Lucía llegó al departamento de Alex esa noche con el pulso acelerado y una pequeña maleta en la mano. Habían pasado dos días planeando cada detalle del nuevo rol por mensajes y una videollamada donde negociaron límites, triggers y palabras de seguridad. Todo estaba claro: “rojo” para parar, “amarillo” para bajar intensidad, “verde” para seguir. Habían acordado que el rol sería clínico pero extremadamente sucio, con toques de humillación ligera y un “tratamiento” muy invasivo. Se había vestido como paciente nerviosa: una bata médica blanca corta que apenas le llegaba a la mitad del muslo, sin nada debajo excepto unas braguitas blancas simples. El pelo suelto y un poco de rubor en las mejillas para lucir más vulnerable. Alex abrió la puerta vestido de doctor: bata blanca abierta sobre una

