El playboy Alemán.

1677 Words
La cena transcurría con el sonido de los cubiertos chocando suavemente contra la porcelana, la conversación formal de siempre, y una aparente calma que, como siempre en casa, ocultaba pequeñas tormentas. Mi padre, Rodrigo Montesinos, estaba sentado a la cabecera de la mesa, erguido como un patriarca, impecable en su camisa blanca, como si incluso en casa no pudiera bajar la guardia. A su izquierda, Marina —su actual esposa y la mujer a la que yo llamaba mamá desde hacía años— servía un poco más de vino en su copa. Frente a mí, Verónica cortaba su filete con una precisión casi quirúrgica. Y a mi derecha, Lucas, mi hermano menor, hablaba poco, concentrado en su plato. Yo apenas comía. No sabía si era el cansancio del entrenamiento o ese aire tenso que flotaba entre nosotros. —Todo está avanzando —comentó Verónica, rompiendo el silencio con una sonrisa de satisfacción—. Si todo sale como planeado, para fin de mes podría asumir oficialmente como CEO. Rodrigo asintió con orgullo, como si ella acabara de anunciar que había conquistado una nación entera. —Eso es lo que más quiero —dijo, mirando a Verónica con admiración—. Siempre he sabido que estabas hecha para liderar. Lo llevas en la sangre. Verónica alzó su copa y sonrió aún más. Yo bajé la vista, removiendo con el tenedor los vegetales de mi plato. Nadie mencionaba que yo también estudiaba finanzas. Claro, lo hacía por él, no por mí. Yo era la bailarina. La del teatro. La que giraba en puntas mientras el mundo giraba por otro lado. —Pero aún queda un asunto pendiente —añadió Rodrigo, su voz más seria ahora—. El testamento de Liam. Tu abuelo quiso que se leyera exactamente un año después de su muerte. Será en unos días. Verónica frunció el ceño. —Papá… tú sabes que eso no cambia nada. Él ya me había dicho que confiaba en mí, que yo debía seguir su legado. Rodrigo no respondió. Se limitó a asentir con gesto neutro. El silencio volvió por unos segundos hasta que Marina, con voz suave, se atrevió a hablar. —Tal vez… no importa tanto quién sea CEO. Lo más importante es que la familia se mantenga unida. Yo sabía que lo decía con buenas intenciones. Marina siempre intentaba mediar, suavizar los bordes filosos de esta familia que se aferraba a la perfección como si eso evitara que se quebrara por dentro. Pero Verónica la miró con frialdad. —No te metas —espetó, seca como una cuchilla—. Esto no te concierne. Rodrigo hizo un leve gesto de incomodidad, pero no dijo nada. Como siempre, dejaba pasar los desplantes de Verónica. Lucas levantó la vista por un segundo, como si esperara una reacción distinta. Y yo… yo apreté los labios. No dije nada, pero me ardió el pecho. —Verito… —dije en voz baja, casi sin pensar. —¿Qué? —me respondió ella, sin perder la compostura—. No es mi madre. Ni la tuya tampoco, por más que finjas que sí. La frase cayó como un cuchillo en medio de la mesa. Marina bajó la vista, silenciosa. Lucas dejó el tenedor. Papá no dijo nada. Y yo, simplemente tragué saliva. Marina me había criado desde que tenía tres años. Había estado en mis funciones, en mis caídas, en mis pequeñas victorias. Nunca intentó reemplazar a mamá… solo quiso estar. Y yo la amaba por eso. —Ya basta —dije al fin, con voz más firme—. No tienes que hablarle así. Verónica me lanzó una mirada irónica, como si no esperara menos de mí. —Lo siento si la verdad te incomoda. Rodrigo finalmente alzó la voz, con esa autoridad que no requería gritos. —Suficiente. No es momento para esto. Después de cenar, subí a mi habitación con paso lento. Había sido una noche tensa, como tantas otras últimamente. Pero al menos había algo que aún me hacía sentir segura: Marina. Ella ya me esperaba sentada en la pequeña banqueta junto a mi tocador, con ese cepillo de cerdas suaves en la mano. Me senté en el suelo, frente a ella, como cuando era niña. Me encantaba cómo olía su perfume, ese aroma suave a vainilla y jazmín que siempre me calmaba. —Tienes el pelo cada vez más largo —dijo con una sonrisa mientras pasaba el cepillo con dulzura por mi melena—. Y esos rizos tuyos... son de princesa. Sonreí, apoyando la cabeza contra su pierna. Me sentía en paz ahí. —Voy a escaparme este fin de semana con Damián —solté de repente, sin mirarla—. Queremos… bueno, ya sabes. El cepillo se detuvo un segundo. Luego siguió con el mismo ritmo suave. —¿Y estás segura, cariño? —preguntó, sin juzgarme, con esa voz tranquila que me hacía sentir siempre escuchada. —Sí. Lo