Aún no estaba muy segura de si ir a la fiesta, pero sabía que Lucia me retiraría su amistad si no lo hacía. Finalmente, elegí un vestido plateado con los hombros caídos, dejando mi cabello dorado suelto y optando por un maquillaje muy sutil.
Cuando bajé, vi a Carla en un vestido rojo vibrante con un gran escote y la espalda descubierta. Ella se veía increíblemente sexy.
—No crees que es demasiado, Carla? —le pregunté, observando el audaz atuendo.
Carla me miró con una sonrisa traviesa y respondió:
—Claro que no, amiga. Lo que pasa es que yo no soy una monja como tú.
Me reí, aliviada por la actitud despreocupada de Carla.
—Bueno, quizás yo solo prefiero mantener las cosas un poco más discretas —dije, con una sonrisa.
Carla se acercó a mí y me dio un codazo amistoso.
—Lo importante es que te diviertas. Vamos, la fiesta ya está en pleno auge y no querrás perderte lo mejor.
Me sentí un poco más animada al escuchar su entusiasmo. Juntas, nos dirigimos hacia la sala principal donde la música y las risas ya llenaban el aire. La noche prometía ser divertida, y aunque aún tenía mis reservas, estaba decidida a disfrutar del tiempo con mis amigos y familia.
Aún no estaba muy segura de si ir a la fiesta, pero sabía que Lucia me retiraría su amistad si no lo hacía. Finalmente, elegí un vestido plateado con los hombros caídos, dejando mi cabello dorado suelto y optando por un maquillaje muy sutil.
Cuando bajé, vi a Carla en un vestido rojo vibrante con un gran escote y la espalda descubierta. Ella se veía increíblemente sexy.
—No crees que es demasiado, Carla? —le pregunté, observando el audaz atuendo.
Carla me miró con una sonrisa traviesa y respondió:
—Claro que no, amiga. Lo que pasa es que yo no soy una monja como tú.
Me reí, aliviada por la actitud despreocupada de Carla.
—Bueno, quizás yo solo prefiero mantener las cosas un poco más discretas —dije, con una sonrisa.
Carla se acercó a mí y me dio un codazo amistoso.
—Lo importante es que te diviertas. Vamos, la fiesta ya está en pleno auge y no querrás perderte lo mejor.
Me sentí un poco más animada al escuchar su entusiasmo. Juntas, nos dirigimos hacia la sala principal donde la música y las risas ya llenaban el aire. La noche prometía ser divertida, y aunque aún tenía mis reservas, estaba decidida a disfrutar del tiempo con mis amigos y familia.
Cuando llegamos a la fiesta, nos dimos cuenta de que estaba abarrotada de gente. El bullicio y las risas llenaban el aire, y las luces centelleantes daban vida al ambiente. La casa, que siempre había sido grande, parecía aún más amplia con la multitud de invitados.
Recorrí la sala con la vista, buscando rostros familiares y tratando de adaptarme al ambiente festivo. Hace años, los Cáceres se habían mudado definitivamente a Estados Unidos, y aunque disfrutaba mucho de los viajes a México cuando vivían allá, los eventos recientes habían cambiado todo. El secuestro de Katia había sido un golpe devastador para la familia, y Troy y Ally habían decidido que Estados Unidos era un lugar más seguro para criar a sus hijos.
Recordaba esos días con una mezcla de confusión y dolor. Era muy pequeña en aquel entonces, y mis recuerdos del secuestro eran borrosos. Apenas podía recordar el color de la camioneta que se la llevó, y a menudo me atormentaba la sensación de no haber hecho más para ayudar.
Lucía, a penas un bebé de tres años en ese momento, y yo fuimos las que más sufrimos porque presenciamos cuando se llevaron a su hermana mayor.
Mi tío Troy me suplicó que intentara recordar cualquier detalle, y las autoridades incluso consideraron la hipnosis. Sin embargo, mi padre se opuso firmemente, temiendo que eso pudiera causarme un trauma aún mayor. Él prefería cuidar mi bienestar mental, lo que comprendí con el tiempo, aunque me sentía culpable por no poder ayudar más.
Era verdad que Katia no me agradaba mucho; la recordaba como una persona envidiosa y violenta. Sin embargo, a pesar de nuestros problemas, no deseaba para ella lo que le había sucedido. Nadie debería ser secuestrado y alejado de su familia de esa manera.
—Al fin llegaron...— me saluda Lucía con una sonrisa radiante. Me abraza con calidez, seguida por Carla, quien también recibe un afectuoso abrazo. Lucía lleva un vestido corto en tono celeste que resalta su belleza juvenil, y sus ojos brillan con emoción.
