Hubo un largo silencio. No sabía si Alexis me estaba considerando como opción o si simplemente ya me había descartado. Lo vi lanzar un suspiro sonoro mientras se apretaba el puente de la nariz.
—Mi hija es complicada.
—No importa. —Hablaba con desesperación—. Alexis, solo dame una oportunidad, te lo ruego. Si no logro conseguir un trabajo estable, ¿sabes lo que eso significa? El Estado va…
De reojo miraba a mi hijo, que, ajeno a todo, hojeaba su libro favorito, ese que llevaba en la mochila.
Si pudiera irme a cualquier lugar… lo haría.
¿Pero a dónde?
Mi padre me despreciaba como si yo hubiese sido la culpable de la huida y muerte de mi madre.
Mi madrastra estaría encantada si dejara de existir.
Mi abuela… ya no estaba…
Nadie quería darme empleo…
Incluso intenté limpiar casas. En la única que me aceptaron, el esposo de la señora me acosó. Después de eso, las agencias simplemente me ignoraron.
¿De verdad el destino quería que entregara lo único que me quedaba?
No. Pelearía con uñas y dientes si era necesario.
Hubo un silencio denso entre nosotros, y como si compartiera mi misma deriva, Alexis solo suspiró.
—Bien, hagamos un trato. Te probaré como niñera, pero tendrás que cumplir una sola condición.
Al escucharlo, sentí que algo se encendía dentro de mí. Mis ojos brillaron con una mezcla de esperanza y vértigo.
—De acuerdo. Lo que sea. Haré lo que sea. —Respondí, luchando por contener las lágrimas. Mis emociones estaban tan revueltas que era imposible identificar lo que realmente sentía.
—La condición es que, además de cuidar a mi hija, la motives a asistir a la escuela.
Mis ojos gritaron lo que no pude poner en palabras. Alexis dejó escapar otro de esos suspiros pesados, como si en él se deshiciera de todas las cargas acumuladas.
—Mi hija es… particular. Nunca ha ido a un cuido. Siempre termina expulsada. Las maestras no la soportan. Al principio no me preocupaba porque aún era pequeña, pero ahora entra en la edad obligatoria. Si no consigo que se mantenga…
—El gobierno te acusará de negligencia educativa y…
—Me la quitará. —A pesar de sonreír, noté una tristeza profunda en sus ojos. Una de esas que se clavan aunque uno intente ocultarlas.
—Estamos en la misma situación —susurré, tan bajo como si le hablara a mi sombra.
—Si me ayudas, prometo darte un lugar en mi casa. Hay muchas habitaciones, puedo ofrecerte un buen sueldo. Tendrás horarios algo flexibles, con la responsabilidad de llevarla y recogerla de la escuela.
—Lo haré, Alexis. Solo dame una oportunidad.
Después de eso, el trayecto transcurrió en silencio. Mi hijo iba emocionado, hablando sobre los autos que veía pasar, algo que pareció entretener también a Alexis. Discutieron sobre marcas, colores y cuál era el más rápido. Me sorprendía cuánto sabía mi hijo, pero según su anterior niñera, cuando a los niños les interesa algo, lo absorben todo como esponjas. Me pidió que lo motivara.
Lo cual era complicado para mí porque… bueno, siempre estaba trabajando.
O escapando de lo que me destruía.
Unos veinte minutos después, llegamos a una casa que gritaba opulencia desde la distancia. Como mínimo, debía tener diez habitaciones. Era una de esas mansiones que solo había visto por fuera: cristales impecables, techos altos.
Tenía un estilo victoriano moderno, pintada de blanco.
Intenté no sorprenderme demasiado, pero era imposible.
—¡Mami, parece un castillo!
Declan chilló, emocionado, desde el asiento trasero.
—No creo que sea tan grande como un castillo, pero sí lo suficiente como para vivir aquí —dijo Alexis—, ¿verdad, pequeño superhéroe?
—Tu casa es preciosa.
—¿Eso piensas? —Mantenía la vista en la carretera mientras giraba hacia la entrada—. Cuando Nadia nació, vendí mi apartamento de soltero para comprar algo que pensé sería más adecuado para ella. Aún me cuesta acostumbrarme.
