Capítulo 4 – Cita y animagos.

1181 Words
Los días habían pasado volando y el sábado llegó caluroso, con el cielo lleno de bellas nubes. Como todas las mañanas mi fénix me despertaba y, medio zombi, me metí al baño a arreglarme. Hoy me pondría mis pantalones vaqueros cortos, un top blanco por encima de la cintura y unas deportivas blancas, mi pelo caía suelto hasta por debajo de mis glúteos. Cogí mi bandolera hechizada con el emblema de Gryffindor y salí corriendo hacia la entrada del castillo. Allí, una larga cola de alumnos esperaba impacientes para salir hacia Hogsmeade. Wood me esperaba a un lado de la cola y al verme me dedicó una sonrisa que me hizo sonrojar y que mi pelo se volviera del color del fuego. Me acerqué a él rápidamente y nos metimos en la cola. — Buenos días Lyra — me dijo Wood sonriéndome. — Buenos días Wood — le dije, devolviéndole la sonrisa. — ¿Y.... cuando salgamos a donde vamos primero? — me pregunto nervioso. — A honeydukes — dije con los ojos brillantes. —      Está bien-dijo con una sonrisa encantadora. Durante un cuarto de hora estuvimos haciendo cola para salir mientras hablábamos de cosas triviales como cuales eran nuestros colores favoritos y aficiones. De camino a Hogsmeade Oliver me cogió la mano mientras paseábamos, y obviamente no me negué. Fuimos a honeydukes, donde compre muchas chuches para mí y para Harry, y las guarde en la bandolera encantada. Acto seguido entramos a zonkos, donde me aprovisione de municiones para bromas. Terminamos el recorrido en las tres escobas con cervezas de mantequilla. Antes de salir compre una botella para Harry, que guarde en la bandolera, y salimos para pasear por Hogsmeade, cogidos aún de las manos. En lo alto de una colina encontramos un lugar agradable y solitario para sentarnos y descansar. Wood pasó disimuladamente su brazo por mis hombros y yo me recosté en su costado, cogiendo la mano que había pasado sobre mis hombros. — Me alegra haberte pedido venir conmigo — dijo Wood nervioso girándose hacia mí. —      Sí, lo he pasado muy bien — le sonreí girándome hacia él. Sin darme cuenta sus labios y los míos se unieron en un inocente beso. Wood se separó al rato, sonrojado y sin saber muy bien que decirme. Yo, por otro lado, no sabía aun que había pasado. Me había gustado, sí, pero no era lo que esperaba. Se disculpó y después fuimos andando tranquilamente hasta el castillo, que se alzaba imponente frente a nosotros. Cuando llegué al castillo distinguí dos cabelleras pelirrojas alejarse y me despedí de Wood con un beso en la mejilla para salir corriendo tras ellos. Al alcanzarlos, tras pegarles un par de gritos para que parasen, se giraron y pude ver la cara de perro que llevaba George. —      Ey ¿Por qué corríais? ¿Escapáis de Filch? — dije riendo — ¿y porque esa cara Georgi? — dije aun sonriendo. Fred se quedó callado, mirando a su gemelo, que me miraba con odio. — ¿Qué ha pasado? — dije con el pelo azul por cómo me miraba George. —      No me llames así, no eres nadie importante para mí como para eso — dijo George. Un nudo se formó en mi garganta, y creí que hasta en azkaban se había oído como se había roto mi corazón. — Pe-pero... ¿Qué pasa? — dije intentando no llorar, sin conseguirlo ya que una solitaria lagrima se deslizó por mi mejilla hasta morir en mi barbilla. —      Que seas feliz con Wood, Black — dijo George antes de darme la espalda e irse, y detrás de él su gemelo. En cuanto sus cabelleras se perdieron de mi vista empecé a llorar mientras corría en dirección contraria, hacia mi dormitorio. Atravesé corriendo la sala común mientras los alumnos me miraban y murmuraban. Subí corriendo las escaleras y, de un portazo, entre en mi habitación y me tiré en mi cama cerrando las cortinas y hechizándolas para que no las abrieran. Allí, con mi almohada, me desahogué todo lo que necesité hasta caer dormida.   A la mañana siguiente me desperté con los ojos hinchados, rojos y con ojeras. Mi pelo seguía azul cielo, representando mi pésimo estado de humor. Estiré el brazo bajo mi cama y saqué los libros sobre animagos. Decidí no ir hoy a ningún lado y quedarme en la cama todo el día, estudiando cómo hacerse animago, y decidí que esa noche probaría el hechizo para convertirme.     Al caer la noche, y tras asegurarme de que mis compañeras dormían profundamente, quité el hechizo de mis cortinas y salí silenciosamente con mis apuntes tras haber guardado los libros de nuevo en la biblioteca. Bajé las escaleras y atravesé la sala común en silencio para salir por el retrato y alejarme por los pasillos secretos con el mapa del merodeador. Poco después estaba en la sala de los menesteres. Una sala que solo se habría cuando la necesitabas y que se equipaba con todo lo que necesitabas. Una puerta apareció frente a mí y entré para después desaparecer. Estuve horas y horas practicando, tantas que no sabría ni contarlas. Caí rendida al suelo, agitada. —      Al fin... — dije sonriendo cansadamente para después caer inconsciente al suelo. —        Un pelirrojo se alejaba cada vez más y más de mí y yo, desesperaba, corría tras él. —       ¿Por qué? — le grité — ¡¿Por qué te vas?! — le volví a gritar, cayendo al suelo arrodillada. El pelirrojo ni se dio la vuelta, solo continuó con su camino, dejándome más destrozada de lo que ya estaba. Levanté de golpe en la sala de menesteres, no sé cuánto tiempo había pasado, pero mi estómago rugía y unas ganas de llorar se apoderaron de todo mi ser. Me levanté y me miré en un espejo. Las ojeras se notaban contra mi pálida piel bajo mis tormentosos ojos grises, y alrededor de ellos una fina línea roja delataba que había llorado en sueños, pero lo que más destacaba era mi larga melena azul cielo. —      Doy pena... — dije tristemente mientras recogía las cosas y salía tranquilamente por la puerta hacia mi habitación. Los alumnos me miraban y cuchicheaban mientras yo caminaba con la cabeza baja mirando el suelo para no encontrarme con sus miradas de pena. Alguien me empujó y caí al suelo, tirando todas mis cosas. Sin decir nada me arrodillé y lo recogí para continuar mi camino en silencio. Entre envuelta en mi silencio a la sala común, que atravesé y subí las escaleras. Al llegar a mi cuarto escondí los pergaminos, me tiré en la cama y cerré las cortinas. Miré mi horario. —      Transformaciones... — dije sin ganas — tengo que ir... — dije levantándome y cogiendo los libros metiéndolos en la mochila y saliendo de allí con tranquilidad. Llegué puntual a las clases y me senté al final de la clase. Apoyé mi cabeza en mi mano izquierda, cogiendo apuntes con la otra distraídamente. De un momento a otro todo se volvió borroso y todas las voces se oyeron lejanas, después todo fue oscuridad.
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