Detrás de ella, veo a Rafael, vestido con un traje elegante. Siempre había sido un hombre de gusto refinado, y esta noche no era la excepción. A pesar de su apariencia formal y su carácter serio y tímido, su confianza aumenta cuando está con Lucía y conmigo. Nos conocemos desde hace tanto tiempo que eso lo hace sentir más relajado a nuestro lado. Sus ojos oscuros y su cabello igualmente oscuro contrastan con su piel pálida, dándole un aire de misterio y sofisticación.
—Estás hermosa, Julia —dice Rafael con una sonrisa sincera.
—Gracias, Rafa —respondo, sintiendo un ligero sonrojo en mis mejillas.
Carla, siempre lista para provocar, se burla: —¡Ya bésense, son tal para cual, par de aburridos!
—Tú cállate, Carla. Rafael y yo solamente somos amigos —le aclaro, intentando mantener el tono serio.
—Por supuesto —afirma Rafael con una sonrisa que mezcla respeto y complicidad.
Me dirigí al jardín para tener un poco de tranquilidad y revisar el mensaje de mi papá. Él me preguntó si había llegado bien, y le respondí que sí, que me quedaría a dormir con Lucía para no hacerle esperar. Me hizo reír pensar que aún me trata como a una niña.
Cuando me giré, noté que Rafael estaba allí. Se acercó con una expresión de incomodidad.
—Lamento lo torpe que puede ser Carla —dice, con un susurro de pesar en su voz.
—No te preocupes, Rafael —le respondo, intentando calmar la tensión—. Sabes que Carla siempre hace comentarios sin filtro.
—Julia, tú sabes perfectamente lo que yo siento por ti —añade con una sinceridad que me sorprende.
En ese momento, se acerca para darme un beso, pero lo empujo ligeramente. No quería herir sus sentimientos, pero tampoco estaba lista para corresponder de esa manera.
—Lo siento, Rafael —digo con voz suave alejándome de él.
Me sentía tan avergonzada que decidí regresar a la fiesta, pero en mi torpeza, choqué con alguien. Al levantar la vista, me encontré con un rostro que no había visto en años, pero que conocía bien. Matías, con su cabello oscuro y sus ojos azules intensos, me miraba de arriba abajo. Me sonrojé al instante.
—Hola, ¿cómo estás? No piensas saludarme —dijo él con una sonrisa amplia.
—Hola, Ma-matias —tartamudeé, sintiendo mi rostro arder.
Matías se echó a reír, una risa que me pareció demasiado contagiosa. Su reacción solo me hizo enfadar más.
—¿Te ríes de mí? —le pregunté con una mezcla de frustración y vergüenza.
—Lo siento, Julia —dijo entre risas—. Es que no esperaba verte tan nerviosa.
Intenté no dejar que mi enojo se notara, aunque mi rostro seguía rojo.
—Eres un idiota... —escupí, mi voz llena de molestia.
Matías levantó una ceja, sonriendo con suficiencia.
—Un idiota sexy, ¿dices? —preguntó, y luego añadió—. O quizás te sonrojas tanto porque hay algo más que no me has contado.
Mis mejillas se calentaron aún más, y mi frustración se convirtió en una mezcla de vergüenza y desconcierto.
—No te confundas, Matías —dije, intentando recuperar un poco de compostura—. No estoy sonrojada por ti. Solo... Solo.
Matías se acercó un paso, y su presencia imponente hizo que me sintiera aún más incómoda.
—¿ Solo qué? —preguntó con un tono que no supe si era serio o juguetón.
Me quedé en silencio, sin saber qué responder. La conversación que había imaginado en mi mente no se estaba desarrollando como esperaba, y me sentía completamente desorientada.
Carla abrazó a Matías, y él la miró con una expresión que no pude descifrar. Era una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—Es un gusto volver a verte, Mati. —dijo Carla con entusiasmo—. Lucia habla tanto de ti, y mi tía Ally no dejaba de hablar de tu regreso... ¿Bailamos?
—Ahora estoy charlando con Julia —respondió Matías, claramente interesado en seguir la conversación conmigo.
Carla notó la tensión y sonrió con picardía.
—A Julia no le importa. Creo que Rafael te busca, amiga —añadió, dándome una mirada rápida.
—No se preocupen por mí— Respondí mientras Carla se alejaba con Matías. Aproveche la primera oportunidad que tuve para subir a la habitación de huéspedes prácticamente corriendo.
No quería presenciar como mi mejor amiga coqueteaba con él, precisamente con él, pero sabía que no era culpa de Carla porque ella no sabía nada. Nadie sabía cuánto él me gustaba. No entienda porque todo era tan complicado.