—¡Hola Nana!. —Grito apenas llegó a la cocina luego de estar encerrada en su habitación toda la noche y gran parte de la mañana.
—¡Shhh!. Bájale al escándalo Lulú.—La reprendió seguido. Su Nana se veía muy nerviosa desde la llegada del señor de la gran casa..—No olvides lo que te dije ayer. Al señor Prometeo no le gustan los escándalos, eso incluye las niñas que los hacen.
—Pero no soy una niña. Soy toda una señorita.—Se movió de lado a lado, tocado una de sus colas, cuyas puntas le llegaban por debajo del busto.—Asi que mejor dame mi encargo para este día.
—Pareces de muy buen humor Lulú. Tomando en cuenta lo triste que te sentías a noche después que al señor casi le diera un infarto al ver tu cara de payasa. —Messie Malin hablo, con su apestosa voz quejosa. Siempre al tanto de todos los sucesos que pasaban en los rincones de la gran casa, para vivir comentando en son de chisme y burla.—Le corto los ojos, seguido le bloqueo la atención.
Tomo una tostada y se sirvió un vaso de jugo de melocotón. Sin volver a mirar al messie chismoso.
—Ire a caminar por las plantaciones de melocotón, Nana.—Estaba aburrida y censurada. La Nana Sabrina le había dicho que no podía andar por la planta alta de la casa, solo limitarse a sus labores, sus estudios y recorrer el espacio del personal de servicio.
—Prometeme ser juiciosa. No quiero que vuelva a pasar lo anoche, que hasta te pintaste la cara para recibirlo.—Esta le recordaba el momento más vergonzoso de su vida.
—Hasta yo tuve pesadillas todas la noche. —El messie chismoso volvía al ataque. No dudo en sacarle la lengua, por fastidioso. —¡Jajaja!, no sé quién te habrá enseñado a maquillarte. Casi mandas correr del espanto, al señor Prometeo con tu disfraz de payasa.
—Estoy aprendiendo con tutoríales.—Se acercó más al hombre que cortaba unas zanahorias con bastante agilidad. —También deberías buscar videos que te den tips para enamorar a mí Nana. —Se le aparto con rapidez cuando a este se le cayó el cuchillo y su Nana empezó a toser.
Antes de escuchar su llamado de atención puso el vaso sobre la encimera y tomó una pera del canasto de frutas. Lo siguiente fue correr.
—¡Estás loca, chiquilla deslenguada!.—Exclamó el messie, pero ella no le dió importancia.
Llegó al exterior de volada, sintiéndose libre.
Al sentir la brisa cálida azotar, tirando de sus colas y del encaje de su blusa floreada.
Empezó a correr por el campo, cada vez más lejos de la gran casa. Tenía un destino claro.
En el trayecto se canso y empezó a caminar con calma, pero con paso precisos. Solo viendo hacia los lados cuando alguno de los trabajadores gritaban su nombre en señal de saludo.
Le sonreía, e incluso floreteaba su mano como una celebridad en señal de saludo. Todos la hacían muy feliz en ese lugar. La amaban hasta algunos chicos de los alrededores, con interes amorosos. Lastima que el único que le gustaba era Pierre y le tenía miedo, la primera y única vez que intento besarla, casi le rompe uno de sus dientes delanteros, el muy torpe.
Más cerca del arroyo, el llamado de la corriente la fue guiando, para esa temporada veraniega crecía el caudal y ella lo solía aprovechar.
Descendió despacio, equilibrandose con los troncos duros de los arbustos. Más de cerca, las risas escandalosas de mujeres la sorprendieron. Los ecos le permitieron estar alerta y comprender que su espacio de soledad fue invadido.
Se agachó para prácticamente gatear sobre la tierra húmeda, cubierta de hojas secas, con cada avance las risas traviesas penetraban con más fuerza a sus tímpanos. Se saboreaba, algo le decía que las risas eran producto de algo divertido y quizás pecaminoso.
Más de cercar se acomodo con sigilo detrás de una enredadera y alcanzó a ver con cierta irregularidad tres mujeres desnudas.
Tentó sus bolsillos en busca de sus lentes, su miopía era crítica, pero por lo regular no le gustaba usar los lentes recetados por vanidad, las influencers que seguía no estaban ciegas como ella.
Al colocarse los medio fondos redondos comprobó que estaban como sus madres la trajeron al mundo.
—¡Ahhh!. Vaya desvergonzadas que trajo el señor prometeo hasta acá.—Estaba al tanto que llegaron con el, Fabricio le comentó a su Nana cerca de ella que eran las amigas especiales del señor Prometo y que debían todos tratarlas como finas damas.
