que él lloraba. Sentí, en aquel novel jurista, un amor crecido por mí. No sé por qué pude percibir eso; pero el amor todo lo puede, ya que es lo más bello que nuestro Dios ha vertido a la humanidad. Edward había heredado de sus padres el amor a los niños, en especial, a los más desprotegidos, a los más vulnerables atrapados en los brazos del infortunio, tal como lo era yo. Supuse que él había percibido mi padecer, mi sufrir, mis penas.           Detectaba mi amigo, que necesitaba una compañía bendita. Decidió entonces ser mi compañía, mi hermano mayor; ser como mi padre, ser todo eso a la vez. Al no tener un hermano, vio en mí, una compañía bendita; la que toda la vida le hubo hecho falta. Pero en virtud de que Dios siempre nos da muestra de su amor, desde ese momento Edward y yo nos convertimos en dos amigos inseparables. Y lo demostró por siempre, sobre todo tiempo después, cuando tuvieron que separarlo a la fuerza de mi ataúd, antes de que este fuese depositado en la fría tierra de mi tumba.           Aquella terrible tarde que él nunca habrá de olvidar, se derrumbó mi querido amigo. Gritaba mi nombre tan fuerte, que debió escucharse en la lejanía. Lloró desaforado con una enorme impotencia a cuesta, como si en realidad hubiese muerto un hermano suyo; en realidad lo era. En eso nos habíamos convertido, en hermanos y como tal, llegamos a amarnos. Hoy en día le pido a mi padre eterno, mil bendiciones para él y para sus padres. También deseo una vida próspera tanto personal, familiar como profesional;  para mí hermano mayor, Edward Alberto.           Cuando el auto se perdió en la distancia, me quedé inmóvil. Mercedes tuvo que llevarme entre sus brazos hasta el interior de la casa. Era pues, invadido de un llanto que no cesaba. Mi madre estaba confundida, no sabía a ciencia cierta el por qué de aquel mar de lágrimas. Ignoraba mi mami, que si lloraba no era esta vez de dolor. Mi llanto era el resultado de una mezcla bendita de admiración, de ternura y de impotencia. De admiración por una bella familia, una familia que era adornada por un lazo infranqueable de romper; un lazo llamado amor.          De ternura, debido a que con sus juegos, sus caricias y sus atenciones; Edward me había demostrado que yo era importante, no solo para mi familia, sino para quienes me conocían. Era yo Jorge, el niño enfermo, el niño que, a pesar de tener leucemia, resultaba muy importante; porque sencillamente era un niño. Me hizo saber que valía la pena el esfuerzo de tratar de encontrar un camino, que pudiese estar perdido en la desesperanza. Me inculcó Edward, el enorme valor de la amistad, de una mano poderosa a nuestro alrededor. Me demostró que, mientras hay vida, las esperanzas nunca estarán demás.           De impotencia, porque desde aquella tarde, cuando una triste despedida nos hizo llorar, quisimos estar juntos para siempre. Y la impotencia nacía, porque ese deseo no podría ser materializado de manera efectiva, dadas las circunstancias. Y esas circunstancias no eran otras, que las continuas hospitalizaciones de las que fui objeto. También lo eran los atroces días que se convertían en eternidades en el hospital. No podía gozar como hubiese querido, de la compañía de Edward. Mi mami o mi abuelita no me dejaban solo, pero era mi amigo, mi hermano; quien me hacía sentir que valía la pena ser un niño. Contra viento y marea, mi amigo nunca se alejó de mí. Cuando entré en la casa, pude controlar un poquito mi llanto, mi desespero nunca sentido por la ausencia de un amigo. A mi amigo le pasó algo semejante. Aquella noche, al llegar a su casa, Edward se adentró a su habitación si probar alimentos. Se encerró a llorar por mí.           Al día siguiente, aproximadamente a las cuatro de la tarde, Edward llegó a mi casa en solitario. Al bajarse de su lindo vehículo, vestido de manea casual y cubierto de una excelente fragancia; tocó a nuestra puerta. Desde allí comenzó nuestra entrega, como los hermanos que siempre supimos ser, incluso en este momento; ya que desde el cielo lo percibo de ese modo. Mi madre lo recibió y enormemente extrañada, lo hizo pasar y, con mucha cortesía, le invitó a sentarse mientras que, ofuscada, trataba de ofrecer algo que pudiera agradarle al joven que la había puesto muy nerviosa con esa visita intempestiva; hasta ese instante se enteró de que lo habíamos planificado de ese modo el día anterior.           