Detenidos en un instante, en ese espacio mínimo donde un solo movimiento completaría el beso que ambos deseábamos.
—Papi…
Un leve murmullo, proveniente de una puerta entreabierta, hizo que Alexis se separara ligeramente. Se enderezó de golpe al notar que Nadia nos observaba. Tenía su conejo apretado entre los brazos, como si también él presintiera que algo estaba a punto de romperse. Sus ojos azules como el hielo se clavaron en mí. No pestañeaba.
—Enana, ¿qué haces aquí? ¿No te dije que me esperaras?
—Sí… pero quiero que me ayudes a buscar mi cuaderno de colores.
Su tono era suave, con ese aire infantil que todavía conservaba, pero su mirada… su mirada era penetrante, fija, decidida. Como si supiera exactamente lo que estaba interrumpiendo. Tragué en seco, sintiendo una piedra caliente en el estómago. Alexis, con una expresión de disculpa silenciosa, solo agachó la cabeza.
—Brittany, si me disculpas… pasaré tiempo con mi hija hoy, como siempre. Estás libre para hacer lo que quieras.
Asentí. Fue lo único que pude hacer, observando cómo Alexis se acercaba a Nadia. Ella me miraba todavía. Con esa expresión que gritaba sin palabras: “no dejaré que te quedes con él”. Tenía cuatro años y aun así… esa mirada era más amenazante que la de muchas adultas que me han odiado en la vida.
Suspiré. No quería que ese momento arruinara el frágil, diminuto, tembloroso acercamiento que había conseguido con ella. No otra vez.
Cuando la habitación quedó vacía, llevé una mano a mi pecho. Mi corazón latía como si hubiera corrido diez cuadras en sandalias. No… no podía darme el lujo de perder mi trabajo por culpa de mis hormonas asesinas. Me prometí que, si alguna vez volvía a pasar, yo misma detendría a Alexis.
¿Podría hacerlo?
…No.
Pero tenía que hacerlo. Tenía que. Este empleo era probablemente el único en todo Londres donde no me sentía ni denigrada ni acosada. Aunque… honestamente, ya estaba considerando como plan de emergencia recoger botellas.
No ganaría mucho, pero sería honrado. No me importaría vivir en una habitación diminuta si eso significaba mantener a mi hijo. Dormiríamos apretados. Pero juntos.
La tarde transcurrió tranquila. Alexis se quedó con Nadia en su despacho. Descubrí que, mientras trabajaba, también le enseñaba lectura y escritura. Según me explicó cuando le llevé un café, hacía eso para mantenerla al día, ya que no estaba inscrita en una escuela formal. Me pareció… tierno. Inteligente. Un poco solitario, si me preguntan.
Fui a la escuela de mi hijo para recogerlo. Al verme, me miró con curiosidad… buscando algo. O mejor dicho, a alguien.
—Ella está en su casa, cariño. Está con su papá.
—Mami, ¿puede Nadia venir a jugar conmigo a la escuela?
—¿Y por qué no se lo preguntas tú?
—Le dije que viniera con la señorita Flor y ella me dijo… —alzó la vista, frunciendo el ceño—. Dijo que no le gustaban las maestras. Que eran malas.
—¿Malas?
—Uh-huh. Nadia me contó que una de sus maestras le arrancó el ojo a su oso de peluche.
Me detuve. Literalmente. Lo miré como si acabara de recitarme un conjuro demoníaco.
—¿Cómo dijiste?
—Eso me contó. Que su maestra le arrancó el ojo a su osito porque estaba hablando con él en clase.
Y él siguió caminando como si nada. Como si eso fuera lo más normal del mundo. Sentí un pequeño temblor en el cuerpo. Nadia… Nadia había estado encerrada en una cadena de odio. Una que solo había fortalecido sus defensas. Un escudo blindado, miniatura.
Pero mi gran pregunta era… ¿por qué?
O sea, entendía que su madre había sido un desastre de proporciones bíblicas. De lo poco que sabía, había estado involucrada en crímenes. Crímenes horribles. El más impactante: la entrega de mujeres al mercado n***o, donde eran prostituidas.
