4.¿Quieres ir?

1716 Words
Dicen que no se puede juzgar un libro por su portada, pero con Nadia era complicado. Su rostro angelical de porcelana y sus ojos dejaban claro que no era fácil. Alexis se levantó con cuidado, como si temiera que, al hacerlo, Nadia reaccionara. —Enana, iré a presentarles a nuestros invitados sus habitaciones. —¿Papi, vendrás a leerme en la noche? —Claro que sí, enana. Siempre vendré a leerte —acarició su cabello con suavidad y luego se dirigió hacia nosotros—. Síganme. Me indicó con la mano que lo siguiera. Mis ojos no dejaban de recorrer el lugar: todo en tonos crema, lleno de lujos. Había cuadros por doquier que, aunque no fuera experta en arte, imaginaba que valían una fortuna. Los muebles y las decoraciones rezumaban elegancia. Pude reconocer algunas piezas antiguas que me fascinaron. Como conocedora de antigüedades, me detuve frente a un reloj de madera. Lo observaba con atención. Era un placer visual, me hizo sonreír. Me recordaba a mi abuela. —¿Te gusta? —Es precioso —murmuré. —Sí, pero no funciona —dijo—. Estaba pensando en venderlo. —Déjame repararlo —dije, tocándolo con fascinación. La madera, fría y suave, era una experiencia casi religiosa. —¿Sabes hacerlo? —Claro. Trabajé en la tienda de antigüedades de mi abuela durante más de seis años. —Eres una mujer de muchos talentos —sonrió, y esta vez su sonrisa fue genuina—. Niñera, vendedora, madre… ¿qué más? —Cocinera, maestra, enfermera, consejera... y la mejor dando abrazos —lo noté fruncir levemente el ceño—. Todo eso conlleva ser madre. —Tienes razón. —Mami, ¿no podemos ir a casa? Ya quiero jugar con mis juguetes. Volteé hacia la vocecita. Declan estaba sentado en el suelo, mirándonos con sus ojos color miel. Los ojos de su padre. Una marca que solo él le había dejado, aunque no me gustara. —Declan, cariño, de ahora en adelante dormiremos aquí. ¿Te parece? —¿Y mis juguetes? También dejé mi cobija de dinosaurio. —Te compraré nuevas cosas, mi niño. ¿De acuerdo? Por ahora vamos a nuestra habitación. Durante nuestra conversación, Alexis nos observó en silencio. —Oye, pequeño superhéroe, ¿te molestaría jugar con Nadia mientras tu mami y yo hablamos? —¿Nadia? —Mi hija —se agachó con una sonrisa protectora—. Juega con ella y me aseguraré de conseguirte tu cobija de dinosaurio. ¿Te parece? —¡Sí! Alexis abrió la puerta para que entrara y, luego, me observó con detenimiento. —¿Segura que no quieres ir a recoger tus cosas? —No —negué—. Conociendo a mi madrastra, seguramente ya las quemó. Esperaré a mi primer pago y compraré todo lo que mi hijo necesita. Yo puedo esperar. Se cruzó de brazos, apoyándose en el borde de la escalera. Su mirada, intensa y firme, no me incomodaba, pero sí me mantenía alerta. —Brittany, no dejaré que te expongas con tu madrastra. Incluso, si me explicas bien la situación, podría contrademandarlos por abuso intrafamiliar —agitó la mano, revisando su reloj—. Si quieres, podemos ir a la tienda ahora mismo y comprar lo necesario. No dejaré que esperes. —Alexis, pero aún no me contratas —murmuré. —Aunque no te contrate, puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites —sus ojos se mantenían en los míos—. Mientras revisaba tu documentación cuando fui a sacarte de prisión, descubrí que el altercado fue en propiedad de tu abuela. Recuerdo que gané ese caso para recuperarla... pero estaba a nombre de otra persona. —Mi padre… —suspiré, bajando la mirada—. Se quedó con todo. Como no había testamento, no me tocó nada. Alexis levantó una ceja. —¿Estás segura de que no dejó testamento? —No que yo sepa. El abogado de mi padre dijo que, al estar él vivo, yo no tenía derecho a nada. —Brittany —su expresión se suavizó—, ¿por qué no viniste a buscarme? Habría hecho algo por ti. —Porque siempre terminabas gastando tiempo o dinero en ayudarme. Me sentía mal. No estoy acostumbrada a que alguien, que no fuera mi abuela, me tratara bien. Ya habías hecho tanto... Hubo un silencio entre nosotros. No era incómodo, más bien reconfortante. —¿Entonces por qué me llamaste hoy? —Porque estaba sola —susurré. —Ya no lo estás. Si tú me ayudas, yo te ayudo. ¿De acuerdo? —No me conoces lo suficiente. —Lo sé, pero siento que no puedo dejarte sola —su voz era tranquila, segura—. Arréglate y llevemos a los niños. Iremos de compras. —Alexis… no tienes que hacerlo. —Claro que tengo que hacerlo. Me sentiría un mal anfitrión si no lo hiciera. Busca a los niños. Te espero en el auto. Sin decir más, se fue revisando su teléfono. Me acerqué a la habitación de Nadia, donde Declan estaba jugando. Escuché sus voces: —¿Serás mi amiguito? —Sí, ¿quieres