Pero mi madre entendió todo aquello cuando Edward, sin más ni más, preguntó por mí. Le comunicó a Mercedes que el motivo de su visita se daba tras el acuerdo realizado. De un pequeño bolso que llevaba en sus manos, sacó una serie de implementos con los que se disponía a iniciar conmigo, tras el visto bueno de Mercedes, un mundo de entretenimiento de manos de la diversión, de la mágica ventura del juego. Descubría así mi amigo, que era eso precisamente lo que yo necesitaba, en medio de la gran embestida de mi enfermedad, para tratar de dejar de pensar en aquella poderosa tragedia que bastante daño me había hecho; lo hacía y estaba ya muy seguro de que lo iba a continuar haciendo.           Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, me sentí verdaderamente vivo; me atrevo a decirlo en este momento, sin temor a sentirme mal. Muchas veces he reflexionado en el hecho de que, siendo aún muy pequeño, se dio inicio a la enorme estela de sinsabores que opacaron mi existencia para siempre y no le encuentro justificación alguna más que el poder de algún designio. Y cuando digo para siempre, hago referencia al hecho de que, a pesar de que me encuentro en este plano alejado de lo físico, percibo lo agreste que fue mi corto paso por la vida y eso aún me hace sufrir. No fui más que un ser mortal y como tal, dependía de que a mí alrededor existiera la posibilidad de escalar paso a paso, tratando de llegar a una cima, y fue precisamente cuando apenas comenzaba mi escalada, cuando me fue negado el derecho de vivir. Fue el infortunio que vertió su amargo designio, para de ese modo, cercenar el sagrado propósito de Dios.           Cuando salí de la habitación, acudiendo al solícito llamado de mi mami, visualicé a Edward quien ya se había puesto de pie para recibirme. Instintivamente corrí hacia él y nos fundimos en aquel fraternal abrazo que siempre he de recordar. Nos abrazamos como si de dos viejos amigos se tratase. Era un contraste hermoso, ya que él tenía veintisiete años y yo solamente siete. Haciendo gala de sus músculos eficazmente trabajados, me levantó con sobrado regocijo. Sentí un leve mareo y él, al notar mi malestar pasajero, me colocó nuevamente en el piso. Nos reímos de lo lindo cuando, al tratar de dar un paso, trastabillé como un beodo. Cuando regresó la calma, se sentó nuevamente, me colocó sobre su pierna y me habló al oído. Me comunicó, creo que más contento que yo, que tenía una encantadora sorpresa para mí. Luego de lo cual, solicitó de mi madre la aprobación para poder jugar todo el resto de la tarde y parte de la noche conmigo. Mi mami aceptó más que encantada. Un abogado en casa significaba todo un halago, pensó mi madre y eso le hizo renacer, aunque por un instante, un ego que creía muerto.            Mi amigo lucía un espectacular jean ajustado, el cual le asentaba muy bien; combinaba estilos y colores de manera magistral y su calzado era muy moderno. Yo miraba ingenuo todo aquello, dado a que, portando permanentemente un dolor y una complicación, había dejado de contemplar los detalles encantadores de la vida. Cuando me disponía (por supuesto que antes de conocer a mi amigo), a ver una película; tenía que interrumpir aquel deseo, porque un maldito dolor me hacía enloquecer; porque tenía que tomar algún medicamento o porque, en la mayoría de los casos; se interrumpía abruptamente el fluido eléctrico.           Nunca había escuchado hablar de la palabra moda, pero sí de lo que significaban las palabras leucemia, analgésico y quimioterapia. Pude entender entonces, que si Edward estaba allí, no era precisamente por diplomacia. Él estaba allí por amor. Edward amaba de un niño, la inocencia y si alguien se detiene un instante a pensar lo que significa la palabra inocencia, solo tiene que relacionarla con lo que es la candidez, la pureza, la simplicidad y, sobre todo, la ilusión. Todo ello define a un ser inocente, tal como lo era yo. Por esa razón mi amigo se acercó a la inocencia de mi vida, a las ilusiones y a los sueños que habían sido una relegados por aquella abominable enfermedad.                   Un padecimiento que se empecinaba día a día, en trasladarme irremediablemente a la muerte. Todos lo sabían, incluso él, por eso estaba allí, para procurar hacerme sentir lo que en efecto sentí y lo que hoy, en este plano celestial, aún siento; la infinita alegría de vivir, aunque suene paradójico. Él me devolvió las sonrisas que estaban perdidas en el detestable cieno del sufrimiento, la energía que no quería emerger de un cuerpo cansado, pálido; colmado de moretones y adolorido en extremo. Edward llevó a mí, la alegría de vivir que nunca debe faltar, jamás me cansaré de repetirlo; el regocijo de sentirme vivo, de creer que, aunque todo falle a nuestro alrededor, siempre existe el milagro del amor que todo lo puede.           