7.Tú eres importante

1319 Words
Había una especie de neblina invisible entre nosotros, una tensión densa que me hacía preguntarme si estaba por enfrentar un peligro... o si, por primera vez en mucho tiempo, estaba a salvo. ¿Mi mayor miedo? Que el pequeño desastre que había causado en la cocina al hacerle de comer a Nadia fuera suficiente para molestarlo y que quisiera despedirme. Me quedé paralizada. Como si mis pies se hubieran clavado al suelo. Observaba a Alexis como si fuera Medusa… y bastara una sola mirada suya para convertirme en piedra. No era miedo lo que sentía, no del todo. Era algo más profundo, más visceral. Como si su juicio pudiera quebrarme o redimirme en el mismo instante. —Enana, después de que termines, ve a tu habitación. —Como digas, papi. —Emocionada, volvió a comer. Alexis me observó como si le resultara sumamente curiosa. Con un elegante movimiento, señaló hacia la sala, y tras un momento de duda, decidí ir. Intentaba no estar rígida; necesitaba esto más que nadie. Él caminaba de forma imponente delante de mí, y al llegar a las escaleras, subimos hasta donde estaba su despacho. Al entrar, me señaló de manera educada uno de los asientos, donde procedí a sentarme. Disimuladamente, observaba el despacho completamente amueblado en tonos caoba. Había varios libreros llenos de libros jurídicos. Detrás de él, un cuadro pintado de Nadia con él: ella tenía una enorme sonrisa mientras sostenía su pequeño conejo. En el escritorio había una fotografía de ella. Al lado, varios papeles —alguna demanda, por lo que leí en el encabezado—. También había una computadora. Sin dejar de observarme como si fuera una presa, se colocó del otro lado del escritorio, pero no se sentó. Se recostó de la pared, cruzando los brazos, como si buscara las palabras correctas. Sus ojos brillaban con una intensidad que podría incomodar, pero en esos momentos… se sentía cercana. Como si solo me perteneciera a mí. No decía nada. Su silencio fue tan latente que se sintió como una verdadera eternidad. —¿Alexis? ¿Está todo bien? —pregunté finalmente, intentando aligerar la tensión que mi cuerpo sentía. Él se acercó para apoyarse en el escritorio, justo a mi lado. Con su mano sujetó el borde sin dejar de observarme. —Gracias, Brittany. Por fin habló. Y como si esas palabras tuvieran un poder mágico, aligeraron el ambiente de inmediato. —¿Gracias? ¿Por qué me agradeces? —La mayoría de las niñeras se habrían rendido antes de terminar su primer día —comentó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, cargada de agotamiento—. La llamaron difícil, caprichosa… imposible. Hizo una pausa. Respiró hondo. —Estaba a punto de rendirme también. Pensé que quizá ella necesitaba algo que no podía darle. Pero hoy... contigo, comió. Eso para mí no es solo un alivio. Es un milagro. Al decirlo, su voz se quebró apenas, como si esa admisión le pesara. Como si no estuviera acostumbrado a agradecer, pero necesitara hacerlo. Sus palabras fueron sumamente genuinas, nacidas de su corazón, como si hubiese esperado años para decir esas palabras. Su mirada se suavizaba. —No tienes que agradecerme nada, Alexis —murmuré, bajando la mirada hacia mis manos temblorosas —. Soy yo quien debería darte las gracias… por abrirme la puerta de tu casa, por darme una oportunidad cuando más lo necesitaba. Hice una pausa, como si buscara las palabras correctas. —Tu hija no es difícil. Es brillante. Tiene un mundo entero dentro y un corazón de oro… solo está esperando que alguien se quede lo suficiente para descubrirlo. —Lo tiene —sonrió levemente—. Pero no cualquiera se queda el tiempo suficiente para entender eso. En aquel momento sentí una intimidad que nunca había sentido antes. Ni siquiera con Mason, el padre de Declan. La mera presencia de Alexis estaba logrando lo que nunca nadie había hecho conmigo: