¿Cómo se construye la confianza con un niño?
Muchos dirían que con comunicación.
Otros, que manteniendo la palabra.
Algunos, que se necesita una actitud positiva.
Y solo muy pocos dirían que es apoyarlos en lo que les gusta.
¿Qué pensaba yo?
Todo eso. Ser madre de Declan me había dado la experiencia suficiente para aplicar cada una de esas cosas y mantener una relación saludable con mi hijo. Pero ahora… estaba aprendiendo que cada niño es un mundo, y Nadia tenía su propio idioma. Uno al que todavía no encontraba el diccionario.
Aquella tarde, los niños se la pasaron jugando mientras Alexis se dirigía a su pequeño despacho a trabajar. Las horas pasaron entre risas suaves detrás de una puerta entreabierta y yo, preparando la cena para Declan, alistándolo para dormir.
¿Nadia?
Esperó a que su padre se desocupara para ayudarla con lo que necesitaba y darle de cenar. Esta vez le compró puré de papa con pechuga de pollo. Alexis no sabía cocinar, así que me había comentado que compraba todo con una mujer de su total confianza que vivía muy cerca.
Después de cenar, Alexis volvió a su despacho, prometiéndole a su hija que estaría libre a las nueve para leerle una historia.
El tiempo pasó. A las ocho y media fui a buscar a mi pequeño, pues al día siguiente tenía que ir a la escuela. Toqué suavemente la puerta de la habitación de Nadia, y el sonido provocó que las risas se detuvieran.
—Declan, cariño, es hora de dormir.
—¡Pero, mami! ¡Aún no terminamos de jugar! Yo quería ser Superman…
Alzaba las manos con alegría. Me acerqué y le di un suave beso en la cabeza.
—Este Superman tendrá que dormir porque mañana debe ir a la escuela con la señorita Flor. ¿Recuerdas que irán los bomberos a visitarlos?
—¡Sí! La señorita Flor nos habló de ellos toda la semana, ¡y por fin irán a nuestra escuela!
—En tu escuela irán los bomberos.
Nadia movió ligeramente el rostro, curiosa. No tuve que decir nada más: la emoción de mi hijo fue suficiente para animarla. Aunque me dolía interrumpirlos, sabía que si se entusiasmaba demasiado, sería imposible hacerlo dormir.
Declan se despidió de Nadia y, tras eso, fuimos a su habitación. Dejé la puerta abierta, como siempre. Era parte de su rutina.
Él decía que le gustaba que leyera con la puerta abierta por si algún duendecito de los que vigilan para Santa Claus quería escucharlo.
Ese día comenzamos uno de sus cuentos favoritos. Gracias a Dios, no era de Pete the Cat, sino una historia sobre un dragón, una princesa y un caballero. Pasaba lentamente las páginas del nuevo libro que Alexis nos compró, agradeciéndole mentalmente todo lo que había hecho por nosotros.
Declan se acurrucaba en mi regazo, bostezando levemente mientras seguíamos leyendo.
—Mami, ¿entonces el príncipe debe rescatar a la princesa?
—Así es, cariño. Para el caballero es un honor defender a la princesa.
—¿Y si se lastima?
—A veces pasa, pero la princesa se lo agradecerá y será feliz. Le dará lo necesario para que se sienta mejor.
—¿Como un abrazo?
Sonreí levemente al escucharlo.
—Así es, cariño —lo abracé con ternura—, como un abrazo.
Pasé la página para continuar leyendo hasta que escuché un leve sonido en la puerta. Giré la cabeza con lentitud y vi a Nadia. Sus ojos curiosos me miraban mientras sostenía su conejo de peluche contra el pecho. Miré de reojo el reloj de dinosaurio que Alexis compró para Declan: faltaban cinco minutos para las nueve.
—Nadia, ¿aún esperas a tu papá?
Silencio. Solo me observaba. Su mirada estaba fija en el libro que sostenía.
—¿Quieres leer con nosotros?
Silencio.
—Nadia, ven. Mami me está leyendo una historia sobre una princesa. La princesa se parece a ti.
—¿De verdad? —Sonrió ligeramente al ver a mi hijo.
—¡Sí, mucho, mucho, mucho! ¡Es como si fueses una princesa!
Nadia sonrió y se acercó a nosotros. Me miró con ligera desconfianza, pero le hice espacio en la cama.
—Si quieres, puedes sentarte cerca. Prometo que te dejaré ver.
A pesar de sus dudas, se subió a la cama. Mantuvo cierta distancia, pero escuchaba con atención. Poco a poco, sus cuerpos se acercaron sin darse cuenta, y para cuando terminamos el cuento, ambos estaban dormidos: Nadia abrazada a su conejo y Declan abrazándola a ella, como si quisiera protegerla.
