Ebria.

1731 Words
Había pasado una semana desde que leyeron el testamento de mi abuelo Liam, pero las consecuencias todavía ardían como fuego bajo la piel. Verónica no me dirigía la palabra. Se paseaba por la casa como un fantasma elegante y frío, su mirada cargada de reproche cada vez que nuestros ojos se cruzaban. A veces pensaba que me ignoraba porque dolía menos que gritarme. O quizás ya no tenía nada más que decirme. Y Damián… Damián no dejaba de insistir. Llamadas. Mensajes. Flores. Cartas que no abrí. Todo eso me confundía más, porque yo creía —de verdad lo creía— que me amaba. Que aunque mi mundo estuviera patas arriba, él era mi refugio. Mi lugar seguro. Hasta que hoy me llegó el vídeo. Lo abrí sin pensar, sin sospechar, como una idiota enamorada que todavía quiere creer. Pero apenas lo reproduje, el suelo se me abrió bajo los pies. Era él. Damián. Desnudo. En una cama con otra mujer, también desnuda. El cuerpo de ella estaba en primer plano, pero su rostro no se veía. Deliberadamente fuera de encuadre. Como si la humillación tuviera que ser aún más cruel, más confusa. Su risa era lo peor. Fría. Vacía. Ajena. —No soporto las niñerías de Kira —decía en el vídeo, sin pudor, como si estuviera hablando de una cualquiera—. Un año sin abrir las piernas. Pero da igual. Está forrada en dinero, lo aguanto por los negocios. Lo tengo todo planeado. Solo tengo que fingir un poco más… Pausa. Rebobiné. Lo volví a escuchar. Como si repetirlo fuera a cambiar algo. Pero no lo hizo. Me senté en la escalera, con el móvil en las manos y el alma hecha trizas. El silencio de la casa se volvió insoportable. —¿Por qué lloras ahora?— Me pregunta Verónica mientras baja las escaleras. No tenía ganas de discutir, pero ya no podía guardarme nada. La rabia se había mezclado con la tristeza, y todo explotaba dentro de mí como un incendio sin salida. —Damián me metió los cuernos —dije, con la voz rota. Le extendí el móvil. Apretó los labios y lo tomó. El vídeo hablaba por sí solo. Lo observó en silencio, sin pestañear. Cuando terminó, me lo devolvió con una expresión neutra, casi aburrida. —No puedo creerlo… —murmuró, pero enseguida ladeó la cabeza con una media sonrisa—. Aunque tampoco me extraña. Los hombres solo quieren una cosa, Kira. Y tú, con tu jueguito de "esperar al amor verdadero", lo único que hiciste fue ponerle en bandeja que buscara a otra. Me quedé helada. —¿Qué estás diciendo? —Digo que tienes veintiún años, Kira. ¡Veintiuno! Y sigues siendo virgen. ¿Qué esperabas? ¿Que te esperara eternamente mientras tú lo hacías dormir en el sofá? No seas ingenua. Los hombres son animales, y tú no supiste retenerlo. Me temblaban las manos. Las piernas. El corazón. —Yo… yo solo quería hacerlo por amor —susurré, como si tuviera que justificarme. —¿Y qué tiene eso de especial? —se burló, soltando una carcajada seca—. ¿Crees que estás en una novela romántica? El amor no sirve de nada si no lo alimentas. Y en este mundo, cariño, el sexo manda. Tú misma lo comprobaste. No podía creer lo que escuchaba. Era mi hermana. Sangre de mi sangre. ¿Y aún así… podía ser tan cruel? —¿Y tú? —le dije— ¿Eso haces tú? ¿Te acuestas con quien sea para mantenerlo cerca? Su sonrisa desapareció por un segundo. Un destello de furia cruzó sus ojos, pero lo escondió rápido tras su máscara perfecta. —Yo hago lo que tengo que hacer. Por amor, por poder, por supervivencia. Tú… solo sabes llorar. Esa es la diferencia entre nosotras. Al menos a mí nunca ningún hombre me ha rechazado. Sentí una lágrima caer, pero esta vez no la limpié. La dejé estar. Me puse de pie, con el pecho apretado y la voz temblorosa. —Pues prefiero llorar… a convertirme en algo que no soy. —Entonces te quedarás sola, hermanita — Me dice tocando mi hombro. Estaba completamente enojada. Tenía el corazón hecho pedazos, pero más que tristeza, sentía rabia. Rabia por haber creído en algo tan sucio como Damián. Rabia por permitir que me hicieran sentir menos. Entré al baño y me miré al espejo. Aún tenía los ojos hinchados, pero no me importó. Me di una ducha rápida y me arreglé como nunca. Me maquillé con cuidado, marcando los ojos y los labios con un rojo oscuro que gritaba “no me jodas”. Me puse un vestido n***o corto, ajustado, con escote en la espalda. No llevaba ese vestido desde hacía un año. Hoy me sentía distinta. Hoy, quería olvidar. Tomé mi bolso, dejé el móvil sobre la cama —no quería saber de nadie— y salí de la casa sin avisar. El bar estaba lleno, con luces tenues, música suave y un olor a licor caro que quemaba la nariz. Me senté sola en la barra, sin mirar a nadie, pero sentía las miradas clavadas en mí. Me encantaba. Que me miraran. Que me