desarmarme… y hacerme sentir expuesta. Sin comprender por qué, carraspeé, intentando disipar esa tensión que se acumulaba entre nosotros. Me incomodaba sentirme tan vulnerable, pues solo me había abierto con mi abuela y mi hijo… pero… ¿cómo no hacerlo? Alexis siempre parecía sereno y relajado, incluso en su cansancio. Y aún podía recordar sus bromas, años atrás, cuando me ayudó con los papeles de la hipoteca de mi abuela. —No te preocupes, Alexis. Yo te prometo que me quedaré con Nadia todo el tiempo que tú me dejes hacerlo. Con Declan aprendí que, a veces, hay que dejarse llevar por la corriente y disfrutar. Así que… voy a disfrutar conocer a tu hija, hasta donde ella me lo permita. Mi respuesta pareció agradarle, porque asintió con la cabeza, sin perder esa suavidad en la mirada. —Brittany, ¿qué te parece la casa? —¿Por qué me lo preguntas? —Lo hago porque los he traído y acomodado, pero quiero saber si puedo hacer algo más para hacerte sentir mejor. —No tienes que hacerlo, Alexis. Este lugar es precioso. Tu hospitalidad ha sido excelente. Y te prometo que te devolveré cada centavo que has gastado en mí. —No tienes que devolverme nada, Brittany. Para mí… tú eres importante. Y esa frase llenó la habitación de una energía completamente nueva. La tensión que había intentado disipar volvió de inmediato, como un golpe sutil y preciso. Un leve escalofrío recorrió mi columna, aunque mentalmente me daba palmadas. No… No podía. Debía alejar esos pensamientos. Con Mason fue igual. Me hizo sentir como si fuese una mascota, la primera en mover la colita al recibir cariño. Por él, endurecí mi corazón. Varios clientes de la tienda de mi abuela intentaron cortejarme, pero los rechacé a todos. Alexis era distinto. No decía nada del otro mundo, pero con él… sentí un leve estremecimiento. Mostré mi mejor sonrisa del repertorio para disolver la burbuja emocional que amenazaba con envolverme. —Alexis, si me disculpas, voy a preparar algo antes de ir a buscar a Declan a la escuela. —Claro, lo que desees. Como estoy en casa, si necesitas tiempo para ti, puedo quedarme con Nadia. —¿En serio? —al ver que asentía con suavidad, sonreí—. Gracias. Aún tengo cosas que desempacar, además de que empezaré a hacer una lámpara. —¿Una lámpara? ¿No sería mejor comprarla? —No, esta no puedo comprarla —susurré—. Mi abuela me hizo una lámpara en forma de mariposa. Se quedó en la tienda. Haré mi mejor esfuerzo para hacer una réplica. —Comprendo. ¿Estás segura de que no quieres volver por ella? —No podría. Si mi madrastra se da cuenta de lo que significa para mí, seguramente la quemaría. A pesar de que no dijo nada, pude sentir su disconformidad, como si brotara por cada poro de su cuerpo. Suspiré, intentando dejarlo pasar. Me levanté, pero mi pie derecho tropezó ligeramente, y estuve a punto de caer. Alexis me sostuvo justo a tiempo. Su mano me sujetó con firmeza. Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo. Su mirada se intensificó, sumamente posesiva. Había un brillo en sus ojos donde, por un momento, solo estaba yo. Inmediatamente, sentí mi cuerpo encenderse, como si el roce de sus dedos despertara emociones que llevaba años enterrando. Sin comprender por qué, abrí ligeramente los labios. ¿Era Alexis atractivo? Demasiado. Años atrás, cuando me ayudó, solía imaginar cómo sería estar en sus manos. Con delicadeza, pero también con firmeza, y sin dejar de mirarme, susurró: —¿Estás bien? Su voz era ronca. Tan profunda, que mi cuerpo vibró. —Sí… sí, lo estoy —apenas pude susurrar. Todo pareció desaparecer. Solo estábamos él y yo. Su cuerpo comenzó a acercarse con lentitud, buscando besarme… Y yo estaba ahí. Dejándome tentar por el pecado de Alexis. Un pecado que, solo por su mera presencia, ya significaba problemas para mi vida.
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