La escena era tan conmovedora que me hizo vibrar el corazón. Cerré el libro con delicadeza y los observé dormir en paz.
—Gracias.
Levanté la cabeza. Alexis estaba en la puerta. Su mirada, acaramelada y profunda, se mantenía fija en la mía.
No comprendía por qué, pero esa mirada hizo que sintiera una leve presión en el estómago. Como si alguien hubiera encendido una chispa en el centro de mi pecho.
Solo respondió con una sonrisa ladeada mientras se acercaba.
Aunque siempre era educado conmigo, en ese momento su actitud se sentía más… ¿posesiva? No lo sabía. Solo sentía que todo mi cuerpo reaccionaba, aunque no entendía exactamente a qué. Como si algo me robara el aliento… y ese algo era Alexis.
—Oh… —intenté calmar mis ideas—. No sabía que estabas aquí. ¿Desde cuándo?
—Desde que el caballero comenzó a buscar a la princesa por el bosque encantado —rió suavemente—. Nunca había visto a Nadia tan emocionada con una historia desde que mi cuñada le trajo un libro y se lo leyó con mis sobrinos.
—Eso es bueno, ¿no?
—Sí. Siempre duda, incluso de acercarse a las personas —se acercó a Nadia para cargarla.
—Eso parece… pero al menos está cómoda con mi hijo. Así que eso ayuda.
—Sí… bueno, iré a llevar a Nadia a su habitación.
Con ella en brazos, se despidió.
Al salir, sentí que por fin podía respirar. No me había dado cuenta de que mi corazón latía a mil solo por su mirada.
¿Acaso estaba loca?
Sí. Probablemente.
La noche fue tranquila. Dormí junto a Declan, y como si ya fuera parte de mi nueva rutina, lo llevé a la escuela por la mañana.
Después, regresé por Nadia, que parecía querer repetir lo mismo del día anterior.
No quería que pasara hambre, así que a las diez de la mañana entré a su habitación. Estaba jugando con una muñeca y un oso. Me senté a su lado, manteniendo cierta distancia.
—Nadia, ¿quieres comer algo?
Silencio.
A este paso, nuestra relación nunca mejoraría. Levanté la mirada, intentando recordar algo… y alguien vino a mi mente: Alexander. Lo había visto un par de veces, pero lo recordaba perfectamente por ser el hermano de Alexis.
—Cuando conocí a tu tío, me enseñó a hacer una ensalada de frutas muy rica. ¿Quieres probarla?
Al escuchar eso, me miró de reojo por unos segundos y dejó sus muñecas a un lado.
—¿Conoces al tío Alex?
—Ajá. ¿Quieres ver lo que me enseñó? Incluso podemos ir al supermercado a comprar las frutas. Tú las escogerías todas, ¿te parece?
Al decir eso, pareció emocionarse. Se levantó enseguida y sus pequeñas coletas se movieron con ella.
Fuimos a un supermercado cercano donde escogió mango, uvas, banana, sandía y manzana.
¿Por qué hacía eso?
Solo quería que viera el proceso de preparar algo para comer. Que comenzara a tener confianza.
Al llegar a casa, y tras pagar con el dinero que Alexis me había dejado, le presté un cuchillo para niños. Ella cortó las frutas con mi ayuda, y juntas preparamos una ensalada con un poco de crema batida.
Eran las doce, y al menos comía algo. La notaba feliz, y eso, para mí, fue un logro personal.
La puerta de entrada se abrió y, tras un rato, apareció Alexis en la cocina con una bolsa. Nadia, al verlo, saltó de la silla para abrazarlo.
—¡Papi! ¡Viniste!
—Claro que sí, enana. Te dije esta mañana que vendría temprano para traerte arroz con tu pescado favorito y brócoli —sus ojos se posaron en Nadia—. Enana, tu boca está algo sucia.
—Sí, estaba comiendo lo que preparé. La mamá de Declan me ayudó con algo que el tío Alex le enseñó. Estuvo rico.
—¿Comiste? —Al ver a Nadia sonreír emocionada y asentir, Alexis dirigió lentamente su mirada hacia el plato casi vacío en la mesa… y luego hacia mí.
Como si algo nos envolviera, el ambiente cambió. Su mirada, usualmente educada, se volvió penetrante.
Más directa. Más… mía.
—Ya veo —dijo finalmente, aún mirándome fijamente—. Nadia, enana, ¿puedes terminar de comer? Tengo que hablar con Brittany.
No apartó su mirada ni un segundo.
—¿Tienes tiempo para que hablemos ahora? Es importante.