Mis padres estaban cenando en la casa de Tía Liana, rodeados de conversaciones animadas y risas. Yo me escabullí al jardín para escapar del bullicio y encontrar un momento de tranquilidad. El aire fresco y el aroma de las flores me rodeaban mientras me sentaba en un banco cerca del estanque, observando el reflejo de las luces de la casa en el agua.
No pasó mucho tiempo antes de que sintiera una presencia detrás de mí. Me giré lentamente y allí estaba Rafael, con su rostro serio y una expresión que no podía descifrar.
—Julia, quiero que dejes de ignorarme. ¿Acaso es tan malo lo que siento por ti? —dijo, su voz firme pero con un toque de vulnerabilidad.
Lo miré con una mezcla de incomodidad y pesar. La noche era clara, y la calma del jardín contrastaba con el torbellino en mi mente.
—Perdón, Rafa. De verdad lo siento, pero no sé cómo actuar contigo —le respondí, con la voz temblorosa—. No quiero lastimarte. Yo te quiero, pero como un primo o un hermano.
Rafael se acercó un paso más, su mirada insistente clavada en la mía. Su cercanía hizo que me sintiera aún más incómoda.
—No eres ni mi prima ni mi hermana —dijo, con un tono que mostraba tanto dolor como determinación—. Me gustas y quiero algo serio contigo. Carla me ha dicho que también te gustó, pero eres tímida, por eso intenté besarte. Jamás quise faltarte al respeto, hermosa.
Las palabras de Rafael me impactaron. Mi corazón latía con fuerza, y me sentí atrapada entre el deseo de decir algo y el miedo de lastimarlo aún más.
—Carla solamente deseaba molestarme —dije finalmente, tratando de encontrar una salida a la situación—. Te lo prometo.
Rafael frunció el ceño, esperando una respuesta más clara. La tensión en el aire era palpable mientras me miraba con esa intensidad que me hacía sentir expuesta.
—¿Te gusta otro? ¿Es eso? —preguntó, su voz llena de esperanza y desilusión.
Me quedé en silencio, incapaz de articular una respuesta. Las palabras no salían, y el silencio entre nosotros se volvió abrumador. Rafael seguía esperando, y yo solo podía sentir el peso de la incertidumbre.
—Es evidente que si te gusta otro, ¿quién es? —preguntó Rafael, su voz cargada de tensión mientras su mirada se mantenía fija en mí.
—No tiene sentido decírtelo —respondí, tratando de evitar el tema.
—Quiero saber quién es mi competencia —insistió, con una mezcla de desafío y curiosidad.
—No se trata de competir, Rafa. Tú eres un hombre maravilloso, pero no puedo verte de ese modo. No quiero que me odies —le expliqué, con sinceridad en mi voz.
—Yo jamás podría odiarte —dijo, acercándose para darme un abrazo. Me sorprendió, pero respondí al abrazo, buscando consuelo en ese gesto.
Un leve tosido me hizo girar. Allí estaban mis padres, observándonos con miradas inquisitivas.
—Permiso, tíos —dijo Rafael, rompiendo el abrazo y dándose la vuelta para irse.
—¿Se puede saber por qué abrazas a Rafael, princesa? —preguntó mi padre, su tono de voz firme pero preocupado.
—Por Dios, Alessandro, la niña alguna vez tendrá novio. Mira lo hermosa que es —intervino mi madre, intentando defenderme.
—No quiero que se confundan —respondí, tratando de calmar la situación.
—Rafael es un hombre correcto y lo conocemos. Tendré que soportar compartir a mi princesa —cedió mi padre, su voz llenándose de resignación—. Cariño, ya me habías asustado. Creí que te gustaba Matías.
—¿Y qué tendría de malo? Papá, yo creí que veías a Matías como el hijo varón que nunca has tenido —dije, intentando comprender su preocupación.
—Así es, él es mi consentido. Es un buen muchacho, pero muy mujeriego para mi gusto —admitió mi padre.
—Lo que ocurre es que Mati se parece a tu papá de joven, Julia. Y él no desea que hagan sufrir a su nena lo que él hizo sufrir a otras mujeres. El karma llegará, Alessandro —explicó mi madre, con un tono resignado pero lleno de sabiduría.
