Tenía los mismos ojos del hombre que le dejo el rostro desfigurado, más de 15 años atrás. El pequeño estorbo que lo sorprendió con sus ojos delicados, su boca pintada de rojo, aparte de espantarlo con el exceso de polvo fantasmal y el colorete de payasa. Su sola visión le hizo revivir el ardor de sus cicatrices en la cara.
Estando en su habitación, con poca claridad, solo visibles destellos de luz opaca proveniente de una lámpara ubicada en un rincón. Se quitó la máscara que solía usar en el lado izquierdo de su rostro. Detrás, la respiración de Sabrina y Fabricio, los encargados de sus propiedades en ese pueblo olvidado al sur de Francia.
—Es más espantosa de lo que imaginé.—Escupio luego de sentirse liberado y también proceder a quitarse sus guantes.
—Le puedo asegurar que no es mala como el hombre que la trajo a este rincón, hasta ahora no me ha dado problemas.—Para el solo eran palabras vacías, esa chiquilla estaba viva porque no tenía edad suficiente para matarla con sus propias manos cuando la encontró moribunda. Jamás se hubiera atrevido hacerle daño a una bebé desnutrida y fea.—Recordo sus gritos desgarradores cuando la encontró tirada en medio de sus plantaciones de trigo, al lado del cuerpo moribundo de su esposa infiel.—Dele una oportunidad, si lo llega a molestar me avisa, yo misma la castigo.
—Deberías educarla mejor Sabrina, te sugiero decirle que no se pinte como una payasa.—Dio la vuelta para ver a su personal entre la oscuridad, casi como sombras, que no les permitían ver sus emociones. —Tambien que siempre debe estar donde yo no la vea.
—Es una orden señor, serán cumplidas. En unos minutos hablaré con ella.
—¿Cómo llamaste a esa cosa?.—Le dió curiosidad saberlo, apenas sepultaron a su esposa y fue quemado en un terreno baldío el cuerpo de su amante. Se marcho del lugar.
—Lourdes, pero todos aqui le decimos Lulú. Por lo juguetona que es. —Un sobrenombre ridículo, tanto como la chica. Hizo cara de asco mientras se repetía en la mente, esas dos letras unidas de la forma más desastrosa.
—Es todo, te puedes ir Sabrina. Si tengo algún percance con tu recogida. Te lo haré saber.—Ya a esa distancia la divisaba mejor, en especial a la mujer que mantenía la mirada sobre el piso vestido con una fina alfombra vino tinto y estampados ruidosos. Todo casi oculto por la bruma apagada del espacio.—Sal, de una buena vez. Tengo cosas más importantes que hablar con Fabricio.
Cuando la vió desaparecer y el sonido de sus pasos irse diluyendo por el pasillo, retuvo en sus retinas el cuerpo encorvado de su mayordomo, el robusto Fabricio.
—¿Qué me puedes decir del pequeño estorbo?.—Buscaba más respuestas, sabía de sobra que posiblemente Sabrina encubriera las malas formas de la chica. No dudaba de su apego y que con esta se matara el deseo de ser madre que siempre tuvo.
—En verdad, la jovencita no es tan mala.—No temblaba, hablaba fluido, sin aparente nerviosismo. Olfateo de una su sinceridad. —Solo estudia y ayuda en la casa. —Eso parecía aburrido.
—Espero que estén en lo cierto. Al parecer ambos le tienen afecto. No me gustaría matarle a su mascotica.—Se alejo del hombre para ocupar asiento en el rincón más oscuro de la habitación.—Ya puedes irte. No olvides arreglarle las habitaciones a mis 3 hembras.—Habia arrastrado a su descanso, a sus concubinas.
Ya estaban al tanto de que debían compartirlo. A él por igual le gustaba tener diferentes lugares donde vaciar su lujuria. Después de casi morir por amor. Se había volcado en el desenfreno, por último encontró paz en coleccionar mujeres las cuales nunca podría llegar amar pero si podía disfrutar de sus cuerpos a cambio de lujos y buena vida.
—Disculpe señor. —Escuchar su voz le recordó que el hombre seguía parado cerca de la puerta como estatua viva.—Quisiera saber si desea contar con alguna para esta noche.—No lo había pensado.
—No se me antoja, la mocosa me puso de mal humor, no me gusta coger cuando lo estoy. —Volvio a recordar su horrible cara de payasa y las ridículas colitas con lazos de niña de 5 años.—Solo tráeme la cena y una buena botella de vino.
—Con permiso señor. En unos minutos subo personal a traerselo.—Con gesto de respeto salió su hombre de confianza, por encima de Sabrina.
Al cerrar la puerta su refugio le dió la privacidad cegadora que le fascinaba. Cerró los ojos lentamente
Ahí volvía estar su rostro, sus ojos y con ellos los recuerdos de aquella noche. Algo le decía que Lulú podía volverse su peor pesadilla.