Le había hablado a Alexis, pero hubo un largo silencio sepulcral. Como si no creyera quién lo estaba llamando.
—Dame la dirección.
—No la sé… —replicaba con la voz temblorosa, ligeramente estresada, al borde de romperme.
Y entonces, silencio. No el silencio cómodo. No el silencio pensativo.
Un silencio afilado. Frío. Como si me hubieran colgado una soga invisible alrededor del cuello. Después, la llamada se cortó. El pitido seco perforó el aire y me dejó helada.
¿Acaso él también se iría?
Los nervios se apoderaron de mí. Esa sensación de abandono… otra vez. Siempre era igual. Me usaban, me dejaban, me tiraban a un lado. Y ahora parecía que Alexis sería otro más. Otro que se iba. Otro que me soltaba.
—Ya se acabó su llamada, señorita. Regrese mientras le procesamos la fianza —dijo el policía.
Me estremecí al escuchar esa palabra.
—¿Qué pasa si… no puedo pagarla?
—Tendrá que ver al juez.
—¿Y eso sería en cuánto?
—Seis horas como máximo.
Seis horas…
Para muchos, seis horas eran nada. Un suspiro. Para mí, lo eran todo.
Declan estaba con su niñera. Tenía hasta las tres para recogerlo. Si no llegaba… si no estaba ahí… si ella llamaba a la policía, podían acusarme de negligencia. Y en el peor de los casos… me lo quitarían.
No.
No…
Tenía que salir de allí como fuera. Me encerraron de nuevo en la celda, esta vez completamente sola. El frío me calaba los huesos. La pintura de las paredes se deshacía a pedazos. Los barrotes estaban oxidados. Y la soledad… la soledad pesaba más que el concreto del suelo.
Había trabajado día y noche en la tienda de mi abuela. Apenas ganaba lo mínimo para mí, pero lo suficiente para que Declan subsistiera. No me importaba tener los mismos zapatos remendados cuatro veces si eso significaba comprarle ropa nueva. No me importaba.
Pero si no iba a buscarlo…
Era el fin…
Declan. Su nombre significaba “lleno de bondad”. Y él era eso. Mi fuerza y el centro de mi universo.
Una rabia antigua empezó a hervirme en la sangre. El miedo me ahogaba. Estaba en un pozo sin fondo, sin salidas. Mis lágrimas me escocían. Intenté contenerlas con el borde de la mano, aún adolorida por los golpes, pero no pude. No esta vez. Siempre me había hecho la fuerte. La que no llora. La que aguanta. Pero estaba agotada. Cansada y rota.
La vida me daba embates uno tras otro, y comenzaba a creer que yo no había nacido para ser feliz.
El tiempo pasaba lento. Como una tortura mental.
Sin escape…
Sin nadie…
Sin nada…
Solo dolor…
Cuando estaba a punto de quebrarme por completo, el sonido de la celda abriéndose me sacudió. Levanté el rostro. Un policía me miraba con su expresión siempre tan neutra.
—Han pagado su fianza. Ya puede salir.
—¿Mi… mi fianza? —tartamudeé, sin creérmelo.
—Sí. Le llegará la citación del juez si es necesario. Su abogado hizo todo el papeleo. Puede irse. No se meta en problemas.
Lo seguí. Mis piernas temblaban. Mis manos estaban frías. Y entonces lo vi.
Alexis.
De pie, como una estatua viva. Imponente. Su mirada caramelo podía paralizar a cualquiera. Estaba serio. Cuando llegué, solo aguardó en silencio.
Se me acercó como si yo fuera algo frágil, algo roto. Con una delicadeza absurda me tomó la mano. Con la otra, sacó una servilleta de su chaqueta y limpió mis nudillos ensangrentados, sin emitir un solo juicio. Cuando terminó, guardó la servilleta y llevó su pulgar a mi mejilla, como si borrar una lágrima fuera más importante que hablar.
—¿Qué te hicieron? —susurró, con una voz tan suave que dolía.
—Solo… me quitaron las ganas de ser paciente —respondí, intentando sonreír, pero solo me salió tristeza.
Vi sus ojos transformarse. Silencio. Tormenta. Era una bestia contenida. Y ese silencio hablaba más que cualquier palabra.
—Tenemos que ir al hospital. Tienen que tratarte.
—No. Por favor, Alexis. Tenemos que buscar a mi hijo. Si mi media hermana o mi madrastra llaman a servicios sociales… podrían quitármelo. Por favor, te lo suplico. Está con su niñera, tenemos que ir ya.