—No quiero escucharte, Daniela. Mi princesa se merece al mejor de los hombres, y ese no ha nacido —dijo mi padre con firmeza, mientras miraba el jardín con una mezcla de preocupación y cariño.
El fin de semana llegó rápido, y, para mi sorpresa, terminé dejándome convencer por Lucía para escaparnos a un bar. Me sentía algo insegura, pero las identificaciones falsas funcionaron, a pesar de que Lucía tiene diecinueve años y el bar solo permite la entrada a mayores de veintiuno.
Mis padres creen que estoy en casa de Lucía, y Ellian piensa que ella está conmigo. Es el plan perfecto para disfrutar sin preocupaciones.
Me vestí con un vestido corto y escotado en tono rojo, que acentuaba mi figura. Lucía, por su parte, eligió un vestido n***o, elegante y atrevido. A pesar de mi enojo con Carla, ella también se unió a nosotras.
—¿Lista para la noche? —preguntó Lucía con una sonrisa radiante mientras ajustaba su vestido.
—Supongo que sí —respondí, mirando mi reflejo en el espejo. No pude evitar sentir una mezcla de nervios y emoción.
Carla, con su característico tono de rojo, se aproximó y dijo:
—Vamos a divertirnos, Julia. Deja de estar enojada conmigo, ¿quieres?
—Aún estoy molesta —contesté, tratando de mantenerme seria—, pero supongo que puedo intentarlo.
— Solamente fue una pequeña broma a Rafa. Después de todo ya aclararon la situación y siguen siendo tan amigos como siempre.
— Debemos celebrar. la primera noche sin mis papás.— Pronuncia Lucía.
Salimos juntas, el ambiente del bar ya se sentía vibrante y lleno de energía. La música era fuerte y las luces de neón parpadeaban en la penumbra. A medida que avanzábamos, me sentía más cómoda con cada paso.
Cuando llegamos, Lucía y Carla estaban listas para sumergirse en la diversión, mientras yo me esforzaba por dejar atrás mis pensamientos y disfrutar del momento.
Comenzamos a beber y a bailar, y el ambiente se llenó de risas y diversión. Carla encontró rápidamente pareja, al igual que Lucía. Yo, en cambio, decidí quedarme sola en la pista de baile, disfrutando del ritmo de la música sin querer interactuar con nadie más.
En un momento, decidí alejarme al jardín. Me habían llamado diez veces y, al ver el nombre de Matías en la pantalla de mi teléfono, supe que tenía que atender, aunque intenté disimular un poco la borrachera.
—Hola, Mati. ¿Cómo estás? —dije, tratando de sonar lo más serena posible.
—Quiero hablar con Lucía —respondió él, sin rodeos.
—Qué pena, pero estábamos viendo una película y se durmió. Puedes hablar con ella mañana.
—Julia, te estoy viendo.
Matías me sostuvo con firmeza, sus brazos alrededor de mi cintura mientras me llevaba hacia el coche. Sentí su preocupación y frustración, y por un momento me olvidé de mi embriaguez y me concentré en su presencia protectora.
—Estás ebria, Julia —dijo con una mezcla de enfado y preocupación en su voz—. ¿Cómo demonios trajiste a Lucía aquí?
—Solo un poco mareada, Matías —murmuré, tratando de mantenerme erguida mientras él me cargaba en brazos—. No es para tanto.
—Maldita sea —murmuró, bajando la mirada hacia mis pechos mientras trataba de concentrarse en llevarme al coche. Su expresión era de determinación y, por un instante, noté que estaba tenso, como si estuviera luchando contra sí mismo.
Rafael apareció de repente, y el alivio en su rostro fue evidente al ver que Matías estaba manejando la situación.
—Ve por Lucía, hermano —ordenó Matías, su tono era autoritario pero preocupado.
—Enseguida voy —respondió Rafael.
—Traela aunque sea a rastras.— Pidió Matías.— Te espero en mi carro.
Yo estaba demasiado aturdida para decir algo más, solo me dejé llevar mientras Matías subía al vehículo y se dirigía al lugar donde Lucía y Carla probablemente se encontraban.
Matías me miró con una mezcla de frustración y preocupación, sus ojos se clavaron en los míos mientras yo trataba de salir del coche.
