Cordialmente me llegó un mensaje a mi celular de parte del papá de Franco para cenar el viernes por la noche y se me hizo muy extraño que me enviara un mensaje a mí, no sólo porque no sabía de dónde había sacado mi número, sino porque eso debería preguntárselo a su hijo, con el cual dudaba poder fingir formalidad y cualquier cosa que se le acercara a aparentar ser lo que no éramos. Evité contestarle y quise dejar el teléfono de lado, pero el chat de Franco volvió a primar y dejé el teléfono abierto en la cama mientras me lavaba los dientes y preparaba para acostar, ansiosa de saber lo que decía su mensaje por cómo nos encontrábamos, en ese mar de dudas que nos arruinaban siempre que queríamos llegar a estar mejor. Sin entrar en ese tonto juego de la tardanza en contestar, me apuré a acost

