No todo era como pensaba, esa noche fue algo fatal para descansar y no había pegado un ojo. Despacio levanto su cabeza, lo miró de reojo sin moverse estaba completamente dormido boca abajo con su cara de costado donde se encontraba ella, fue todo lento: saco las piernas de la cama, después se sentó dándole la espalda. Se quedó quieta mirando hacia la nada misma, bajando su cabeza pretende borrar el episodio vivido, y una mano lo tocó con suavidad la parte de debajo de su espalda haciendo que se erizará la piel. Respiró profundo disimulando no sentir nada, y da vuelta su cabeza.
—¿Qué haces?— pregunta sentándose en la cama.
Se voltea a verlo —Me tengo que ir señor, debo cambiarme— baja la mirada.
Se refriega los ojos —Es muy temprano debes descansar— dice acostándose de nuevo pero está vez le da la espalda para no seguir con ganas de conversar.
No dicen nada más, Angélica se pone sus zapatos que estaban en el costado de la cama y sale de ahí. Camina hacia la habitación que le había designado mira la cama vacía con cariño pero niega con la cabeza dirigiéndose al baño. Vuelve otra vez, busca la ropa para ponerse eligiendo una remera blanca con una estampa de una mano grande negra, unos jeans azul claro, y unas simples zapatillas negras. No tarda tanto para volver de nuevo al baño con la ropa y la toalla, abre la ducha de agua caliente, cuando logra ponerla como ella quiere se mete adentro. Se pierde en los pensamientos, recordando cada momento sucedido con su nuevo jefe.
Ya terminada de bañarse. Cambiada baja las escaleras que tanto trabajo le dieron la noche anterior y no escucha nada. Estaban las empleadas limpiando todo dejando en evidencia lo que había ocurrido, pasó su mirada en el desastre y siguió caminando hasta ve que en la mesa estaba todo servido.
—¿Quién pidió todo eso?— pregunta en voz baja y mira a su alrededor.
Gira de un lado hacia otro, no encuentra a nadie —¿Vas a desayunar?—una voz hace que se vuelva a girar en su mismo eje.
La seriedad en la mirada le hacía ponerla tímida, temblar y respeto ante sus dichos. Se pone detrás de una silla colocando sus manos en el respaldo de está parado mientras la mira comprendiendo entender sus acciones, le hace seña con la mano para que tome asiento y en silencio obedece. Los dos sentados sin querer emitir alguna palabra, abre el diario y comienza a leer nota como la sirvienta despacio le sirve café caliente en su taza.
Pone su mano en la muchacha —No le sirvas tanto, es mejor que no tome tanta cafeína—sonríe.
Este baja el diario observando todo callado, y su gesto seguía serio frunciendo el ceño —¿Ahora vas a cuidarme como un niño?—la embiste con su pregunta. Niega con la cabeza —Yo manejo a mi personal como quiera, y sírvame café. ¿Quedo claro?— grita tirando el diario sobre la mesa.
Arroja la servilleta a su costado, aprieta sus dientes de la bronca —Intento ayudarlo, y me está cansando toda está situación. No creo soportar sus cambios de humores—corriendo la silla hacia atrás —Con permiso, que tenga un buen día señor—sonríe irónicamente.
—Se queda donde está que nadie le dijo que se vaya—grita furioso.
Angélica sigue caminando sin querer hacerle caso a lo que le pide su jefe, estaba cansada, harta de tener que tolerar todo sin poder comer tranquila. Era un maniático de dar órdenes pero ella no era buena para seguir las reglas de Leonardo, su bronca se acumuló. Escucho como otra silla se corrió y unos pasos la seguían.
Se frenó, se dio vuelta y quedaron frente a frente —¿Va a organizarme mis horarios?—lo desafía.
— ¿Debería hacerlo Angélica?—enfoca su mirada fría sobre ella, sus manos estaban cruzadas delante de su pecho.
Se acerca para que entienda que no le metía para nada —Yo vengo acá hacer mi trabajo pero también debo seguir la Universidad, no soy una millonaria que puede darse el lujo de dejar todo sin importarle nada — estaba tan enojada que no midió lo que le salía de la boca.
La toma fuerte del brazo —¡No vengas tus putas pendejadas queriendo saber todo con tus indirectas, y hace tu trabajo bien para eso te pago!— grita.
Sacude fuerte su brazo haciendo que se la suelte —Me tengo que irme —se toca donde sentía dolor.
—Quiero que este acá para el almuerzo — dice cortante.
Niega con la cabeza —No voy a poder, después de clases debo ir al consultorio porque tengo otros pacientes que atender— dice enojada.
—Tenes que estar a las 12 acá, no se discute. Si el problema es el dinero, yo le pago las horas esas que debería estar en el consultorio Angélica— Sigue negando con la cabeza —Bueno considérate despedida si no vienes a las 12 — gira volviendo al comedor.
—Mierda, mierda, mierda— repite mientras da zapatazos en el suelo.
—No se permiten malas palabras en mi casa—grita.
Corre por las escaleras, cuando abre la puerta de su habitación vio todo ordenado sin que pidiera nada, tomó sus libros, y la cartera. Enojada baja las escaleras.
Cuando se aproxima hasta la cocina la ve a María limpiando cosas —No quiero que ordenen mi habitación puedo hacerlo yo misma—dice con sus manos llena de libros.
Es ahí donde aparece una vez más él —No le responda María, vete y déjanos solos debemos arreglar unas cosas que no quedaron claras aquí— poniendo sus manos en los bolsillos.
Apoya sus libros en la mesada que tenía más cerca, queda mirando como María asiste con la cabeza yéndose con las otras dos empleadas hacia afuera cerrando la puerta. Una vez, los dos solos Leonardo camina con las manos todavía en los bolsillos hacia ella. Se detiene mirándola, observa cada gesto de esa mujer y sonríe—¿Qué quiere ahora?—pregunta nerviosa.
Se pone por atrás —Quiero que dejes de quejarte por todo Angélica, y deja que mis empleados hagan su trabajo — habla susurrando en su oído.