Aunque sus encuentros sexuales con el taxista la tenían casi siempre excitada, el mundo real que la rodeaba se empeñaba en dejarla casi sin ganas de que llegara el fin de semana. Días de curro, reuniones, algún que otro viaje y el cuerpo molido. El estrés que le comía viva, sus jefes que la volvían loca, y una tensión s****l que la tenía todo el día con el coño palpitando, distraída y cachonda sin remedio. Incluso alguna vez había acabado en el baño tocándose a escondidas. Sí, le apetecía repetir con el taxista pero también relajarse. Durante una de esas tarde tensa le escribió: “Estoy al límite, necesito relajarme ya. Espero que a ti te vaya mejor, vaya días llevo”. Él respondió al instante: “Te recojo a las 8. SI lo que quieres es relajarte conozco un sitio de masajes japoneses muy