—Eres tan inconsciente, Julia —dijo, su voz era dura pero cargada de preocupación.
—Soy adulta y puedo hacer lo que quiera, no eres mi papá —respondí, intentando dejar en claro mi independencia mientras trataba de abrir la puerta.
Matías me detuvo, su agarre firme alrededor de mis brazos, y me hizo volver a sentarme en el asiento. En un momento de desesperación y confusión, me acerqué a él, mis labios buscando los suyos. El impulso fue tan fuerte que no me detuve a pensar en las consecuencias.
Nuestros labios se encontraron con una intensidad inesperada. Él respondió con fervor, sus manos se deslizaron a través de mi cabello, manteniéndome cerca mientras su lengua se movía en mi boca. El beso era salvaje, lleno de una urgencia que reflejaba la mezcla de emociones y el alcohol que ambos llevábamos. Sus manos apretaron mi cintura, y la pasión del momento hizo que todo lo demás desapareciera.
Me senté encima de él sin romper el beso, mi cuerpo presionando contra el suyo. Cada movimiento que hacía, él respondía con la misma intensidad, como si tratara de apoderarse de ese momento de caos.
—Para, Julia, no estás bien —dijo él, sus palabras saliendo entre besos.
—Estoy bien... —respondí, intentando tranquilizarlo mientras nuestras bocas seguían encontrándose.
—Maldita sea, me vuelves loco —murmuró él, su respiración entrecortada y su voz cargada de deseo.
Con un impulso impulsivo, tomé su mano y la guié hacia mi pecho, sus dedos empezaron a masajearlo con una necesidad que intensificaba la atmósfera ya cargada entre nosotros. El contacto se volvió más urgente, más demandante, mientras sus manos exploraban cada centímetro de mi piel. La confusión y el deseo se entrelazaban, llevándonos a un lugar que ambos parecíamos ansiar.
Cuando escuchamos el bullicio del grupo de jóvenes saliendo del bar, Matías se alejó del carro, y yo me esforcé por reordenar mi vestido antes de que subieran. Rafael se acercaba con Lucía en brazos, quien seguía riendo y saltando. Carla, que parecía mucho más recuperada, lo acompañaba.
Matías comenzó a conducir con una expresión tensa, claramente perturbado por la situación. Yo fingí estar dormida para evitar cualquier conversación incómoda.
—Mati, me siento muy mal —se quejaba Carla desde el asiento trasero—. ¿Puedo ir a dormir a tu casa? Mi mamá me matará si vuelve a saber que me he emborrachado.
— Está bien, dormirás con Lucia. Que sea la última vez que ustedes tres se meten en problemas.— Espetó él.
Cuando volví a abrir los ojos, me di cuenta de que estábamos en la casa de Matías. Al bajarme del carro, mi estómago no pudo soportarlo más y empecé a vomitar de inmediato. Matías estuvo a mi lado, sosteniéndome el cabello con una paciencia evidente. Después de que me rehusara, me dirigí tambaleándome a la cocina para lavarme la boca.
Lucía se acercó a mí, ya despierta, mientras Carla fingía no poder caminar bien para que Matías la ayudara. Lucía no perdió la oportunidad de lanzar una broma.
—Cuñada, no dejes que te coman el mandado —susurró con una sonrisa juguetona.
Cuando Matías entró a la cocina, su mirada se centró en Lucía.
—¿Puedes subir a tu habitación? — Pregunta él
—Sí, claro que puedo —respondió Lucía con un tono desafiante—. Pero Julia se mareó, deberías cargarla.
—Yo también me siento mal —se quejó Carla, tratando de atraer la atención.
—Yo te ayudo, amiga —ofreció Lucía, guiándola hacia la escalera—. Te esperamos arriba, Julia.
Carla me lanzó una mirada que parecía una mezcla de reproche y satisfacción mientras Lucía prácticamente la obligaba a subir.
Matías no dijo nada y simplemente me cargó en brazos, subiendo las escaleras con firmeza. Mientras pasábamos por el pasillo, me di cuenta de que no estábamos yendo al cuarto de Lucía, sino al suyo. La sensación de seguridad y el calor de sus brazos me hicieron sentir un poco más tranquila.
No tardé mucho en quedarme dormida, el cansancio y el alcohol pesaban sobre mí.