amo. Y en un mes será mi esposo. Solo quiero que sea especial. Marina asintió lentamente. No dijo que no. No me prohibió nada. Solo suspiró y luego acarició mi mejilla. —Está bien… pero prométeme que te cuidarás. Que pensarás en ti primero, incluso si lo amas. Asentí. —Lo haré, lo prometo. Se quedó en silencio un momento y luego habló en voz baja, como si le doliera lo que iba a decir. —Kira… no estoy segura de que debas casarte tan pronto. Tienes veintiún años, la vida por delante. No quiero que confundas amor con necesidad de estabilidad. Me giré para mirarla. Sus ojos estaban cargados de amor, de preocupación genuina. Pero también de esa mezcla de madre y amiga que me hacía confiar en ella por completo. —Estoy segura, mamá. De verdad. Él me hace feliz. Me abrazó fuerte, besándome la cabeza. —Si eso es lo que quieres, estaré contigo. Pero si algún día decides cambiar el rumbo, también estaré ahí. Sonreí, sintiendo un nudo en el pecho. —Gracias. No sé qué haría sin ti. —Ni se te ocurra averiguarlo —dijo con una sonrisa y seguimos así, abrazadas, como si el mundo allá afuera pudiera esperar un rato más. Marina me dio un último beso en la frente antes de salir de la habitación, dejándome con el corazón un poco más ligero. Pero la paz duró poco. La puerta se abrió de nuevo y entró Verónica, con su andar elegante, como si cada paso fuera un desfile. —¿Ya estás con tus confidencias de madre e hija? —murmuró con ese tono ácido que siempre se le escapaba cuando hablaba de Marina. —Verónica… —suspiré—. No tienes por qué tratarla así. Marina nos ha cuidado desde que éramos niñas. Se ha partido el alma por nosotras. Ella se cruzó de brazos, su expresión más cansada que desafiante esta vez. —No quiero pelear contigo, Kira. Eso me desarmó un poco. Me senté en la cama, observándola con atención. Verónica siempre había sido inestable, desde que éramos pequeñas. El suicidio de su madre la había dejado marcada. Y papá… él nunca supo decirle que no. La mamá de Verónica era muy inestable. Yo recuerdo lo cruel que era conmigo. Sé que suena cruel pero lo mejor que me pudo pasar es que muriera. En cambio mi madre era un desastre, pero jamás me maltrato. Ella me abandono con mi padre y se marchó a hacer su vida poco tiempo después me enteré que falleció. Papá me pedía paciencia, que cediera, que entendiera. Y lo hice. Una y otra vez. Vestidos, chicos, sueños… Lo que ella quería, yo se lo entregaba con tal de mantener la paz. —Mira esto —dijo de pronto, sacando su móvil—. ¿Lo recuerdas? La imagen me golpeó de inmediato. Alexis Hoffmann. Mi amigo de la infancia … ahora convertido en una mezcla explosiva de fama, escándalo y atractivo peligroso. Alex cuando éramos niños era dulce, pero ahora su mirada había perdido esa luz, se veía oscuro. —Sí, me acuerdo —murmuré con cierta desgana—. El chico encantador que se volvió un playboy insoportable. Verónica soltó una risa fascinada, como si sus defectos fueran parte del encanto. —Dios, Kira. ¡Míralo! Está mejor que nunca. Y tiene una voz que derrite. Es el cantante más famoso de Europa, y sus alrededores no solo por la música, también por cómo se mueve, por el fuego que transmite. Es puro talento, carisma, intensidad… y va a venir pronto a Estados Unidos. Papá dice que tal vez pase por casa. —Genial. El circo completo —dije rodando los ojos—. ¿Y cuántas amantes lleva ya este año? ¿Cinco? ¿Siete? —Bah, exageras —se encogió de hombros—. Todas quieren estar con él. ¡Es Alexis Hoffmann! ¿Y sabes qué? Estoy segura de que va a fijarse en mí. —¿Ah, sí? ¿Y qué lo hace diferente de los otros que han pasado por tu radar? —Porque él no es como los demás. Es magnético, libre, imposible de ignorar. Y porque yo no soy una fan cualquiera. Lo conozco desde que éramos niños… igual que tú. Pero a diferencia de ti, yo sí sé lo que quiero. —¿Y qué pasa si no te corresponde? Verónica sonrió como si eso fuera imposible. —Lo hará. Cuando me vea, cuando escuche lo que tengo que decirle… sabrá que somos iguales. Él vive al límite, igual que yo. —¿Y eso es algo bueno? —Para mí sí. Tú estás tan aferrada a tu mundo perfecto, a tu boda planeada, tus ensayos y tus horarios… pero hay más que eso, Kira. —Prefiero la estabilidad al caos —contesté sin mirarla—. Y Alexis, por muy famoso y atractivo que sea, es puro caos. —Eso es lo que lo hace irresistible. Me giré hacia ella y le sostuve la mirada. —Tal vez para ti. Para mí, no es para tanto.
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