Desde empleadas que la molestaban hasta mujeres que simplemente se cruzaban en su camino. Más de cuarenta víctimas. Muchas con familias con contactos. Y Nadia… era el recipiente de todo ese odio acumulado. Como una cajita que guardaba los restos de una bomba emocional.
Así que terminé comprando dos varitas de burbujas: una para Declan, otra para Nadia. Usaría el pretexto de jugar con ella para lograr que se abriera un poco más. Solo un poquito. Un resquicio en ese caparazón.
Al llegar, escuché una risa vivaz y alegre en la sala. Pensé que estaba con Alexis. Pero al entrar, vi a una mujer.
Vestía de forma casual, pero se notaba el buen gusto. Tenía ojos brillantes como diamantes. Cabello azabache con toques de canas. Algunas arrugas, pero no suficientes como para opacar su belleza. Y había algo en su postura… en cómo se sostenía el mentón… que me dejó helada. Como si no importara que llevara ropa cómoda: ella era elegancia en estado puro.
—Buenas tardes —dije, intentando sonar segura.
La mujer me observó con un escaneo tan clínico que por poco busco una sábana para taparme. Sus ojos pasaron de mí a Declan. Alzó una ceja con una delicadeza afilada.
—Buenas… ¿y tú eres…?
—Soy Brittany —sonreí suavemente, con la esperanza de no parecer un bicho raro—. La niñera de Nadia.
Su mirada bajó hacia mi ropa. Se irguió más aún, como si acabara de inhalar perfume caro por error.
—¿De qué compañía vienes?
—No soy de ninguna compañía.
—¿Eres particular?
—Sí, así es. Soy particular —mostré la mejor sonrisa de mi repertorio, aunque por dentro sentía que me estaban desmenuzando con rayos X.
—¡Nadia! ¡Mi mami nos trajo burbujas! ¡Vamos arriba!
—¡Sí!
Declan tomó la bolsa y salió corriendo con Nadia hacia su habitación. Y en cuanto desaparecieron, el aire en la sala se volvió denso. Como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas.
La mujer me miró de nuevo. Esta vez con una intensidad que me hizo temblar por dentro. Como un jaguar que olfatea debilidad.
—¿De verdad estás aquí para cuidar a mi nieta? ¿O eres solo otra de esas que vienen detrás del pene y el dinero de mi hijo?
Y ahí estuvo. El puñetazo directo al estómago. Sin anestesia. Sin avisar.
Tuve que tragar saliva. Las palabras se amontonaron en mi garganta. Quise gritarle. Quise decirle que se fuera al infierno con su joyero de prejuicios. Pero me tragué la rabia. Me tragué el orgullo. Porque lo último que quería era terminar de patitas en la calle por decirle dos verdades a la abuela de Nadia.
Fingí calma. Mentira total, pero fingí.
—Para nada, señora Lennox. Estoy aquí únicamente para cuidar de Nadia.
Sus ojos se estrecharon. Su cara lo decía todo. “No te creo. No me gusta cómo respiras. Probablemente eres una zorra.”
—Bueno. Yo estoy aquí. Mi hijo también está aquí. Puedes retirarte por hoy. Vete a tu casa, tengo cosas que hablar con él.
—Si desea hablar con su hijo, me retiro… a mi habitación.
—¿Habitación? —repitió la palabra como si acabara de decir “sacrificio humano”—. ¿Cómo que habitación? ¿Estás durmiendo en esta casa?
Me quedé en blanco. En blanco absoluto. ¿Había alguna forma elegante de esconderme debajo del sofá?
—Madre.
La voz de Alexis retumbó como una tormenta. Ambas giramos hacia la escalera.
Ahí estaba él. Con anteojos, como si acabara de salir del despacho. Mirada firme. Presencia imponente. Bajó los escalones con esa mezcla entre seguridad y control absoluto que solo él podía tener. Se colocó a mi lado, sin apartar los ojos de los de su madre.
—¿Tienes algún problema con que Brittany esté durmiendo aquí?
La mirada de ella viajó de él hacia mí. Se endureció como piedra. Como si yo fuera una mancha que no lograba quitar.
—Sí. Tengo un gran problema.
Y por primera vez desde que llegué a esta casa… deseé no haberla pisado nunca.