Los días siguientes a la cacería pasaron como un sueño turbio. O un castigo. No sabría decir cuál de los dos. Me obligaron a quedarme recluido en una pequeña habitación detrás de la cocina, donde solían guardar mantas viejas y herramientas de madera. Mael me revisaba la herida al amanecer y al anochecer, pero el resto del día estaba solo, acompañado únicamente por el eco de mi propia respiración y la quemazón que subía por mi costado cada vez que intentaba moverme. El clan celebraba la “victoria” de la cacería. Mi hermano descansaba en la torre alta, atendido por las mejores manos. Yo… me conformaba con no desmayarme al levantarme de la cama. El castillo seguía su rutina, pero algo estaba distinto. Había un nerviosismo en los pasillos, conversaciones que callaban al verme, miradas

