El Uber.

793 Words
El auto se detuvo frente a la cabaña, rodeada de árboles altos y el murmullo suave del viento. Damián me sonrió desde el volante, como si estuviéramos a punto de vivir un fin de semana de ensueño. Pero mi pecho estaba apretado, y no era precisamente emoción lo que sentía. —Vamos, amor —dijo, bajando y rodeando el coche para abrirme la puerta—. Solo tú y yo. Nada de bailes, ni papá, ni Verónica. Sonreí con suavidad, tratando de aferrarme a ese ideal. A que esto era por amor. A que lo nuestro iba más allá del cuerpo. La cabaña era acogedora, de madera cálida y con una chimenea encendida. Damián puso música suave, sirvió un poco de vino y me tomó de la mano para llevarme al sillón. Al principio todo fue dulce: un beso en la mejilla, caricias lentas en el cabello. Pero pronto sus manos empezaron a recorrerme el cuerpo, urgentes, sin pausa. Tiró suavemente de mi cintura, intentando subirme la falda. Me tensé de inmediato. —Damián, no… —Kira —gruñó con impaciencia—. Llevamos un maldito año juntos. ¿De verdad vas a hacerme esto otra vez? Me aparté, ofendida y confundida. —¿Hacerte qué? ¿Cuidarme? ¿Respetarme? —¡No me dejas ni tocarte! —su voz se alzó, cargada de frustración—. Siempre eres así. Como una niña inmadura. Sentí cómo se me encendía el rostro, de rabia. —¿Niña inmadura? ¡Tú pareces obsesionado con el sexo! ¿Eso es lo único que te importa? —¡Soy un hombre, Kira! ¡Y tú eres mi mujer! ¿Qué tiene de malo que quiera estar contigo? Se abalanzó para besarme, pero no lo dejé. Mi mano voló a su mejilla con un golpe seco. Él retrocedió, sorprendido, justo antes de que mi pierna le propinara una patada que lo hizo tropezar con el borde del sofá. —¡No vuelvas a tocarme así! —grité, con el corazón golpeando en mi pecho como un tambor desbocado. Damián me miró, furioso y humillado. —Estás loca… —No, solo me respeto —respondí, temblando de pies a cabeza—. Y tú deberías hacer lo mismo. Me giré y salí de la cabaña sin mirar atrás, con el viento helado golpeándome el rostro y la certeza, por primera vez, de que ese compromiso no significaba amor… solo presión. Las ramas crujían bajo mis pies mientras me alejaba de la cabaña. El aire nocturno era frío, pero no tanto como la rabia que me ardía en el pecho. Estaba sola, en medio de la nada, pero no iba a quedarme ni un minuto más con alguien que no me respetaba. Mis dedos temblaban mientras abría la app del móvil. La señal era débil, pero suficiente. Y para mi suerte, había un conductor a unos veinte minutos. El alma me volvió al cuerpo. Damián no me siguió. Y eso también decía mucho. Cuando vi las luces del coche acercarse, sentí un alivio inmenso. El conductor era un señor mayor, de barba blanca y sonrisa amable. Se presentó como Don Ernesto, y me ayudó a guardar mi bolso en el asiento trasero. —¿Todo bien, niña? —preguntó mientras arrancaba con suavidad. —Ahora sí —respondí con una sonrisa tensa. El trayecto era largo. Por suerte, Ernesto parecía de esos conductores que no incomodaban, solo hablaban lo justo y lo amable. En el silencio del coche, comenzó a sonar una canción. La voz masculina, ronca y melódica, llenó el ambiente con un ritmo sensual y pegajoso. —Mis hijas están como locas con este alemán —dijo Ernesto, soltando una pequeña carcajada—. Alexis Hoffmann… ¿lo conoces? —Desgraciadamente —resoplé, rodando los ojos—. El alemán idiota. Ernesto soltó otra carcajada. —Pues ese idiota llena estadios. Y con letras como esta, no me extraña. La canción seguía sonando, con ese ritmo lento y provocador. "No digas nada, solo ven, que tu cuerpo ya sabe quién. Tus besos me piden más, pero lo hacemos sin gritar." "Dame todo lo que quiero, el amor está en el aire, y lo espero. Tú y yo, debajo del sol, jugando al amor, perdiendo el control. Dame todo lo que quiero, que lo tuyo me quema por dentro. Solo tú sabes cómo hacerlo… Sin prisa, pero sin freno." —¿Sabías que viene a Estados Unidos esta semana? —añadió el conductor—. Mis hijas ya están mendigando entradas. —Que lo disfruten —murmuré, cruzando los brazos. No necesitaba más hombres como ese en mi vida. Aunque algo en su voz, tan segura, tan directa… me puso la piel de gallina. Y eso me molestó. Mucho.
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