ir al parque conmigo? Mi mami te llevará. —¿No te reirás de mí por no tener mami? —No, solo si tú no te ríes de mí por no tener papi. Me detuve, escuchando. Sus risas eran alegres. Crié a Declan con todo el amor del mundo, convencida de que no necesitaba un padre. Pero esa conversación me hizo cuestionarlo. —Niños, es hora de irnos. Iremos al centro comercial. —¿En serio iremos, mami? Asentí con una gran sonrisa, y Declan me abrazó con emoción. Nadia, en cambio, me observaba con una expresión difícil de leer. Sus ojos azules eran tan intensos que parecían evaluar cada movimiento mío. Me agaché para hablarle con dulzura. —¿Quieres ir? —¿Dónde está mi papi? Su vocecita, aguda por la edad, sonó más como un escudo que una pregunta real. —Está en el auto esperándonos. ¿Lista? No respondió. Solo se levantó, abrazando un conejito de felpa blanco, y salió sin siquiera mirarme. Su forma de ignorarme no fue grosera, pero sí deliberada. Me dolía un poco… aunque lo entendía. Tal vez, para ella, yo era otra extraña más que se iría en poco tiempo. Bajamos. Intenté tomar su mano, pero se alejó con suavidad. Esperamos a que Alexis acercara el auto. Acomodó a los niños en la parte trasera. Al ver a su padre, Nadia se relajó. —Papi, ¿iremos a comer helado? —No lo sé, enana. Aún no estoy feliz por lo que le hiciste a la niñera. Ella hizo una pequeña mueca de molestia. Era adorable… pero también un recordatorio de que algo no estaba bien. Durante el trayecto, Declan no paraba de correr por la juguetería. Quería todo. —Cariño, por favor, no puedes comprar eso… —susurré, preocupada. —No te preocupes, Brittany. Déjalo. —Pero, Alexis, todo esto es muy costoso. —Si están tranquilos, esto no es un gasto, es una inversión —se notaba relajado—. Además, Nadia se divierte. La observamos correr con Declan. Su risa era contagiosa, brillante. —Creo que es el primer niño con el que mi hija disfruta jugar. —¿No crees que algo pasa en la escuela? —Sí… pero ya la he cambiado varias veces. Incluso pensé en mudarme con mi hermano a Nueva York. —Alexis, déjame observarla. —Bien, pero no escapes. —No lo haré. Compramos tantas cosas que Alexis parecía un árbol de Navidad. Se encargó incluso de comprarme ropa, más de la que tenía en casa de mi abuela. Esa noche cenamos como si fuéramos una familia. En el restaurante, Nadia era vivaz, curiosa, alegre. Entonces… ¿por qué tantos problemas con las niñeras? Al llegar, Alexis me mostró una hermosa habitación. Me ofreció otra para Declan, pero me negué. Quería dormir con mi hijo esa noche. Después del baño y del cuento, lo abracé mientras nos acurrucábamos en las sábanas limpias. —Mami... —¿Sí, cariño? —¿Esto es lo que la abuelita dijo que me daría de regalo? —¿Regalo? —Sí. Me visita en sueños y dijo que me daría algo que me gustara. Hoy me compraron el dinosaurio y el auto… y esta nueva cobija. ¡Groar! Con los ojos aguados, le acaricié la cabeza con la nariz. —Entonces debemos creerle, cariño. A la mañana siguiente, preparé a Declan para la escuela. Alexis solo me observaba divertido mientras yo corría de un lado a otro. —¿No irás a llevar a Nadia a la escuela? —pregunté. —No. Como estoy cambiando a Nadia de institución, no me permiten llevarla aún. —Bien… debemos irnos o perderemos el bus. —¿Sabes conducir? —Me lanzó las llaves—. Solo no lo rayes. Eso sí me dolería. —¿Me confías tu auto? —Solo porque eres tú. Llevé a Declan, quien iba emocionado. Aunque la escuela era modesta, la amaba. Su maestra, Flor, era un ángel. Tras dejarlo, regresé a casa. Alexis se fue a trabajar… y me quedé sola con Nadia. La llamé varias veces para desayunar, sin respuesta. Se encerraba en su habitación, evitándome por completo. Como si mi presencia le molestara. No me miraba, no respondía. Pero intentaba entenderla pues para ella era una desconocida. Yo habia pasado esas sensaciones en mi niñez, donde no sabias si confiar o no en los mayores que te rodeaban. Por ahora decidí esperar a que ella se abriera conmigo a su ritmo. A las once, mientras lavaba, oí pasos en la escalera. Me giré con una sonrisa. —Oh, Nadia… ¿ya decidiste bajar? ¿Quieres frutas? El sonido de un cristal rompiéndose me hizo correr. Entré a la sala con el corazón en la garganta. Ahí estaba. De pie, junto al florero roto. Lo había empujado. Su manita aún estaba en el aire. Me observaba con sus ojos fríos y azules, sin pestañear. Como un pequeño jaguar evaluando si debía atacar o huir. Tragaba con lentitud como si tuviese una piedra en la garganta. —¿Qué harás? Acaso… ¿tú también me vas a gritar? —Finalmente dijo.
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