Había pasado por mil cenas, decenas de mujeres, cientos de noches donde una sonrisa bastaba para tenerlas rendidas. Pero con Kira... con Kira era como jugar ajedrez a ciegas, con una pantera herida que en lugar de agradecer tu presencia, afila las garras en tu honor. Aparqué frente a su casa y miré el reloj. Ocho en punto. Como siempre, impecable: traje azul marino a medida, camisa blanca, zapatos italianos. Hasta el maldito reloj suizo brillaba como debía. No tenía dudas de que ella bajaría radiante. Siempre tan provocadora, tan dueña de sí. Pero cuando la vi salir, me tragué mis expectativas con un poco de asombro y mucha rabia contenida. Camiseta grande. Ni siquiera era suya, parecía una de esas que usas para dormir. Cabello alborotado, suelto, como si acabara de salir de la ducha y

