¿Qué estarías dispuesta a sacrificar para que tu hijo esté bien?
Yo… estaría dispuesta a sacrificar mi dignidad si era necesario.
Mi hijo era la luz de mis ojos. Y si tenía que vender mi alma al diablo por él, lo haría sin pestañear.
—¡Eres una cualquiera! ¡Cómo te atreves a seducir al novio de mi hija!
La bofetada me cayó como un relámpago: seca, brutal, ardiente. Sentí el escozor quemándome la mejilla, pero más me dolía la humillación, el odio que me subía por la garganta y el temblor contenido en los labios. Las lágrimas me punzaban, pero las contenía como quien se ahoga y no puede salir a la superficie.
Respiré hondo. Tragué saliva. No iba a darle ese gusto.
Levanté la cabeza lentamente, sabiendo ya quién me había golpeado.
Y dolía más por quién venía.
No fue la cachetada. Fue la burla. Otra más. Otra herida que ya no cabía en mi cuerpo.
Quería gritarle. Mandarla al demonio. Escupirle todo el veneno que llevaba dentro.
Pero me mordí los labios.
¿Por qué?
Por mi hijo.
Mi vida… Dios. Mi vida parecía escrita por un guionista de una telenovela que le fascinaba mi miseria y mi dolor. Mi padre y yo siempre fuimos nómadas. Apenas sabía que nací en Dinamarca, pero estaba registrada en Alemania. ¿Por qué? Según mi padre, mi madre me abandonó como basura y se fue con otro hombre, con quien murió en un accidente. Él, entonces, tuvo que viajar conmigo siendo apenas un bebé para registrarme.
Nunca tuve raíces. Era como una hoja al viento. Flotando, rodando, cayendo… sin rumbo.
Vivíamos de aquí para allá, sin raíces, sin hogar, sin historia. Mi nombre era como una brisa: nadie lo recordaba. Nunca duraba lo suficiente en un lugar como para hacer amigos.
Cuando tenía nueve, mi padre decidió volver a Inglaterra, a la casa de su madre. Y entonces… conoció a Olivia. Desde que esa mujer entró en su vida, lo poco que yo era se volvió nada. Mi padre me dejó tirada con mi abuela como si yo fuera un trapo sucio.
Y se fue con Olivia.
Yo me quedé sin el padre que se suponía debía protegerme.
A veces, aún sueño con la puerta cerrándose. Con su espalda alejándose.
Mi abuela fue lo más cercano a un hogar que conocí. Le tomé cariño a su tienda de antigüedades, con sus rincones polvorientos llenos de secretos. Quería estudiar Historia del Arte, o algo que me permitiera ayudarla. Ella era mi todo. Pero a los dieciséis, su salud comenzó a deteriorarse… por el cáncer. Tuve que abandonar mis estudios para trabajar en la tienda, convertirme en adulta a la fuerza. Las deudas nos devoraban, al punto que tuvimos que hipotecar la tienda, la casa, todo.
El peso del mundo cayó sobre mis hombros demasiado pronto.
Pero se recuperó. Mi abuela era la luz y calma en la tempestad de mi vida. Con su sonrisa llena de luz y su positivismo me hacía poder sentir lo mismo.
Al final estábamos endeudadas hasta el cuello, sí, pero estábamos juntas… y eso me bastaba porque ella era mi familia.
A los veinte me enamoré por primera vez de Mason Cooper. Él era un heredero de una farmacéutica poderosa. Alto, elegante, carismático. Me pareció un caballero… Le di todo. Me entregué sin reservas. Y quedé embarazada. ¿Cuál fue su respuesta?
—Tú solo fuiste una apuesta. Apostamos quién lograba acostarse primero con la chica que eligiéramos cada uno. Y tú caíste.
El mundo se rompió. Yo me rompí. Algo dentro de mí murió ese día.
Todavía podía escuchar su voz en mi cabeza como un eco enfermo muchas veces. Me dejó embarazada. No quiso reconocer a mi hijo. Lo único que me ofreció fue dinero para abortar… pero yo no pude. Con el apoyo de mi abuela, decidí seguir adelante. Estábamos en la ruina, sí. Sin casa propia, sin ayuda. Pero resistimos con mi abuela siendo esa voz alegre y tranquila. Y justo cuando parecía que todo se venía abajo, apareció un ángel. Un desconocido que ayudó a levantar la hipoteca. Nos salvó de perderlo todo. Él era Alexis Lennox. Su nombre se grabó en mi memoria sin yo saber cuánto marcaría mi destino.