Su sonrisa tenía los bordes rotos. Silenciosa. Agotada.
Al llegar a la puerta, nos recibió una señora mayor. Debía tener unos setenta años, y tenía esa ternura natural de abuela que todos deseamos alguna vez.
—Señor Lennox —saludó con serenidad.
—Clara, llegué con unos invitados. ¿Dónde está Nadia?
—En su habitación. La niñera que contrató se marchó hace un par de horas.
—¿Y la dejó sola?
—Sí —respondió con calma—. He estado pendiente, pero no he podido limpiar como de costumbre para vigilarla.
—No te preocupes, Clara. Hiciste más que suficiente.
Alexis subió las escaleras en silencio.
—Sígueme.
Tomé la mano de Declan. Aunque parecía un poco desconcertado, su curiosidad podía más que cualquier temor. Clara nos observaba con atención. Subimos al segundo piso y entramos en la segunda habitación. Alexis abrió la puerta, y lo que vi me dejó sin palabras.
La habitación era al menos tres veces más grande que la mía. Un oasis de rosa, púrpura y amarillo claro nos envolvió con una dulzura inesperada. Había mariposas en las ventanas, colgadas del techo, estampadas en las paredes.
Una flor de papel en la esquina tenía un ala rota, y cerca de ella, un oso de felpa yacía en el suelo… con un ojo arrancado. Como si se hubiera librado una guerra secreta.
Juguetes amontonados en un rincón parecían haber sido arrojados. Una pequeña estantería contenía libros infantiles, algunos abiertos al revés.
Y aun así… todo era tan colorido que me hacía sonreír.
Como si ese cuarto guardara un pedacito de esperanza.
En una esquina, una niña pintaba, absorta en su mundo. Alexis suspiró suavemente y se acercó.
—Enana, ¿todo bien? —se agachó, provocando que la pequeña levantara la mirada.
Sus ojos azules eran tan intensos que dolían. Cabello n***o, hasta los hombros.
Parecía una ilustración antigua hecha carne.
—Sí viniste, papi.
—Claro. Te dije que vendría después del trabajo.
Ella frunció los labios, haciendo una mueca pequeña y encantadora.
—No me gusta que estés lejos.
—Ya hemos hablado de que debo trabajar. ¿Qué le hiciste a tu niñera?
Silencio. Luego, al fin, ella respondió:
—Se enojó porque le tiré toda mi pintura… en la cara y en la ropa.
La observé, atónita. No parecía capaz de algo así. Se veía tan angelical.
—Sabes que eso no está bien, Nadia. No debiste hacerlo —dijo él con firmeza—. Tendré que quitarte algunas cosas.
—Papi…
—Nada de “papi”, Nadia. Ya te he explicado que no está bien asustar a tus niñeras. —Su mirada era severa, pero el dolor asomaba: «lo hago porque no tengo otra salida».
—Es que ella me caía mal… Me puso mi oso en el techo y no podía alcanzarlo —susurró la niña.
Alexis la observó en silencio y luego la abrazó.
—Cuando eso suceda, habla, Nadia. Tienes voz. Úsala. ¿Cómo te sentirías si alguien te lanzara pintura?
Silencio.
—Así se sintió ella. No lo repitas. ¿De acuerdo?
—Ok, papi.
Pero, aunque lo dijo, en sus ojos había otra cosa. Una chispa rebelde.
Una mirada que decía: Lo haría otra vez.
—Nadia, ellos son nuestros nuevos amigos. Ella es Brittany, y él es su hijo, Declan.
La niña giró el rostro. Me estudió. Curiosidad pura… y algo más.
—Brittany te cuidará. Prométeme que serás amable con ella.
No dijo una palabra. Pero su mirada lo gritó:
«Tú también te vas a ir».
Sonó a advertencia.
A sentencia.
Pero también… también había miedo.
Un miedo escondido.
Uno que tal vez preguntaba:
«¿Y si tú también me abandonas como todos los demás?»