La madrugada no había terminado de romper cuando la desgracia llamó a nuestra puerta. Niamh dormía a mi lado, con la cabeza apoyada en mi brazo, respirando con la calma de quien ha librado al menos una batalla interna. La luna ya no nos cuidaba; había bajado lo suficiente como para teñir la habitación de un gris incierto. Ahí fue cuando escuché algo. Un crujido. Una exhalación. Un roce mínimo, pero demasiado cerca de la puerta. Me incorporé en silencio. La chimenea por la que había entrado seguía a oscuras. Pero la entrada principal… La sombra de dos pies se veía al otro lado del umbral. Y entonces se oyó. —Ábrela —ordenó una voz que ya conocía demasiado bien. Mi sangre se heló. Mi hermano. Niamh despertó con un sobresalto y, por instinto, me tomó del antebrazo. —¿Qué ocurr