Tras ayudarnos, él desapareció de mi vida. Como la estrella fugaz que cumplía un deseo y desaparecía para siempre. Tras esto volvía a comenzar a vivir con mi abuela. Vivíamos con lo mínimo. Pero estábamos bien, estábamos vivas…
Hasta que no.
Mi hijo cumplió tres años y mi abuela recayó. Esta vez, más fuerte e irreversible. Murió un año después donde ella me decía que era lo que debía pasar, que estaría en un lugar mejor y que me cuidaría desde el cielo. Quise ser positiva pero no pude… yo… me rompí. Me quedé sola con una criatura, unas deudas médicas de más de setecientos mil dólares… Y, para colmo, apareció mi padre.
Reclamó su “herencia”.
La casa, la tienda, todo.
Mi abuela no dejó testamento, y él aprovechó.
Otra vez, sin nada. Otra vez, sin nadie.
Y de pronto, me vi viviendo bajo el mismo techo que el hombre que me abandonó, su esposa Olivia y su hija Sarah. Mi supuesta “hermana”. Me trataban como a una intrusa en la que fue mi casa, me daban las sobras. Pero no podía irme. Nadie quería rentarme una vivienda con tantas deudas. No conseguía trabajo: más de una empresa me confesó que Mason se había encargado de cerrarme las puertas. Así que aguantaba para tener un techo donde vivir.
Aguantaba. Aguantaba. Porque tenía a alguien más que proteger.
Golpes, desprecio, humillación…
Todo lo aguantaba por mi hijo.
Porque al menos él tenía un techo.
Porque comía.
Porque dormía caliente.
Pero ese día… fue la gota. Me abofetearon por algo que no hice. Porque el hombre que le gustaba a Olivia me miró. Porque Sarah, la que andaba de cama en cama, arruinando su matrimonio y la de los otros, ahora me acusaba a mí.
—¡Olivia, yo no hice nada con ese hombre! —escupí con una voz baja, cargada de ira contenida.
—¿Ah, no? —me gritó con burla—. ¿Le coqueteaste como la zarrapastrosa que eres? ¿Acaso también le diste tu cuerpo, como hiciste para tener a ese bastardo?
Tragué saliva. —No hables así de él o no respondo.
—¿No respondes? ¿Y qué vas a hacer? ¿Llorar? ¡Tú no tienes a dónde ir! ¿Quieres dormir debajo de un puente con tu bastardo? —La sonrisa de mi madrastra era pura crueldad—. Mejor aún, podríamos llamar a servicios sociales y que te lo quiten.
—¡Sí, mamá, hazlo! —Sarah, siempre pegada al móvil, ni me miraba—. Ella no merece nada.
—Seguro que el padre del niño se dio cuenta de lo patética que eres —continuó Olivia con una risa amarga—. Tal vez debiste morir en el parto. Tú y tu bastardo solo son escoria. Deberían atropellarlos. Venderlos. Que se pudran.
Y ahí exploté. No lo pensé ni me contuve. La cachetada que le di hizo eco en la cocina. Después no fue solo una, fueron dos, tres, no sé cuántas, pero perdí la cuenta. Me jaló del cabello, yo le golpeé la cara, caímos al suelo. Olivia gritaba como loca mientras Sarah chillaba de manera histérica. Yo estaba cegada sin dejar de pegar. Lloraba de la rabia, sangraba, pero no me importaba. Me sentía como una bestia liberada…
Una madre rota.
—¡Mamá, te va a matar! ¡Llama a la policía!
Ni escuché ni vi la patrulla. Cuando los oficiales entraron, yo seguía sobre Olivia, con los nudillos rojos de tanto golpearla.
—Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser usada en su contra…
Vi la sonrisa cruel de Olivia mientras me alejaban. Sabía que me había ganado. Sabía que, al salir, estaría en la calle. Al llegar donde me aprisionaron la celda era fría. En ella parecía que guardaba celosamente los secretos de todas las personas que pasaron por allí. En la celda estaba con otra mujer que había caído a la cárcel por robo a mano armada… y tras pasar unas horas, por fin me dieron la oportunidad que tanto deseaba.
Tenía una llamada. Solo una.
Solo una persona en el mundo que quizás… tal vez… me ayudaría.
Alexis Lennox.
Recordaba sus ojos color miel. El número lo había memorizado desde cuando nos ayudó con la hipoteca, aunque nunca pensé usarlo así.
—Buenos días. Se ha comunicado con el Bufete Lennox & Asociados. ¿Me indica su nombre y motivo de la llamada?
—Alexis… —mi voz temblaba—. Soy yo. Brittany… Necesito que me saques de la cárcel.