El joven jurista me regaló un ajuar maravilloso. Nunca me habían regalado algo más que lo obsequiado por las amigas de mi mami al nacer, por ella cada vez que veía un detalle y por mi abuelito en Navidad, cuando, vistiéndose de San Nicolás, se acercaba entre risotadas a mí para alimentar de ese modo mi inocencia pueril. No recuerdo haber sentido algo tan especial como lo sentí aquel día. No era alegría porque él me regalara algo, al fin y al cabo, en el fondo de mi corazón sabía que la vida no me iba a alcanzar para lucirlo o disfrutarlo.           Lo que me hacía feliz era que estaba él allí, en medio de la sala, mostrándome unos pantalones bellos, unas franelas deliciosamente estampadas; unos calzados fabulosos que jamás en mi corta vida, había imaginado siquiera que existían. Todo era para mí, absolutamente todo. Además, un hermoso reloj ocupó desde entonces mi muñeca. Aquel regalo en especial significó mucho para mí, mi madre pudo notarlo al instante ya que nunca quise despojarme de él, ni en mis peores momentos que resultaron ser casi todos. Por esa razón, aquel pequeño detalle está depositado junto a mi cuerpo, en el sitio donde literalmente por fin encontré la tranquilidad.           Me encantó todo lo que el adonis aquel procuró para mí. Mi mami y mi abuela, desde una corta distancia y creyendo que no nos habíamos dado perfecta cuenta de que estaban allí, admiraron lo que el bello joven me había regalado. Dejándolo todo a un lado, corrimos en pos de la habitación, ya que ambos necesitábamos un aparato de televisor para conectarnos al juego. Me dio la impresión de que aparato cobraba vida propia, cuando Edward le hubo anexado el “Play – Station 4”, nunca había visto nada semejante. Cuando él me dijo de qué se trataba, pensé entonces que estaba ante el objeto más lindo del universo.           Cuando un niño medio muerto como yo miraba algo, por más sencillo que pareciese, miraba lo que con ese objeto se quería hacer. Y en ese momento más allá de un juguete, miraba yo al juego; más allá de una caricia, sentía yo la suavidad de unas manos que erigían dicha caricia. En medio de mis dolencias y mis sufrimientos, no sentía yo a quien me amaba; sentía al amor. Era por esa sencilla razón que me dispuse a observar a Edward, mientras conectaba aquel magnífico aparato a mi nuevo televisor. Mientras lo miraba, notaba que él hacía distintas muecas. Resultaba gracioso cuando no podía incrustar un pequeño tornillo en su santo lugar o cuando se le caía de las manos el minúsculo destornillador. Él rabiaba de ira, pero por respeto a mí, pensaba en una sarta de insolencias para no decirlas. Ignoraba Edward que, conservando aún la inteligencia del ángel que alguna vez fui, escuchaba todo lo que él, sin necesidad de hablar, quería decir.           Al cabo de aproximadamente treinta minutos, tras revivir las volátiles rabietas, cualidad que caracterizaron por siempre al tío Rubén y que por los vericuetos de la genética llegaban a él, mi amigo instaló un juego. ¡Dios mío!, qué lindo fue todo aquello. Me sentí más que vivo, me sentí sano; sin una mácula que me hiciera sentir enfermo. Sentí en aquel glorioso instante, cuando se presentaba ante nosotros un milagroso juego de video llamado simplemente MLB2K, que no era más que un juego de beisbol; un enorme deseo de correr sin parar por aquel extenso y bello terreno cubierto de verde grama. Cada cual se ubicó en su puesto y, sin pensarlo dos veces, nos dispusimos a jugar de lo lindo. Nunca había jugado nada semejante, pero siendo al fin y al cabo un niño que había sido un ángel, aprendí rápido.           En aquel bendito instante jugué beisbol por primera y única vez en mi vida, no podía creerlo en verdad. Como iba a poder yo, con tan solo mover un objeto con mis dedos, hacer que unos señores hicieran lo que yo quería. Él me indicó que se trataba de un juego y notando mi desconocimiento en la materia, hizo una pausa educativa y se dedicó ese día en enseñarme a jugar. En ese preciso instante, Edward recibió una llamada telefónica de alguien que reclamaba su presencia, por lo que alcancé a escuchar sin querer; supuse que era su novia o algo parecido. Su respuesta, amable por demás, fue tajante, se disculpó alegando que estaba sumamente ocupado jugando con un “gran amigo”. Continuó conversando por unos minutos, en los cuales se notaba un gesto de incomodidad en su rostro, posiblemente debido a alguna incomprensión por parte de su interlocutor. Al terminar abruptamente la comunicación, me expresó que nadie iba a interrumpir nuestro juego, a no ser que de una emergencia se tratara. Y, verdaderamente, ninguno de los dos éramos médicos para estar atendiendo emergencias.            Me contó luego, que la muchacha de la llamada no le había creído. Por esa razón fue tajante, al determinar que sin confianza ninguna relación valía la pena. Aprendí a jugar casi que de inmediato. Momentos después estábamos Edward Alberto y yo, Jorge Manuel; jugando como si fuésemos jugadores profesionales. Nunca imaginé que de sus manos iba a ser tan feliz. Comprendí entonces lo que en la vida de un niño, un hermano mayor es capaz de hacer. Fue precisamente aquella forma de actuar de Edward, lo que su padre (actuando casi siempre como un hermano mayor, como un amigo, colega y compañero de trabajo), con todo el amor del mundo, le había inculcado desde siempre.           Mi mami y mi abuela escuchaban nuestras voces subidas de tono, con insolencias y todo. Por un momento sentí que el mundo se rendía a mis pies. Aquella tarde mágica no sentí dolor, malestar ni nada; solo percibí que existíamos Edward y yo, con la única determinación de entregarnos a la diversión. Sabía que mi mal no tenía solución, pero por un instante me sentí libre de sus macabros abrazos. Edward obró el milagro. Se trató de un milagro que no exigió aprobación alguna; no existió para santificar a alguien. Era mí milagro, el milagro que hacía renacer una esperanza.            Esa tarde fui feliz de manos de un joven jurista dedicado al derecho penal, que se dedicó hacer de lo poco que me quedaba de vida, una delicia; para ello decidió apartarse en algo de sus quehaceres habituales. Él, como nadie en el mundo, deseó que mi realidad no fuera tal, sino la de un niño sano, feliz; colmado del deseo de vivir, al lado de una familia amorosa y de sus amigos del alma.  Aquel hombre joven había llegado a mi vida por designio de Dios, con la única intención de hacerme sentir vivo, contento; lejos de cualquier tipo de sufrimiento. De hecho, desde ese instante amé hasta a la aguja que me provocaba dolor.           Lo hice, porque pensaba que tras de ello, existía alguien que sufría también por mí. Aprendía entonces algo muy importante, una lección de vida. Si no fuese porque alguien me amaba, ¿Tendría algún valor el amor? Y fue por ello, por las luces encendidas de manera incondicional por Edward, que sentí que valía la pena amar. También por ello, amé hasta los últimos instantes de mi vida, amé a mi mami, a mi papi aunque nunca lo mereció. Amé evidentemente a mis abuelos y a toda aquella gente que fue mi familia bendita. Amé a mi doctora Francelina, a Jesús y a mi Edward. Amé, sentí amor y gracias a la luz que Dios me regaló y que llegó materialmente a mí como aquel joven abogado que me hizo muy feliz; quien fue definitivamente, mi hermano mayor.           Mercedes se sorprendió demasiado en el momento que, sin decirles nada, mi amigo salió de la casa y ya en la puerta; me dijo que regresaría pronto. Ya mi abuela estaba en los brazos de Morfeo, mientras que mi madre permanecía en la sala, ojeando sin leer una vieja revista de modas, aguardando a que nuestra diversión terminara, pues ya era tarde. Yo, mientras tanto, me quedé explorando aquella pequeña fábrica de fantasías. Ella nunca se imaginó nuestros planes de amanecer jugando; no había mucho tiempo para perder. Quise saborear el dulce néctar de lo que podría significar un desvelo sin sufrimientos. Al cabo de una hora aproximadamente, mi hermano regresó. En su haber, unas deliciosas hamburguesas estaban dispuestas a nuestro antojo para el mayor de los deleites. Por supuesto que mi madre aceptó encantada aquel obsequio, pues hacía demasiado tiempo que no degustaba un tentempié de esa categoría.            Edward, definitivamente, fue el artífice de que reapareciera mi fe en la vida. Comí mi enorme hamburguesa y parte de la suya. En verdad eran enormes aquellos emparedados grasientos, pero yo lo disfruté con suma glotonería. Pocas veces me deleitaba con algo como lo hice aquella inolvidable noche de juegos, de grandeza culinaria, de sueños, esperanzas e ilusiones. Luego de aquella hartada, mi benefactor pidió permiso a mi mami para pernoctar lo que quedaba de noche en la casa para continuar jugando hasta el amanecer. Le hizo saber que una “sobredosis” de juego no me vendría mal  nos dejó solos. Recuerdo que ella se adentró al cuarto grande, comiendo en el camino, las papas fritas embadurnadas en salsa de tomate por los cuatro costados que acompañaban a nuestras hamburguesas.           