Hizo pucheros, antes de quitarse los lentes y estos se quedarán colgando, gracias al collar de perlas color rosa que lo sostenía.
Estaba más a gusto así, viéndolas borrosas, sin divisar bien sus zonas privadas, apenas se notaban a esa distancia los tonos de su cabello. El señor Prometeo era variado con sus amigas. Pensó. Una rubia, morena y pelirroja. Tal como ella pedía que le compraran sus muñecas barbie de niña.
Retrocedió, recordando la advertencia de su Nana Sabrina, no debía molestar, incluso era preferible que hiciera menos ruido que una mosca. Siguió la huellas de sus manos, por el mismo sendero andado.
Iba inmersa en sus pensamientos coloridos e incluso sacando ideas locas de lo que posiblemente fueran hacer esas visitantes aparte de bañarse...hasta llegó a pensar en la posibilidad de que el señor Prometo las fuera acompañar. Sonrió con ligeros corrientazos por las imágenes difusas que la asaltaron de repente. En ese mismo segundo determinante se le plantaron dos enormes pies desnudos al frente, impidiendo su paso.
Se congeló, levantó un poco la vista para notar con dificultad las velocidades de sus pantorrillas. Lo que le dió a entender que era hombre, ninguna mujer tendría las piernas peludas.
—¡Levántate, quiero verte la cara!.—Era la voz del señor Prometeo.
Se mordió los labios y se guardo el miedo, sabía que lo mejor era buscarle la vuelta a la situación para evitar que esté se molestará con ella. Lo menos que deseaba era causarle problemas a la Nana.
Retrocedió un poco, antes de incorporarse; sus ojos no pudieron evitar recorrer la piel desnuda del hombre. Más arriba vió algo inmenso, salto con agitación hasta encontrarse con sus ojos color chocolate, rasgados por cierto desprecio hacia ella.
Toco una de sus colitas, como solía hacerlo cuando estaba nerviosa, intentando que sus ojos no se desviaran de nuevo a lo que parecía la trompa de un elefante. Al menos eso diviso, de haber tenido sus lentes puesto los detalles fueran más precisos.
—Supongo que eres Lulú. —Asistió. Lo único que deseaba era correr tenía al señor de la casa frente a ella, totalmente desnudo. Pero prefirió hacer la que no sabía de quién se trataba.—Sabia que serías un problema, nada bueno se puede esperar de ti, aparte de payasa, te dedicas a espiar.—El hablaba como si la conociera y ella estuviera llena de pecados. Decidió levantar más la vista y tratar de enfocar más su rostro, aún solo viera la mitad de él. La otra estaba cubierta por una máscara. Entre cerro los ojos con teatralidad.
—Lo siento, además no es que vea mucho, no sé quién es usted señor. —Elevo sus lentes, mientras retrocedía unos pasos, para crear una brecha más distante entre ellos.—Soy miope, me suelo perder con facilidad y apenas lo estoy viendo a usted. Por favor discúlpeme. —Sabia victimizarse.—¿Cuál es su nombre, mi buen señor?.
Sabía que estaba tentado su suerte, estaba cerca para notar la incomodidad de su patrón.
—¡Ponte los malditos lentes y compruébalo!. —Hablo tan fuerte que se tuvo que tapar los oídos para no quedar sorda, de paso algunos pájaros salieron volando.—¡Ahora!.— Replicó con más bestialidad que la vez anterior. Mientras ya sabía cuál sería su punto de escape.
Se puso los lentes, la imagen fue más nítida, el señor prometeo al menos la mitad de su rostro era tan bello como misterioso, pero eso fue lo de menos. Sus ojos no se resistieron al peso visual de sus entrepiernas, bajaron para comprobar que tan enorme era.
—¡Señor!.—Grito exaltada, llevándose la mano al pecho.
—Ya sabes quién soy, lo puedo comprobar, por tu cara de espanto.
—Un animal.
—¿¡Qué mierda hablas, Lulú!?.—No pudo dejar de mirarlo, era enorme, en estado de calma. Se rasco la cabeza antes de contestar con inocencia no premeditada.
—Es inmenso.—Lo señaló.—En verdad parece la trompa de un elefante.
Gracias al nerviosismo que la atrapó empezó a reírse, mientras la rabia de Prometeo se condenso más por lo que creía una burla.
—Me las pagarás.—El solo escucharlo entendió que era tiempo de correr. Eso hizo.