El testamento de Liam.

1273 Words
Habían pasado dos días desde que me fui de la cabaña sin mirar atrás. No había vuelto a ver a Damián. Ni un mensaje, ni una llamada. Y para ser sincera, no lo necesitaba. Me dolía, claro. Pero más me dolía saber que estuve a punto de entregarme a alguien que no supo respetarme. Esta mañana todo era aún más tensa. Mi padre nos había reunido a todos en su despacho para la lectura oficial del testamento de mi abuelo Liam Montesinos. Había fallecido hace un año, y aunque la herida seguía abierta, por fin llegaba el momento de cumplir su última voluntad. Me senté junto a Verónica, que jugaba con su teléfono sin mucho interés, y Lucas, que se retorcía de aburrimiento en la silla. Frente a nosotros estaba Rodrigo, mi padre, con el ceño fruncido como siempre que hablábamos de negocios. A su lado, Sebastián, su primo y uno de los hombres más calculadores que conocía. Su hijo Emiliano no estaba presente; seguía en Londres, concentrado en su carrera en finanzas. El notario abrió el documento y comenzó a leer con voz grave. —“Yo, Liam Montesinos, en pleno uso de mis facultades mentales, dejo constancia de mi última voluntad…” Mi estómago se tensó. Siempre supe que el abuelo era meticuloso y que tenía planes para todos. Pero escuchar su voz escrita me provocaba un nudo en la garganta. —“…a mi esposa Regina Montesinos, le dejo una suma considerable para que viva sin preocupaciones, además de la propiedad de San Elías, para que conserve el lugar donde fuimos felices.” Una pequeña sonrisa se formó en mis labios. La abuela Regina se lo merecía todo. —“…a Emiliano, hijo de Sebastián, y a Lucas, hijo de Rodrigo, les garantizo protección y participación futura en nuestra empresa familiar. Ambos deberán incorporarse al directorio cuando estén debidamente preparados, y tendrán voz y voto en todas las decisiones estratégicas, aunque no posean acciones de manera directa. Sus padres —Sebastián y Rodrigo— tendrán la responsabilidad de guiarlos hasta entonces.” Lucas alzó las cejas, sorprendido. Verónica dejó de mirar el móvil. Entonces vino la parte que me dejó sin aliento. —“…a Kira Alessandra Montesinos, mi nieta, dejo todas mis acciones en la empresa y el manejo completo de mi fortuna. Dichas acciones estarán bajo la tutela de Rodrigo Montesinos hasta que Kira cumpla los veinticinco años, momento en el cual se transferirá a ella el control total, sin restricciones.” Mi respiración se detuvo. Me sentí como si estuviera flotando fuera del cuerpo. —¿Y… yo? —la voz de Verónica se coló como una cuchilla. El notario levantó la vista, consultó un párrafo del documento, y luego habló con voz neutral: —El señor Montesinos no dejó ninguna disposición directa para usted, señorita Verónica. El silencio fue inmediato. Todos sabíamos lo que esa respuesta significaba. Verónica también. —¿Ni una propiedad, ni acciones, ni… nada? —Nada, según consta aquí —respondió el notario. Verónica apretó los dientes, y por un segundo creí que golpearía la mesa. —Respecto a la casa donde crecieron —continuó el notario—, la residencia principal de la familia fue dejada a Rodrigo Montesinos, como símbolo de la continuidad del legado familiar y lugar de referencia para sus hijos. Eso la tranquilizó un poco, pero sus ojos seguían clavados en mí como cuchillas. No supe qué decir. El abuelo me había dejado algo inmenso. Y lo había hecho sin contemplaciones. —Aunque Kira posea la totalidad de las acciones, Emiliano y Lucas tendrán derecho a voz y voto en el consejo administrativo, como representantes del apellido Montesinos. Fue deseo expreso de Liam que el liderazgo se comparta, que haya equilibrio y que se tomen las decisiones más importantes de forma colegiada. Verónica se levantó sin decir una palabra. Yo me quedé en mi sitio, sintiéndome pequeña frente a un legado tan grande, mientras la sombra de su rabia me rozaba al pasar. Mi vida acababa de cambiar. Y no estaba segura de si eso era un regalo… o una carga. Salí del despacho con el corazón latiéndome con fuerza. El aire me parecía más denso, como si acabara de salir de una pesadilla. Me giré hacia papá, que estaba a mi lado con la mirada seria. —¿Tú sabías esto? —pregunté en voz baja, aunque dentro de mí se formaba una tormenta. Rodrigo negó con la cabeza, claramente sorprendido también. —No, Kira. No tenía idea de lo que mi padre había dispuesto. Nunca me lo comentó. Antes de que pudiera decir algo más, apareció Sebastián, su primo, con una expresión entre irónica y resignada. —No me sorprende —dijo con una sonrisa torcida—. Siempre fuiste la consentida de Liam. Era obvio que dejaría todo en tus manos. Rodrigo y yo… bueno, nos quedamos sin nada. —Se encogió de hombros como si no le importara y se marchó por el pasillo riéndose por lo bajo. Me sentí mareada. Nunca había querido nada de esto. No entendía de empresas, de juntas ni de capitales. Lo único que sabía hacer era bailar. —Papá… yo no sé cómo manejar la empresa —confesé, mirándolo con miedo. Rodrigo me puso una mano en el hombro. —Aún faltan cuatro años para que cumplas veinticinco. Yo me haré cargo hasta entonces, como decía el testamento. Te prepararé, Kira. Si tú quieres, claro. Antes de que pudiera responder, Verónica estalló. —¡No es justo! ¡Yo soy la hija mayor! ¡He trabajado en la empresa desde hace años! ¿Y ahora resulta que tú, la bailarina, la soñadora, eres la accionista mayoritaria? —Verónica… —intenté calmarla, pero su rostro ya estaba desfigurado por la ira. —¡Tú no sabes nada de este mundo! ¡Esto debería ser mío! —Verito, yo no pedí esto —dije con firmeza pero sin dureza—. Seré la accionista, sí, pero no necesariamente la CEO. Puedo incluirte, podemos trabajar juntas. —¿Trabajar juntas? —soltó una carcajada sarcástica—. ¡Eres una hija bastarda! ¡Tú no deberías ni estar aquí! Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. Rodrigo se interpuso antes de que ella pudiera avanzar más. —¡Basta, Verónica! —exclamó con autoridad—. No vuelvas a hablarle así a tu hermana. Lo que dijo mi padre es ley. Y todos vamos a respetarlo. Ella se quedó congelada un segundo, luego bufó con desprecio y se alejó golpeando la pared con el hombro. Me quedé en silencio, sintiendo cómo el piso se deshacía bajo mis pies. Mi vida había cambiado en un segundo, y lo que venía… no sería fácil. —Papá… —susurré, dándome la vuelta para mirarlo—. Emiliano está estudiando finanzas y Vero ya acabó la carrera. Ellos están más preparados que yo... Rodrigo sonrió con ternura, como si esperara esa reacción. —Puede ser, pero tú eres a quien eligió mi padre. —Su voz fue firme pero llena de cariño—. Tú siempre has sido el corazón de esta familia, Kira. Eres la luz en medio del caos. Y no tengo dudas de que sabrás qué hacer. Me mordí el labio, insegura. —¿Y si me equivoco? —Entonces aprendes y sigues. No estás sola, hija. —Me puso una mano sobre el hombro y añadió—: Además, es evidente que compartirás todo con tus hermanos y tu primo. No se trata de excluir a nadie, sino de liderar con generosidad. Y tú sabes hacer eso mejor que nadie.
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