Mi madre no sabía aún cuál era el definitivo propósito de Edward Alberto. Me parecía mentira que alguien pudiera llegar a sentir un amor sin límites como el que sintió él por mí. En ese instante, en la medida que dábamos inicio a un nuevo juego, se lo pregunté de manera directa; sin ambages. Él, comprendiendo mi lógica duda, me dijo que si estaba allí era única y exclusivamente por amor. Pero no era por el amor que la gente pregona a grandes voces y del que se jactan muchos diciendo que escribieron poemas y canciones en su nombre; mucho menos por un amor indecente. Él se refería al verdadero amor, ese que recibió de Jesús y Francelina; limpio y grandioso como lo es el amor de Dios hacia nosotros. Me dijo mi amigo que, desde niño, había visto la dedicación de sus padres hacía los niños, en especial, hacia los niños enfermos.           En su casa había mucho de ello; una biblioteca colmada de libros y revistas relacionados todos con la pediatría; amén, de que la falta de un hermano lo había llevado a adorar a los pacientes que acudían a casa, donde existía una especie de “consultorio altruista”; en busca de los conocimientos y habilidades de sus padres. Los miraba llorar de algún dolor y por ende miraba llorar a sus padres. Creció en medio de niños enfermos y de una gran soledad como hijo único. Para él, un niño lo significaba todo. Se había dado perfecta cuenta de que yo era un paciente más que especial para sus padres, quienes me amaban como a un hijo, por eso, él me amaba como se ama a un hermano menor y mucho más; por los sufrimientos que yo estaba enfrentando y que tuve que enfrentar hasta el final de mis días. Era ese el motivo de su amor desmedido e incondicional.            De esa manera se formó una alianza de hermandad entre nosotros. En mi habitación jugábamos constantemente, bien sea videojuegos o algún juego de mesa. En ocasiones, cuando mi salud lo permitía, con las debidas medidas de bioseguridad, salíamos al patio a correr un poco, a jugar a las canicas, a elevar una cometa, en fin, nos divertíamos de lo lindo. En ocasiones, cuando no podía salir a retozar ni me provocaba jugar nada, leía para mí algún cuento o os inventaba, dada la capacidad creativa que siempre tuvo. Otras veces, me daba clase de aritmética y de gramática, me enseñaba inglés o me hablaba de los hechos históricos que bastante me impresionaban. En realidad aquel joven fue un verdadero ángel enviado por Dios.             Y a partir de ese entonces Edward comenzó a frecuentar nuestra casa. Desde ese instante comenzaron a escucharse en nuestra casa unas frases extrañas para nosotros. Estando en plena visita, muchas veces recibía alguna llamada y de inmediato comenzaba el parloteo engorroso aquel; escuchábamos entonces expresiones como: Imputado, juez, fiscal, medida cautelar, delito y una cuantas más que me son imposible repetirlas por lo complejo que siempre me resultaron. Al fin de cuentas, eran las palabras que un penalista usaba a diario y si Edward compartía con nosotros varias veces a la semana; teníamos que acostumbrarnos a su jerga de abogado. Nunca me cansaré de darle gracias a Dios porque Edward siempre estuvo a mi lado, me acompaños en mis peores momentos, jamás me dejó solo. Estuvo conmigo hasta el final de mi vida.             La bendición que Dios envió para mí y que tenía por nombre Edward, me hizo mucho bien; me abrió las puertas a la esperanza y eso era lo verdaderamente importante. Así lo sentí, y desde ese momento, parecía que una poderosa coraza me cubría totalmente. Enfrenté los terribles embates de mi enfermedad con estoicismo, con valentía y con crudeza. Sabía que luego de apartarme momentáneamente de mis martirios, a mi egreso, mi hermano mayor me estaría esperando para hacerme entender que tenía que ser fuerte por mi madre, por mis abuelitos; por toda mi familia. Estaba él siempre prestó a acompañarme a sentir la vida. No me importaba si tenía que mantener el eterno cubre boca conmigo, es más, lo llevaba con muchísimo gusto; pues, él estaba conmigo y aquel pedazo de tela resultaba una total insignificancia, ante el hecho de estar en su compañía. Me llevaba a la playa, al rio, al cine, a la heladería. Y cuando se presentaba alguna infección, malestar, dolor o lo que fuere; se apersonaba de inmediato en nuestra casa con algo entre sus manos para mi deleite.  
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