Mi voz se quebró. Mi corazón rugía. Cada palabra que salía de mí era un grito ahogado de desesperación. Vi su mandíbula tensarse. Sus ojos ardían como si estuviera a punto de morder el mundo.
—Brittany, escúchame bien —dijo con una calma forzada, como si se obligara a no gritar—. Nadie va a tocar a tu hijo. Nadie va a llevárselo. Me encargaré de eso. Nadie te va a hacer daño, ¿me oyes? No otra vez.
No sonaba como un consuelo. Sonaba como una promesa.
Me condujo hacia su Bugatti n***o. Lo sabía porque Declan era un obsesionado de los autos y me lo mencionaba todo el tiempo. El trayecto fue silencioso. Pero no un silencio vacío. Era paz. Una paz que no sentía desde hacía años.
Llegamos frente a la casa de la niñera. Toqué con fuerza, apurada. La puerta se abrió y Trina salió.
—Lo siento. Me retrasé —dije, jadeando casi.
—Bien —respondió seca. Nada amable. Nada como antes—. Me debes doscientos dólares.
—¿Tanto? —Mordí mi labio—. ¿Puedo pagarte después?
Trina frunció el ceño.
—No, Brittany. Quiero el dinero ahora. Si no, no te dejo llevarte a tu hijo. Tu madre me llamó. Me dijo que no tienes ni un centavo. Ella es quien normalmente me paga. Y si no hay pago, no cuido más a tu hijo.
Mi mundo se vino abajo. No tenía más que cinco dólares en el bolsillo. Todo daba vueltas. Todo dolía. Entonces, la voz de Alexis emergió, cortante como el hielo:
—Busca al niño. Y deja de molestar.
Sacó de su cartera trescientos dólares y se los puso en la mano sin mirarla. Declan salió minutos después, con su sonrisa intacta. Me abrazó con la fuerza de un niño que ama con todo.
—Mami, ¿por qué estás llorando? ¿Estás triste? —acariciaba suavemente mi mejilla con sus manos.
Tragué saliva. Tenía que calmarme. No podía hacer que mi hijo estuviera triste. Intenté sonreír como pude.
—No, mi amor. Estoy feliz porque te tengo.
—Mami, ¿por qué tienes el labio rojo?
Su inocencia era sorprendente.
—Es que me caí.
—Mami, si te doy mi auto favorito te sentirás mejor —habló con ternura.
—No, cariño, tranquilo. No tienes que hacerlo. Con que estés a mi lado, estoy feliz.
Elevé la mirada. Alexis nos observaba en silencio. En su mirada había un brillo indescifrable.
—Gracias, Alexis —susurré, llorando de verdad.
—No tienes que agradecer —dijo simplemente—. Vamos, los llevaré a tu casa.
¿Casa?
¿Esa era mi casa?
No. La mía era un caos.
Al subir al auto, Alexis recibió una llamada. Nos pidió un momento y se apartó. Lo observé a través del cristal: frustrado, confundido, estresado.
Como yo.
—Mami, ¿iremos a casa?
Sentí un nudo al recordar todo lo que pasó esa mañana.
—No, cariño…
—¿A dónde iremos? Quiero pintar lo que hice hoy con mis amigos.
—No lo sé, mi amor… —La voz se me rompía—. No sé a dónde iremos.
Alexis volvió al auto. Se dejó caer en el asiento con tal fuerza que su cabeza se golpeó contra el respaldo. Parecía agotado. No físicamente, sino mentalmente.
—¿Todo bien? —pregunté.
—La niñera de mi hija acaba de renunciar. Es la número trece este año. A este paso, creo que mi hija quiere hacer un récord de cuántas puede hacer renunciar antes de cumplir la mayoría de edad.
Intentaba sonar gracioso. Pero su mirada decía otra cosa: agotamiento. Frustración.
—¿Necesitas una niñera?
Me miró de reojo. Sorprendido.
—¿Tú?
—Alexis, necesito un trabajo. Y tú necesitas una niñera. Por favor… contrátame. Prometo que no renunciaré. Solo necesito una oportunidad. Una. Te lo ruego.
Guardó un largo silencio que se volvió pesado.
—No podrías aguantar.
—Claro que sí. No me queda otra. Estoy desesperada. Necesito un lugar donde dormir. Tú necesitas ayuda. Hazme una promesa: que no me despedirás. Y yo te haré otra: no me rendiré con tu hija.
—No sabes en lo que te estás metiendo —murmuró, con un suspiro.
—No importa. Estoy rota. Pero puedo protegerla. Porque sé lo que es crecer sintiéndote sola.