desearan. Que supieran lo que habían perdido. El mesero se acercó, un chico joven, atractivo, con una sonrisa demasiado confiada. —¿Qué te sirvo, hermosa? —me preguntó, descarado. Le sostuve la mirada. —Lo más fuerte que tengas. Él se rió, encantado. —¿Problemas de amor? —No, de estupidez —respondí sin pensar. Me trajo un cóctel fuerte, y luego otro. Seguía mirándome de reojo cada vez que pasaba cerca. En una de esas, me dejó un trago extra, sin cobrar. —Invitación de la casa —dijo—. O mía, en realidad. No respondí. Solo tomé el vaso, le di un trago largo y sentí el calor arderme en la garganta. Cerré los ojos. Por unos segundos… dolía menos. —¿Quieres compañía? —me preguntó de nuevo, más cerca esta vez. Ignoré al mesero. Su voz, sus insinuaciones… todo desapareció mientras me dejaba llevar por el ritmo de la música. Me lancé a la pista, mis caderas moviéndose con soltura, mis manos recorriendo mi propio cuerpo como si buscara borrar el dolor. Era sexy y lo sabía. Cada mirada masculina sobre mí era un recordatorio de que no necesitaba a Damián. Que él había perdido, no yo. Estaba completamente ebria, aunque apenas había bebido. Todo era una mezcla borrosa de luces, sonidos y sensaciones. Me sentía extraña… como si algo más se hubiera colado en mi bebida. Un mareo me nublaba la vista, pero seguía bailando. Entre la multitud, noté a un tipo. Alto, elegante, con una presencia inquietante. No dejaba de mirarme. Era como un lobo entre ovejas. Sus ojos me perseguían incluso cuando cerraba los míos. De repente, el mesero apareció de nuevo. Me tomó del brazo con suavidad, casi con urgencia. —Ya terminé mi turno… puedo llevarte a casa —dijo, mientras me guiaba por la puerta de atrás del bar. Estaba tan aturdida que ni siquiera protesté. La brisa nocturna golpeó mi rostro, pero no ayudó. Mi cabeza daba vueltas. —Vamos, estás muy mal —murmuró. Pero antes de que pudiera dar un paso más, alguien apareció de la oscuridad. —Suéltala —dijo una voz grave, firme. Era el tipo que me había estado mirando. En un segundo lo tenía contra la pared, una mano en su cuello. —Si la vuelves a tocar, te rompo la cara —le advirtió con los dientes apretados. Yo no entendía nada. Solo me alejé tambaleando hacia la calle. Una bocina me sobresaltó. Luces. Un coche se me venía encima. No tuve tiempo de gritar. Unos brazos me alzaron con fuerza justo antes del impacto. —¡Kira, quédate quieta! —gruñó el desconocido. No podía enfocar bien su rostro, pero sentía el calor de su cuerpo, su perfume caro, su pecho firme contra mí. Lo siguiente que supe fue que vomité… encima de él. —¡Mi camisa favorita! —maldijo, claramente indignado. Yo me reí. No podía evitarlo. Estaba borracha, furiosa y derrotada. —Ni siquiera te veo la cara —balbuceé mientras me acomodaba en el asiento del copiloto de un coche elegante. Él subió al volante y comenzó a conducir. Yo me giré hacia él, sin dejar de reír. —¿Vas a secuestrarme? Mi papá tiene mucho dinero… puedes pedir rescate —bromeé. —Ah, ¿sí? —respondió él, sin apartar la vista del camino. —Sí… pero estás perdiendo tu tiempo —suspiré, apoyando la cabeza en la ventana—. El idiota de mi ex me metió los cuernos. Y con una cualquiera. Estoy forrada en dinero, pero ni así quiso quedarse… Silencio. Lo miré de reojo. No me devolvió la mirada. Solo tensó la mandíbula. Entonces, sonó la radio. Una melodía conocida llenó el coche, suave al principio, pero con ese ritmo pegajoso que todas mis compañeras de universidad repetían hasta el cansancio. —Oh no… —murmuré, llevándome la mano a la frente. El desconocido sonrió con malicia. —¿No te gusta Alexis Hoffmann? —preguntó, girando el volumen un poco más alto. —Saca esa basura —le espeté, haciendo una mueca exagerada—. Tiene a todas las adolescentes enamoradas, pero no es más que un prostituto con buen cuerpo. Y ni siquiera canta bien. Él soltó una carcajada. Una risa profunda, limpia, como si disfrutara verme despotricar. —¿Un prostituto, eh? —repitió, divertido. —Sí, lo que oyes —me crucé de brazos, indignada como si me hubieran insultado personalmente—. ¿Y esos agudos? ¡Por favor! Parece que lo aprieta un zapato tres tallas más chico. La risa del desconocido fue aún más fuerte. Reía tanto que por un segundo pensé que iba a chocar el coche. —Dios… eres un caso —murmuró, sin dejar de sonreír. Yo giré la cara, molesta pero divertida en el fondo. —No sé quién seas, pero tienes un pésimo gusto musical. —Y tú tienes una lengua afilada —dijo él—. Me gusta. Lo miré de reojo, todavía sin poder ver bien su cara, pero con la vaga sensación de que su voz me resultaba familiar. No tarde en quedarme dormida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD