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Los secretos de la niña perdida.

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Blurb

La central de la niña perdida oculta secretos a plena vista. Simón, un adulto de 30 años, se convierte en el elegido para desentrañar los enigmas. Héroes, poderes, fantasmas, dioses antiguos, relaciones, tesoros...cualquier cosa puede pasar en este majestuoso lugar.

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#01: No sé lo que hago.
Acababa de bajar del tren cuando la gente empezó a apartarse. Un murmullo denso recorrió la multitud y se extendió por el andén como una onda invisible. Un hombre corría a toda velocidad entre los pasajeros, empujando hombros y esquivando cuerpos con una torpeza desesperada. Llevaba una cartera apretada bajo el brazo y una expresión de pánico que dejaba claro que no estaba huyendo del trabajo. Detrás de él venía una mujer. Corría con una determinación feroz, abriéndose paso entre la multitud sin perder terreno. Tendría unos veintiocho años y era más o menos de mi estatura. Vestía un uniforme azul marino que se ajustaba a una complexión claramente atlética; piernas fuertes, hombros firmes y el tipo de condición física que no se consigue pagando una membresía y visitando el gimnasio una vez al mes. ​Cuando pasaron a mi lado, reaccioné antes de pensarlo. Di un paso al frente y extendí el pie. El ladrón se enganchó con mi pierna y salió disparado hacia adelante. Cayó de bruces contra el suelo del andén y la cartera escapó de sus manos. La mujer, que venía pisándole los talones, no tuvo tiempo de frenar. Se lanzó sobre él casi de inmediato y ambos rodaron por el pavimento en una maraña de brazos y piernas. El hombre intentó levantarse, pero ella le atrapó una muñeca, le dobló el brazo a la espalda y lo inmovilizó con una facilidad que dejaba claro que no era la primera vez que hacía algo así. Durante el forcejeo, la tela de su uniforme se tensó sobre la espalda. Fue entonces cuando distinguí unas letras blancas estampadas entre los pliegues: «PROTECTOR SECTOR 616». Segundos después, la mujer se puso de pie, se sacudió el polvo de las rodillas y me dirigió una mirada directa.. —Gracias por la ayuda —dijo mientras aseguraba las esposas en las muñecas del ladrón. Su voz sonaba mucho más amable de lo que esperaba. Antes de que pudiera responder, dos uniformados aparecieron entre la multitud. —Por supuesto que eras tú, Gutiérrez —dijo uno de ellos con evidente fastidio. La sonrisa de la mujer desapareció al instante. —También me alegra verte. —¿Qué haces fuera de tu sector? —preguntó el segundo protector mientras tomaba al detenido por un brazo. —Mi trabajo. Los dos hombres intercambiaron una mirada. —Tu trabajo es quedarte donde te asignaron. —Y el suyo es perseguir delincuentes. De nada, por cierto. El primero soltó una carcajada seca. —¿De nada? Si pasaras la mitad del tiempo patrullando y no metiéndote donde nadie te llama, quizá tu sector no estaría a punto de desaparecer. La respuesta de Gutiérrez no llegó de inmediato. La seguridad que había mostrado al perseguir al ladrón pareció evaporarse durante un instante. —Otra queja para tu expediente, Gutiérrez. —Perfecto —respondió ella, aunque la seguridad de su voz ya no sonaba tan convincente. Los dos hombres se marcharon llevándose al delincuente. La multitud empezó a dispersarse y el ruido habitual de la estación regresó poco a poco. Gutiérrez permaneció inmóvil unos segundos, observando cómo se alejaban. Decidí que era momento de seguir mi camino. Tenía una entrevista dentro de menos de media hora y ya había dedicado suficiente tiempo a problemas ajenos. Mientras me alejaba, alcancé a ver a Gutiérrez perderse entre la masa de pasajeros. Seguí mi camino hacia las oficinas de Recursos Humanos. El proceso fue una coreografía burocrática y fría. Una recepcionista de rostro cansado verificó mis documentos varias veces antes de indicarme dónde firmar. Mientras estampaba mi nombre una y otra vez sobre formularios interminables, no pude evitar pensar que después de ocho meses desempleado habría firmado incluso un pacto con el diablo si incluía prestaciones. Simón López Ortiz. Treinta años. Estudios técnicos completos. Experiencia laboral comprobable. Aquella mañana mi vida cabía en una carpeta de cartón desgastada y en una serie de casillas marcadas con tinta negra. Al terminar, me enviaron al departamento de Administración. Ahí la experiencia se volvió casi clínica: me tomaron una fotografía digital, registraron mis huellas dactilares en un escáner óptico y me sometieron a un examen médico rápido pero minucioso. Nadie parecía especialmente interesado en quién era yo; solo querían asegurarse de que existía. Finalmente, me entregaron una credencial plástica. La observé durante unos segundos. No llevaba mi nombre. Debajo de mi fotografía únicamente aparecía un enorme código de barras. —Manténgalo siempre visible —me recomendó la secretaria con una neutralidad ensayada. A partir de ese momento dejé de tomar decisiones. Una persona me indicaba una puerta, yo la cruzaba. Alguien más me señalaba un pasillo, yo lo recorría. La Central parecía funcionar como una máquina perfectamente aceitada, y yo no era más que una pieza nueva avanzando por la banda transportadora. Mi siguiente destino fue el Edificio de Seguridad, donde me esperaba mi superior: la Capitana Hernández. En recepción ya sabían quién era yo. Ni siquiera tuve que presentarme. Revisaron mi credencial, intercambiaron un par de palabras por radio y me hicieron pasar de inmediato. La encontré en su oficina, sentada detrás de un escritorio de metal gris mientras hablaba por teléfono. No era una mujer particularmente grande, pero llenaba la habitación de una forma difícil de explicar. Todo en ella transmitía autoridad: la espalda recta, el tono firme de su voz y la manera en que sostenía la mirada incluso cuando estaba concentrada en otra cosa. Golpeaba un bolígrafo contra el escritorio con un ritmo seco e impaciente mientras escuchaba a la persona al otro lado de la línea. Lo que más llamó mi atención fue el parche n***o que cubría su ojo izquierdo. Nunca había visto a nadie usar uno fuera de las películas, pero en ella no parecía una excentricidad. Parecía una advertencia. Me indicó que tomara asiento con un gesto breve de la mano, sin interrumpir la llamada. —...el Sector 616 tiene que ser absorbido. Al escuchar el número levanté ligeramente la cabeza. Era el sector de Gutiérrez. —Está bien. Un mes de servicio. Si no funciona, o si el chico no resulta apto, haré que los sectores 598 y 633 lo absorban por completo.. ​Colgó el teléfono con un golpe seco que hizo vibrar los papeles sobre el escritorio. Después clavó en mí su único ojo visible. Durante un segundo tuve la sensación de estar siendo evaluado. —Soy la Capitana Hernández —dijo. Su voz era firme, grave y completamente desprovista de cordialidad—. Dirijo la seguridad de toda la Central de la Niña Perdida. Se puso de pie. No era especialmente alta, pero había personas que parecían ocupar más espacio del que les correspondía. Hernández era una de ellas. Me extendió la mano. La estreché de inmediato. Su apretón fue breve y firme. No buscaba parecer amable ni intimidante; parecía simplemente acostumbrada a que las cosas se hicieran a su manera. —Tengo entendido que viene por el puesto de vigilante de monitoreo. Rodeó el escritorio con pasos lentos y seguros hasta llegar a un librero abarrotado de manuales técnicos y carpetas de procedimientos. Asentí en silencio, manteniendo las manos entrelazadas sobre las rodillas. Por algún motivo, sentía que cualquier error cometido en esa oficina quedaría registrado para siempre.. —Escúcheme bien, Ortiz —continuó mientras deslizaba un dedo por el lomo de varios manuales técnicos—. El Sector 616 es un área pacífica. Demasiado tranquila, diría yo. No registramos incidentes importantes en ese perímetro, por lo que mi recomendación inicial a la junta directiva fue clausurarlo y redistribuir los recursos. Se detuvo frente al librero. —Sin embargo, su contratación ha cambiado el panorama. Tengo órdenes de mantener el sector operativo durante un mes más para evaluar la efectividad del nuevo binomio. Un periodo de prueba entre la protectora Gutiérrez y usted, señor... La frase quedó suspendida en el aire. Hernández regresó al escritorio, tomó un fólder color paja con mi nombre en la etiqueta y lo abrió. Su mirada recorrió la primera página. —...López Ortiz —concluyó. Algo cambió. No fue gran cosa. Apenas una leve tensión en la mandíbula. Un instante de inmovilidad. La clase de reacción que habría pasado desapercibida en la mayoría de las personas. Pero Hernández no parecía ser la clase de persona que se sorprendía con facilidad. Sus dedos se cerraron un poco más sobre el expediente antes de volver a cerrarlo con un chasquido seco. —Sígame —ordenó, cruzando la puerta sin mirar atrás. Era evidente que el contenido de aquel expediente le había dejado una pregunta sin formular. La seguí por un pasillo de concreto pulido hasta un elevador de acero inoxidable ubicado al final del corredor. Oprimió el botón marcado como PB-7 y las puertas se cerraron frente a nosotros. El ascensor descendió, nos dirigíamos a los niveles subterráneos del Edificio de Seguridad. —¿Sabe con exactitud cuáles serán sus funciones? —preguntó, manteniendo la vista fija en las puertas metálicas. Su voz había recuperado ese tono frío y profesional que parecía utilizar para todo. —Claro que sí, Capitana —respondí, acomodando la carpeta bajo el brazo—. Monitorear las cámaras asignadas y reportar en tiempo real cualquier anomalía al protector en turno. —En efecto. Pero hay reglas estrictas, Ortiz. Su único canal de comunicación con el exterior o con su protector será la radio de banda cerrada. Usted no tiene autorización para pisar físicamente el sector asignado bajo ninguna circunstancia. Y una vez que cruce la puerta de su cubículo, no podrá abandonar las instalaciones hasta que el reloj marque el final de su turno. ¿Quedó claro? —Totalmente. El elevador se detuvo con un timbre metálico. Las puertas se abrieron a un corredor inmenso iluminado por tubos de luz blanca que zumbaban con una persistencia casi hipnótica. El aire olía a ozono, plástico caliente y servidores funcionando sin descanso. Avanzamos entre una larga fila de puertas blindadas marcadas con placas numéricas: 1-10, 11-20, 21-30... Mientras caminábamos, alcancé a escuchar fragmentos de conversaciones filtrándose desde algunas salas. —...recibido, Sector 204... —Negativo, continúe observando... El chasquido de teclados y el crepitar ocasional de las radios acompañaban cada paso. Nos detuvimos frente a la puerta identificada con el rango 61-70. La Capitana deslizó su credencial por un lector óptico que emitió un pitido verde y empujó la hoja metálica. El interior era una sala alargada dividida en diez cubículos idénticos, separados por mamparas de plástico gris que apenas contenían el ruido. Varias estaciones estaban ocupadas. Algunos operadores observaban paredes enteras de monitores; otros tomaban notas o hablaban en voz baja a través de auriculares con micrófono. Nadie levantó la vista cuando entramos. Todos parecían demasiado concentrados en sus propios sectores. La Capitana me condujo hacia el fondo de la sala. Sin embargo, al llegar al cubículo número seis se detuvo en seco. A diferencia de los demás, que permanecían completamente abiertos y operativos, la entrada de aquel puesto estaba cubierta por una cortina de lona azul sujetada con cinta industrial. Parecía menos un espacio de trabajo y más una barricada improvisada. Un gesto de fastidio cruzó el rostro de Hernández. Sin molestarse en pedir permiso, enganchó los dedos en la lona azul y tiró de ella con fuerza. La cinta adhesiva se desprendió de la pared con un sonido áspero. La escena que apareció detrás estuvo a punto de arrancarme una sonrisa. Hundida en una silla ergonómica estaba la protectora Gutiérrez. Tenía las piernas cruzadas sobre la consola de monitoreo, la cabeza inclinada hacia atrás y la boca ligeramente abierta. Dormía con una tranquilidad admirable para alguien que se suponía estaba trabajando. —¡Gutiérrez! La reacción fue instantánea. La protectora dio un salto tan brusco que casi volcó la silla. Sus piernas golpearon el escritorio, una libreta salió despedida al suelo y sus manos buscaron a ciegas algo en la cintura antes de recordar que no llevaba ningún arma allí. Parpadeó varias veces. Luego levantó la vista. Y encontró a Hernández observándola. —Ah —dijo. —Ah —repitió Hernández. Durante un segundo nadie habló. —¿Me puede explicar qué está haciendo? —Estaba trabajando. La Capitana miró a la silla. Luego a la consola. Luego volvió a mirarla a ella. —Durmiendo. —Monitoreando horizontalmente. Gutiérrez se incorporó a toda velocidad y trató de alisarse el uniforme. —Capitana, puedo explicarlo. Como todavía no me asignaban operador de monitoreo, decidí bajar para supervisar personalmente el Sector 616 desde la matriz. —Las órdenes eran patrullar. —Correcto. —A pie. —Técnicamente sí. —Y usted decidió construir una fortaleza con una lona y venir a dormir al sótano. —Cuando lo dice así suena peor de lo que fue. —Porque fue exactamente eso. Algunos operadores en los cubículos cercanos fingían trabajar con extraordinaria concentración. Nadie levantaba la vista de las pantallas, pero era evidente que todos estaban escuchando. Hernández exhaló lentamente por la nariz. Se hizo a un lado y me señaló. —Este es el señor Ortiz. A partir de hoy será el operador asignado al Sector 616. Cubrirá el turno de seis a diez de la mañana y se encargará de la vigilancia de su cuadrante. Gutiérrez giró la cabeza hacia mí. Sus ojos se abrieron de golpe. —Un momento... —Me señaló con un dedo acusador—. Tú eres el tipo del andén. Sentí que Hernández volvía a mirarnos. —El del carterista —continuó Gutiérrez—. El que le puso el pie. La Capitana arqueó una ceja. Era sorprendente cuánto juicio podía expresar una persona con un solo ojo. —¿Se conocen? —preguntó. El tono de su voz era tranquilo. Eso lo hacía peor. —¡No! —respondió Gutiérrez demasiado rápido. Se hizo un silencio incómodo. —Bueno... sí, pero no. O sea, sí lo conozco, pero no lo conozco. Nos vimos una vez. Técnicamente ni siquiera hablamos. Bueno, sí hablamos, pero fueron como tres frases. Cuatro si contamos el agradecimiento. Hernández seguía observándola. —Entiendo. —Fue una coincidencia —añadió Gutiérrez—. Una coincidencia completamente normal. Estadísticamente posible. La Capitana giró lentamente la cabeza hacia mí, era como si esperara que yo diera una explicación creíble. —Nos cruzamos en la estación —expliqué al final—. Nada más. —Ya veo. Hernández mantuvo la mirada fija en nosotros durante un segundo más. Después pareció decidir que tenía problemas más importantes de los cuales ocuparse. —Bien. La palabra cayó como el martillo de un juez. —Más le vale regresar a su puesto de guardia ahora mismo, Gutiérrez. —Sí, Capitana. —Y que sea a pie. —Sí, Capitana. —Patrullando. —Sí, Capitana. —No durmiendo. —Eso ya me pareció personal. La mirada que recibió a cambio bastó para que comenzara a caminar inmediatamente. —¡Entendido! ¡Patrullando! ¡Despierta y activa! Pasó junto a mí casi trotando y desapareció por la puerta antes de que Hernández pudiera encontrar algo más que decirle. La Capitana Hernández esperó a que los pasos de Gutiérrez desaparecieran por completo antes de señalar la silla vacía. —Su puesto de trabajo, Ortiz. Siéntese. Obedecí. El perfume de Gutiérrez todavía flotaba en el cubículo. Hernández se inclinó sobre mi hombro y escribió una clave en el sistema. Los monitores cobraron vida de inmediato, llenándose de imágenes a color: andenes, calles, senderos peatonales y distintos rincones del Sector 616 aparecieron distribuidos en una cuadrícula de veinte ventanas. —Veinte cámaras —dijo—. Su trabajo es sencillo de explicar y difícil de hacer bien. Señaló las pantallas. —Usted observa. Gutiérrez patrulla. Si ocurre algo, la guía hasta el problema antes de que el problema la encuentre a ella. Aquella era, probablemente, la descripción más simple que había escuchado en toda la mañana. La Capitana abrió un compartimento lateral y dejó una diadema con micrófono sobre el escritorio. —Póngasela. Obedecí. —Este es su canal privado con la protectora. En una emergencia grave, el sistema conectará automáticamente todos los sectores de la Central. Asentí. —No intente ser héroe, Ortiz. Usted no está ahí para intervenir. Está ahí para ver lo que otros pasan por alto. Aquello sonó menos como una instrucción y más como una advertencia. Hernández dio un paso atrás. —Su mes de prueba comienza ahora. Se marchó sin añadir nada más. El eco de sus botas se perdió entre los cubículos hasta que una puerta se cerró a la distancia. Me quedé observando el resplandor azul de las pantallas. Más allá de las mamparas seguía escuchándose el murmullo de radios, teclados y operadores trabajando en sus propios sectores. Estaba a punto de tocar el mouse cuando un estallido de estática llenó el auricular. —La Capitana da miedo, ¿verdad? Me sobresalté. La voz femenina sonaba familiar. —Pero no te preocupes. Ladra mucho más de lo que muerde. Reconocí a Gutiérrez al instante. —Y si algún día te amenaza con despedirte, recuerda que lleva años amenazando con despedirme a mí y aquí sigo.

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